Editorial del Número 206 de Historia National Geographic

León de bronce.

Foto: Jane Sweeney / Awl Images

El niño llora desconsolado. En esa helada mañana de diciembre lo han arrancado del calor de su lecho para embutirlo en ropajes ceremoniales, lo han metido en un palanquín, lo han conducido a una sala inmensa, repleta de cientos de desconocidos que se inclinan ante su presencia en un respetuoso silencio y lo han depositado en un enorme asiento. «¡No me gusta estar aquí! ¡Quiero volver a casa!», grita sin cesar, entre lágrimas. Un hombre arrodillado a sus pies, empapado en sudor, susurra al pequeño que se esté quieto, que no grite. «No llores, no llores», insiste. «Terminará pronto», le dice para animarlo. ¿Terminará pronto? Los hombres que hace unos instantes tocaban con su frente el suelo ante el niño se miran entre sí, asombrados, preocupados. En la lúgubre atmósfera de esa jornada, la frase adquiere el valor de una profecía. Una profecía que no tardará en cumplirse.

El pequeño, de dos años y diez meses, es Puyi; el hombre que suda a mares, horrorizado ante la ruptura del protocolo, es su padre, el príncipe Chun; el enorme recinto donde se encuentran es la sala de la Suprema Armonía; el asiento es el trono del Dragón, y los hombres que se doblan ante él son los grandes dignatarios de China, que se inclinan ante el nuevo Hijo del Cielo en el curso de una apresurada ceremonia de entronización, la última que verá la Ciudad Prohibida. Hacía poco más de quince días que habían muerto la emperatriz viuda Cixí, quien había elegido al pequeño como futuro soberano, y también el auténtico emperador, Guangxu, posiblemente envenenado por la recelosa Cixí, que lo mantenía prisionero.

Es el día 2 de diciembre de 1908. Treinta y ocho meses después, el 12 de febrero de 1912, Puyi, que ha reinado durante ese breve espacio de tiempo como emperador Xuantong, debe abdicar ante el triunfo de una revuelta republicana. Es el último de los veinticuatro emperadores entronizados en la Ciudad Prohibida de Pekín, así llamada porque su acceso estaba vetado a las gentes del común. Este imponente recinto, el más fabuloso conjunto palacial jamás levantado sobre la Tierra, acaba de cumplir seiscientos años, un aniversario que no podíamos dejar de conmemorar en las páginas de nuestra revista.

Este artículo pertenece al número 206 de la revista Historia National Geographic.