El día a día del monarca

El Escorial, una jornada de Felipe II en su palacio-monasterio

Cada año el Rey Prudente pasaba largas temporadas en El Escorial, dedicado a pasear y cazar, escuchar misa y trabajar en asuntos de gobierno

San Lorenzo

Foto: Manfred Gottschalk / Getty Images

Cuando en noviembre de 1561 Felipe II decidió levantar el monasterio de San Lorenzo en El Escorial, concibió la obra como algo más que un convento de frailes jerónimos: su principal función sería la de servir de panteón de su dinastía, la de los Austrias. El rey, además, incluyó en el proyecto un discreto palacio para pasar largas estancias –algo que no dejó de hacer desde 1562–, una monumental basílica, un colegio donde se formarían los futuros religiosos y una de las mejores bibliotecas de su época.

Trabajos de construcción

Felipe II, con sus arquitectos, inspecciona las obras de San Lorenzo de El Escorial. Óleo por Luca Giordano. Hacia 1692. Museo del Prado, Madrid.  

Foto: Oronoz / Album

Cronología

La gran obra de Felipe II

1561

Una comisión creada por el rey Felipe II decide levantar en la localidad de El Escorial un monasterio Jerónimo. El lugar será residencia real y también contendrá el panteón de los Austrias.

1577

Un perro negro anda aullando por las obras del monasterio. Algunos dicen que el can es la encarnación del pueblo de Castilla oprimido por los injustos impuestos del rey.

1586

Se consagra la basílica y concluyen las obras del monasterio, así como los aposentos reales del palacio. Durante ese verano, el rey ya empieza a alojarse en esas estancias.

1598

Felipe II, presintiendo que su fin se acerca, se hace trasladar a El Escorial. Allí, en su amado palacio, el monarca de uno de los mayores imperios del mundo agoniza tres meses y fallece.

El monarca solía pasar en El Escorial varios meses seguidos, sobre todo en verano. En 1586, cuando las obras del palacio-monasterio estaban prácticamente terminadas, el rey pasó allí más de cien días, entre mayo y octubre. Inicialmente, Felipe II había tenido sus habitaciones en la zona del convento, en la hoy desaparecida torre de Mediodía, pero en aquel año se trasladó a una nueva zona de aposentos privados, a los que nadie podía acceder sin su permiso.

El dormitorio de Felipe II estaba situado en el tercer piso del sobrio edificio palaciego. Se abría al altar mayor de la iglesia, debajo del cual se había construido la cripta del panteón. El arquitecto Juan de Herrera había corregido las visuales de la estancia para que el rey pudiera ver desde su cama tanto el altar mayor como el paisaje frondoso que se extendía bajo los ventanales de esa parte sur que ocupaba.

El cuarto del rey

El dormitorio reflejaba el carácter austero del soberano. En esta imagen se aprecia la cama con su baldaquino.  

Foto: Oronoz / Album

En el aposento que utilizaba como dormitorio, el rey también tenía su despacho, probablemente tan sencillo y escueto como el resto de las estancias del palacio. Se sabe que disponía de un estante para libros. Desde el dormitorio, el rey oía el canto de los frailes o de los alumnos del seminario, que hacían misa cantada en la basílica a las cuatro de la mañana, lo que no parecía molestarle, sino todo lo contrario.

Los días de correo, recibía allí los despachos llegados de todas partes que mantenían al monarca al tanto de «la respiración del mundo», desde las lejanas islas Molucas hasta Lima, pasando por París o Roma. El acceso a este despacho debía de ser muy restringido y es probable que nadie visitara al rey en este espacio fuera de su hija, la infanta Isabel, y de algunos gentileshombres de su casa que actuaban como secretarios privados o de cámara y acompañaban constantemente al monarca, ayudándole en el despacho de papeles y convocando y recibiendo a otros ministros.

Cáliz de plata sobredorada de finales del siglo XVI. Monasterio de San Lorenzo de el Escorial.

Cáliz de plata sobredorada de finales del siglo XVI. Monasterio de San Lorenzo de el Escorial.

Foto: Oronoz / Album

Una jornada real

La vida diaria del rey en El Escorial seguía unas pautas bastante repetitivas, aunque sujetas a fuertes variaciones obligadas por las circunstancias. Felipe II solía levantarse temprano, en torno a las siete de la mañana. Un gentilhombre de la cámara debía de asistirle en su aseo y vestimenta. A continuación, el rey acudía a misa. Uno de los alicientes de su estancia en San Lorenzo era entregarse a los actos religiosos. No sólo asistía a la misa diaria; también a los sermones de algún predicador (aunque a veces él mismo confesaba que se le habían hecho tediosos y que se había dormido en parte de los mismos) y acompañaba a los frailes a cualquiera de las horas que se hacían misas cantadas. Alguno dejó testimonio de que se veía llorar al rey con el canto gregoriano que tanto le emocionaba.

El patio de los reyes es el acceso principal al monasterio. Dos altas y sobrias torres flanquean  la fachada  de la basílica.

El patio de los reyes es el acceso principal al monasterio. Dos altas y sobrias torres flanquean la fachada de la basílica.

Foto: Alamy / ACI


También asistía a procesiones, especialmente en Semana Santa y Corpus Christi, a las ceremonias de consagración de altares y de nuevos frailes, y a todo tipo de actos religiosos.

Tras la misa, comenzaba el trabajo. En su mismo dormitorio, el rey se dedicaba a escribir y despachar los negocios, asistido por su secretario personal. Ese año de 1586, aunque su ritmo de trabajo era más lento debido a un severo ataque de gota, había infinidad de asuntos de los que ocuparse. Estaban las negociaciones con el papa Sixto V para que aportara un millón de escudos a la invasión de la Inglaterra protestante con la Gran Armada (que acabaría siendo conocida como Armada Invencible).

Mientras, como una cortina de humo para ocultar estos planes, se daban instrucciones al gobernador de los Países Bajos y al representante real Bodenham para negociar con los ingleses la retirada de sus tropas de Flandes y la devolución de las plazas que retenían allí (sobre todo, el estratégico puerto zelandés de Flesinga). Por su parte, el embajador español en París informaba de la conspiración de Babington, una conjura católica para asesinar a la reina inglesa Isabel I. Las noticias de los ataques y depredaciones del pirata Francis Drake desde Galicia hasta la Florida causaron enorme irritación al rey.

Camafeo con retrato de Felipe II, por Jacopo da Trezzo. Palazzo Pitti, Florencia.

Camafeo con retrato de Felipe II, por Jacopo da Trezzo. Palazzo Pitti, Florencia.

Foto: AKG / Album

Hora de comer

Hacia las diez o las once, Felipe II hacía un alto para comer. El rey comía solo o acompañado por la infanta Isabel, asistido por sus gentileshombres de boca según un estricto ritual. La comida se realizaba en una estancia del palacio donde el soberano disfrutaba paseando con sus hijos a la puesta del sol, y en la que solía charlar con el guarda mayor Cabrera de Córdoba. De sus paredes colgaban dibujos de perspectivas de jardines, plantas, hierbas y flores de las Indias, animales y aves extraídos de los quince libros sobre flora y fauna indiana del doctor Francisco Hernández.

Retablo de la capilla Mayor  de la basílica, de 30 m de altura. Lo diseñó Juan de Herrera, el arquitecto de  El Escorial.

Retablo de la capilla Mayor de la basílica, de 30 metros de altura. Lo diseñó Juan de Herrera, el arquitecto de El Escorial.

Foto: Markus Bassler / AGE Fotostock

La comida del rey era frugal: todo pesado y medido, siempre en la misma cantidad; aunque en su dieta había un exceso de carne, probable causa de los ataques de gota como el que padecía ese verano. Bebía con moderación –uno o dos vasos de vino–, costumbre que abandonaría unos años después.

El rey en su despacho

Tras la comida, despachaba todas las súplicas y documentos que requerían su firma para ejecutarse. También recibía a los secretarios de los Consejos (equivalentes a nuestros ministerios), previa cita por escrito para que acudieran a despachar con él. Más excepcionalmente, se entrevistaba con alguno de los numerosos embajadores destacados en Madrid. El rey buscaba el retiro de San Lorenzo precisamente para evitar en lo posible estas audiencias, que, aunque a veces eran inevitables, consideraba una pérdida de su precioso tiempo. Algunos de sus ministros principales también solicitaban audiencia para tratar asuntos graves y urgentes. Para estos encuentros se empleaba una estancia –cercana a una sala de espera y al propio dormitorio real– destinada a las audiencias ordinarias, conocida como Salón de Embajadores.

Carta de Felipe II sobre una reliquia de San Lorenzo conservada en El Escorial. Palacio Real, Madrid.

Carta de Felipe II sobre una reliquia de San Lorenzo conservada en El Escorial. Palacio Real, Madrid.

Foto: Oronoz / Album

La sala estaba decorada con más de 60 cuadros y grabados de mapas que, al parecer, recogían los que aparecían en el famoso Orbis Terrarum del geógrafo Abraham Ortelius.

Cubierta con una gran bóveda de cañón, la biblioteca está magníficamente decorada con pinturas de Pellegrino Tibaldi.

Cubierta con una gran bóveda de cañón, la biblioteca está magníficamente decorada con pinturas de Pellegrino Tibaldi.

Foto: Oronoz / Album
San Lorenzo

Del edificio, con su planta rectangular y las torres típicas de los alcázares castellanos en sus cuatro esquinas, emana una abrumadora sensación de poder. Los tejados están cubiertos de pizarra procedente de las canteras de Bernardos, en Segovia, cuya explotación se inició precisamente para esta construcción. 

Foto: Alamy / ACI

Felipe II no asistía a las reuniones de los Consejos (de Estado, de Hacienda, de Italia...), pero decidía acerca de todo, y por ello sus secretarios le informaban por escrito de los temas que se habían tratado, dejando amplios márgenes para que el rey anotara sus comentarios y tomara sus decisiones, la mayoría de palabra. Otras veces convocaba a sus secretarios mediada la tarde, hacia las cuatro o las cinco. Ese verano despachaba con Mateo Vázquez, uno de ellos, y con su confesor Diego de Chaves asuntos como la provisión de las vacantes de los obispados de Plasencia, Córdoba y Palencia.

El rey se divierte

Felipe II también se entretenía. Ese verano estaba muy pendiente de las obras en San Lorenzo. A pesar de que la gota en un dedo de la mano izquierda y en un pie le obligaban a caminar medio cojo y apoyándose en un bastón, no paraba de recorrer las obras, decidido a impulsar el final de los trabajos en la basílica para que en ella se pudiera celebrar misa por la festividad de San Lorenzo, el 10 de agosto, lo que acabó consiguiendo.

Los jardines de palacio

Tras la basílica, en torno a los aposentos del rey, se extendía una zona de jardines. Su disposición actual deriva del siglo XVIII.  

Foto: Iakov Filimonov / Alamy / ACI

Otro de sus entretenimientos era viajar tres o cuatro días a la semana –en la medida en que se lo permitían su salud y los urgentes negocios de ese verano– por los alrededores del monasterio, a solas o acompañado de su familia y corte. El entorno de El Escorial había sido remodelado a su gusto con casas de recreo, estanques, cotos de caza, jardines y huertas que permitían a Felipe II sentirse en contacto con la naturaleza. Cazaba con ballesta y pescaba con frecuencia. Su gusto por estas actividades era un modo de mantenerse en contacto con la naturaleza, en medio de la cual a menudo comía, a la sombra de los árboles. El rey hizo venir de Flandes a expertos en estanques y variedades de peces. Algunos de estos estanques eran tan grandes que se podía navegar por ellos con barcas de recreo.

Al final del día, el rey cenaba antes de las nueve, aunque a menudo no probaba bocado hasta haber tratado la multitud de negocios urgentes que se acumulaban en su mesa. Tras la cena, en vez de descansar o relajarse, volvía a trabajar a solas hasta las once, a veces incluso más tarde. Con los años, sus médicos le aconsejaron seguir un horario más regular y evitar los excesos causados por el trabajo. Parece que en la década final de su reinado lo logró, llegando a dormir ocho horas.

La muerte del rey

Este óleo de Francisco Jover y Casanova recrea la muerte de Felipe II en El Escorial. 1864. Palacio del Senado, Madrid.  

Foto: Oronoz / Album

Pero era difícil lograr tal regularidad –ni siquiera en su anhelado retiro de San Lorenzo de El Escorial– para aquel soberano que quería conocerlo y tratarlo todo, y que gobernaba la monarquía más dilatada que el mundo había conocido.

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Los monteros de Espinosa

Esta alabarda de acero de dos metros de longitud estaba formada por una punta de lanza y una cuchilla transversal.

Esta alabarda de acero de dos metros de longitud estaba formada por una punta de lanza y una cuchilla transversal.

Foto: MET / Album

De las guardias del rey, la más peculiar era la de los Monteros de Espinosa, a la que se comparó con la mítica guardia del rey Salomón. Su origen está rodeado de una nebulosa de leyenda. La tradición la remonta a los primeros años del siglo XI, cuando Castilla era un condado. Sancho Espinosa Peláez, escudero y mayordomo del conde Sancho García III, salvó a su señor de una conspiración urdida por su propia madre para envenenarlo y hacerse con el condado bajo los auspicios del temible Almanzor. Desde entonces, los naturales del pueblo de Espinosa formarían la leal guardia personal de los reyes de Castilla. Su misión era velar cada noche por la seguridad de los soberanos. Cuando Felipe II estaba en San Lorenzo, los 24 monteros custodiaban las entradas al palacio. En 1598, durante la agonía del rey, lo velaron día y noche.

El incendio de la torre de la Botica

Este grabado recrea el terrible incendio ocurrido casi un siglo después, en 1671, y que casi acabó con el monasterio. Museo del Prado.

Este grabado recrea el terrible incendio ocurrido casi un siglo después, en 1671, y que casi acabó con el monasterio. Museo del Prado.

Foto: Oronoz / Album

La noche del 21 de julio de 1577, un rayo dio en el chapitel de la torre de las Campanas, luego conocida como torre de la Botica, provocando un incendio. La bola dorada y la cruz que coronaban el chapitel se desprendieron y destruyeron una chimenea y parte del tejado y el techo. El propio rey y sus sobrinos, los archiduques de Austria, así como el duque de Alba, participaron en la extinción del fuego. Dos soldados excautivos fueron los héroes de la jornada. Subieron a la torre y echaron agua sobre las vigas ardientes. Incluso tomaron algunos de los maderos en llamas y los arrojaron hacia el patio. En la época se destacó la coincidencia del suceso con una fecha fatídica: el año 77, en el mes 7, el día 21, faltando 21 días para la festividad de San Lorenzo, en el día 7 de la Luna y con el Sol en el séptimo grado del signo de Leo.

Para saber más

La primera piedra del monasterio de El Escorial

La primera piedra del monasterio de El Escorial

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Este artículo pertenece al número 195 de la revista Historia National Geographic.

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