Admirada, temida y detestada

Esparta

El peculiar modo de vida y de gobierno de los espartanos suscitó entre los demás griegos tantos admiradores como detractores, especialmente en Atenas, su gran rival por el dominio de Grecia.

Guerreros respetados

Guerreros respetados

Foto: Tony Querrec / RMN-Grand Palais

En la época de máxima rivalidad y hostilidad entre Atenas y Esparta, que culminó en la devastadora guerra del Peloponeso (431-404 a.C.), se produjo en la capital del Ática un fenómeno paradójico. Muchos de sus ciudadanos, en lugar de abominar de sus enemigos mortales, expresaban abiertamente su admiración por ellos. Lo hacían, entre otras cosas, imitando su atuendo y su régimen. Se dejaban el pelo largo –para parecer tan altos, nobles y fieros como los lacedemonios–, se vestían con sobriedad y evitaban todo abuso en la comida y la bebida, siguiendo la llamada «dieta espartana». Estos atenienses de clase acomodada sublimaron todo lo espartano, en un fenómeno que se conoce como laconismo (Laconia era el nombre de la región donde se asentaba Esparta).

Ilustración: eosgis.com

Cronología

Auge y caída de Esparta

Siglos VIII-VI a.C.

Esparta asienta su dominio sobre Laconia, basado en la explotación de los ilotas, esclavos al servicio de los espartanos. La ciudad estaba situada en un punto central estratégico del sur de la península del Peloponeso.

480 a.C.

Trescientos espartanos al mando de Leónidas resisten hasta el final el avance persa en el paso de las Termópilas.

431-404 a.C.

La guerra del Peloponeso enfrenta a Atenas con Esparta. Ambas ciudades representan dos modelos políticos antagónicos.

Siglo IV a.C.

Tras la victoria espartana, se intensifica en Atenas la laconofilia, la admiración por el sistema político de Esparta.

371 a.C.

La derrota frente a Tebas en la batalla de Leuctra supone el principio del fin de la hegemonía de Esparta en Grecia.

146 a.C.

Tras conquistar Corinto y derrotar a la liga aquea, los romanos permiten a los espartanos volver a su educación tradicional.

Hoplita espartano proveniente del santuario de Apolo en Corinto. Museo Arqueológico Nacional, Atenas.

Hoplita espartano proveniente del santuario de Apolo en Corinto. Museo Arqueológico Nacional, Atenas.

Foto: César Fornis Vaquero

Una de las fuentes de la fama de los espartanos fue su papel durante las guerras médicas, cuando asumieron el mando de la liga helénica para resistir a los invasores persas. El sacrificio hasta la muerte de Leónidas y sus trescientos elegidos en la batalla de las Termópilas, luego de tres días de intensa y cruenta lucha relatada con viveza y dramatismo por Heródoto, asoció para siempre el nombre de Esparta a la lucha por la libertad de los griegos. «Aun estando muertos, ellos no han muerto –cantaría el poeta contemporáneo Simónides de Ceos–, pues su excelencia los eleva de los dominios de Hades y los corona de gloria». En la centuria siguiente, el historiador Éforo fue incluso más allá y convirtió el fracaso en gesta triunfal: Leónidas y sus espartanos tenían «preferencia sobre aquellos que después consiguieron las victorias en las batallas contra Jerjes, porque el recuerdo de las proezas de aquellos héroes provocó el terror de los bárbaros, mientras que a los griegos les incitó a emular su bravura». También en el siglo IV a.C., los oradores atenienses abundarían en la idea de que las Termópilas no fue una derrota, ya que no hubo abandono del puesto.

Una sociedad guerrera

Además de por sus cualidades guerreras, Esparta destacaba, desde la época arcaica, por su régimen político y su modelo social, basado en una clase de ciudadanos guerreros que estaban liberados del trabajo cotidiano gracias a los ilotas, la masa de esclavos públicos. Este régimen aristocrático resultaba muy atractivo para los atenienses ricos que criticaban las estructuras democráticas de su propia ciudad y soñaban con establecer un sistema oligárquico semejante al espartano. Así, Jenofonte elogiaba a Licurgo –la figura mítica a quien se atribuía la constitución espartana– por haber prohibido a los ciudadanos dedicarse a las actividades artesanales y el comercio, pues así podían entregarse a las ocupaciones consideradas dignas, «aquellas que hacen al hombre más libre»: los asuntos cívicos, especialmente la política y la guerra, pero también la caza y el deporte. Para este historiador ateniense, Esparta era un lugar donde «todos practican públicamente todas las virtudes».

Acrópolis de Atenas

Acrópolis de Atenas

Las espléndidas construcciones de la acrópolis ateniense en el siglo V a.C. contrastaban con el aspecto de Esparta, que según Tucídides era un conjunto de aldeas dispersas.

Foto: Shutterstock

En esta misma línea, varios filósofos y teóricos políticos dejaron entrever claramente su admiración por Esparta, presentándola como un modelo de armonía y estabilidad, en contraste con las constantes revoluciones que sufrían otras ciudades griegas. En la primera mitad del siglo IV a.C., Platón la tomó como modelo para sus ciudades utópicas de Calípolis, en La República, y Magnesia, en Las Leyes. El filósofo ateniense veía en Esparta la encarnación de la llamada «Constitución mixta», una combinación de monarquía, aristocracia y democracia que permitía evitar que el Estado degenerara en tiranía (el gobierno despótico de uno solo), oligarquía (el gobierno de unos pocos) u oclocracia (el poder de la turba).

Culto heroico

Culto heroico

Esta estela laconia del siglo VI a.C. es un ejemplo del culto a los héroes micénicos y homéricos que se practicaba en Esparta.

FOTO: BPK / Scala, Firenze

Esparta lograba esta sabia mezcla de autoridad y libertad gracias a que tenía dos reyes, un Consejo de Ancianos integrado por las mejores familias y la Asamblea de ciudadanos y los éforos, que representaban al pueblo y frenaban a los otros dos poderes. Esparta disfrutaría así de una Constitución óptima (ariste politeia) que dio longevidad y estabilidad al régimen. En el mismo período, el orador Lisias aseguraba en su Discurso olímpico que los espartanos se habían visto siempre libres de conflictos internos. Dos siglos más tarde, el historiador Polibio reafirmaba que los lacedemonios «se gobiernan a sí mismos con un hermoso entendimiento y siempre están de mutuo acuerdo».

La severa vida espartana

Otro rasgo de la sociedad espartana que suscitaba admiración era la igualdad económica que reinaba entre sus ciudadanos. A finales del siglo V a.C., el historiador ateniense Tucídides explicaba que en Lacedemonia «por norma general los de mayor fortuna no mantienen grandes diferencias con el resto de la población». Asimismo, señalaba que la grandeza de Esparta radicaba en sus ciudadanos y en las virtudes que desplegaban, y no en las obras o los vestigios que nos han dejado: «Si fuera asolada la ciudad de los lacedemonios y sólo quedaran los templos y los cimientos de los edificios, pienso que los hombres del mañana tendrían muchas dudas respecto a que la fuerza de los lacedemonios correspondiera a su fama. Pues la ciudad no tiene templos ni edificios suntuosos y no está construida de forma conjunta, sino que está formada por aldeas dispersas, a la manera antigua de Grecia».

La gloriosa derrota

La gloriosa derrota

La resistencia espartana en la batalla de las Termópilas, en el año 480 a.C., se convirtió en un episodio mítico de la historia griega. Ilustración por Giuseppe Rava.

Foto: Rava / Bridgeman / ACI

Otra seña de identidad de los espartanos era ser parcos en palabras, una manifestación más de su austeridad. El espartano se expresaba con concisión, de una forma que podría parecer ruda y áspera, pero que no estaba exenta de ingenio, ironía y una sabiduría ancestral. «No es buen zapatero aquel que calza un pie pequeño con un gran zapato», opinaba el rey Agesilao II de un orador elogiado por saber amplificar temas nimios.

El pórtico persa

El pórtico persa

Financiado con el botín de la batalla de platea, era uno de los pocos edificios monumentales de Esparta. Joseph Michael Gandy lo recreó en esta acuarela.

Foto: Bridgeman / ACI

En su tratado Sobre la locuacidad, Plutarco decía del estilo lacónico: «Igual que los celtíberos transforman el hierro en acero enterrándolo en la arena y luego eliminan una gran cantidad de tierra [adherida al metal], así el discurso lacónico no tiene escoria, despojado de toda superficialidad y ajustado a los valores esenciales». Platón, por su parte, relacionaba el laconismo verbal con una forma de conocimiento arcaica, anterior a la perniciosa influencia de la sofística y sus enredos retóricos. A sus ojos, el modo de expresarse espartano se asemejaba a las sentencias inscritas en el oráculo de Delfos (como «nada en exceso» o «conócete a ti mismo»), acuñadas por los legendarios Siete Sabios de Grecia, entre los cuales había un espartano, Quilón.

Un urbanismo singular

Un urbanismo singular

En época clásica, la ciudad de Esparta carecía de murallas y de un único núcleo urbano. En la imagen, los restos del teatro romano, con las cumbres nevadas del Taigeto al fondo.

Foto: Heritage / Age Fotostock

Frente a estos autores que admiraban todo lo espartano, hubo muchos griegos, y en particular atenienses, que rechazaron las costumbres y los valores de Esparta. Así, el desdén que los lacedemonios mostraban por las discusiones filosóficas era considerado un signo de su esterilidad cultural. Un escrito sofístico de la Atenas de finales del siglo V a.C. aseguraba que los lacedemonios no consideraban beneficioso instruir a sus hijos en las letras y en la música, y Aristóteles destacaba que durante su formación los jóvenes espartanos realizaban ejercicios físicos embrutecedores con el objetivo de fomentar el valor y el coraje.

Los humos laconios

En el teatro cómico ateniense de finales del siglo V a.C., los espartanos y sus admiradores son a menudo objeto de burla. En la Lisístrata, de Aristófanes, el coro (que representa a Atenas) se enorgullece de que el rey espartano Cleómenes I, que en 507 a.C. trató de imponer a Atenas un gobierno oligárquico, abandonara la acrópolis ateniense «con sus humos laconios, tras entregarme las armas, cubierto de mugre y sin afeitar, tras seis años sin ver el agua». En Las aves, el mismo autor presenta como figuras hambrientas y sucias a los atenienses acomodados que son presa de la «laconomanía» (la admiración desmedida por Esparta), un término inventado por el propio Aristófanes. También eran frecuentes las bromas sobre la homosexualidad en la sociedad espartana, hasta el punto de que Aristófanes emplea el verbo «laconizar» como sinónimo de practicar el coito anal.

Burlas y desprecio

Burlas y desprecio

Aristófanes criticó con vehemencia el sistema político y social espartano en sus obras. Busto del siglo II d.C. Louvre, París.

Foto: DEA / Scala, Firenze

En la misma época, las tragedias de Eurípides también muestran escasa simpatía por la ciudad enemiga. La única superioridad que se reconoce a los espartanos es la militar: «Si les faltara la fama de su lanza y la lucha en la batalla, sabed que en lo demás no son mejores que nadie», esgrime un personaje en Andrómaca. En un parlamento puesto en boca de la protagonista de la obra, Andrómaca los acusa de avaricia y duplicidad: «¡Oh, los más odiosos de los mortales para todos los hombres, habitantes de Esparta, consejeros falsos, señores de mentiras, urdidores de males, que pensáis de modo tortuoso, nada sano, y dándole la vuelta a todo! Injustamente tenéis poder a través de la Hélade. Qué vergüenza vuestra avidez: es sabido que mientras decís una cosa, otra distinta está en vuestro pensamiento».

Mujeres atletas

Mujeres atletas

Las espartanas hacían deporte en igualdad con los hombres. Estatuilla de atleta. Siglo VI a.C. Museo Arqueológico Nacional, Atenas.

Foto: L. Ricciarini / Bridgeman / ACI

La mujer espartana tampoco sale bien parada en esta obra de Eurípides: «Y es que ni aun queriéndolo podría ser casta una doncella de las que allá en Esparta abandonan sus casas para unirse a los mozos, con el peplo abierto y los muslos desnudos, en palestras y estadios, costumbres que no puedo soportar». Estos versos que hoy calificaríamos de misóginos se refieren al hecho de que las mujeres espartanas hacían ejercicios físicos desnudas, lo cual resultaba insólito (e intolerable) para los demás griegos.

Mujeres de Esparta

Mujeres de Esparta

Este óleo de Jean-Jacques Le Barbier muestra a las espartanas defendiendo su ciudad ante una revuelta ilota. Siglo XVIII. Museo del Louvre, París.

Foto: Daniel Arnaudet / RMN-Grand Palais

La situación de las espartanas era ciertamente singular: disfrutaban de un patrimonio inmueble propio, recibían una educación elemental, podían salir de casa y tenían cierta voz en la sociedad. Esto hizo que los autores griegos y romanos, siempre hombres, construyeran en torno a ellas una imagen de promiscuidad. Desde el siglo IV a.C., además, el descenso progresivo en el número de ciudadanos espartanos llevó a que las mujeres fueran acumulando la propiedad de la tierra, dos quintas partes según Aristóteles, quien comenta de modo despectivo que Esparta estaba sometida a una ginecocracia o gobierno de las mujeres.

Referente de ética y coraje

Los sentimientos encontrados de admiración y desprecio frente a Esparta continuaron incluso después de que el poder lacedemonio llegara a su fin. Así, muchos romanos se miraron en Esparta como en un espejo, por su ordenamiento político y sus costumbres imperturbables. Esparta se convirtió también en un referente ético, un «ejemplo de virtud». En las Epístolas morales a Lucilio, el filósofo estoico Séneca justificaba la idea del suicidio con la historia de un adolescente espartano que, hecho prisionero y esclavizado, se abrió la cabeza contra un muro tan pronto se le ordenó la primera tarea servil y degradante. En cuanto a Cicerón, a propósito de unos embajadores llegados a Roma, se exclama: «He aquí a los enviados de Lacedemonia, ese pueblo famoso por sus hazañas, donde los ciudadanos traen consigo al nacer un coraje que la educación fortifica; de ese pueblo único que, desde hace más de setecientos años, ha conservado fielmente sus leyes y costumbres».

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La ciudad más misteriosa de Grecia

Licurgo de Esparta, por Merry Joseph Blondel. 1828. Museo de la Picardía, Amiens.

Licurgo de Esparta, por Merry Joseph Blondel. 1828. Museo de la Picardía, Amiens.

Foto: Josse / Bridgeman / ACI

En la visión que aún hoy tenemos de la antigua Grecia, Atenas y Esparta representan dos modelos políticos y culturales antagónicos. Sin embargo, la información que tenemos sobre cada una de estas ciudades es muy diferente. Mientras Atenas privilegió la cultura escrita y dejó un rico patrimonio artístico, Esparta se mantuvo apegada a la cultura oral y fue refractaria a la visita de extranjeros que «contaminaran» los valores puros y eternos que regían su peculiar forma de vida, atribuidos al mítico legislador Licurgo. El resultado es que no tenemos fuentes provenientes de la propia Esparta y son personas ajenas las que relatan su pasado o sus costumbres. Voluntaria o involuntariamente, estas fuentes ajenas idealizan o demonizan la ciudad, y en cualquier caso siempre distorsionan una realidad que resulta difícil de aprehender para nosotros.

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Un elogio lleno de floritura

Leónidas encabezó la resistencia en las Termópilas. Estatua erigida en Esparta, en 1968.

Leónidas encabezó la resistencia en las Termópilas. Estatua erigida en Esparta, en 1968.

Foto. Samuel Magal / Bridgeman / ACI

El filósofo griego Máximo de Tiro, que vivió en el siglo II d.C., elogió en sus Disertaciones filosóficas el régimen de los antiguos espartanos. Máximo ensalzaba a Licurgo por haber creado un Estado para un tipo de ciudadano aguerrido y amante de la libertad: «Libre de la tierra, erguido, de cara a la libertad, formado entre azotes y golpes, cacerías, marchas por los montes y otros mil ejercicios, y que al alcanzar suficiente endurecimiento, una vez formado en la lanza y el escudo bajo el mando de la ley como general, combate en la primera línea por la libertad, salva a Esparta». También lo felicitaba por haber fundado «una ciudad sin murallas, impávida, que no ha visto escudos hostiles, que no ha oído lamentos, que no ha oído amenazas. ¿Hay algo más doloroso que el miedo, más sufrido que la esclavitud, más agotador que la necesidad?». Pese a ello, hay que tener en cuenta que la obra de Máximo tiene mucho de ejercicio retórico.

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Razones para admirar a Esparta

Desde el Renacimiento, muchos políticos y pensadores vieron en la antigua Esparta un modelo a imitar, ya fuese para establecer la igualdad social o, al contrario, para imponer el dominio de una «raza».

Michel de Montaigne. Retrato anónimo de la escuela francesa. Siglo XVII.

Michel de Montaigne. Retrato anónimo de la escuela francesa. Siglo XVII.

Foto: Bridgeman / ACI

«Maestros en el valor y la justicia»

1580. Mientras su país se desgarraba en una terrible guerra civil, el filósofo Michel de Montaigne vio en Esparta un ejemplo admirable de estabilidad y sana educación moral. Allí, «la marcialidad educativa dotaba al individuo de un carácter enérgico, fuerte». «Desdeñando cualquier otro yugo que no fuese la virtud –afirma–, los espartanos preferían los maestros en el valor, la prudencia y la justicia a los tutores literarios». Montaigne sentía admiración por «este divino ordenamiento lacedemonio, tan grande, tan admirable y tanto tiempo floreciente en virtud y en felicidad, sin ninguna institución ni ejercicio de letras».

Jean-Jacques Rousseau, por Allan Ramsay. Galería Nacional de Escocia, Edimburgo.

Jean-Jacques Rousseau, por Allan Ramsay. Galería Nacional de Escocia, Edimburgo.

Foto: Bridgeman / ACI

«Expulsas de tus muros a las artes»

1750. Jean-Jacques Rousseau llegó a la conclusión de que la filosofía ilustrada era vacía e inútil y abogó por el retorno a lo que consideraba como sentimientos naturales. Esparta le parecía el modelo insuperable a seguir, una «república de semidioses más que de hombres. ¡Tan superiores a la humanidad parecen sus virtudes! ¡Oh, Esparta! Mientras los vicios conducidos por las bellas artes se introducen juntos en Atenas [...] tú expulsas de tus muros a las artes y a los artistas, a las ciencias y a los sabios». Los espartanos no necesitaban leer para ser ingeniosos: «Los charlatanes atenienses temían igualmente sus palabras como sus golpes».

Francois Babeuf, conocido como Gracchus Babeuf, grabado del siglo XIX.

Francois Babeuf, conocido como Gracchus Babeuf, grabado del siglo XIX.

Foto: Costa / Bridgeman / ACI

«La igualdad de hecho no es una quimera»

1796. Durante la Revolución francesa, muchos revolucionarios invocaron a Esparta como modelo de patriotismo y valor militar; las leyes de Licurgo eran un ejemplo de cómo se podía reformar radicalmente un Estado. Algunos jacobinos llegaron a proponer un sistema de educación colectiva de los niños a la manera espartana, por el que «todos, a expensas de la República y bajo la santa ley de la igualdad, recibirían los mismos vestidos, la misma alimentación, la misma instrucción, los mismos cuidados». El comunista Babeuf, por su parte, consideraba a Esparta como la prueba de que «la igualdad de hecho no es una quimera».

Oscar Wilde. Fotografiado por Napoleón Sarony. Museo Metropolitano, Nueva York.

Oscar Wilde. Fotografiado por Napoleón Sarony. Museo Metropolitano, Nueva York.

Foto: Album

«Los más hermosos de toda Grecia»

1893. A finales del siglo XIX, algunos seguidores de la estética decadente buscaron inspiración en Esparta. El británico Walter Pater elaboró una visión idealizada de Lacedemonia, en la que veía «una juventud que sabía cómo mandar sirviendo, en una constante exhibición de coraje juvenil, de dignidad juvenil y por encima de todo de sincera docilidad juvenil». Con acentos homoeróticos, consideraba a los espartanos como «los más hermosos de toda Grecia». Oscar Wilde, alumno de Pater, quizá traspasó esta admiración estética a su personaje Dorian Gray (Dorian significa dorio, el pueblo al que pertenecían los espartanos).

Adolf Hitler, líder del partido nazi alemán. Retrato de B Von Jacobs. 1933.

Adolf Hitler, líder del partido nazi alemán. Retrato de B Von Jacobs. 1933.

Foto: Bridgeman / ACI

«Un ejemplo de estado con base racial»

1930. Esparta era uno de los ejemplos históricos preferidos en la doctrina nacionalsocialista de Adolf Hitler. El propio Führer la consideraba como «el ejemplo más iluminador de Estado con base racial de la historia de la humanidad», y se apoyaba en la práctica espartana de «exponer a los niños enfermos, débiles y deformes» para defender su política de eugenesia. En 1933, el ministro de Educación del régimen nazi declaraba: «Debemos educar una raza de espartiatas y aquellos que no estén preparados para entrar en esta comunidad espartiata deberán renunciar para siempre a convertirse en ciudadanos de nuestro Estado».

Simone de Beauvoir, autora de 'El segundo sexo'. Fotografía de 1957.

Simone de Beauvoir, autora de 'El segundo sexo'. Fotografía de 1957.

Foto: Roger Viollet / Aurimages

«Las mujeres no estaban esclavizadas»

1949. En El segundo sexo, la francesa Simone de Beauvoir daba una visión muy idealizada de la situación de la mujer en Esparta como precedente de su programa feminista: «Fue la única ciudad griega en la que la mujer fue tratada casi igual que el hombre. Las muchachas eran criadas como los muchachos; la esposa no estaba confinada en la casa del marido [...], los niños pertenecían en común a la ciudad y las mujeres no estaban esclavizadas a un dueño [...]. Las mujeres asumían la servidumbre de la maternidad como los hombres la de la guerra; pero más allá del cumplimiento de ese deber cívico, no se ponía ningún control a su libertad».

Este artículo pertenece al número 217 de la revista Historia National Geographic.

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