Editorial del Número 242 de Historia National Geographic

Panel de madera que formó parte de una silla de Tutmosis IV

Panel de madera que formó parte de una silla de Tutmosis IV

MET / Album

Un día se durmieron para siempre, con la completa confianza de despertar de nuevo en otra dimensión donde vivirían por toda la eternidad. En un lugar como el Egipto que dejaban atrás, pero con los cuerpos libres de los estragos del tiempo, jóvenes como una y otra vez se representaba a los difuntos en las paredes de las tumbas. Un lugar placentero, exento de dolor y de enfermedad. Para gozar de esa dicha sin fin era necesario conservar eternamente el cuerpo, la morada física de las partes inmateriales del ser humano, el ka y el ba. Ese era el propósito de la momificación. Pero a los faraones les aguardaba un destino superior en el más allá. En el caso de los soberanos del poderoso Reino Nuevo, debían alcanzar el firmamento para acompañar al dios Re, el Sol, en su recorrido por los cielos durante el día, y por el mundo de la oscuridad a lo largo de la noche. El azar permitió que se descubrieran las momias de una veintena de estos reyes, y puede que un día su ka, al salir de su cuerpo, se sorprendiera al encontrar una eternidad muy distinta a la esperada: esos turistas que se agolpaban ante las vitrinas donde se exponían los cuerpos de los difuntos reyes no se parecerían en nada al glorioso Re… ni, desde luego, a ningún otro dios conocido. Hoy, las momias reales ya no descansan en el antiguo Museo Egipcio de El Cairo, sino en el impresionante Mummies Hall del nuevo Museo Nacional de la Civilización Egipcia. No es una morada celestial, pero sí mucho mejor y más apropiada para un faraón que el viejo museo. Durante todo este tiempo, sus silenciosas momias han revelado a los investigadores datos sorprendentes de sus vidas y de la forma en que fueron momificados, como los que aquí contamos. 

Este artículo pertenece al número 242 de la revista Historia National Geographic.