Editorial del Número 210 de Historia National Geographic

El águila imperial. Emblema de la doble monarquía, el águila bicéfala sostiene en sus garras el cetro, la espada y el orbe, símbolos de poder.

Foto: Heritage / Getty Images

El final está próximo, y lo sabe. Su brazo derecho es un muñón; la tuberculosis lo devoraba y se lo habían amputado dos años atrás, pero eso no atajó el mal. Gavrilo Princip ha permanecido encerrado tres años y cuatro meses en la sombría fortaleza de Theresienstadt, donde el Imperio austrohúngaro recluye a sus presos políticos; está sometido a una vigilancia especial como asesino del archiduque Francisco Fernando, heredero de la corona imperial, y de su esposa Sofía Chotek. Fuera de la prisión ruge la Primera Guerra Mundial, cuyo comienzo se ha atribuido a ese atentado de Princip, quien con su acto quiso marcar el camino de la libertad para los eslavos del sur, sometidos a los austrohúngaros. Princip fallece a las 18:30 del 28 de abril de 1918. Esa noche su cuerpo es sepultado por cuatro soldados a quienes se ordena borrar todo rastro de la tumba. Pero uno de ellos, un recluta checo (eslavo del norte), traza un mapa con la localización del cuerpo, y cuando acaba la guerra da a conocer su ubicación. Los restos de Princip son exhumados el 9 de junio de 1920; entre los presentes está el doctor Mosel, que le había amputado el brazo, el mismo que le falta al esqueleto desenterrado. Los despojos serán trasladados a Sarajevo, ciudad perteneciente a Yugoslavia (la «tierra de los eslavos del sur»), uno de los Estados surgidos de las cenizas del Imperio austrohúngaro, disuelto siete meses después de la muerte de Princip. Si éste hubiera sobrevivido, allí lo habrían recibido como un héroe. Ahora, su sombra pervivirá como un hálito de venganza: «Nuestros fantasmas caminarán a través de Viena / y vagarán por Palacio, asustando a los señores», deja grabado en la pared de su celda antes de morir.

Este artículo pertenece al número 210 de la revista Historia National Geographic.