Ojos en todas partes

Espías de siglo XVIII, los servicios secretos de los Borbones

En la época de la Ilustración, la monarquía española impulsó el espionaje con el objetivo de obtener información secreta de otros países y apropiarse de sus técnicas industriales .

El rey y el embajador

Foto: Christian Jean / RMN - Grand Palais

Al término de la guerra de Sucesión española (1702-1714), se estableció un nuevo sistema de relaciones internacionales en Europa. Si en el siglo anterior, primero España y luego Francia habían pretendido ejercer un dominio absoluto sobre el continente, el tratado de Utrecht creó un sistema de equilibrio basado en el «balanceo» de las potencias para impedir, mediante alianzas, la hegemonía de una de ellas. Una consecuencia de este nuevo orden fue el desarrollo de la diplomacia como medio permanente de resolución de conflictos, en lugar de las guerras abiertas, aunque éstas tampoco faltaron. Otra consecuencia, ligada a la anterior, fue la extensión de la práctica del espionaje. La información era oro, y los gobiernos recurrieron a todos los medios a su alcance para descubrir secretos de Estado, conocer las capacidades de los Estados rivales y defenderse de quienes iban a espiarlos.

Tratado de Utrecht

Tratado de Utrecht

Foto: Bridgeman / ACI

Cronología

El nuevo orden europeo

1714

La Paz de Utrecht, que pone fin a la guerra de Sucesión española, crea un nuevo equilibrio de poderes en Europa que contiene las ambiciones hegemónicas de Francia.

1748

El Tratado de Aquisgrán cierra la guerra de Sucesión austríaca (1740-1747). La paz restablece el status quo anterior, pero reconoce el ascenso de Prusia como gran potencia.

1763

Al término de la guerra de los Siete Años, el tratado de París consagra el triunfo de Gran Bretaña como dominadora de los mares. En los años siguientes, Francia y España alimentan deseos de revancha.

1776

La revolución de las colonias inglesas de Norteamérica abre un nuevo conflicto entre Gran Bretaña y los aliados de los rebeldes, Francia y España.

Francia y Gran Bretaña llevaron la delantera en este campo. Luis XV de Francia creó un «jefe de espías» así como el llamado «secreto del rey», un gabinete directamente a su servicio, al margen de los ministros, encargado de los asuntos exteriores más delicados. El «servicio secreto» británico, que existía desde la segunda mitad del siglo XVI, era el mejor del mundo en materia de espionaje militar, y los embajadores británicos destacaron por su capacidad para organizar redes de espionaje. En España, por ejemplo, era prácticamente imposible mantener un secreto ante la sagacidad del embajador Benjamin Keene. Los zares de Rusia y Federico II de Prusia también prestaron mucha atención al espionaje militar.

La monarquía española no permaneció al margen de esta evolución. Las funciones de espionaje se asignaron a varias secretarías de despacho –equivalente de los actuales ministerios–, de modo que cada ministro fue el «jefe» de los espías de su «ramo». Tuvieron especial importancia la Secretaría de Estado (Ministerio de Asuntos Exteriores), responsable de la diplomacia y de canalizar la información sobre las cortes y las familias reales europeas, así como las secretarías de Guerra y Marina, que enviaron numerosos informantes secretos por diversos países de Europa.

Estados de Europa

Este mapa del cartógrafo alemán Johann Baptist Homann refleja las entidades políticas del continente en torno al año 1720.  

Foto: AKG / Album

Los reyes también podían ocuparse directamente de recabar información, especialmente aquélla que afectaba a sus intereses dinásticos. Un ejemplo de ello lo ofrece la reina Isabel Farnesio, segunda esposa de Felipe V. Muy preocupada por colocar a sus hijos e hijas en diversos tronos de Europa, Isabel estuvo perfectamente informada de todo lo que ocurría en el continente. A modo de agentes consulares, tuvo espías en Sicilia –hasta que logró recuperar esta antigua posesión española para su hijo, el futuro Carlos III–, en la Menorca ocupada por los británicos y hasta en Constantinopla, la capital otomana. También sabía al dedillo lo que pasaba en Versalles, en Nápoles y en Parma… y en todas las cortes donde se oliera a boda.

Palacio Real de Madrid

Reconstruido tras un incendio en 1734, el palacio de Oriente albergó las oficinas de la Secretaría de Estado, el Ministerio de Asuntos Exteriores en el siglo XVIII.  

Foto: JL Images / Alamy / ACI

Informes confidenciales

Tras la guerra de Sucesión austríaca (1740-1748), la paz de Aquisgrán revalidó el sistema de equilibrio europeo. En España reinaba entonces Fernando VI (1746-1759), el rey que no quería guerra con nadie y que impuso la neutralidad española en los conflictos europeos. Su principal colaborador fue Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, que fue a la vez secretario de Hacienda, de Guerra y de Marina e Indias. Pese a que no era ministro de Asuntos Exteriores –ese cargo lo ejercía José de Carvajal–, Ensenada manejó directamente la red de espionaje española gracias a que controlaba el Real Giro (una especie de banco nacional) y era capaz de poner dinero donde hiciera falta, ya que, como él mismo afirmaba, «el fundamento de todo es el dinero».

Los embajadores escribían de oficio a Carvajal, pero también a Ensenada, con cifra propia e instrucciones precisas. Por ejemplo, en 1746, el marqués ordenaba al duque de Huéscar, embajador en París, que le escribiera reservadamente «por el conducto que se le previniere». Los espías remitían sus informes a Ensenada, de forma que a menudo Carvajal y el resto de los ministros no tenían más que la información que quería el marqués. Así pues, aunque en España no hubo un «jefe de espías» como en Francia, Ensenada desempeñó en la práctica ese papel. Luego esta función le correspondió al conde de Aranda y, finalmente, a Floridablanca, quien creó una policía interior con un sistema muy activo de información y espionaje.

Emblema de un espía

En la Iconologia de Cesare Ripa (1593) se incluía esta representación de un espía embozado, con una linterna y un perro.

Foto: Universidad Heidelberg

Ensenada conocía al dedillo los entresijos de Versalles gracias, entre otros informantes, a dos mujeres: una gran amiga, la marquesa de Salas, y una espía en toda regla, Margarita Isabel O’Brien. En 1746, el duque de Huéscar le decía a Ensenada desde París: «La de Salas tiene buenas noticias y la O’Brien es cosa muy precisa para nosotros. Dígaselo vuestra merced al rey y que es menester que la socorra o con pensión buena o con sueldo decente, porque éste es un dinero bien gastado».

Un dominio al que Ensenada prestó particular atención fue el control de la correspondencia. Bajo la dirección del joven Campomanes, el servicio de Correos mejoró y en las oficinas de las ciudades importantes se habilitaron habitaciones reservadas para examinar la correspondencia, especialmente la de carácter diplomático, al modo del «gabinete negro» francés. Las cartas se abrían y se copiaban; también se descubrían misivas escritas con limón, con claves de notas musicales y hasta con letra microscópica. En los ministerios cada vez más personas se ocupaban de cifrar y descifrar la correspondencia del ministro con los embajadores u otros enviados en el extranjero.

Había también traductores y encriptadores que enviaban las nuevas cifras a los embajadores o a los jefes de misión. Para estas comunicaciones se usaban a veces correos extraordinarios, jinetes que dormían sobre la silla y reventaban caballos de posta en posta para llegar cuanto antes, y hacían las delicias de los ministros, que apostaban por «su correo» –al que obviamente gratificaban–. Sólo así se explica que un correo hiciera el trayecto de Madrid a París en cinco días. La información volaba a lomos de caballo por los caminos de Europa y cruzaba el mar hasta Roma, Nápoles o a Londres a velocidad asombrosa. Tal era su importancia.

Nuevo embajador en Venecia

Este óleo de Canaletto muestra la llegada al palacio ducal de Venecia del embajador del emperador de Austria, el conde Giuseppe Bolagnos. Venecia fue en el siglo XVIII uno de los principales centros de negociaciones diplomáticas, y también de espionaje.  

Foto: Scala / Firenze

Los espías viajeros

El marqués de la Ensenada desarrolló igualmente un tipo de espionaje distinto al puramente diplomático, pero de igual o mayor importancia: el espionaje industrial y económico. Convencido de que la paz de Aquisgrán de 1748 era sólo una tregua, un respiro antes de una nueva guerra que necesariamente iba a estallar, Ensenada se esforzó para que España se rearmara económica y militarmente. Para ello decidió que «hasta que los españoles sean capaces de inventar por sí» el gobierno debía procurarse en el extranjero las técnicas y los recursos necesarios para su desarrollo. Tal fue el objetivo de los científicos y técnicos enviados a formarse en el extranjero, pero también de los viajeros enviados de incógnito por el gobierno con la misión de obtener información y recursos estratégicos.

Gibraltar, manzana de la discordia

El embajador español en Londres obtuvo en 1779 planos de las defensas inglesas de Gibraltar. Abajo, plano de 1782.  

Foto: Oronoz / Album
Palacio de Aranjuez

Los ministros acompañaban a los reyes en las estancias que hacían cada año en sus diversos palacios, entre ellos el de Aranjuez.  

Foto: Oronoz / Album

El más importante de estos espías viajeros fue Jorge Juan, considerado como el mayor espía español del siglo XVIII. Este polifacético marino, matemático y diplomático llegó a Londres en 1749 con nombre falso e instrucciones de no frecuentar la embajada española. En pocas semanas, Jorge Juan hizo llegar a España instrumentos y libros, así como noticias de interés militar –como las relativas al primer asentamiento inglés en las islas Malvinas–, pero, sobre todo, logró los primeros contactos con ingenieros navales ingleses a los que se proponía reclutar para que trabajaran en España. En un mes ya había contratado al célebre Richard Rooth, a quien finalmente trajo al arsenal de Ferrol, y a los pocos meses, a Mullan y Bryant, entre otros.

Bajo el nombre de Mr. Joshua, Jorge Juan pasó mil y una peripecias para evitar ser capturado, sobre todo cuando los ingleses descubrieron el cargamento del navío Dorotea, un grupo de maestros y obreros que enviaba a España junto con sus instrumentos profesionales, la mayoría a las fábricas de lonas (velas) de Granada. El incidente incrementó la vigilancia policial y obligó a Juan a cambiar de alias –pasó a llamarse Mr. Sublevant, librero–, pero aún pudo continuar sus actividades hasta su precipitada fuga en abril de 1750.

Jorge Juan huyó precipitadamente de Inglaterra cuando se descubrió que estaba reclutando técnicos navales

Su última misión, la más novelesca, consistió en sacar de Inglaterra a las mujeres de los ingenieros que ya estaban en los astilleros españoles. Las autoridades no podían impedir que salieran de Londres, pero arrestaron a los cómplices de Juan, el padre Lynch y el comerciante Morgan, y a cuantos habían mediado en la operación. Jorge Juan logró ocultarse y, disfrazado de marinero, se embarcó en el mercante Santa Ana de Santoña, en el que logró cruzar el Canal.

Antonio de Ulloa

Simultáneamente a Jorge Juan, en 1749 partió de España otro enviado secreto del marqués de la Ensenada. Antonio de Ulloa marchó a París con el pretexto de que iba a estudiar matemáticas. Seis meses más tarde escribía a Enseñada desde la capital francesa abrumándolo con memorias sobre lo que había observado en el viaje: el arsenal de Toulon, fábricas y hospitales de Marsella; y también con datos de otros viajes de corta duración que hizo a Ruán o a Lille. A la vez, comenzó a contratar técnicos para hacerlos venir a España, mediante jugosas ofertas económicas. También compró libros, instrumentos, un torno de fundición, etcétera.

Palacio de los zares

La entrada del palacio de Invierno o Hermitage de San Petersburgo está conformada por la «escalera de los embajadores», como se la llamaba en el siglo XVIII por ser utilizada por los enviados recibidos por la emperatriz Catalina. Entre ellos estaba el duque de Almodóvar, primer embajador permanente de España en la corte rusa desde 1759.  

Foto: Heritage / Getty Images

En marzo de 1750 salía hacia Ámsterdam ya como un simple viajero. Su nuevo enlace, el embajador marqués del Puerto, compartía los planes de reclutamiento de técnicos y envió varios a España. En adelante, Ulloa escribe alborozado sobre los paisajes, escribe sobre Federico V desde Copenhague, asiste a la coronación de Adolfo Federico II en Estocolmo junto con el embajador español Grimadi, y al fin Federico II de Prusia lo invita a comer en el palacio de Sans Souci con el matemático Maupertuis. Ulloa reparó en la educación que Federico II daba al príncipe –el futuro Federico Guillermo II– con la que, «religión aparte» (los prusianos eran calvinistas), coincidía.

Tras no pocas fatigas, el enviado del marqués de la Ensenada llegó a París el 10 de diciembre de 1751. Desde allí, Ulloa escribió la última carta a Ensenada el día 13, prometiéndole información sobre las minas de mercurio de Suecia, Alemania y Hungría. A fin de año se encontraba de vuelta en Madrid, donde fue recibido por un alborozado Ensenada. En París, Ulloa había dejado a cuatro colaboradores –Masones, Ferrari, Ventades y Llovera– pensando en continuar el plan de formación de técnicos de las más variadas artes y técnicas útiles… «hasta que los españoles inventen por sí».

Diplomacia del convite

El grabado sobre estas líneas muestra un banquete ofrecido por el embajador de Francia en España por la boda de una infanta española.  

Foto: Bridgeman / ACI

Jean-Jacques Rousseau conoció a alguno de estos viajeros españoles y ello le inspiró un elogio de España que resulta poco habitual en el siglo XVIII. «Mientras que un francés frecuenta a los artistas de un país, un inglés hace dibujar alguna antigüedad y un alemán lleva su álbum a casa de los sabios, el español estudia en silencio el gobierno, las costumbres y la policía, y él es el único de los cuatro que saca del viaje observaciones útiles para su patria». El filósofo de Ginebra reconocía que cierto tipo de espionaje fue también un instrumento de la Ilustración.

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Embajadas y nidos de espías

Diplomático español

El neerlandés Jan van Grevenbroeck realizó una serie de retratos de los embajadores residentes en Venecia, entre ellos el de España.  

Foto: DEA / Album

En el siglo XVIII, el sistema de inteligencia de las monarquías se articulaba principalmente en torno a los embajadores, que tenían como una de sus misiones principales recopilar información secreta, ya fuera mediante contactos ordinarios o a través de confidentes remunerados. Tras la guerra de Sucesión, España disponía de una decena de embajadas en el continente, número que se amplió posteriormente, por ejemplo, con una embajada permanente en San Petersburgo desde 1761 y con otra en Berlín en 1781. A veces los embajadores conseguían informes impactantes. En 1779, el marqués de Almodóvar comunicaba desde Londres los rumores sobre un acuerdo entre Gran Bretaña y Rusia por el que los rusos proporcionarían 20 navíos y 20.000 soldados a cambio de recibir Menorca o Gibraltar.

Espías y fondos reservados

Zenón de Somodevilla, Marqués de la Ensenada. Óleo por Jacopo Amigoni. Hacia 1750. Museo del Prado, Madrid.

Zenón de Somodevilla, Marqués de la Ensenada. Óleo por Jacopo Amigoni. Hacia 1750. Museo del Prado, Madrid.

Foto: Joseph Martin / Album

Mantener una red de espías en los países europeos costaba dinero, a veces más de lo que en un momento dado podía permitirse un gobierno. Por ejemplo, cuando el barón de Ripperdá, en 1725, creó en Viena un grupo de influencia proespañol comunicó que necesitaría al menos un millón de florines, lo que obligó al ministerio a pedir un préstamo a los Cinco Gremios Mayores de Madrid, la más rica asociación de comerciantes de la capital. En la mayoría de casos, sin embargo, el gobierno recurría a fondos especiales, clasificados como «gasto secreto del real servicio».

Estos fondos eran transferidos a los embajadores para que pagaran a sus confidentes. Sin embargo, el dinero no siempre llegaba. En 1730, por ejemplo, Joaquín Ignacio de Barrenechea, enviado español en un congreso de paz celebrado en Soissons, se quejaba al gobierno de que su confidente en Francia hacía un año que no recibía la paga prometida y no podía mantener a su familia. En 1722, otro confidente español, el inglés Robert Shee, también se quejaba de que después de 17 años de servicios vivía en la miseria.

Las tareas de un espía industrial

Jorge Juan y Santacilia. Retrato de autor desconocido. Siglo XVIII. Museo Naval, Madrid.

Jorge Juan y Santacilia. Retrato de autor desconocido. Siglo XVIII. Museo Naval, Madrid.

Foto: Oronoz / Album

El marqués de la ensenada dio instrucciones precisas al marino Jorge Juan sobre lo que debía averiguar durante su misión secreta en Gran Bretaña. En una carta de 29 de mayo de 1749 le decía: «El Rey tiene noticia de que en las fábricas de paños finos de Inglaterra está prohibida la entrada a extranjeros [...]. Esta misma cautela empeña a procurar indagar formalmente el secreto [de fabricación], el cual se cree está en la cuerda de la lana y en el tundido, cuya noticia no poco mejoraría nuestras fábricas de Guadalajara y San Fernando. Manda Su Majestad que V. S. discurra y vea el modo de penetrar tan importante secreto y me lo avise con la claridad y puntualidad que se necesita, remitiéndome por extraordinario y en una cajita un poco de la lana inglesa que cría el ganado lanar de esa Isla».

El reto del contraespionaje

Tan importante como obtener datos de otros países era proteger la propia información frente a espías o confidentes del extranjero. Por ejemplo, un inglés al servicio de España descubrió en 1729 que el embajador británico en Madrid, Benjamin Keen, disponía de un agente infiltrado en el Ministerio de Marina español que le proporcionó información importante sobre la política española de control del tráfico de esclavos, algo que afectaba directamente a compañías esclavistas británicas.

Los cónsules ingleses eran sometidos también a estrecha vigilancia. Cualquier viajero podía suscitar sospechas. Así, en 1768 el capitán general de Galicia recibió información de que estaban llegando a Santiago supuestos peregrinos que en realidad se dedicaban a hacer reconocimiento de las costas y las poblaciones de Galicia. En otra ocasión, la policía española entró a las 5 de la mañana en un albergue de Madrid para detener a un irlandés del que se sabía que había pasado información al gobierno inglés. No hallaron pruebas incriminatorias, pero, tras dos semanas de arresto e interrogatorios, fue expulsado del país.

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Este artículo pertenece al número 194 de la revista Historia National Geographic.

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