Editorial del Número 211 de Historia National Geographic

Recuerdo de la victoria. Esta moneda de oro recrea el arco del triunfo, hoy desaparecido, que Claudio mandó erigir para conmemorar su victoria en Britania.

Foto: Bridgeman / ACI

Carataco y su hermano Togodumno habían frenado durante todo un día la formidable maquinaria militar romana a orillas de un río (quizás el Medway), lo que constituyó una auténtica hazaña. Pero el valor no bastaba para detener a las legiones, que siguieron avanzando implacablemente. Togodumno murió en un nuevo choque contra los invasores de Britania, y el emperador Claudio cruzó el mar y se apoderó de Camulodunum (que hoy llamamos Colchester), la capital de los catuvelaunos, el pueblo de Carataco. Sin embargo,
él no se resignó a la derrota. Siguió alentando la resistencia, y cuatro años más tarde reapareció en las abruptas tierras de Gales sublevando a silures y ordovices, que perdieron una gran batalla tras la cual los romanos se apoderaron de la esposa, la hija y los otros hermanos de Carataco. Éste huyó y se refugió entre los brigantes, pero su reina Cartimandua consideró que puestos a elegir entre un rebelde fugitivo y Roma esta última era la mejor opción, de manera que lo entregó encadenado a sus enemigos en el año 51 d.C., al cabo de casi nueve años de lucha. Y así fue exhibido ante Claudio en la imponente capital del Imperio. Allí estaba también su familia, sumisa, aguardando el perdón. Sus hermanos suplicaron por su vida; él no. Ante la expectación de la multitud que lo contemplaba, habló a Claudio: «Si se me hubiera arrastrado aquí tras haberme entregado al momento, no resplandecerían tu fortuna ni tu gloria; por otra parte, al suplicio lo seguirá el olvido de mí; si, en cambio, respetas mi vida será un ejemplo duradero de tu clemencia». Esto es lo que, según el historiador Tácito, dijo el orgulloso Carataco (o Caradoc, en céltico); y cuenta que Claudio lo perdonó. Entonces, el rey de los britanos, el guerrero indomable, se hundió para siempre en la oscuridad de la Urbe, como uno más de entre sus cientos de miles de habitantes. Pero lo que ha resultado imperecedero no es la clemencia del emperador, sino la tenacidad, el coraje y la entereza de Carataco en su lucha por la libertad.

Este artículo pertenece al número 211 de la revista Historia National Geographic.