Suicidios históricos

El fin de Cleopatra y Marco Antonio

La aventura política y amorosa del general romano y la reina egipcia llegó a su término en 30 a.C. Atrapados por Octavio en Alejandría, ambos prefirieron el suicidio a la rendición.

Antonio, moribundo. Este óleo de Pompeo Batoni recrea los últimos instantes de Marco Antonio en brazos de su amante Cleopatra. 1760. Museo de Bellas Artes, Brest.

Foto: White Images / Scala, Firenze

La noche del 31 de julio del año 30 a.C., en el palacio real de Alejandría se celebró un banquete inusual. Aunque era más lujoso que los de otras noches, reinaba en él un ambiente tan deprimente que los invitados no podían contener las lágrimas. Uno de los dos anfitriones que ofrecía la cena, el general romano Marco Antonio, pidió que no lloraran. «Mañana no tenéis que acompañarme a la batalla contra Octavio. Ya no busco ni la victoria ni la salvación, sólo una muerte honorable». A su lado, su amante, en la práctica su esposa, la reina Cleopatra, cavilaba en silencio.

Cronología

El final de un sueño

41 a.C.

Antonio viaja a las provincias orientales del Imperio y conoce a la reina Cleopatra.

36 a.C.

Tras el fracaso de la campaña contra los partos, Antonio regresa junto a Cleopatra.

31 a.C.

Octavio vence a Antonio y Cleopatra en Accio. Los amantes huyen a Alejandría.

30 a.C.

Octavio ataca Egipto. Antonio se suicida en agosto, y pocos días después lo hace Cleopatra.

Para entender cómo se había llegado a esa situación hay que remontarse a los tiempos convulsos que siguieron a la muerte de Julio César en 44 a.C. Después de que sus asesinos fueron derrotados dos años después en Filipos, los vencedores –el propio Marco Antonio, Octavio (que era hijo adoptivo de César) y Lépidose repartieron los dominios de Roma en el denominado segundo triunvirato. Mientras Lépido perdía influencia, Octavio se hacía dueño de la parte occidental del Imperio y Antonio gobernaba Oriente desde Egipto junto a la reina Cleopatra, con la que concibió tres hijos entre los años 40 y 36 a.C.

El arreglo no duró mucho. Después de que Lépido quedara descartado, los dos triunviros rompieron relaciones y se enfrentaron en 31 a.C. en la batalla naval de Accio, al este de Grecia. Batalla que apenas mereció tal nombre: al poco de empezar, Cleopatra huyó con sus barcos y Antonio la siguió, dejando el resto de la flota a merced de Octavio.

El reparto del Imperio. Tras la muerte de Julio César se constituyó el segundo triunvirato, formado por Octavio, Antonio y Lépido. Áureo con la efigie de Lépido. Museo Nacional Romano, Roma.

El reparto del Imperio. Tras la muerte de Julio César se constituyó el segundo triunvirato, formado por Octavio, Antonio y Lépido. Áureo con la efigie de Lépido. Museo Nacional Romano, Roma.

Foto: Oronoz / Album

La pareja real regresó a Alejandría, mientras su adversario reorganizaba fuerzas. En la primavera siguiente, Octavio lanzó una doble ofensiva sobre Egipto desde el este y el oeste. A finales de julio se hallaba acampado a las afueras de Alejandría y su flota anclada a poca distancia del puerto. El único logro de Antonio, que había visto cómo su rival le ganaba terreno por todas partes y cómo sus aliados lo abandonaban, había sido poner en fuga a una avanzadilla de caballería enemiga. Ése era el modesto triunfo que celebraba en aquella triste cena, consciente de que el tiempo se le agotaba. Sólo le quedaba un último intento, un ataque desesperado que lanzaría al día siguiente por tierra y por mar.

Deserciones en masa

Al alba del 1 de agosto, Marco Antonio desplegó su ejército fuera de la ciudad y dio a la flota orden de atacar. Pero cuando sus naves estaban a poca distancia de las del enemigo, levantaron los remos para rendirse. Después, se unieron a las de Octavio para bloquear el puerto. Antonio y Cleopatra acababan de perder la posibilidad de huir de Egipto por mar.

Para colmo, la caballería que formaba en ambos flancos también desertó. Con las alas desprotegidas, la infantería de Antonio no fue rival para la de su adversario y sufrió una rápida derrota. Furioso, Marco Antonio se retiró a la ciudad e irrumpió en el palacio real gritando que Cleopatra era una traidora, pues alguien le había informado de que la reina había ordenado a los capitanes de los barcos que se rindieran a Octavio.

Alejandría, capital de Egipto. La ciudad, fundada por Alejandro Magno en 331 a.C., sedujo a Marco Antonio desde que la pisó por primera vez. Recreación de la imponente avenida Canópica, que atravesaba todo el recinto urbano.

Alejandría, capital de Egipto. La ciudad, fundada por Alejandro Magno en 331 a.C., sedujo a Marco Antonio desde que la pisó por primera vez. Recreación de la imponente avenida Canópica, que atravesaba todo el recinto urbano.

Foto: Acuarela de Jean-Claude Golvin. Musée départemental Arles Antique © Jean-Claude Golvin / Éditions Errance

¿Era cierta aquella información? Tanto Antonio como Cleopatra habían pasado el invierno intercambiando mensajes con Octavio. El extriunviro no tenía nada que ofrecer a su adversario, al que sólo pedía benevolencia. Ella sí: era la reina legítima de Egipto y controlaba las riquezas que Octavio codiciaba. Tras levantar un mausoleo de dos pisos y almacenar en él una gran cantidad de oro y plata, valiosos muebles de ébano y cedro y carísimas especias, Cleopatra lo recubrió todo de resina y estopa: una bomba incendiaria con la que haría arder el inmenso tesoro guardado en el interior si no se aceptaban sus condiciones, entre ellas la de que Octavio garantizara el reino de Egipto para sus hijos.

La doblez de Cleopatra

En ese acuerdo, Antonio resultaba prescindible. De hecho, se había convertido en un lastre para ella. Es indudable que Cleopatra sentía afecto por Marco Antonio, pero antes que esposa o amante era gobernante y se debía a su reino y a su dinastía. Actuando a espaldas de Antonio, Cleopatra simplemente buscaba su interés político y personal como hacían tantos poderosos de la época, sin ser ni más ni menos maquiavélica que su antiguo protector César, que Octavio o que el propio Marco Antonio.

Augusto de Prima Porta. Escultura de mármol. Museos Vaticanos.

Augusto de Prima Porta. Escultura de mármol. Museos Vaticanos.

Foto: Scala, Firenze

Al saber que Antonio se hallaba fuera de sí por la ira, Cleopatra se refugió con dos criadas y un eunuco en el mausoleo; una construcción que, una vez cerrada la puerta con un complejo mecanismo accionado desde el interior, se convertía en una cámara de seguridad inexpugnable. Al mismo tiempo, sirvientes bien aleccionados se presentaron ante Antonio para informarle de que la reina había muerto.

Al recibir la noticia, la furia del general romano se convirtió en desolación. Sabía que su amante había estado experimentando con diversos tóxicos por si la situación empeoraba tanto que la muerte se convertía en la única solución honrosa. Convencido de que ella se había envenenado decidió seguirla a la tumba y ordenó a su esclavo Eros que lo matara con la espada. El esclavo no tuvo fuerzas para hacerlo y se dio muerte a sí mismo. «Me has mostrado lo que tengo que hacer», exclamó Antonio, clavándose su propio acero.

La batalla definitiva. Este relieve que se conserva en la Colección Duques de Cardona, en Córdoba, recrea la batalla naval de Accio, en la que en el año 31 a.C. la flota de Octavio derrotó a la de Antonio y Cleopatra.

La batalla definitiva. Este relieve que se conserva en la Colección Duques de Cardona, en Córdoba, recrea la batalla naval de Accio, en la que en el año 31 a.C. la flota de Octavio derrotó a la de Antonio y Cleopatra.

Foto: Pepe Lucas / Album

Matarse así no era fácil. Por eso, al igual que hacían los samuráis japoneses recurriendo a la ayuda de un kasishaku para llevar a cabo el seppuku, los nobles romanos que se suicidaban con la espada buscaban la colaboración de algún sirviente o amigo, como hicieron Casio y Bruto, los asesinos de César, tras su derrota en Filipos. Sin ayuda, Antonio no consiguió que su estocada afectara ningún órgano vital y comprendió que su agonía iba a ser larga y dolorosa.

Figurita de bronce identificada como una representación de Alejandro Helios, uno de los hijos de Marco Antonio y Cleopatra. Met, Nueva York.

Figurita de bronce identificada como una representación de Alejandro Helios, uno de los hijos de Marco Antonio y Cleopatra. Met, Nueva York.

Foto: MET/ Album

En ese momento alguien le informó de que la reina seguía viva. «Llevadme con ella», ordenó. Estaba tan malherido que tuvieron que llevarlo hasta el mausoleo en unas andas. Cleopatra, asomada a la ventana del piso superior, debió de pensar que Antonio, ya moribundo, no suponía ninguna amenaza y se compadeció de él. Como el edificio se hallaba todavía en obras, había cuerdas y andamios por doquier. Cleopatra y sus criadas izaron la camilla con una soga. Mientras jadeaban por el esfuerzo, Antonio levantaba los brazos en su agonía y llamaba a su amada. Los testigos que presenciaron la escena comentarían después que jamás habían contemplado un espectáculo tan patético y conmovedor.

La muerte de Antonio

Cuando lograron introducir al herido en el mausoleo, la reina, agotada por el esfuerzo y la tensión, se rasgó la túnica y se arañó el pecho, a la vez que se embadurnaba la cara con la sangre de Antonio. Él, por su parte, se esforzó por recuperar la compostura. Bebiendo una última copa de vino, acarició con ternura a Cleopatra y le pidió que, una vez muerto, negociara con Octavio para salvarse siempre que no fuera con deshonor. También le sugirió que, en lugar de quedarse con el recuerdo de su amargo final, disfrutara rememorando los hermosos años que ambos habían compartido. «Alégrate por mí, porque he sido el más ilustre de los hombres y termino con un final digno: un romano vencido por otro romano», le dijo a Cleopatra, según Plutarco, antes de expirar en sus brazos.

Encuentro final. Marco Antonio, moribundo, es izado hasta el interior del mausoleo donde se ha refugiado Cleopatra con dos sirvientas. Óleo por Eugène Ernest Hillemacher. 1863. Museo de Pintura y Escultura, Grenoble.

Encuentro final. Marco Antonio, moribundo, es izado hasta el interior del mausoleo donde se ha refugiado Cleopatra con dos sirvientas. Óleo por Eugène Ernest Hillemacher. 1863. Museo de Pintura y Escultura, Grenoble.

Foto: AKG / Album

Tras la muerte de su rival, Octavio entró en Alejandría sin oposición. Cleopatra se negó a salir del mausoleo: sus tesoros eran la única carta para negociar. Octavio quería apoderarse de ellos, pero también necesitaba a la reina con vida para hacerla desfilar encadenada por las calles de Roma. Con el fin de negociar con ella, mandó a su oficial Cayo Proculeyo. Cleopatra, temiendo que la apresaran, ni se asomó a la ventana del mausoleo, sino que habló con el enviado de Octavio a través de la puerta cerrada y le aseguró que no se entregaría a no ser que se les prometiera a sus hijos el trono de Egipto.

Estatua de Cleopatra en basalto. La reina, vestida con un atuendo típico egipcio, porta un cuerno de la abundancia. Museo del Hermitage, San Petersburgo.

Estatua de Cleopatra en basalto. La reina, vestida con un atuendo típico egipcio, porta un cuerno de la abundancia. Museo del Hermitage, San Petersburgo.

Foto: DEA / Scala, Firenze

Al volver con Octavio, Proculeyo le informó de que, durante la entrevista, había examinado el mausoleo por fuera y había descubierto una manera de acceder a su interior. En una segunda embajada, fue Cornelio Galo quien se dedicó a negociar con Cleopatra a través de la puerta. Mientras Galo alargaba la conversación, Proculeyo y dos sirvientes tendieron una escala contra la pared, treparon por ella y entraron por la ventana. Rápidamente bajaron al piso inferior e inmovilizaron a Cleopatra antes de que ésta pudiera clavarse un puñal. Después abrieron la tumba. Los soldados de Octavio entraron, retiraron el material inflamable y se apoderaron del tesoro.

El inexorable Octavio

Días después, Octavio y Cleopatra se entrevistaron en el palacio real. Pese a que llevaba luto, la reina preparó a conciencia el salón donde recibiría a su enemigo y se arregló con lo que el historiador Dion Casio denomina «estudiado descuido», brindando la imagen de una viuda al mismo tiempo doliente y seductora. Decidida a ganarse a Octavio, llenó la sala de retratos de Julio César, su padre adoptivo, y leyó en voz alta algunos de los pasajes más apasionados de las cartas de amor que había intercambiado con este último.

Entrevista. Cleopatra se reunió con Octavio para acordar las condiciones de su rendición, momento que recrea este óleo de Anton Raphael Mengs, de 1759. Colecciones Estatales de Arte, Habsburgo.

Entrevista. Cleopatra se reunió con Octavio para acordar las condiciones de su rendición, momento que recrea este óleo de Anton Raphael Mengs, de 1759. Colecciones Estatales de Arte, Habsburgo.

Foto: AKG / Album

Todo fue en vano. Octavio tenía muy claros sus planes para Egipto, aquel próspero país que, además, producía un excedente de trigo tan necesario para la superpoblada Roma. En lugar de mantenerlo como un reino vasallo, siguiendo el modelo de Judea, Capadocia o Mauritania, pretendía convertirlo en provincia y nombrar gobernadores que dependieran directamente de él y no del Senado de Roma.

Provincia romana. Denario de plata con la leyenda ‘Aegypto Capta’, «Egipto cautivo», acuñada para conmemorar la conquista del país del Nilo. Museos Estatales, Berlín.

Provincia romana. Denario de plata con la leyenda ‘Aegypto Capta’, «Egipto cautivo», acuñada para conmemorar la conquista del país del Nilo. Museos Estatales, Berlín.

FOTO: BPK / Scala, Firenze

Eso significaba que Octavio en ningún caso tenía previsto ceder el trono de Egipto a los hijos de Cleopatra. La reina se dio cuenta de que tendría que sufrir la humillación de formar parte del desfile triunfal del vencedor. Después, aunque su vida no corriera peligro –pues en Roma no existía costumbre de ejecutar a las prisioneras–, nunca dejaría de estar a merced de Octavio y lo más a lo que podría aspirar sería a un cautiverio dorado en alguna villa junto al mar. Una decadencia que la última de los Ptolomeos no estaba dispuesta a aceptar.

La muerte. La otrora poderosa reina de Egipto yace muerta por la mordedura del legendario áspid. Óleo por Guido Cagnacci. 1657-1658. Museo de Historia del Arte, Viena.

La muerte. La otrora poderosa reina de Egipto yace muerta por la mordedura del legendario áspid. Óleo por Guido Cagnacci. 1657-1658. Museo de Historia del Arte, Viena.

Foto: Austrian Archives / Scala, Firenze

Al día siguiente, la reina pidió permiso a sus carceleros para visitar el cadáver de Antonio, depositado en su mausoleo. Allí lo regó con sus lágrimas mientras se lamentaba: «En vida nada nos pudo separar, pero en la muerte vamos a intercambiar nuestros lugares: tú, siendo romano, yacerás aquí, mientras que yo, infortunada, lo haré en Italia, y ésa será la única parte de tu tierra natal de la que participaré».

Preparación para la muerte

A continuación, la reina regresó al palacio, se bañó, se vistió con sus mejores galas y cenó. Tras la cena, hizo enviar a Octavio una carta sellada. En ella le pedía que la enterrara junto a su amado Antonio. Cuando la leyó, Octavio comprendió de inmediato lo que ocurría y envió a sus hombres para impedir el suicidio de Cleopatra. Pero era demasiado tarde. Cuando entraron en la estancia, la reina yacía muerta sobre un diván dorado. A sus pies se había derrumbado, sin vida, su esclava Iras. Otra sirviente, Carmión, apenas tuvo tiempo de colocar la corona en la cabeza de su ama antes de desplomarse también sin vida.

Templo de Dendera. En los muros de este santuario dedicado a la diosa Hathor se representa en varias ocasiones a Cleopatra junto a Cesarión, su hijo y heredero.

Templo de Dendera. En los muros de este santuario dedicado a la diosa Hathor se representa en varias ocasiones a Cleopatra junto a Cesarión, su hijo y heredero.

Foto: Kenneth Garrett

Sobre la forma en que Cleopatra y sus sirvientas se dieron muerte se han planteado numerosas hipótesis. Las minúsculas punciones en el hombro de Cleopatra y el hecho de que en los últimos tiempos hubiera estado experimentando con venenos hicieron pensar que tanto a ella como a sus esclavas las había mordido un áspid, una especie de cobra natural de Egipto. Aunque la serpiente no aparecía por ninguna parte, ésta fue la versión que más se extendió. El simbolismo de la cobra era tan poderoso que, cuando Octavio celebró en Roma su triunfo sobre Marco Antonio y Cleopatra, hizo desfilar una efigie de ésta en la que se la representaba con un áspid enroscado en el brazo.

Brazalete de oro en forma de serpiente. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Brazalete de oro en forma de serpiente. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles.

Foto: Foglia / Scala, Firenze

Desaparecida la última soberana de Egipto, su antiguo reino se convirtió en una simple provincia, y el hijo adoptivo de César, Octavio, en el gobernante supremo de Roma. Ya sin rivales, asumió el título de Augusto con el que pasó a la historia y empezó las reformas que convertirían la antigua república en lo que conocemos como el Imperio romano. En cuanto a Cleopatra, Octavio cumplió su última voluntad y permitió que reposara junto a Antonio en el mausoleo que ella misma se había hecho construir, unidos en la historia y, sobre todo, en la leyenda.

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La muerte de Cleopatra. Óleo de Jean André Rixens. 1874. Museo de los Agustinos, Toulouse.

La muerte de Cleopatra. Óleo de Jean André Rixens. 1874. Museo de los Agustinos, Toulouse.

Foto: DEA / Album

¿Una cobra o un alfiler envenenado?

¿Cómo pudo entrar una cobra en una sala vigilada por centinelas? Dion Casio y Plutarco ofrecen varias versiones: un campesino la trajo escondida en una cesta de higos para la reina, o bien estaba oculta en una hidria, una jarra de agua, y Cleopatra la hizo salir pinchándola con una varilla de oro.El problema es que una cobra no parece muy fiable como herramienta de suicidio, contando con que además debía servir para dar muerte a las dos esclavas. El áspid podía resistirse a morder a sus víctimas, o no inocularles suficiente ponzoña. Además, su veneno habría causado convulsiones, contracciones faciales y otros efectos poco decorosos e impropios para el final de una reina. Tanto Dion Casio como Plutarco se hacen eco de otra historia: la misma Cleopatra se habría clavado un alfiler que llevaba oculto en el cabello y que antes había untado en un veneno que, al contacto con la sangre, causaba una muerte rápida e indolora, tal como había estado buscando la reina con sus experimentos previos. Esta última versión parece la más verosímil. En cualquier caso, como ocurre con tantos misterios de la Antigüedad, a falta de pruebas materiales, historiadores y estudiosos tendrán que conformarse con seguir barajando hipótesis sobre la muerte de esta fascinante mujer.

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Cleopatra llega a Tarso. Óleo por Lawrence Alma-Tadema. 1885.

Cleopatra llega a Tarso. Óleo por Lawrence Alma-Tadema. 1885.

Foto: Fine Art / Age Fotostock

El flechazo

Tras la muerte de César, Marco Antonio se trasladó a Tarso, en Asia Menor, y envió un mensaje a la reina de Egipto con el objetivo de entrevistarse con ella. Cleopatra, dispuesta a asombrar al romano, llegó a la ciudad a bordo de un lujoso navío, sentada bajo un dosel dorado y vestida como la diosa Afrodita. El espectacular banquete que la reina ofreció a continuación al triunviro lo acabó poniendo a sus pies. Antonio ya no podría vivir sin Cleopatra.

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La muerte de Antonio y Cleopatra. Óleo de Alessandro Turchi. 1630-1635. Louvre.

La muerte de Antonio y Cleopatra. Óleo de Alessandro Turchi. 1630-1635. Louvre.

Foto: Bridgeman / ACI

Amante desconsolada

En su Vida de Marco Antonio, Plutarco describe de este modo el momento en que Cleopatra contempla el cuerpo moribundo de
su amante: «Se inclinó sobre él, rasgó su peplo sobre el cuerpo de Antonio, mientras se golpeaba y se arañaba el pecho con ambas manos y mojaba su rostro en la sangre de él, mientras lo llamaba su señor, su esposo y su general. Su compasión por los males de Antonio le hacía casi olvidar los suyos».

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Arsínoe IV es paseada como un trofeo en el triunfo de César en Roma. Grabado.

Arsínoe IV es paseada como un trofeo en el triunfo de César en Roma. Grabado.

Foto: White Images / Scala, Firenze

Morir con honor

Cleopatra se encontraba en Roma, junto a su amante de entonces Julio César, cuando éste celebró un desfile triunfal en el que fue exhibida Arsínoe, hermanastra y gran rival de la última reina de Egipto. Seguramente Cleopatra eludió asistir a un espectáculo que suponía una ofensa para su linaje. Por ello, cuando le llegó la hora de la derrota, se negó a que Octavio repitiera con ella la misma humillación y prefirió suicidarse.

Este artículo pertenece al número 212 de la revista Historia National Geographic.

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