Las primeras españolas en el Nuevo Mundo

Conquistadoras

Desde el segundo viaje de Colón, América atrajo a muchas mujeres que iban a reunirse con sus maridos, fundar nuevas familias, explorar tierras ignotas o incluso tomar las armas para conquistar territorios.

Una temible conquistadora. Retrato idealizado de Catalina de Erauso, la Monja Alférez. Óleo por José Luis Villar. Siglo XX. Museo del Ejército, Toledo. En el fondo de la imagen, mapamundi de 1574.

Fotos: Album

Durante los dos primeros siglos de la colonización americana, miles de españolas se embarcaron desde la Península rumbo al Nuevo Mundo. Los nombres de muchas de estas viajeras han quedado ignorados a causa de la desidia de los funcionarios reales y de algunos descuidados cronistas. Pocos rememoraron el nombre de las españolas que cambiaron sus ciudades y pueblos peninsulares por la vida en el barco, donde padecieron las mismas tempestades y hambrunas que capitanes y marineros. Ya en América engrosaron las filas de los expedicionarios y, como ellos, desbrozaron selvas, atravesaron cordilleras y desiertos y navegaron por los grandes ríos. Las mujeres también combatieron contra los indígenas, ayudaron a levantar ciudades, intervinieron en los asuntos políticos, fundaron hospitales y escuelas y, como es evidente, fueron las progenitoras de los criollos y de los mestizos del Nuevo Mundo.

'Santa María.' Modelo de la nao en la que Cristóbal Colón viajó a América. Museo Histórico Alemán, Berlín.

Foto: AKG / Album

Cronología

Pioneras en el Nuevo Mundo

1493

Constan los nombres de cuatro mujeres que participan en el segundo viaje de Colón a América. En el tercero, en 1498, serán una treintena.

1509

Francisca Ponce de León, IV condesa de Arcos, se convierte en armadora al fletar la nao San Telmo que parte hacia Santo Domingo.

1515

La Corona promulga una orden que obliga a los cargos y empleados públicos que embarquen a América a hacerlo con sus esposas.

1536

La expedición de Pedro de Mendoza, integrada por un gran número de mujeres, llega al Río de la Plata y funda Buenos Aires.

1595

Isabel de Barreto asume el mando de la expedición a las islas Salomón, con la que cruza el océano Pacífico y llega hasta las Filipinas.

1606

Catalina de Erauso se alista para combatir a los araucanos en Chile con el nombre de Alonso Díaz.

Descubridoras

Desde finales del siglo XV, un fluir constante de españoles se dirigió hacia América junto con sus esposas, hijas, madres y criadas. De entre las 1.500 personas embarcadas en el segundo viaje de Cristóbal Colón, que partió de Cádiz en septiembre de 1493, la Casa de Contratación de Sevilla anotó a cuatro viajeras: María Fernández, «criada del Almirante [Cristóbal Colón] y estante en Sevilla»; María de Granada, de cuya condición nada se dice, y las comerciantes Catalina Rodríguez, «natural de Sanlúcar», y Catalina Vázquez. Pero debieron de embarcarse muchas más, pues esta expedición colombina tenía como objetivo poblar la isla de La Española.

El primer contacto. El desembarco de Colón en las Bahamas, recreado por José Garnelo en 1892. Museo Naval, Madrid.

Foto: Oronoz / Album

En el tercer viaje colombino, iniciado en Sanlúcar de Barrameda en mayo de 1498, aparecen anotadas treinta mujeres. Algunas eran esposas de los embarcados, como Catalina de Sevilla, que aparece registrada con su marido, Pedro de Salamanca. Pero los funcionarios de la Casa de Contratación también concedieron permiso de embarque a «gente de turbia condición», según decían, como la prostituta Gracia de Segovia y las gitanas Catalina y María de Egipto. En la historia de la conquista y colonización de América sorprende que dos mujeres de una raza proscrita en la España del siglo XVI figurasen entre las primeras viajeras. Las gitanas Catalina y María habían sido condenadas por robo y cumplían condena en la cárcel de Sevilla. A cambio del indulto real, las enrolaron como lavanderas.

Emblema de América. La reina de las amazonas simboliza el Nuevo Mundo descubierto por los europeos. Grabado por Adriaen Collaert. Finales del siglo XVI.

Foto: MET / Album

Esto fue una excepción en la normativa española, pues la Corona tenía especial interés en que los territorios descubiertos fueran poblados por «gentes de bien», ya que pretendían hacer de América un trasunto de las costumbres de España. Por ello se favoreció la llegada de mujeres solteras con el propósito de que matrimoniaran con pobladores y capitanes españoles.

El río Amazonas. A Orellana y sus hombres, admirados por las dimensiones del Amazonas y sus afluentes, les pareció que aquellos eran los ríos del Paraíso. En la imagen, un afluente del Amazonas cerca de Manaos, en Brasil.

Foto: Alex Robinson / AWL Images

Un ejemplo de esta política es la expedición organizada para poblar la recién fundada ciudad de Asunción, en Paraguay, a la que un jesuita de la época llamaba «el Paraíso de Mahoma» porque allí «un español vive hasta con diez mujeres guaraníes». En abril de 1550 partieron de Sanlúcar de Barrameda tres barcos con 300 personas a bordo, sesenta mujeres entre ellas. Comandaba la expedición doña Mencía Calderón de Sanabria, una hidalga natural de Medellín, representante de su hijastro Diego Sanabria, adelantado tras la muerte de su padre, que había firmado con la Corona la obligación de «llevar en seis barcos a 80 hombres casados con sus mujeres e hijos, 20 doncellas casaderas y 250 solteros más, hombres y mujeres de cualquier edad». Aunque la familia Sanabria Calderón empeñó su hacienda, no obtuvo la financiación necesaria para cumplir todos los requisitos.

Dos criollos. Grabado coloreado de la 'Crónica del mundo andino' de Felipe Guamán Poma de Ayala.

Foto: Lanmas / Age Fotostock

El viaje estuvo lleno de peripecias. Un temporal dispersó las tres naves y un pirata normando abordó en el golfo de Guinea el patache en el que viajaban las mujeres. Padecieron hambrunas en la isla de Santa Catalina, frente a la costa de Brasil, y prisión en el fuerte portugués de Santos, cerca de la actual Sao Paulo. Combatieron a los antropófagos tamoyos y sobrevivieron a cinco años de enfermedades y desánimo hasta arribar a Asunción de Paraguay. Tras seis años y un mes de viaje en el que recorrieron más de 17.000 kilómetros, contando la ruta marítima y terrestre, en mayo de 1556 llegaron a Asunción 22 hombres y 21 mujeres: doña Mencía y las jóvenes que traía destinadas a ser las esposas de los disolutos españoles.

Exploradoras

No fueron pocas las mujeres que tomaron parte en las gestas exploradoras de los españoles, pese a que las crónicas tienden a silenciar su papel. ¿Quién sabe que Francisco de Orellana, cuando exploró el Amazonas río arriba, navegaba con su esposa Ana de Ayala y con un grupo numeroso de mujeres nacidas en Trujillo? La expedición de Orellana partió de Sanlúcar el 11 de mayo de 1545 con 400 personas, pero fue un desastre por los escasos bastimentos, las deserciones que se produjeron en las islas Canarias y Cabo Verde y por los naufragios. En diciembre llegaron a la isla Marajó, en las bocas del Amazonas, dispuestos a «penetrar por las bocas del Amazonas y explorar el río hasta la región limítrofe con el Perú».

Expedición maldita. Francisco de Orellana remontó el Amazonas con una expedición en la que viajaban su esposa y otras mujeres. Busto de Orellana en Trujillo.

Foto: Aunión / Age Fotostock

Durante once meses los expedicionarios navegaron por afluentes y brazos muertos del río, en una agónica odisea en la que recorrieron unos 900 kilómetros, entre enfermedades, hambrunas y combates con los indígenas amazónicos. De regreso a la desembocadura, cuando buscaban comida en un poblado, los indios mataron a Francisco de Orellana de un flechazo que le atravesó el corazón. En noviembre de 1546, Ana de Ayala y 43 hombres, los únicos supervivientes, construyeron una barca para costear hasta la isla Margarita, en la actual Venezuela. ¿Acaso no le corresponde a ella también la gloria de ser uno de los primeros exploradores del Amazonas?

Colonizadoras

Las mujeres que llegaron a América como pobladoras sufrieron las mismas penalidades que sus compañeros y también combatieron junto a ellos contra las tribus indígenas de cada territorio. En 1536 llegó al Río de la Plata una expedición al mando del adelantado Pedro de Mendoza, quien estableció al sur del estuario el fuerte del Espíritu Santo, embrión de la ciudad de Buenos Aires. Con el adelantado viajaban familias al completo, así como mujeres viudas y otras amancebadas con los hombres de la expedición. Entre estas últimas se encontraban María Dávila, compañera de Pedro de Mendoza, y Elvira Pineda, criada amorosa del capitán Osorio. Otras dos mujeres, Isabel de Guevara y Catalina Vadillo «la Maldonada», destacaron por su valor y perseverancia durante el cerco que 23.000 querandíes pusieron al fuerte del Espíritu Santo y su puerto de Buenos Aires en junio de 1536.

Aguas de América. El río Uruguay vierte sus aguas en el Río de la Plata, el gran estuario que forman su desembocadura y la del río Paraná en la frontera entre Uruguay y Argentina.

Foto: Christian Heeb / Gtres

Muchos sitiados murieron de disentería, por falta de alimento y agua potable. En pleno invierno austral, los españoles comenzaron por descuartizar a sus caballos y, cuando no quedaba rata, culebra o brizna de hierba que remediase la hambruna, roían cinchas y zapatos. No pocos enloquecieron cuando «sacaban tajadas de un compañero muerto hacía tres días», «otro se comió a su hermano» y «el estiércol y las heces, que algunos no digerían, muchos tristes los comían», como refiere Luis de Miranda en su poema elegíaco sobre la primera fundación de Buenos Aires.

Resistencia. Los indios atacan el fuerte de Buenos Aires. Grabado. Biblioteca Nacional, Madrid.

Foto: Oronoz / Album

En una nave, pudieron huir del asedio remontando la corriente del Paraguay. Mientras los varones estaban enfermos o heridos, las mujeres gobernaron el barco y combatieron con los indígenas y, en un territorio de indios amigos, fundaron Nuestra Señora Santa María de la Asunción, la capital paraguaya ya mencionada. Así lo refiere con dramatismo Isabel de Guevara en la carta que dirigió en 1556, veinte años después de los hechos, a la princesa gobernadora Juana de Austria desde Asunción de Paraguay: «Las mujeres –escribía–, haciendo rozas con sus propias manos, rozando y carpiendo [arañando, rasgando] y sembrando y recogiendo el bastimento, sin ayuda de nadie». En su carta, Isabel de Guevara se quejaba por no haber recibido del gobernador de Asunción las encomiendas a las que consideraba que tenía derecho por ser una de las primeras españolas que llegaron al Río de la Plata.

María de Estrada. En la imagen del Lienzo de Tlaxcala se ve a María de Estrada a caballo junto a un soldado de Hernán Cortés. Siglo XVI.

Foto. Whpics / Dreamstime

La guerra formó parte también de la vida de las españolas trasplantadas al Nuevo Mundo. Algunas empuñaron las armas, como María Estrada durante la conquista de México. Junto a Hernán Cortés y Alvarado, ella entró en Tenochtitlán en 1519. Tras la batalla de Otumba, un cronista recuerda que «María de Estrada peleó con lanza a caballo como si fuera uno de los más valerosos hombres del mundo» y participó en el aprovisionamiento del ejército español antes del ataque final a la capital del Imperio mexica.

Mujeres en la guerra

En 1541, en el reino de Nueva Galicia, al oeste de México, estalló la guerra del Mixton que enfrentó a los españoles con los indios chichimecas. Cuando estos pusieron sitio a la ciudad de Guadalajara, una de sus habitantes, doña Beatriz Hernández, actuó con determinación. Según resume el historiador Mariano Cuevas, «sacó de la iglesia a todas las mujeres que ahí estaban llorando; se encara con ellas y les dice: “Ahora no es tiempo de desmayos”, y las llevó a la casa fuerte y las encerró. Traía Beatriz un gorguz o lanza en la mano y andaba vestida con unas coracinas, ayudando a recoger toda la gente». A buen recaudo las mujeres y los niños, ella protegió la entrada durante toda la batalla. La carta fundacional de Guadalajara contiene los nombres de los 63 peninsulares que sobrevivieron a la batalla contra los chichimecas; entre ellos, el de Beatriz Hernández.

Beatriz Hernández. Estatua en la Plaza Fundadores de Guadalajara, México.

Foto: Zuma / Alamy / ACI

Otra valiente mujer fue evocada por Alonso de Ercilla en su poema La Araucana. Doña Mencía de Nidos se mantuvo firme en la defensa de la ciudad de Concepción, al sur de Chile. Y cuando el gobernador Francisco de Villagrá ordenó evacuar la plaza ante la amenaza de los araucanos durante la guerra de 1554, ella se rebeló: «Esforzada, / asiendo de una espada y un escudo, / salió tras los vecinos como pudo [...] / “¡Volved! [...] yo me ofrezco aquí, que la primera me arrojaré en los hierros enemigos!”». Pese a su coraje, los españoles supervivientes tuvieron que refugiarse en Santiago de Chile.

Cuzco. Antigua capital del Imperio inca, Cuzco fue un importante centro comercial en época colonial. En la imagen, la plaza de Armas.

Foto: Alex Robinson / AWL Images

Pero la mujer soldado más conocida de la conquista española de América es, sin duda alguna, Catalina de Erauso, la Monja Alférez. Tras escapar de un convento en San Sebastián antes de profesar los votos, se vistió de hombre y estuvo ejerciendo de paje de gente ilustre hasta que en 1603, a los 18 años, embarcó en Sanlúcar de Barrameda rumbo a América. Ya en Lima, Catalina cambió su nombre por el de Alonso Díaz y en 1606, con 21 años, se alistó para combatir a los araucanos (los actuales mapuches), que hostigaban la ciudad de Concepción y el fuerte de Valdivia, en Chile.

Muerte de los jesuitas a manos de los araucanos. Grabado. Siglo XVII. Academia de la Historia, Madrid.

Foto: Oronoz / Album

En una de las muchas batallas durante la interminable guerra contra los araucanos, estos mataron al capitán y al alférez de la compañía de Erauso. Entonces dos soldados y Erauso persiguieron a caballo al grupo de indígenas que se llevaban la bandera. Alanceados sus dos compañeros, Erauso continuó la persecución: «Recibí un mal golpe en una pierna, maté al cacique que la llevaba [la bandera] y quitésela, y apreté con mi caballo, atropellando, matando e hiriendo a infinidad; pero malherido y pasado de tres flechas y una lanza en el hombro izquierdo […] regresé al real de los españoles con la bandera», leemos en su autobiografía. Fue entonces cuando Erauso obtuvo el grado de alférez. No le concedieron el de capitán porque mandó ahorcar al cacique Quispiguaucha, en vez de haberlo entregado para que lo interrogaran, como había ordenado el gobernador.

En su autobiografía nos cuenta cómo un tiempo después y tras una reyerta, Erauso acabó contando su vida al obispo de Guamanga, cerca de Cuzco: «Que soy mujer, que me embarqué, aporté, trajiné, maté, herí, maleé, correteé, hasta venir a parar en lo presente». Tras dos años y medio en un convento de Lima con el propósito de que purgara sus delitos, las autoridades le permitieron regresar a la Península, ya que Erauso carecía de interés por la vida monástica. Vestida de hombre, arribó a Cádiz el 1 de noviembre de 1624 en loor de multitud. El rey le concedió el cambio de nombre a Antonio de Erauso y una encomienda en Veracruz (México). Murió con 65 años en Cuitlaxtla, cerca de su encomienda.

La ciudad de los reyes. Esta pintura de la plaza Mayor de Lima muestra la sociedad colonial de finales del siglo XVII. Museo de América, Madrid.

Foto: Oronoz / Album

El poder de mando tampoco estuvo vedado a las españolas que llegaron a América. En ausencia de sus esposos, o tras la muerte de éstos, muchas mujeres fueron las sucesoras de sus maridos para determinados cargos. Tal fue el caso de Isabel Barreto, conocida como la adelantada de los Mares del Sur.

Gobernadoras

Con su dote, que ascendía a 40.000 ducados, Isabel Barreto ayudó a fletar la expedición de su marido, el adelantado y gobernador Álvaro de Mendaña, que en junio de 1595 partió de Piura (Perú) a bordo de cuatro naves, con 280 hombres, 98 mujeres e hijos, para explorar las islas Salomón, en medio del Pacífico Sur.

En el curso de la expedición, Mendaña enfermó gravemente y en su testamento nombró a Isabel su «heredera universal, gobernadora de las tierras descubiertas y las por descubrir», como escribió el piloto Fernández de Quirós en su crónica de este viaje. A la mañana siguiente murió Mendaña, y ella asumió de inmediato la dirección de la expedición, ordenando la exploración de los archipiélagos cercanos en busca de oro y perlas. Estuvieron varios meses vagando sin rumbo hasta que marcharon a las Filipinas, donde Isabel fue recibida como «la reina Sabá de las islas Salomón».

Enclave minero. El plano sobre estas líneas muestra la Villa de Castrovirreyna, en Perú, donde se trabajaba en las minas de plata. Biblioteca Nacional, Madrid.

Foto: Oronoz / Album

Establecida en Filipinas, Isabel se casó con el sobrino del gobernador de Manila y, en agosto de 1597, el matrimonio partió hacia Acapulco. Aunque vivieron un tiempo en México, terminaron por asentarse en Castrovirreyna (Perú), donde Isabel murió el lunes 3 de septiembre de 1612. Su testamento es un fiel reflejo de su carácter: con igual detalle dispuso los beneficios para su alma como el reparto de sus bienes terrenales.

Tierra de libertad

La legislación que regulaba la emigración de las españolas era estricta, encaminada a proteger su honestidad y a salvaguardar la unidad familiar, pues no se solía conceder permiso para viajar a las solteras si no eran las criadas de algún pasajero o iban a reunirse con su familia o engrosaban las expediciones al Nuevo Mundo. De las casi 11.000 españolas que en el siglo XVI habitaban en América, muchas sortearon esos requisitos con la esperanza de una vida mejor.

Ya fueran ricas o pobres, linajudas o humildes, las mujeres españolas que viajaron a América gozaron de más autonomía y libertad que las mujeres que se quedaron en la Península. Además de gobernadoras, virreinas y adelantadas, las hubo encomenderas y empresarias, enfermeras y comadronas, soldaderas y heroínas, directoras de colegios de niñas, maestras y escritoras...

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Las primeras criollas de la América hispana

Sor Juana Inés de la Cruz. Retrato de la escritora y religiosa carmelita por Andrés de Islas. Siglo XVIII. Museo de América, Madrid.

Foto: Art Resource / Scala, Firenze

Las españolas que llegaron a América alumbraron las nuevas generaciones de nativos criollos. La poeta Juana Inés de la Cruz (1648-1695) fue hija de canario y criolla de ascendencia andaluza.

Reconocida hoy como la mayor literata hispanoamericana del siglo XVII, sor Juana Inés de la Cruz se llamaba antes de entrar en religión Juana de Asuaje y Ramírez de Santillana. Sus orígenes familiares ilustran el movimiento de población entre España y América y el papel que en él tuvieron las mujeres.

Sus abuelos maternos, Pedro Ramírez de Santillana y Beatriz Rendón, procedían de Sanlúcar de Barrameda, y a principios del siglo XVII se trasladaron a México, donde contrajeron matrimonio (se conserva una carta de dote de 1604). Tuvieron once hijos, entre ellos María Ramírez, la madre de sor Juana. Primero se instalaron en Huichapan, unos 150 kilómetros al norte de Ciudad de México, y luego en San Miguel Nepantla, junto a la capital del virreinato, donde tenían una hacienda dedicada a cultivos de maíz y trigo y a la ganadería, y en la que trabajaban algunos esclavos negros y mulatos.

Ciudad de Mexico. Biombo de finales del siglo XVII. Museo Franz Mayer, Ciudad de México. 

Foto: Oronoz / Album

Investigaciones recientes han mostrado que Pedro de Asuaje y Vargas, el padre de la poeta, era canario, aunque también tenía ascendencia vasca. Los Asuaje tenían en Canarias ingenios azucareros y pronto comerciaron con América. El abuelo paterno de sor Juana murió en La Española, tras lo que su viuda, en 1598, obtuvo licencia para trasladarse a América con dos hijos pequeños (uno de ellos, el futuro padre de la poeta), quizá para ocuparse de los negocios del marido. En la década de 1640, Pedro de Asuaje y María Ramírez establecieron una unión informal de la que nacieron cuatro hijas, entre ellas Juana. La niña se educó con sus abuelos y en instituciones religiosas de México, y en 1669, a los 21 años, ingresó en un convento carmelita: «Entreme religiosa porque, para la total negación que tenía al matrimonio, era lo menos desproporcionado y lo más decente que podía elegir».

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Las esposas de los conquistadores

En la década de 1520 se aprobó una normativa, recogida en las Leyes de Indias, por la que se trataba de obligar a los hombres casados que iban a América a que se reunieran con sus esposas. Al embarcarse, los hombres debían presentar el consentimiento de la mujer para una separación de no más de dos años (tres si eran mercaderes). Si concluido el plazo no renovaban el permiso, las autoridades de América podían devolverlos a España para hacer «vida maridable con sus mujeres e hijos». En los repartimientos de tierras se concedían las mejores a los hombres casados, pero si éstos estaban solos durante más tiempo del autorizado podían perder sus posesiones. Decía Diego Avendaño, jesuita del siglo XVII, en su Thesaurus Indicus (un compendio de derecho colonial), que las autoridades virreinales debían obligar a los maridos a que reclamaran a sus esposas, pues «estas separaciones prolongadas e inhumanas son un crimen contra los derechos naturales de las esposas». Sin embargo, había mujeres que se resistían a trasladarse a América, por miedo al viaje o por desafección al marido.

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La granadina amiga de las fieras

Durante el asedio de los querandíes al fuerte de Buenos Aires en 1536, una mujer natural de Granada, Catalina Vadillo, la Maldonada, decidió huir para evitar la hambruna y a sus enloquecidos compatriotas. Según una historia rayana en la leyenda, la Maldonada vivió tres meses en una cueva junto a una hembra de puma a la que había ayudado a alumbrar a sus crías. Una mañana, cuando se bañaba en el río cercano a la cueva, fue raptada por unos querandíes que la llevaron a su poblado, «tomándola uno de ellos por mujer». Un año después, unos soldados españoles la vieron en el poblado y la llevaron al fuerte. Decidieron castigarla por haberse escapado, atándola a un árbol para que se la comieran las fieras. El cronista Díaz de Guzmán, en su obra La Argentina (1612), explica que durante tres días y tres noches la puma defendió a la mujer de los otros depredadores. Al cuarto día, los soldados acudieron al lugar para enterrar sus despojos, pero encontraron a la mujer viva y a la puma y sus dos cachorros dormitando a sus pies. La Maldonada regresó al fuerte como una heroína, vitoreada por todos.

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Una pionera de la educación

Natural de Llerena (Badajoz), Catalina Bustamante partió de Sanlúcar hacia América en 1514 con su marido, sus hijos y la familia de su cuñado. Probablemente pertenecía a una familia hidalga y tenía una cultura notable, que incluía conocimientos de griego y latín, por lo que en La Española, su destino en América, trabajó como maestra de las hijas de los conquistadores españoles. Más tarde se trasladó a México y allí continuó su vocación pedagógica hasta convertirse en directora del colegio de niñas indígenas de Texcoco, en la misma capital de Nueva España. Conocemos esta dedicación por la denuncia que Catalina planteó al virrey español contra un grupo de soldados españoles que en 1529 raptaron a la cacica Inesica y a su criada mexica. Desoída por el virrey, trasladó su protesta al emperador Carlos V. La emperatriz Isabel simpatizó con su súplica y ordenó enviar más maestras a Nueva España y que se garantizara la inviolabilidad de los colegios de niñas indígenas. Catalina viajó a España, fue recibida por la emperatriz y volvió a México con un nutrido grupo de maestras.

Este artículo pertenece al número 220 de la revista Historia National Geographic.

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