De Pericles a Luther King

20 frases para la historia

La palabra es una fuerza poderosa. Aquí ofrecemos una selección de las frases que han marcado, e incluso cambiado, el curso de la historia.

En memoria de Lincoln

En memoria de Lincoln

En memoria de Lincoln. En Washington, el Lincoln Memorial preserva el recuerdo del hombre que dirigió EE. UU. durante la guerra de Secesión, y que en su discurso de Gettysburg, en 1863, resumió el sentido de aquella lucha: que la democracia «no desaparezca de la faz de la Tierra».

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«Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos». Posiblemente no hay otra frase de mayor importancia entre todas las que aparecen en estas páginas. Con ella comenzaba el artículo primero de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, promulgada por la Asamblea Nacional Constituyente de Francia en agosto de 1789. El mes anterior, los parisinos habían asaltado la prisión real de la Bastilla, símbolo del absolutismo monárquico. Fue una época de fervor, el alba de un mundo nuevo. Todo parecía posible. Como recordaría William Words-worth en uno de sus poemas, fueron días en los que «estar vivo era una bendición, pero ser joven era el mismo paraíso». 

Esa sensación de que era posible forjar una nueva sociedad la compartía también Olympe de Gouges, una ensayista y escritora francesa que se había significado por su denuncia de la esclavitud y sus ideales de reforma social. A su inteligencia le sumaba el ingenio y la belleza, todo lo cual le había valido ser admitida en los salones más brillantes del París anterior a la Revolución de 1789. 

 

La lucha por el voto 

La lucha por el voto 

La lucha por el voto 

Campaña por el voto femenino de sufragistas de la WSPU, fundada por Emmeline y Christabel Pankhurst, en 1910.

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El camino a la igualdad

Ahora, en sus escritos, Olympe exigía casas para ancianos y viudas con hijos, talleres para parados o un impuesto sobre el lujo. Entre los aspectos que la Revolución había defendido y luego abandonado se contaba la participación de las mujeres en la vida pública, por no estar «facultadas para asistir a asamblea política alguna». Decepcionada, Olympe publicó en septiembre de 1791 la Declaración de los derechos de la mujer y de la ciudadana. Considerado como el primer manifiesto feminista, su artículo primero era igual al de la Declaración aprobada por la Constituyente en agosto de 1789, pero con la mujer como protagonista: «La mujer nace libre y permanece igual al hombre en derechos». La Declaración reclamaba la igualdad jurídica y legal de las mujeres y su derecho a participar en la política.  Olympe sería víctima de la deriva trágica de la Revolución: su talante político moderado la convirtió en víctima del Terror, y murió guillotinada el 3 de noviembre de 1793.

La igualdad y la libertad reivindicadas por la revolución francesa devinieron una consigna política cuya capacidad de movilización ha perdurado hasta hoy

Pero la igualdad y la libertad reivindicadas por la Revolución francesa, y que Olympe soñó con hacer realidad para la mujer, se convirtieron en una formidable consigna política, cuyos ecos y capacidad de movilización se prolongan hasta hoy. Las sufragistas británicas lucharían duramente por el derecho al voto; como diría Christabel Pankhurst, el derecho de las mujeres al sufragio era un aspecto más de la lucha por la libertad. 

Por fin, el poderoso impulso liberador de aquella frase revolucionaria se concretó en la Declaración universal de los derechos humanos adoptada por la ONU en 1948, donde se consagra la igualdad de los seres humanos sin distinción de sexo o de raza. ¿Quién dijo que una frase no puede cambiar la historia?

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Josep Maria Casals.

Director de Historia National Geographic.

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Scala, Firenze

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Pericles

Su nombre, debido a que el gobierno no depende de unos pocos, sino de la mayoría, es democracia. (Discurso fúnebre, año 431 a.C.)

431 a.C. 

Corría el año 431 a.C. cuando los atenienses se congregaron en el cementerio del Cerámico. Allí les aguardaba Pericles, que ocupaba el cargo de estratego –la máxima magistratura de Atenas, para la que fue elegido numerosas veces–. Extraordinario orador, Pericles pronunció un discurso memorable con motivo de los funerales de los caídos en la guerra con Esparta (la contienda que conocemos como guerra del Peloponeso), en el que unió el recuerdo de los soldados muertos en el campo de batalla con el elogio de los ideales por los que habían combatido y ofrecido su vida. Eran los ideales de la democracia radical de Atenas, donde, como recordó Pericles, cualquier ciudadano podía participar en el Gobierno u ocupar un cargo público: «Nadie, en razón de su pobreza, encuentra obstáculos debido a la oscuridad de su condición social si está en condiciones de prestar un servicio a la ciudad». Fue aquel un régimen político único en  la Antigüedad y se apagó en poco más de un siglo, cuando los soberanos macedonios acabaron con él. Pero el ideal del gobierno del pueblo –pues eso es lo que significa democracia en griego– no desapareció con la Atenas clásica, sino que perduró en los textos e inspiró los sistemas democráticos surgidos en Occidente.

Foto: Busto de Pericles en mármol. Copia romana de un original griego. Museo Pío Clementino, Roma.

 

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Alejandro Magno

Háblame como al rey de Asia.
(Carta a Darío III, año 332 a.C.)

332 a.C. 

Mientras Alejandro Magno estaba en Fenicia –tal vez cuando asediaba Tiro, entre enero y agosto de 332 a.C.– recibió una carta del Gran Rey persa, cuyos inmensos dominios había invadido. Es más, lo había derrotado en persona: en Issos, el macedonio había obligado a huir a Darío III y se había apoderado de su familia y su tesoro. Ahora, en esa carta, el soberano persa ofrecía a Alejandro un rescate por sus allegados y un acuerdo de amistad o tal vez (no queda claro) que se quedara con la mayor parte de Anatolia, hasta entonces bajo dominio persa. Según Arriano, Alejandro contestó a Darío diciéndole: «De ahora en adelante, cuando te dirijas a mí, hazlo como al rey de toda Asia, y no lo hagas en plan de igualdad, sino como señor que soy de todas tus posesiones». La respuesta mostraba que la campaña contra Persia –que Alejandro había justificado como una venganza por los crímenes persas un siglo y medio atrás, durante la invasión de Grecia en la segunda guerra médica– se había convertido en una descarnada campaña por la conquista del trono persa. No podía haber dos reyes en Asia, y Alejandro persiguió implacablemente a su rival hasta vencerlo en 330 a.C. y convertirse en el mayor soberano del planeta.

Foto: Alejandro Magno representado en el mosaico de Issos, hallado en Pompeya. Hacia 100 a.C. Museo Arqueológico Nacional, Nápoles. 

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Catón el Viejo

Cartago debe ser destruida.
(Discursos, década de 150 a.C.)

152 a.C. 

Al acabar la segunda guerra púnica (218-201 a.C.), la antaño poderosa ciudad de Cartago tuvo que satisfacer durísimas exigencias de Roma, que quería asegurarse de que su rival no volvería a suponer una amenaza para ella. Aun así, durante la primera mitad del siglo II a.C. Cartago empezó a desarrollar su economía gracias al comercio, lo que inquietó a algunos romanos prominentes, entre ellos Catón el Viejo. Este destacado político y veterano de la segunda guerra púnica viajó a Cartago hacia 152 a.C. como miembro de una embajada senatorial, y quedó impresionado por la riqueza y el crecimiento de la ciudad, lo que le convenció de que solo su destrucción podía garantizar la seguridad de la República romana. Por ello se dedicó a promover esta idea entre los círculos políticos romanos, terminando todas sus intervenciones en el Senado con la frase «además, opino que Cartago debe ser destruida», tuviera o no relación con el contenido de su discurso. La ocasión de lo que tanto ansiaba Catón llegó finalmente en 149 a.C. con el ataque de los cartagineses al reino vecino de Numidia, aliado de Roma. Tras casi tres años de asedio, las tropas romanas al mando de Escipión Emiliano arrasaron la ciudad en 146 a.C. Cartago fue destruida y sus habitantes, vendidos como esclavos, mientras que la región se convirtió en una provincia de Roma. 

Foto: Catón el Viejo. Grabado de una edición de Sobre los hombres ilustres, de Cornelio Nepote, publicada en Londres, en 1822.

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Julio César

La suerte está echada.
(11 de enero del año 49 a.C.)

49 a.C.

En tiempos de la República romana, el río Rubicón marcaba el límite entre la Galia Cisalpina y la provincia de Italia. Según la ley, ningún gobernador podía cruzarlo al frente de un ejército, pues tal cosa se consideraba una declaración de guerra. El 11 de enero del año 49 a.C., Julio César desafió al Senado cruzando el Rubicón al mando de sus legiones, y al hacerlo, pronunció una frase que ha quedado para la historia: Alea iacta est!, «la suerte está echada». El Senado, controlado por Pompeyo, le había ordenado licenciar a sus tropas e ir a Roma, donde sus rivales políticos planeaban llevarlo a juicio, acusado de traición y de cometer crímenes de guerra durante la conquista de la Galia.
La arriesgada apuesta de César dio inicio a una guerra civil que durante cinco años enfrentó a cesarianos y pompeyanos. César venció y fue nombrado «dictador perpetuo», pero su triunfo resultó efímero, pues en marzo de 44 a.C. lo mató un grupo de senadores. Sin embargo, ya nada podría salvar a la República. Octavio, hijo adoptivo de César, culminó la obra de este convirtiéndose en el primer emperador de Roma con el nombre de Augusto.  

Foto: Busto de Julio César en esquisto verde, con ojos de mármol. 1-50 d.C. Museo de Pérgamo, Berlín.

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Urbano II

¡Dios lo quiere!
(Concilio de Clermont, noviembre de 1095)

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En el año 1095, el papa Urbano II recibió una petición del emperador bizantino Alejo I Comneno solicitando ayuda en su lucha contra los turcos selyúcidas. Durante las últimas décadas del siglo XI, los turcos habían hecho grandes avances en Anatolia y Tierra Santa, cerrando las rutas que llevaban a los peregrinos a los lugares sagrados de la cristiandad, especialmente a Jerusalén. No era la primera vez que Bizancio reclamaba la ayuda del pontífice, pero esta vez llegó en un momento propicio. Urbano II vio la oportunidad de unir bajo su estandarte a la Iglesia, que desde 1054 se mantenía dividida entre Roma y Constantinopla. Por ello, en noviembre de ese mismo año, en el concilio celebrado en la localidad francesa de Clermont, el papa pronunció un impetuoso discurso ante cientos de clérigos y nobles, en el que alentaba a los cristianos a dejar de lado las disputas internas y a ayudar a sus hermanos de Oriente. El llamamiento, que concluyó con la consigna Deus vult!, «¡Dios lo quiere!», dio lugar a una oleada de fervor religioso en toda Europa; miles de combatientes acudieron dispuestos a marchar a Oriente bajo la enseña de la Cruz. Fue el inicio de las Cruzadas, expediciones militares que durante dos siglos intentaron mantener el control cristiano de Tierra Santa.  

Foto: El papa Urbano II consagra el altar mayor de la abadía de Cluny. Miniatura del siglo XII. Biblioteca Nacional, París.

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RMN-Grand Palais

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Juana de Arco

¡En nombre de Dios, los soldados lucharán y Él les dará la victoria!
(A los teólogos de Poitiers, marzo de 1429)

1429

En febrero de 1429, Juana, una campesina de 17 años hija del labrador Jacques d’Arc, se presentó ante Carlos VII de Francia en un momento crítico para el reino, sumido en plena guerra de los Cien Años con los ingleses. Estos asediaban la ciudad de Orleans, emplazada sobre el Loira, el límite de los dominios de Carlos.
Si Orleans caía, la victoria podía inclinarse del lado de los ingleses, que desde 1415 llevaban la iniciativa militar. Juana apareció como portadora de un mensaje comunicado por las voces celestiales que escuchaba: por medio de su persona, Dios liberaría Orleans. La corte envió a Juana, rodeada de un aura profética, ante una junta de teólogos en Poitiers. Allí, a la pregunta de por qué Dios necesitaba soldados para liberar a Francia, ya que Él lo podía todo, Juana contestó que los soldados lucharían y entonces Dios les daría la victoria. Los teólogos aconsejaron al rey que no rechazase a la joven (lo que sería dudar del Espíritu Santo), y en abril el monarca la envió con un ejército a Orleans. Allí, su combativa actuación contribuyó a terminar con el asedio inglés el 8 de mayo. Francia se rehízo, pero Juana no vería el final de la guerra: capturada por los ingleses, en 1431 fue quemada por hereje.  

Foto: Juana de Arco. Busto en bronce dorado por Antonin Mercié. 1848-1900. Instituto de Arte de Chicago.

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Bridgeman / ACI

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Martín Lutero

No puedo ni quiero retractarme de nada, porque hacer algo en contra de la conciencia no es seguro ni saludable. ¡Dios me ayude, amén!
(Discurso en la Dieta de Worms, 18 de abril de 1521)

1521

El día 31 de octubre de 1517, el monje alemán Martín Lutero clavó sus 95 tesis en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg, como protesta ante los abusos y la corrupción de la Iglesia católica por la venta de indulgencias (certificados para redimir los pecados y obtener la salvación). Durante los siguientes tres años, Lutero se negó  a renunciar a sus tesis y escritos, y en enero de 1521 fue excomulgado por el papa León XI. En abril de ese mismo año llegó el momento decisivo, cuando Lutero tuvo que comparecer ante la Dieta de Worms, una asamblea de príncipes del Sacro Imperio Romano Germánico presidida por el recién nombrado emperador Carlos V. Bajo la posibilidad de morir en la hoguera, Lutero fue instado de nuevo a retractarse de sus escritos. Pero no vio razón para ello, añadiendo que estaba sometido a su conciencia y ligado a la palabra de Dios. Ante sus continuas negativas, el emperador lo proscribió y publicó un edicto que eximía de consecuencias penales a cualquiera que lo matase. Lutero se salvó gracias al príncipe elector Federico III de Sajonia, su protector, que lo «secuestró» en medio de la noche y puso a salvo. La mecha de la Reforma había quedado prendida.

Foto: Martín Lutero en 1525, retratado por Lucas Cranach el Viejo.  

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Joseph Martin / Album

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Francisco Pizarro

Por este lado se va a Panamá a ser pobres. Por este otro, al Perú a ser ricos. Escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere. (Isla del Gallo, mayo de 1527).

1527

En mayo de 1527, una expedición comandada por Francisco Pizarro arribó a la isla del Gallo (en la actual Colombia). Hacía más de dos años y medio que había partido de Panamá para alcanzar el «Pirú», un fabuloso reino situado al sur. Los soldados habían pasado infinidad de penurias: quienes no habían sucumbido al hambre o a las enfermedades habían perecido por los ataques de los indígenas; todo en vano. Su descontento era tan grande que anunciaron a Pizarro su deseo de regresar. Entonces este trazó una raya en la arena con la punta de su espada, y los conminó a elegir entre la pobreza que les esperaba en Panamá o la riqueza y la fama que encontrarían si continuaban. De un total de 85 hombres, la mayoría subió a la nave que los llevaría de regreso, y con Pizarro solo se quedaron 13, que serían conocidos como los Trece de la Fama. Allí esperaron cinco meses, hasta la llegada de refuerzos al mando de Bartolomé Ruiz. Entonces Pizarro siguió navegando hacia el sur, donde dio con la ciudad de Tumbes, prueba de la existencia de un rico reino. Tras explorar otro tramo de costa, Pizarro volvió a Panamá para reclutar más hombres y preparar una nueva expedición, que en 1532 se lanzó a la conquista del Imperio inca del Perú.

Foto: Francisco Pizarro. Óleo por Daniel Vázquez Díaz. 1948. Instituto de Cooperación  Iberoamericana, Madrid.

 

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Scala, Firenze

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Thomas Hobbes

El hombre es un lobo para el hombre. (Leviatán, 1651)

1651

La frase Homo homini lupus es una antigua locución latina atribuida al comediógrafo romano Plauto, que fue popularizada por el filósofo inglés Thomas Hobbes en De Cive (1642) y posteriormente en su obra magna Leviatán (1651), donde formula los elementos centrales de su teoría política. Hobbes sostiene que, en el estado de naturaleza –el anterior a la existencia de cualquier forma de gobierno–, el hombre no tiene ninguna limitación, y puesto que todos desean lo mismo, se produce un estado de guerra de todos contra todos, en el que el hombre es el peor enemigo del hombre. Tal situación impide el desarrollo de toda actividad, y de no ser superada desembocaría en la destrucción total de la humanidad. De ahí surge la necesidad de un pacto o contrato social que permita a los hombres ganar seguridad a cambio de ceder parte de su libertad a un soberano, que es investido de un poder absoluto para ejercer un gobierno que preserve la paz social; el monstruo bíblico Leviatán es el símbolo de este poder soberano, que los súbditos temen, pero que aceptan porque los protege de sí mismos. Esta teoría política puso en cuestión los orígenes divinos del poder real, del mismo modo que la idea de un pacto previo a la designación de un monarca anticipaba ciertos aspectos de la doctrina política liberal. 

Foto: Retrato de Thomas Hobbes por un autor desconocido, con la palabra Leviatán sobre un libro.1676. Hardwick Hall, Doe Lea, Derbyshire. 

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RMN-Grand Palais

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Asamblea Nacional Constituyente de Francia

Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos. (Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, 26 de agosto de 1789)

1789

El verano de 1789 fue un momento de optimismo generalizado en Francia. Los representantes de la nobleza, el clero y la burguesía se habían constituido en Asamblea Nacional Constituyente, en representación de todo el pueblo francés, y el rey Luis XVI tuvo que aceptar esta transformación política revolucionaria tras la toma de la Bastilla. En este contexto, la Asamblea aprobó en agosto la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano, un documento inspirado en las ideas de la Ilustración y en la Declaración de Independencia de Estados Unidos (1776). De sus 17 artículos es especialmente recordado el primero, que plasma los principios que habían inspirado la revolución: proclama la libertad de todos los hombres y sus derechos naturales e inalienables (la libertad, la propiedad, la seguridad y la resistencia a la opresión). Aunque excluían a la mitad de la población –pues las mujeres no eran sujeto de esos derechos–, los creadores de la declaración fueron más allá de la esfera nacional, con la intención de que los principios plasmados en el documento tuvieran validez universal. Y así fue. Constituyeron el combustible de las revoluciones del siglo XIX, y en ellos se inspiró la Declaración universal de los derechos humanos de 1948. 

Foto: La República francesa promulgando los derechos del hombre y del ciudadano. Grabado por Philibert-Louis Debucourt.

 

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Bridgeman / ACI

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Karl Marx

La religión es el opio del pueblo.
(Introducción a la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, 1843-1844)

1844

En la introducción a su obra Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, escrita entre 1843 y 1844, figura una de las citas más divulgadas del filósofo y revolucionario alemán Karl Marx, al considerar la religión como el opio del pueblo. Marx desconfiaba de la religión, pero le reconocía una función práctica en la sociedad. Igual que el opio reduce el sufrimiento de una persona enferma y le proporciona ilusiones placenteras para seguir adelante, la religión tenía el mismo efecto sobre los padecimientos de los proletarios, lo que Marx comprendía: «La religión es el sollozo de la criatura oprimida, es el significado real del mundo sin corazón, así como es el espíritu de una época privada de espíritu». Pero, al mismo tiempo, veía la religión como uno de los principales impedimentos para alcanzar el objetivo de la revolución, pues al centrarse en lo eterno y no en lo terrenal, la religión desvía la atención del oprimido, lejos de la explotación y la estructura de clases que dominan su día a día. En tal sentido, según Marx, la religión funciona como una fuerza conservadora que favorece la continuidad de la clase dominante, impidiendo a los trabajadores tomar conciencia de su situación de opresión y actuando como freno de la revolución socialista. En adelante, la denuncia de los males del capitalismo sería indisociable de la denuncia de la religión como justificación del orden social. 

Foto: Karl Marx. Fotografía del filósofo, historiador y revolucionario alemán tomada en la década de 1870.

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Charles Darwin

La lucha por la existencia.
(Título del tercer capítulo de El origen de las especies, 1859)

1859

El naturalista británico Charles Darwin publicó El origen de las especies en 1859. En esta obra, Darwin argumentaba que en la naturaleza se produce una continua «lucha por la existencia» entre las especies, a la que no sobrevivirá necesariamente el individuo más fuerte, sino el que mejor se adapte al entorno. Esta teoría se basaba en la obra del economista Thomas Malthus, según la cual a medida que la población crece llega un punto en el que los seres vivos entran en conflicto por unos recursos limitados. Para Darwin, la inevitabilidad de la lucha por la supervivencia era la clave de la evolución por selección natural. Los individuos con un rasgo particular que los haga más aptos para enfrentarse a las circunstancias que los rodean tendrán más posibilidades de sobrevivir y reproducirse, legando esa característica hasta crear una nueva especie. Este principio explicaba la diversidad de especies sin necesidad de recurrir a la Creación divina. Pero hubo más. Trasladado a la sociedad humana, dio lugar al darwinismo social, para el que la feroz competencia económica equivalía a la lucha por la existencia biológica, y a teorías racistas que proclamaban la existencia de razas superiores y su derecho a expandirse a costa de otras inferiores.  

Foto: Charles Darwin, en un óleo de John Collier realizado en 1883. Galería Nacional de Retratos, Londres.

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Otto von Bismarck

Los grandes problemas no se resolverán con discursos y decisiones tomadas por mayoría, sino con sangre y hierro.
(Discurso ante miembros del Parlamento prusiano, 23 de septiembre de 1862)

1862

En 1862, Prusia atravesaba una grave crisis constitucional. El rey Guillermo I estaba enfrentado al Parlamento, de mayoría liberal, que había negado la aprobación de los presupuestos necesarios para la reforma del ejército. Entonces el monarca recurrió a Otto von Bismarck (1815-1898), un político conservador y profundamente monárquico, para que forzara a los parlamentarios a reconsiderar su posición.
El 23 de septiembre de ese año lo nombró ministro presidente de Prusia y ministro de Asuntos Exteriores. Una semana más tarde, Bismarck se dirigió a la comisión presupuestaria del Parlamento, que retenía la aprobación de los fondos, y pronunció un discurso en el que apelaba a la necesidad de fortalecer el ejército como base del poder del Estado prusiano. Las palabras que mencionó hacia el final de su intervención –Blut und eisen («sangre y hierro»)– se han convertido en símbolo de la política exterior bismarckiana, que durante la siguiente década unió a los Estados alemanes en tres guerras de unificación: contra Dinamarca en 1864, contra Austria en 1866 y contra Francia en 1870. En 1871, Guillermo I fue proclamado emperador de Alemania en el Palacio de Versalles, y Bismarck devino primer canciller imperial. Había logrado su gran ambición política: la unificación de la nación alemana.

Foto: El canciller Otto von Bismarck, retratado por el pintor alemán Franz von Lenbach.

 

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Abraham Lincoln

Que el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo no desaparezca de la faz de la tierra. (Discurso de Gettysburg, 19 de noviembre de 1863)

1863

Abraham Lincoln, presidente de Estados Unidos, pronunció un discurso trascendental en la estela del choque más sangriento de la guerra de Secesión norteamericana (1861-1865). La batalla de Gettysburg, librada entre el 1 y el 3 de julio de 1863, supuso el punto de inflexión de la contienda. El triunfo de la Unión acabó con la esperanza de los confederados en la victoria, pero al precio de 51.000 bajas entre ambos bandos. Cuatro meses después, el 19 de noviembre de 1863, Lincoln acudió al acto fundacional del cementerio nacional de Gettysburg, dedicado a los caídos en combate. El discurso principal del acto corrió a cargo de Edward Everett, uno de los oradores más reconocidos de su tiempo, y duró más de dos horas. A continuación, Lincoln intervino con un breve mensaje de apenas dos minutos, pero que capturó la idea central de la ocasión. Expresó su convicción de que la guerra representaba la prueba definitiva que determinaría si la nación creada en 1776 lograría sobrevivir, o si, por el contrario, iba a perecer. Por esta causa habían entregado sus vidas los muertos de Gettysburg, y ahora correspondía a los vivos, dijo Lincoln, afrontar la tarea de garantizar que «el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo» no desapareciera de la faz de la Tierra.

Foto: Abraham Lincoln, presidente de Estados Unidos   desde 1861 hasta su muerte el 15 de abril de 1865, fue asesinado por un partidario del Sur esclavista. 

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Émile Zola

¡Yo acuso...!
(L’Aurore, 13 de enero de 1898) 

1898

A finales de 1894, el capitán francés Alfred Dreyfus fue acusado de alta traición por vender secretos militares a Alemania. A pesar de la debilidad de las pruebas en su contra, fue declarado culpable por un tribunal militar, despojado de su rango en una humillante ceremonia pública, condenado a cadena perpetua y desterrado a la colonia penal de la isla del Diablo, en la Guayana Francesa. Estaba claro que había sido condenado por su origen judío y alsaciano, mientras que el verdadero culpable, un oficial de origen húngaro, fue absuelto en un juicio manipulado por los altos mandos. Indignado por el caso, el novelista Émile Zola publicó el 13 de enero de 1898 en el periódico L’Aurore una carta abierta al presidente de la República, Félix Faure, que comenzaba con el célebre J’accuse…!.
En ella, Zola denunciaba al ejército por encubrir las irregularidades del proceso judicial. La reacción pública no se hizo esperar, dividiendo a la sociedad francesa entre los defensores del capitán (los dreyfusards, progresistas y de izquierdas) y sus opositores (los antidreyfusards, derechistas, nacionalistas y antisemitas). Zola fue llevado a juicio y sentenciado a un año de cárcel por difamación, pero la atención recibida llevó a reabrir el caso, y en 1906 Dreyfus fue absuelto de todos los cargos. 

Foto: El escritor Émile Zola, cuyo artículo “¡Yo acuso...!” lo convirtió en blanco de las iras de la extrema derecha francesa.

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Henry Ford

Cualquier color que desee el cliente, siempre y cuando sea negro. (Reunión con vendedores de automóviles, 1909) 

1909

Las más famosas palabras del industrial norteamericano Henry Ford aparecieron por primera vez en su autobiografía, Mi vida y mi obra, publicada en 1922. En ella, Ford describe una reunión que tuvo lugar en 1909, en la que un comerciante le instó a que añadiera más modelos al catálogo de su marca automovilística, a lo que Ford respondió que fabricaría únicamente un modelo, y que este estaría disponible en «cualquier color que desee el cliente, siempre y cuando sea negro». Ese modelo era el Ford T, un vehículo asequible, fácil de manejar y duradero, introducido en 1908. Los primeros modelos estaban disponibles en varios colores, pero en 1914 Ford fijó la política de color único, al tiempo que ponía en marcha una innovación industrial: la cadena de montaje. La decisión se tomó porque la pintura negra era la más barata y la que se secaba más rápido, consiguiendo así la máxima productividad. La eficacia de la cadena de montaje permitió abaratar costes y aumentar la producción (que pasó de 17.700 unidades en 1909 a 1,8 millones en 1923), lo que posibilitó bajar el precio del Ford T a 260 dólares en 1921 (el equivalente a una décima parte de los ingresos anuales de una familia media estadounidense). La política del color único estuvo en vigor hasta 1926, cuando ya fue posible conseguir los modelos de Ford en otros colores.  

Foto: Henry Ford junto a un Ford T, del que entre 1908 y 1927 se vendieron 15 millones de unidades.

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Bettmann / Getty Images

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Christabel Pankhurst

Estamos aquí para reivindicar nuestro derecho como mujeres no solo a ser libres, sino a luchar por la libertad. (Discurso del 23 de marzo de 1911 en Londres, publicado en Votes for women el 31 de marzo)

1911

Christabel Pankhurst fue una de las principales líderes del movimiento sufragista, que a principios del siglo XX luchaba en el Reino Unido por conseguir el voto para las mujeres. En 1903 fundó junto a su madre, Emmeline Pankhurst, la Unión Social y Política de Mujeres (WSPU por sus siglas en inglés), que ante la falta de respuesta a sus demandas por parte del Gobierno promovió manifestaciones y actos de desobediencia civil. Fueron víctimas de una represión a veces cruenta, como la del 18 de noviembre de 1910, el Viernes Negro, una marcha sobre el Parlamento que acabó con la muerte de dos sufragistas. No es extraño que, el 23 de marzo de 1911, Christabel, en un discurso en Londres, identificase la causa de las mujeres con la de la libertad, en una reivindicación que cada vez contaba con el apoyo de más hombres. La represión acabó llevando a la WSPU a adoptar una acción militante, con actos violentos y de sabotaje que iban desde romper escaparates y quemar buzones hasta colocar bombas e incendiar edificios públicos. La campaña de las sufragistas se vio interrumpida por el estallido de la Gran Guerra en 1914, aunque paradójicamente fue este conflicto lo que aceleró la obtención de los derechos que tanto reclamaban, al haber incorporado a las mujeres al esfuerzo de guerra: en 1918, las británicas mayores de 30 años, y con un mínimo de patrimonio, pudieron votar por primera vez.  

Foto: Christabel Pankhurst. Fotografía tomada durante un acto sufragista en Nueva York. Octubre de 1909.

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Robert Nivelle

¡No pasarán!
(Orden del día del 23 de junio de 1916)

1916

Al comenzar 1916, la primera guerra mundial se adentraba en su segundo año de combates. Con ambos bandos fuertemente atrincherados y ante la imposibilidad de romper el frente francés, el general Erich von Falkenhayn, jefe del Estado Mayor del Ejército alemán, adoptó una nueva estrategia: la guerra de desgaste. El objetivo pasaba por desangrar a Francia en hombres y recursos con una gran ofensiva en un punto concreto. Para ello eligió Verdún, a orillas del Mosa, cuyas fortificaciones se hallaban en un saliente del frente. Desde el comienzo de la ofensiva en febrero, la resistencia francesa fue férrea, pero el 23 de junio los alemanes estuvieron a punto de romper las defensas aliadas con la toma de Fleury, a 5 km de Verdún. Esto llevó al comandante de las fuerzas francesas en la zona, el general Robert Nivelle, a concluir la orden del día con la afirmación «¡No los dejaréis pasar, mis camaradas!». Verdún resistió. La frase, convertida en «¡No pasarán!», se consagró como un lema utilizado para expresar la determinación de defender a toda costa una posición contra el enemigo, y en los años treinta devino una consigna contra el fascismo. Así sucedió en 1937, durante la guerra civil española, cuando el bando republicano la empleó durante la batalla de Madrid.  

Foto: El general francés Robert Nivelle, al frente de la defensa de Verdún desde abril de 1916.

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Winston Churchill

¡Lucharemos en las playas, lucharemos en los aeródromos, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas. ¡Nunca nos rendiremos!
(Discurso al Parlamento británico, 4 de junio de 1940)

1940

Las primeras semanas de Winston Churchill como primer ministro del Reino Unido fueron posiblemente las más difíciles de su mandato. El 10 de mayo de 1940, el día en que accedía al cargo en sustitución de Neville Chamberlain, la Alemania de Hitler lanzó su ofensiva sobre Europa occidental (Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo y Francia). En poco más de una semana, las divisiones acorazadas germanas llegaron al canal de la Mancha, aislando en la ciudad portuaria de Dunkerque a la totalidad de las fuerzas británicas en el continente, que habían sido despachadas al norte de Francia al inicio de la guerra. Los alemanes cercaron la ciudad, rompiendo las líneas defensivas el 4 de junio, pero para entonces la Marina Real británica ya había completado la evacuación de 338.000 soldados aliados de Dunkerque. Ese mismo día, Churchill se dirigió al Parlamento con un discurso en el que celebraba la gesta y preparaba a sus conciudadanos para una invasión inminente que ahora, tras la repatriación de sus soldados, podían afrontar con cierta esperanza. La parte más celebrada del discurso, donde exponía con vehemencía la determinación del pueblo británico de luchar hasta el final, iba dirigida también a Estados Unidos, entonces solo un espectador del conflicto europeo. 

Foto: Winston Churchill muestra el signo de la victoria durante una visita al aeródromo de Croydon en 1948.

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Martin Luther King

Tengo un sueño.
(Discurso de Washington, 28 de agosto de 1963)

1963

Al final de la multitudinaria Marcha por el Trabajo y la Libertad en Washington, el 28 de agosto de 1963, el ministro bautista Martin Luther King subió al podio frente al Monumento a Lincoln y ante miles de personas pronunció uno de los discursos más famosos del siglo XX, reconocido por la frase recurrente «Tengo un sueño». Imaginaba un futuro donde sus hijos no fueran juzgados por el color de su piel, sino por el contenido de sus mentes. Desde 1955, King se había convertido en el líder más visible del movimiento por los derechos civiles, que buscaba acabar con la segregación racial que sufrían muchos afroamericanos, tanto en el Sur como en otros lugares de la nación. A través de su organización, la Conferencia de Liderazgo Cristiano del Sur, organizó numerosos actos de desobediencia civil y masivas protestas no violentas. La Marcha de 1963 y el discurso de King dieron un poderoso impulso a esa pugna por la igualdad racial. La mayoría de derechos reclamados por el movimiento serían alcanzados con la Ley de derechos civiles de 1964 y la Ley de derecho de voto de 1965. King, que en 1964 recibió el Premio Nobel de la Paz, fue asesinado en 1968 de un disparo en Memphis, un crimen cuya autoría intelectual sigue siendo motivo de controversia.

Foto: Martin Luther King dirige una plegaria el 1 de enero de 1960 en Washington, la capital de Estados Unidos. 

 

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Este artículo pertenece al número 239 de la revista Historia National Geographic.