El exterminio de los selk’nam de Patagonia

A finales del siglo XIX, la colonización de Tierra del Fuego por Argentina y Chile trajo consigo la liquidación de los pueblos indígenas del territorio, entre ellos los selk’nam.

Familia selk’nam. Fotografía tomada por el etnólogo alemán Robert Lehmann-Nitsche hacia 1900 en el sur de Tierra del Fuego.

Familia selk’nam. Fotografía tomada por el etnólogo alemán Robert Lehmann-Nitsche hacia 1900 en el sur de Tierra del Fuego.

Foto: Pedro Godoy / Adoc-Photos / Album

Tenues llamas de misteriosas hogueras a lo largo de la costa, volutas de humo sobre aguas agitadas y oscuras. Así debieron de ver las tierras de Patagonia Fernando de Magallanes y sus hombres en noviembre de 1520, al adentrarse en el canal que acababan de descubrir entre el océano Atlántico y el Pacífico. Durante la travesía por el estrecho austral, los marinos entraron en contacto con algunos de los indígenas que habían encendido aquellas hogueras. Intrigados por unos hombres que les parecieron gigantes, secuestraron a dos para llevárselos a España. Tres siglos después, la relación entre el hombre blanco y los pueblos patagónicos cobraría tintes aún más trágicos.

En las islas situadas al sur del estrecho de Magallanes vivían numerosas tribus de indígenas que probablemente habían llegado allí hacía más de 9.000 años. Durante milenios vivieron sin ser molestadas, hasta que en la segunda mitad del siglo XIX cayeron definitivamente en la órbita de interés de la población de origen europeo. En esa época, los colonos argentinos y chilenos se sintieron atraídos por el oro y los territorios de Patagonia. La atracción del oro no duró mucho, pero no sucedió lo mismo con las extensas llanuras de la región, que los colonos consideraban «tierra de nadie» porque en su mentalidad supremacista los indígenas no eran seres humanos. Con estas premisas comenzaron la humillación, la deportación y el exterminio de los pueblos fueguinos.

Antes de ser eliminados sistemáticamente en sus propias tierras, algunos fueguinos fueron llevados a Europa para convertirse, desde 1881, en una de las atracciones de los infames zoos humanos. Familias enteras fueron capturadas para ser exhibidas como animales en Francia, Gran Bretaña e Italia. Muchos no sobrevivieron a los viajes y a las enfermedades.

Conglomerado de tribus

Aunque fueron presentados al público europeo como feroces caníbales, en realidad los fueguinos eran pacíficos cazadores y recolectores que poseían fascinantes mitologías y creencias milenarias. Con el tiempo, cada tribu adquirió sus propias particularidades, adaptándose al territorio de forma distinta. Se han distinguido cuatro grupos diferentes, cada uno con su lenguaje y costumbres propios: los alacalufes, los yaganes, los onas y los haush (u onas del este). Los alacalufes y yaganes vivían en las costas del archipiélago, mientras que los haush y los ona se movían por el interior de la isla principal, Isla Grande, y por sus costas septentrionales y orientales, donde se dedicaban a la pesca y, sobre todo, a la caza del guanaco, un camélido ágil y veloz.

Los fueguinos del grupo ona se llamaban a sí mismos selk’nam. Hoy en día, la civilización perdida de los selk’nam ha vuelto a ponerse
de moda gracias a sus enigmáticas pinturas corporales y a su relación milenaria con la magia y la cosmología.
Sin embargo, en la época de su exterminio, para los colonos y los grandes agricultores los selk’nam eran sólo ávidos ladrones que atacaban sus propiedades. Y es que desde el último cuarto del siglo XIX la historia de este pueblo se entrelaza con los intereses de un puñado de hombres sin escrúpulos, como el rumano Julius Popper, el letón Elías Heinrich Braun, el portugués José Nogueira y el español José Menéndez Menéndez. Este último, nacido en el seno de una familia muy pobre de Miranda, en Asturias, se convirtió en uno de los mayores armadores navales, comerciantes y terratenientes de Tierra del Fuego, así como en uno de los más despiadados artífices de la desaparición de los selk’nam.

Mapa de 1883 con la distribución de los pueblos indígenas de Tierra del Fuego.

Empieza el genocidio

Para llevar a cabo sus planes, estos personajes contaron con el consentimiento de los gobiernos de Argentina y Chile, que a lo largo del siglo XIX buscaron delimitar y ampliar sus fronteras, sobre todo hacia el sur. Chile optó por una política de poblamiento, fundando, por ejemplo, la ciudad de Punta Arenas en 1848, y dando todo tipo de facilidades a quienes decidían establecerse allí. Lo mismo hizo Argentina, que en 1878 emprendió una sangrienta campaña bélica para eliminar a los indígenas y allanar el camino a los ganaderos y a los terratenientes enviados desde Buenos Aires. Los dos países no llegaron a un acuerdo sobre sus fronteras hasta 1881, pero para entonces los hombres sin escrúpulos antes mencionados ya se habían repartido el archipiélago. En 1893, algunos de ellos se unirían en la Sociedad Explotadora de Tierra del Fuego, una gran máquina de dinero, lana y sangre que se expandió impunemente por las tierras de los selk’nam. El paisaje cambió en poco tiempo: el guanaco, la llama típica de Patagonia, desapareció, las ovejas llenaron las verdes llanuras y por doquier las grandes fincas sustituyeron a las cabañas de los indios.

Como los selk’nam eran ajenos al concepto de propiedad privada, en cuanto vieron que los recién llegados mataban o alejaban a los guanacos para dejar espacio a las mansas ovejas, dirigieron sus flechas hacia éstas. La reacción no se hizo esperar: los terratenientes contrataron a mercenarios como el neozelandés Alexander Allan Cameron y el escocés Alexander MacLennan quienes, armados con máuseres, empezaron a organizar lucrativas cacerías. ¿La recompensa? Una libra esterlina por cada cabeza, oreja o pecho que se presentara como prueba de la liquidación de un indígena.

La masacre fue terrible y se consumó en treinta años: entre 1890 y 1919, la población de los selk’nam pasó de casi 4.000 personas a sólo 297. Algunos murieron porque las ovejas o las ballenas de las que se alimentaban fueron envenenadas con estricnina. Éste fue el caso de la matanza de la playa de Springhill, donde quinientos de ellos se abalanzaron sobre una ballena envenenada. Otros fueron asesinados en emboscadas o sometidos a ejecuciones colectivas sumarias. Cientos de mujeres fueron violadas, los niños fueron separados de sus padres y los hombres fueron convertidos en esclavos, deportados o repartidos entre los colonos.

Infames cacerías humanas. Tras su llegada a Argentina en 1885, el rumano Julius Popper se dedicó a la búsqueda de oro en Tierra del Fuego. Allí creó una milicia privada que realizaba batidas para exterminar a los indígenas selk’nam. Sobre estas líneas, fotografía de 1886, con Popper en el centro y a sus pies el cadáver de un selk’nam.

Foto: Colección Museo Regional de Magallanes

Extinción de un pueblo

Mucho después, en la década de 1960,uno de los últimos selk’nam, Federico Echeuline, contó a la etnóloga Anne Chapman otra horrible
masacre, en Cabo Peñas, donde murieron sus padres.
Recordó que «cuando vino la marea alta a crecerse, en una parte del acantilado del cabo los iban apretando a medida que venían subiendo la marea, los iban apretando y al que quería pasar al lado de la gente, le metían bala, así que la gente, las mujeres y los chicos se aglomeraron donde estaba el acantilado y ahí los ahogaron a todos».

Los supervivientes de las matanzas se refugiaron en las misiones salesianas, entre ellas la de la isla Dawson, o fueron enviados allí. Sin embargo, en esos lugares la tasa de mortalidad era muy elevada a causa de enfermedades como la tuberculosis o las paperas. Y aunque los salesianos condenaron muchas masacres, no se opusieron a ellas de forma activa ni intentaron frenar los contagios. Sólo en Dawson murieron casi mil selk’nam, entre ellos más de trescientos niños menores de diez años.

Nada pudieron hacer contra las enfermedades, ni contra las armas y la astucia de Menéndez y sus compinches, quienes nunca fueron acusados por sus crímenes. Al contrario, MacLennan llegó a afirmar que eliminar a los selk’nam había sido una acción humanitaria, ya que nunca habrían podido convivir con los blancos. Con la muerte de Angela Loji en 1974, el pueblo selk’nam se extinguió. En realidad, a la sombra y bajo el miedo constante a las persecuciones, parece ser que, repartidos por Chile y Argentina, aún viven algunos selk’nam que sobrevivieron a un genocidio ignorado y después silenciado por los gobiernos durante muchas décadas. Un genocidio que, además, impidió conocer a una civilización tan fascinante como distinta, compleja e indefensa.

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La tierra del humo

Tierra del Fuego es un archipiélago formado por llanuras, morrenas y lagos, que al sur dan paso a altas cumbres montañosas y glaciares. Fue descubierto para los europeos por Magallanes, en 1520. Impresionado al ver las hogueras encendidas por los indígenas, el navegante bautizó el lugar como «tierra de humo», nombre que se transformaría después en Tierra del Fuego.

El río y el monte Olivia en el parque nacional de Tierra del Fuego, en Argentina.

Foto: Christian Vorhofer / AGE Fotostock

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Los rituales patagónicos

La magia era fundamental en la vida de los selk’nam, que veían signos de lo sobrenatural en todas partes y otorgaban al chamán, o joon, poderes increíbles, como el de provocar la muerte. Entre las escasas imágenes que han llegado hasta nosotros destacan las relacionadas con el hain, una ceremonia de iniciación en la que los jóvenes recibían los secretos de la magia por parte de los ancianos y se pintaban todo el cuerpo con sugerentes y enigmáticos dibujos. Además, los selk’nam se pintaban cada día la cara de blanco, negro, amarillo o rojo para expresar sus intenciones o emociones, como la rabia o la tristeza.

Indígena selk’nam preparado para un rito de iniciación. Fotografía de M. Gusinde. 1920.

Foto: M. Gusinde.

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El cruel Menéndez

José Menéndez nació en Miranda (Asturias) en 1846 y emigró de allí con sólo catorce años. Tras un período en Cuba y otro en Buenos Aires, se embarcó con su mujer hacia Patagonia, donde fundó un imperio ganadero y, con otros personajes, perpetró una limpieza étnica contra los indígenas.

El aventurero José Menéndez Menéndez (a la derecha de la imagen).

Foto: Colección Museo Regional de Magallanes

Este artículo pertenece al número 221 de la revista Historia National Geographic.

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