Editorial del Número 214 de Historia National Geographic

Reconstrucciones de neandertales: mujer (a partir del fósil Saint-Césaire 1), niño (a partir del fósil de Roc de Marsal) y hombre (a partir del fósil La Ferrassie 1), por Elisabeth Daynes.

S. Plailly / E. Daynes / Science Photo Library / AGE Fotostock

Los niños de las flores, flower children, era una manera de referirse a los hippies, los jóvenes que abogaban por la no violencia y el amor en unos Estados Unidos marcados por la guerra de Vietnam. «Haz el amor, no la guerra» era uno de sus eslóganes. Flower power, «el poder de las flores», era otra expresión para aludir a la resistencia pasiva y a la actitud no violenta de oposición a la contienda. No es extraño que el arqueólogo norteamericano Ralph Solecki subtitulara como The First Flower People, «El primer pueblo de las flores», el libro que en 1971 dedicó a sus excavaciones en Shanidar (Irak), donde descubrió enterramientos de neandertales que habían recibido flores como ofrenda, lo que dotaba a nuestros congéneres extinguidos de una delicada pátina de sensibilidad.
La obra de Solecki marcó un hito en el proceso de humanización de los neandertales, que en los últimos ochenta años los ha alejado definitivamente de la imagen simiesca que un día se les adjudicó y los acerca a nosotros. Ahora no sólo les atribuimos una dimensión simbólica e incluso ritual que antes se les negaba, sino que «nos reconocemos» en ellos, especialmente en las reconstrucciones de artistas especializados como las que figuran en este número.
Sus gestos y sus miradas nos resultan tan próximos y familiares que no parece que 40.000 años nos separen del último de su especie. ¿Sintieron nuestros antepasados, los Homo sapiens, la misma familiaridad, la misma sensación de proximidad, cuando se encontraron cara a cara con esta otra especie humana?

Este artículo pertenece al número 214 de la revista Historia National Geographic.