Una mujer en el trono

Cixi, la última emperatriz de China

El lema de esta dirigente fue zi-qiang, "hacer fuerte a China". De hecho, para conseguirlo, no dudó en enfrentarse a Japón, a Occidente y a su hijo el emperador Guangxu, de quien hizo un prisionero en palacio.

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Una mano de hierro envuelta en seda

Foto: Alamy / ACI

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Una mano de hierro envuelta en seda

Cixí había llegado a la Ciudad Prohibida de Pekín como concubina del emperador Xianfeng, de quien se convirtió en esposa tras tener un hijo suyo. Cuando el pequeño, con cinco años, sucedió al soberano a su muerte, en 1861, Cixí comenzó su ascenso al poder: orquestó un golpe de Estado, apartó a los regentes elegidos por su marido y se convirtió en la gobernante en la sombra como regente del joven Tongzhi y, a la muerte de éste, en 1875, como regente del nuevo emperador Guangxu, entonces de tres años, sobrino suyo y al que adoptó. Los soberanos pertenecían a la élite de los manchúes, el pueblo que había conquistado China en el siglo XVII y sometido a la etnia mayoritaria de los han. Cixí –a quien le encantaba la fotografía– luce en esta imagen el peinado y los largos y enjoyados protectores de uñas de las damas manchúes, mientras hace ademán de colocarse una flor en el pelo. Al fondo vemos las manzanas procedentes de sus huertas, cuya sutil fragancia apreciaba.

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Foto: Cordon Press

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Aliados en el golpe

El emperador Xianfeng había muerto en la frontera de Mongolia, adonde se había retirado con la corte tras el ataque a Pekín de franceses y británicos durante la segunda guerra del opio. Cixí ejecutó su golpe de Estado ante el negro panorama que se abría ante China y ante su hijo, con un consejo de regencia formado por los nobles tradicionalistas que habían aconsejado la fatal guerra con Occidente y un país devastado por la contienda y por la cruenta rebelión campesina de los Taiping, que controlaban un tercio del país. Fue entonces cuando la concubina Yi (“ejemplar”), pues así era llamada en la corte, decidió coger el timón del país y preparó el golpe junto con Zhen, la consorte principal del difunto emperador (y como tal, madre oficial de Tongzhi). Para su ejecución recabaron la ayuda de dos hermanos del emperador: el príncipe Gong, partidario de contemporizar con Occidente, y el príncipe Chun, al que Cixí había casado con su hermana menor. Si hubieran fracasado, todos se enfrentaban, como traidores, a la pena capital que llevaba el explícito nombre de “muerte de los mil cortes”. En la imagen, la emperatriz Zhen, fallecida en 1908

Gobernar detrás de un biombo

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Gobernar detrás de un biombo

Al convertirse en regente de su hijo, Cixí adoptó este nombre (que significa «bondadosa y alegre») en sustitución del suyo original, Yi. Que la antigua concubina lograra mantener en sus manos los hilos del poder casi cincuenta años fue un éxito impresionante, visto el limitado papel que el rígido protocolo de la corte asignaba a la mujer. Por ejemplo, debía presidir las audiencias tras un biombo de seda emplazado detrás del trono, pues los ministros no debían verla, y jamás pudo pisar la parte delantera de la Ciudad Prohibida, reservada al emperador. Por ello necesitó hombres fieles que aplicasen sus decisiones (como el príncipe Gong, hermanastro de Xianfeng, que estuvo al frente del Gran Consejo imperial), y siempre tuvo que ejercer el poder como regente, debiendo retirarse formalmente cuando un emperador llegaba a la mayoría de edad. Aquí aparece rodeada de sus eunucos, ataviados con túnicas bordadas con el dragón imperial, que la transportan a una audiencia matutina.

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Foto: Cordon Press

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Eunucos, los sirvientes del trono

La vida en la Ciudad Prohibida no se concebía sin los eunucos, fieles sirvientes del soberano; la imposibilidad de engendrar hijos hacía que supusieran un peligro menor que los nobles ansiosos por reunir un patrimonio que legar a sus descendientes. Pero su vida no era feliz. La mayoría de los hombres sentía una repugnancia visceral hacia los eunucos, que eran despreciados por haber perdido su virilidad, y la gente del común se reía de ellos por uno de los problemas más frecuentes que provocaba la castración: la incontinencia, que se agravaba con la edad y que los obligaba a llevar pañales. En 1869, el sector más tradicionalista de la corte asestó un duro golpe a la reformista Cixí cuando, se ordenó la ejecución del eunuco An Dehai, por quien la emperatriz sentía un afecto insólito (¿quizás amor?). Los eunucos no podían salir de la Ciudad Prohibida bajo pena de muerte, y Cixí había enviado a An a Souzhou, a comprar seda para la boda de su hijo Tongzhi. En la imagen, el eunuco que fue copero de Cixí, fotografiado en 1931.

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La odisea del ferrocarril

Cixí acometería numerosas reformas en China –desde la occidentalización de los estudios superiores hasta el impulso a la economía– para modernizar el país y ponerlo a la altura de otras potencias. El ferrocarril era un sector decisivo para el desarrollo económico, pero su expansión no fue fácil. El principal obstáculo que la construcción de ferrocarriles halló en China fue el temor a que su humo y sus ruidos perturbasen a los difuntos que descansaban en las tumbas ancestrales privadas, cementerios en los que generaciones de chinos creían que fallecer se encontrarían con sus familiares fallecidos, y el miedo a que el tendido de las vías destruyera esas sepulturas, convirtiendo a los muertos en fantasmas errantes. Cixí se decidió a probar el tren, y en 1888 compró a una empresa francesa un convoy con seis lujosos vagones y 3,5 km de vías que se instalaron en el Palacio del Mar –su imponente residencia oficial junto a la Ciudad Prohibida– siguiendo las reglas del feng-shui (que también regían la construcción de las tumbas o de las viviendas). Pero la experiencia no complació a la emperatriz. Tras oír el ruido que hacía la locomotora y ver el humo que arrojaba, mandó guardar el tren en un almacén, de donde mandaba sacarlo ocasionalmente para mostrarlo a visitantes de importancia, pero movido por eunucos mediante cuerdas de seda trenzada. Sin embargo, en 1889 publicó un decreto que abría las puertas al ferrocarril con el tendido de la línea entre Pekín y el puerto de Wuhan -que después se prolongó hasta Cantón y que sigue siendo básica para la economía china-. La convenció la idea de que promovería la economía de las provincias del interior al conectarlas con la costa, favoreciendo las exportaciones. En la imagen, la estación de Pekín en 1933.

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La pasión imperial: el Nuevo Palacio de Verano

Una de las decisiones de Cixí que le valieron la condena de la posteridad por la forma en que la ejecutó fue la de reconstruir el Antiguo Palacio de Verano, una maravilla incendiada por las tropas británicas y francesas en 1860, durante la segunda guerra del opio. Esta pretensión era rechazada porque la emperatriz viuda ya disponía del Palacio del Mar y por el enorme coste de las obras. Cixí garantizó que no se destinarían recursos públicos a los trabajos en el nuevo e inmenso recinto: el Nuevo Palacio de Verano, cuyo nombre era en realidad Yi-he-yuan, Jardín de la Salud y la Armonía. Pero sí empleó caudales públicos: los sustrajo del presupuesto de la Armada china, aunque no fueron las decenas de millones que según se dijo habían impedido modernizar la flota y provocado su derrota ante los japoneses en la guerra de 1894-1895. La cantidad que Cixí desvió quizá fue de unos tres millones de taeles, un montante inferior a los gastos que comportó la boda del emperador Guangxu con su esposa Longyu, cifrados en 5,5 millones de taeles y que no suscitaron ninguna oposición. Las obras del nuevo recinto, que eran la pasión de Cixí, continuaron a pesar del gran incendio que sufrió la Ciudad Prohibida en 1889, poco antes de la boda de Guangxu; en aquel desastre la emperatriz creyó ver un castigo del Cielo por su delito y paralizó temporalmente las obras, pero no tardó en reanudarlas. La fotografía muestra el Palacio de Mármol, un espléndido pabellón en la orilla del lago Kunming, junto al cual se levantó el conjunto de edificios palaciegos; la estructura de dos plantas no es de piedra, sino de madera pintada a imitación del mármol.

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Pionera de la electricidad

Las únicas luces eléctricas que hubo en China hasta 1888 fueron las que había en los cinco puertos que el país tuvo que abrir a los occidentales en virtud del tratado de Nankín, al término de la primera guerra del opio: Cantón, Amoy, Fuzhou, Ningbo y Shanghái, del que la fotografía muestra el recinto de las legaciones extranjeras. Fue Cixí quien inauguró el camino de la electrificación de China cuando en 1888 decidió instalar luces eléctricas en el Palacio del Mar, para lo que se trajeron ordenadores de Dinamarca; fueron las primeras que se encendieron fuera de los puertos del Tratado. La actitud de la emperatriz fomentó la adopción de la electricidad; no tardaron en fundarse nuevas compañías eléctricas, y en 1889 se inauguró el primer tranvía eléctrico de Pekín.

Intrigas mortales en palacio

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Intrigas mortales en palacio

En 1889, con la mayoría de edad de Guangxu, acabó la regencia de Cixí, que dejó la Ciudad Prohibida y se trasladó al palacio del Mar, contiguo a aquella. Aquí aparece entre las flores de loto del lago del palacio, en una barca, sentada y rodeada de sus eunucos y damas de compañía (todos de pie, como exigía el protocolo). Pero la influencia del tradicionalista tutor de Guangxu, Weng Tonghe, propició el abandono del programa de modernización económica y militar al estilo de Occidente emprendido por Cixí, y Japón derrotó a China en 1895. La catástrofe favoreció el regreso al poder de Cixí, que mantuvo prisionero a Guangxu en el Nuevo Palacio de Verano desde 1898, después de que Kang Youwei, un pensador chino que había adquirido un gran ascendiente sobre el emperador, planeara asesinarla con ayuda de Japón, proyecto que Guangxu conocía. Kang y Guangxu quedaron como reformadores víctimas de una despótica Cixí, que ocultó lo sucedido para no comprometer la dinastía.

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La rebelión de los bóxers

Poco después de que Cixí recuperase el poder, las agresiones de los militares alemanes en Shandong provocaron la oposición de los habitantes de aquella región, en especial de la Sociedad de los Puños Justos y Armoniosos, los Yi-he-quan, a quienes los ingleses llamaron bóxers (“boxeadores”) por practicar las artes marciales. Los bóxers consiguieron cientos de miles de seguidores y protagonizaron una cruenta rebelión nacionalista y anticristiana. Cixí rechazó someterse al dictado de las potencias para reprimirla, y la emperatriz –con una Armada destruida en la guerra contra Japón y un ejército se estaba modernizando pero era débil– decidió confiar en los bóxers como fuerza de choque para enfrentarse a las tropas extranjeras. En junio de 1900, los bóxers cercaron el barrio de las embajadas extranjeras de Pekín; la fotografía muestra una manifestación en esta ciudad pidiendo la muerte de los “demonios extranjeros”.

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Magia contra ametralladoras

Cuando el 20 de junio unos soldados chinos mataron al embajador alemán en Pekín el conflicto se hizo inevitable, y el día 21 Cixí declaró la guerra a ocho países: Reino Unido, Rusia, Japón, Francia, Alemania, Estados Unidos, Austria-Hungría e Italia. Los soldados y los bóxers combatieron con enorme valor, pero fueron derrotados. Los bóxers practicaban rituales mágicos que, según creían, los hacían invulnerables a las balas. Uno de sus adversarios escribió: “Venían despacio, gritando, con las espadas y las picas relucientes al sol, para caer derribados, filas enteras de una vez, por el fuego de los fusiles y las ametralladoras”. En la fotografía, bóxers marchando por una calle de Tientsin.

Foto 12

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Tácticas ambiguas

Uno de los episodios más mitificados de esta contienda en el mundo occidental fue el asedio de 55 días al barrio de las embajadas de Pekín por parte del ejército chino y los bóxers, del 20 de junio al 14 de agosto. En realidad, si las decenas de miles de combatientes chinos no penetraron en el barrio de las legaciones no fue porque no pudieran, sino porque desde palacio se les contuvo. La falta de puntería de la artillería china no se debía a la impericia de sus servidores, sino que era provocada, y Cixí ordenó que se hicieran llegar alimentos a los sitiados. Murieron 68 occidentales y 159 fueron heridos; del otro lado, perecieron miles de bóxers. Las ambiguas estrategias de Cixí respecto a éstos enviaron a muchos a una muerte segura, y garantizaron la supervivencia de la mayoría de extranjeros atrapados en China. Cixí huyó de Pekín el 15 de agosto. Había sobreestimado las capacidades de los bóxers, que sufrieron una brutal represión. Las imágenes corresponden a la exhibición de cabezas de bóxers ejecutados.

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La abolición de una tortura

Cixí, que había abandonado Pekín cuando las tropas enemigas entraban en la ciudad, volvió a la capital en enero de 1902, dispuesta a seguir con su política de reformas. Uno de los primeros edictos que promulgó a su vuelta fue el que prohibía vendar los pies de las mujeres desde la niñez, una costumbre terrible que aumentaba el atractivo de una mujer a ojos de los hombres pero que deformaba las extremidades, como muestra esta fotografía tomada hacia 1900, y provocaba dolores atroces.

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El asesinato de Guangxu

Habiendo asumido de nuevo el poder,  Cixí impulsó reformas que igualasen el país con Occidente, incluida la transformación de China en una monarquía constitucional y el derecho al voto, pero la muerte le impidió culminar esta serie de cambios decisivos. El 3 de noviembre de 1908 celebró su 73 cumpleaños, pero sentía que su fin estaba próximo. Decidió envenenar a Guangxu, que seguía siendo su prisionero de hecho y estaba muy enfermo; Cixí temía que se repusiera y llegase al trono, convirtiendo a China en una presa fácil de Japón. El emperador, del que aquí vemos una fotografía tomada hacia 1890, falleció a las seis y media de la tarde del 14 de noviembre; murió en una cama sin adornos ni cortina que la rodeara, “como una persona común y corriente”, observó uno de los médicos. Un examen forense de sus restos en 2008 halló grandes cantidades de arsénico, seguramente en los platos que Cixí le enviaba siempre como muestra de amor de madre. Su esposa, Longyu –que le había sido impuesta por Cixí y a la que nunca había amado–, lo acompañó en sus últimos momentos; ambos se abrazaron a la vista de todos, algo que pocas veces habían hecho en veinte años de matrimonio. Tras morir su esposo, Longyu lo vistió y quiso coger una perla de la corona del emperador para ponérsela en la boca, como exigía el ritual, pero un eunuco se lo impidió porque no tenía permiso de Cixí para ello. Entonces Longyu se quitó una perla de su propia corona para ponérsela sobre la lengua.

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Puyi, el heredero

La emperatriz falleció poco antes de las dos del mediodía del 15 de noviembre. Antes de morir convirtió a su sobrino nieto Puyi, de dos años, en el siguiente emperador. En esta imagen, Puyi aparece de pie, junto a su padre Zaifeng, a quien Cixí nombró regente.

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Longyu, la elegida

También antes de morir, Cixí confirió el título de emperatriz viuda a Longyu, que en esta fotografía es la segunda por la derecha; Cixí está en el centro, con una capa. El último decreto que dictó en las tres horas previas a su fallecimiento decía que “en el futuro, los asuntos de Estado los decidirá el regente Zaifeng. Sin embargo, si se encuentra con materias de excepcional importancia, deberá obedecer a la emperatriz viuda”. Esto suponía que la suerte final del Imperio caería sobre los frágiles hombros de la retraída, triste y encorvada Longyu, que amortajó a Cixí. ¿Por qué Cixí tomó esa decisión? La última biógrafa de la emperatriz, Jung Chan, afirma que lo hizo porque Cixí temía que las revueltas asediaran a la monarquía y que los nobles manchúes decidieran resistir costase lo que costase, pero sabía que Longyu no actuaría así: se rendiría para asegurar su supervivencia y la de la minoría manchú. Era una mujer y, a diferencia de los hombres, no tenía que luchar hasta el fin por el honor ni para demostrar su valentía. Así sucedió en 1911, cuando estallaron las revueltas en favor de la república. El 6 de diciembre, Zaifeng dimitió de regente y remitió todas sus decisiones a la emperatriz. Ésta, tras reunir a los nobles, declaró entre lágrimas que estaba dispuesta a asumir la responsabilidad de poner fin a la dinastía con la abdicación de Puyi, que tenía cinco años, y el 12 de febrero de 1912 puso su nombre en el Decreto de Abdicación que acabó con la gran dinastía Qing tras 268 años en el poder, y con más de dos mil años de monarquía absoluta en China: “En nombre del emperador, transfiero el derecho a gobernar todo el país, que a partir de ahora será una República constitucional”.

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Los despojos profanados

Cixí fue enterrada en el cementerio real de los Qing Orientales, en Zunhua, a 125 kilómetros al noreste de Pekín. La fotografía corresponde a su cortejo funerario, que incluyó figuras de caballos y distintos personajes que fueron quemadas después del entierro, de acuerdo con la tradición. Los líderes de los primeros gobiernos republicanos protegieron los mausoleos de la dinastía Qing. Pero en 1927, los nacionalistas radicales encabezados por Chiang Kai-shek instauraron un nuevo régimen, y al año siguiente, cuando habían pasado dos décadas de la muerte de Cixí, la soldadesca irrumpió en la tumba para robar las joyas con las que se sabía que la emperatriz había sido enterrada. Oficiales y soldados utilizaron la dinamita para abrir un boquete en el muro de su mausoleo, y abrieron la tapa del féretro imperial con bayonetas y barras de hierro. Tras hacerse con las joyas, desgarraron los ropajes de Cixí, le arrancaron los dientes en busca de cualquier posible tesoro escondido y se fueron dejando su cadáver abandonado.

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La ira de Puyi

Cuando Puyi se enteró de la profanación de la tumba de Cixí se quedó desolado, y envió a varios miembros de la antigua familia real para que volvieran a enterrar los restos de la emperatriz y presentaran una protesta ante el gobierno de Chiang Kai-shek. Pero cuando oyó el rumor de que la perla de la boca de Cixí decoraba el zapato de la mujer de Chiang lo invadió un odio irreprimible. La indignación consolidó su decisión de aliarse con los japoneses, que lo nombraron emperador de Manchukuo, el Estado marioneta creado en Manchuria después de la ocupación de 1931. No deja de ser irónico que el sucesor elegido por Cixí se convirtiera en un títere de Japón, cuando ella se había esforzado por encima de todo en desbaratar los intentos de Japón por convertir China en parte de su imperio asiático.

Este artículo pertenece al número 214 de la revista Historia National Geographic.

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