Seiscientos años de historia

El final del Imperio otomano

Fundado por Osmán I a comienzos del siglo XIV, el Imperio otomano perduró hasta que su derrota en la primera guerra mundial condujo a su desmembramiento.

Soldados británicos desfilando ante la mezquita Nusretiye de Estambul en 1920.

Soldados británicos desfilando ante la mezquita Nusretiye de Estambul en 1920.

Soldados británicos desfilando ante la mezquita Nusretiye de Estambul en 1920.

Foto: Everett Collection / Alamy / ACI

El miércoles 13 de noviembre de 1918, 42 barcos de guerra se presentaron en Estambul. Encabezados por el acorazado británico Agamemnon, los navíos ingleses, franceses, italianos y griegos se detuvieron ante el fastuoso palacio de Dolmabahçe, residencia del sultán otomano Mehmed VI Vahdettin, «el Piadoso». Una escuadrilla de aviones sobrevoló triunfalmente los barcos y la ciudad. Hacía dos días que Alemania había firmado el armisticio, poniendo fin a los combates de la primera guerra mundial en suelo europeo. El Imperio otomano, su aliado, lo había firmado el 30 de octubre en Mudros, y ahora los vencedores se habían presentado en su capital para ocuparla y hacer efectivos los términos del acuerdo. El futuro del sultán Mehmed VI y del Imperio, nacido seiscientos años atrás, se presentaba de lo más incierto.

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El hundimiento

Británicos, franceses, italianos y griegos pretendían hacerse con su parte de los dominios otomanos, que antes de la guerra se extendían sobre la mayor parte del Próximo Oriente. Además, armenios y kurdos deseaban constituir sus propios Estados en el Cáucaso aprovechando la derrota otomana y la crisis de Rusia, sumida en la guerra civil tras el golpe bolchevique de 1917.

El trío que había dirigido el Imperio durante la guerra ya no estaba allí: Enver, Talat y Cemal, líderes del movimiento agresivamente nacionalista de los Jóvenes Turcos, habían huido a Alemania la noche del 1 de noviembre. De manera que la tarea de negociar con los vencedores recayó en Mehmed VI, que había subido al trono poco antes, el 4 de julio de 1918, tras la súbita muerte de su predecesor y medio hermano Mehmed V.

El sultán Mehmed VI, fotografiado hacia 1918.

El sultán Mehmed VI, fotografiado hacia 1918.

El sultán Mehmed VI, fotografiado hacia 1918.

Foto: Alamy / ACI

Convertido a los 57 años en el 36.º sultán de la dinastía osmanlí u otomana, optó por colaborar con los aliados. Ello parecía asegurar la pervivencia de su dinastía y del Imperio, al precio de reducirlo a una porción de Anatolia cercada por las posesiones de italianos, franceses y los odiados griegos, vasallos de los turcos hasta 1830 y desde entonces sus enemigos más encarnizados.

Fue precisamente la llegada de los griegos a Esmirna en la primavera de 1919 lo que transformó el fatalismo de los turcos vencidos en ira contra los vencedores, una ira que se vehiculó a través de las tropas otomanas acantonadas en el interior de Anatolia y que, a pesar de lo estipulado en el armisticio de Mudros, aún no se habían desarmado.

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Kemal, líder de la resistencia

El 19 de mayo llegó a Samsun, en la costa anatólica del mar Negro, Mustafá Kemal, militar que había tenido una brillante intervención en la Gran Guerra. El sultán lo enviaba con amplísimos poderes como inspector general para proceder a la desmilitarización de Asia Menor. Como las credenciales nacionalistas de Kemal eran de sobras conocidas, se ha especulado con que Mehmed VI podría estar llevando a cabo un particular doble juego.

Cuando el Imperio se rindió, Mehmed VI llevaba cuatro meses en el trono

En todo caso, la noche del 21 al 22 de junio, Kemal llamó a la rebelión contra la ocupación extranjera, que cristalizó en el congreso de Sivas, al que acudieron delegados de todas las provincias turcas. Se eligió un Comité de Representantes, que presidió Kemal, y se proclamó la plena soberanía turca en Tracia Oriental (el territorio europeo del Imperio) y toda Anatolia. Un nuevo y desafiante poder se levantaba ante los vencedores de la guerra y ante el propio sultán, al que se colocó la etiqueta de «prisionero» de los ingleses y, por ello, incapaz de oponerse a sus designios.

Para recuperar la iniciativa política, Mehmed VI convocó elecciones en diciembre, pero las ganaron los nacionalistas, y el nuevo Parlamento aceptó en enero de 1920 los acuerdos de Sivas con el nombre de Pacto Nacional. Los británicos, que ocupaban Estambul, auspiciaron un golpe de Estado: en marzo obligaron a dimitir al gran visir (el primer ministro otomano), proclamaron la ley marcial y detuvieron a varios diputados, y en abril se formó un nuevo gobierno encabezado por Damat Ferid Pasha, cuñado y fiel apoyo de Mehmed VI, quien recuperaba las viejas tendencias autocráticas del sultanato. El Seyhülislam (máximo dirigente del clero otomano) declaró infiel a Kemal, y un tribunal militar lo condenó a muerte.

Con ello, los ingleses lograron forzar la ruptura entre el Gobierno de Estambul y los nacionalistas de Ankara, la estratégica ciudad de Anatolia donde se había instalado el Comité de Representantes encabezado por Kemal. Éste anunció que la nación turca establecía allí su Parlamento, la llamada Gran Asamblea Nacional, que también asumió funciones ejecutivas a través de un Consejo de Estado. Kemal, elegido presidente de ambos órganos, declaró que el único Gobierno válido era el de Ankara, aunque para evitar las divisiones entre los nacionalistas mantenía una calculada apariencia de adhesión al sultanato. En mayo, el muftí de Ankara proclamó una fatua o decreto avalada por otros 152 muftís (expertos en derecho islámico) de Anatolia que llamaba a los musulmanes a «liberar al califa de su cautividad», lo que legitimaba la actuación del Gobierno de Ankara, en tanto que la Asamblea empezaba y terminaba sus sesiones con la fórmula «Lealtad a nuestro califa y sultán». Pero se trataba de una ficción, porque la actuación de Mehmed VI abocó a Kemal y sus seguidores a posiciones republicanas.

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La abolición del sultanato

Una vez asegurada la tutela inglesa sobre el Gobierno de Estambul, y para deshacerse de los nacionalistas de Ankara –el único obstáculo a la partición del Imperio proyectada por los aliados–, el primer ministro británico Lloyd George incitó a los griegos a avanzar en Tracia Oriental y Anatolia. Mientras éstos llevaban a cabo una abrumadora ofensiva, los representantes del sultán firmaron en agosto el tratado de Sèvres, que reducía el Imperio a una porción de Anatolia rodeada por territorios bajo control francés e italiano, otros anexionados a Grecia y una república armenia.

La agresión griega y la actuación de Mehmed VI convirtieron a Kemal en el salvador de la patria. En este papel contó con la inopinada ayuda de los bolcheviques, que estaban enfrentados a los británicos por su apoyo a los rusos blancos (sus enemigos en la guerra civil) y ambicionaban controlar el Cáucaso. La presión de turcos y bolcheviques terminó con la nueva república armenia a finales de 1920. Ello permitió a Kemal concentrar sus esfuerzos en la lucha contra los griegos, cuyo avance sobre Ankara fue frenado en enero y abril de 1921 en el río Inönü, y detenido definitivamente a orillas del Sakarya en septiembre.

Mustafá kemal

Mustafá kemal

Mustafá kemal, con el embajador soviético (con gorra) a su izquierda, y, junto a éste, el agregado militar soviético, en una visita al frente el 31-3-1922.

Foto: Sueddeutsche Zeitung Photo / Alamy / ACI

Un año después, en agosto de 1922, los kemalistas contraatacaron, ocuparon Esmirna y arrojaron a los griegos al mar. Británicos, franceses e italianos convocaron una nueva conferencia de paz en Lausana, e invitaron a ella al Gobierno del sultán y al de Ankara. Kemal terminó con esta dualidad de poderes instando a la abolición del sultanato, votada por la Asamblea de Ankara el 1 de noviembre. Aislado, Mehmed VI marchó al exilio con sus cinco esposas, a bordo de un navío de guerra británico que lo llevó a Malta.

La supresión del califato

Kemal no quiso precipitarse en un país que los sultanes habían gobernado durante seis siglos: el nuevo Estado tomó el nombre de «monarquía nacional» y se mantuvo el califato, dignidad que los sultanes ostentaban desde el siglo XVI y que teóricamente los convertía en dirigentes espirituales de todos los musulmanes. Pero ahora fue la Asamblea quien nombró a su titular: el príncipe Abdülmecid, de 54 años, un primo de Mehmed VI amante de la pintura y alejado de la política; era la primera vez que en el Islam quedaban separados legalmente el poder político y el espiritual. Pero el califato despertaba recelos, ya que se podía convertir en un bastión de la oposición conservadora o en el portillo por el que los osmanlíes recuperasen su influencia y quizás el poder.

En cumplimiento de los acuerdos de Lausana, que revertían el tratado de Sèvres, los aliados evacuaron Estambul el 2 de octubre de 1923, y el día 29 se proclamó la República, con Kemal como presidente. Un año más tarde, el 3 de marzo de 1924, el Parlamento aprobó la abolición del califato y la expulsión de todos los miembros de la dinastía otomana. Abdülmecid partió al exilio al día siguiente, y poco después lo siguieron los 116 miembros de la familia otomana que aún permanecían en el país. Los turcos entraban en una nueva fase de su historia.

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La partición del imperio

Tratado de Sèvres, impuesto por los vencedores de la Gran Guerra a Mehmed VI en 1920.

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Mustafá Kemal

Los griegos huyen ante los turcos en septiembre de 1922.

Los griegos huyen ante los turcos en septiembre de 1922.

Los griegos huyen ante los turcos en septiembre de 1922.

El líder nacionalista de Ankara había combatido contra los italianos después de que éstos se anexionasen Libia (1912), y durante la primera guerra mundial participó en la campaña de Gallípoli (1915) y en las de Siria y Arabia (1917).

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Un final dramático

Mehmed VI, ya exiliado, desembarca en Malta el 9 de diciembre de 1922.

Mehmed VI, ya exiliado, desembarca en Malta el 9 de diciembre de 1922.

Mehmed VI, ya exiliado, desembarca en Malta el 9 de diciembre de 1922.

Foto: Everett Collection / Alamy / ACI

Mehmed VI murió en San Remo (Italia) el 16 de mayo de 1926. Su salud se había resentido por el consumo compulsivo de cigarrillos (fumaba hasta 150 al día) y la amargura del exilio, que incluyó penurias económicas. Al morir sólo tenía 17 monedas de oro, insuficientes para pagar las deudas contraídas con los comerciantes locales, que precintaron su residencia y embargaron sus pertenencias. El cuerpo del califa sólo pudo partir a Damasco, donde sería enterrado, después de que su hija Sabiha Sultán vendiera sus pendientes y pagase a los acreedores.

Este artículo pertenece al número 228 de la revista Historia National Geographic.

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