Editorial del Número 207 de Historia National Geographic

Editorial

Foto: Misión arqueológica de Oxirrinco

Hasta no hace mucho, la muerte era una experiencia central de la vida. Así había sido desde que, miles de años atrás, nuestros antepasados empezaron a sobreponerse al dolor y al irreparable sentimiento de pérdida causado por el final de un ser querido gracias a los rituales religiosos que mitigaban el duelo, y a la confianza en un más allá donde el alma del difunto gozaría de una nueva y mejor vida. Esos rituales y esas creencias eran ampliamente compartidos por sus comunidades, en un marco de vida mucho más estable que el nuestro. Todo ello comportaba un aprendizaje: el de la finitud de la existencia terrenal. Y también implicaba la aceptación de esta realidad. Nuestros dos espléndidos reportajes sobre las máscaras funerarias egipcias y las tumbas de las necrópolis etruscas muestran la dignidad que se otorgaba a la muerte, con la que culminaba un trayecto vital. Los días que estamos atravesando, y que han revelado nuestra vulnerabilidad personal y colectiva, ponen de manifiesto cuánto nos hemos apartado de un mundo en el que la muerte no se veía como algo ominoso o que debiera ser mantenido aparte, sino que se aceptaba como parte del ciclo natural de la existencia. «Cual la generación de las hojas, así la de los hombres. Esparce el viento las hojas por el suelo y el bosque, reverdeciendo, produce otras al llegar la primavera…», dirá la Ilíada.

Este artículo pertenece al número 207 de la revista Historia National Geographic.

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