Edad Media

Catedrales, el desafío del arte gótico

La construcción de grandiosos templos góticos en las ciudades europeas puso a prueba el saber técnico y la capacidad de organización de los hombres y mujeres de la Edad Media.

Catedral

Foto: Borisb17 / AGE Fotostock

Durante los dos últimos siglos hemos edificado en nuestras mentes unas catedrales muy distintas a las que se levantaron en la Edad Media. Comparten con ellas las gárgolas, las vidrieras, las bóvedas y las portadas esculpidas, pero difieren en casi todo lo demás.

Cronología

Edades del gótico

Siglo XII

Se erige en Francia el primer templo gótico, en Saint-Denis, y se comienzan las catedrales de París y Chartres.

Siglo XIII

En la época de esplendor del gótico se levantan las catedrales de Beauvais, Colonia, Burgos, Salisbury y York.

Siglo XIV

Prosigue la construcción de grandes catedrales en ciudades como Estrasburgo, Barcelona o Palma de Mallorca.

Siglo XV

El estilo gótico tardío está representado por las catedrales de Gloucester, Toledo y Sevilla, entre otras.

Siglo XVI

Se alzan catedrales de transición al Renacimiento como las de Salamanca y Segovia.

Siglo XIX

Se terminan los grandes templos góticos de Colonia, Ulm, Milán y Barcelona.

La interpretación, tan extendida, de que las catedrales eran prácticamente el fruto del fervor religioso en una época de oscuridad e ignorancia es falsa y empobrecedora. ¿A alguien se le ocurre pensar que para levantar el Partenón o el Artemisión de Éfeso (empresas de coste y dimensiones catedralicias) bastaba la fe en los dioses? ¿No harían falta sobre todo solvencia técnica, genio artístico, conocimientos, cálculo, provisión de medios y materiales, capacidad de coordinación y planificación? ¿Por qué asignamos sólo a la Edad Media ese tinte religioso, cuando es algo común a casi todas las épocas y lugares, y además le arrebatamos la posibilidad de exhibir en toda su grandeza los valores propios del genio humano?

Constructores de catedrales en una miniatura del siglo XV.

Constructores de catedrales en una miniatura del siglo XV.

Foto: Granger / Album

En estas páginas nos proponemos no sólo recordar algunos aspectos de la construcción de las catedrales, sino subrayar en especial las razones por las que se edificaban. Quizás así podamos empezar a deshacer los tópicos que, como un cristal empañado, siguen perturbando nuestra visión de estas creaciones extraordinarias. Para comenzar, es importante tener presente la diferencia primordial que existe entre una gran construcción romana y otra medieval. La primera estaba concebida para que la erigieran muchos obreros poco cualificados: esclavos, legionarios desocupados o habitantes locales que pagaban sus tributos con su trabajo. Las construcciones medievales, por el contrario, eran ejecutadas por grupos más pequeños y bien preparados, verdaderos profesionales curtidos con la práctica.

Catedral de Coutances. Alzado de la cabecera de este templo gótico del siglo XIII, erigido en Normandía.

Catedral de Coutances. Alzado de la cabecera de este templo gótico del siglo XIII, erigido en Normandía.

Foto: Médiathèque de l’architecture et du patrimoine / Rmn-Grand Palais

Cuadrillas de obreros

Estos grupos contaban con un maestro que actuaba como un primus inter pares, un primero entre iguales: alguien capaz de labrar una dovela o un relieve, pero con demostrada capacidad para dirigir y coordinar a sus compañeros. Sólo en época tardía este maestro empezó a despegarse del trabajo práctico, limitándose (no sin escándalo) a dar indicaciones desde los andamios. Hombro con hombro con el maestro trabajaba un personaje esencial, el fabriquero, un canónigo dedicado a supervisar la calidad de lo realizado, el ajuste a los presupuestos y el cumplimiento de plazos.

Albañiles y maestro de obras. Relieve por Andrea Pisano. Siglo XIV.

Albañiles y maestro de obras. Relieve por Andrea Pisano. Siglo XIV.

Foto: Bridgeman / ACI

Entre esos trabajadores catedralicios había mujeres, que llegaban a ser un tercio del total de operarios y que, si bien solían dedicarse al acarreo de materiales o a la mezcla de la argamasa, podían llegar a ostentar el magisterio. Así consta en Norwich, en Estrasburgo –donde la escultora Sabina von Steinbach, a quien también se atribuyen algunas obras en Notre Dame de París, creó la extraordinaria portada sur– o en Cuenca, donde una mujer llamada María dirigió el taller de vidrieras. Aunque también podía haber cierto número de «esclavos» (normalmente, prisioneros de guerra), su aportación nada tenía que ver con las dimensiones de esta mano de obra forzada en la Antigüedad. La mayoría de constructores de catedrales eran trabajadores considerados, adecuadamente pagados y favorecidos con privilegios como la exención de impuestos. También solía facilitárseles una vivienda, y si no estaban conformes con los salarios no dudaban en organizar huelgas y protestas.

Catedral de Reims. Alzado en el cuaderno de dibuos de Villard de Honnecourt. Siglo XIII.

Catedral de Reims. Alzado en el cuaderno de dibuos de Villard de Honnecourt. Siglo XIII.

Foto: BNF / Rmn-Grand Palais

Cuando se decidía erigir una catedral, la primera tarea era elegir el solar y buscar los materiales para su construcción. El emplazamiento podía estar asociado a algún lugar sagrado; por ejemplo, con el sepulcro de un santo, como en las catedrales de Santiago de Compostela o de Autun. En otros casos se utilizaba el solar de un templo anterior (una mezquita, un santuario romano), o bien se aprovechaba el emplazamiento de un palacio donado por un rey o un noble, como sucedió, según la tradición, con la primera catedral de la historia: San Juan de Letrán, erigida en el siglo IV junto a una de las puertas de Roma porque el emperador Constantino tenía allí un palacio que cedió para la construcción del templo. También había razones aún más pragmáticas: al trasladar la catedral de Segovia, en el siglo XVI, se eligió la nueva ubicación por ser la más barata, ya que sólo había un convento de monjas y las casas de la judería, abandonadas recientemente por la expulsión de sus moradores.

Muros de luz. La primera basílica gótica de Europa fue la iglesia del convento real de Saint-Denis, levantada en el estilo que su abad Suger propugnaba: para él, Cristo era la luz del mundo, y ahora la luz formaba parte del propio edificio.

Muros de luz. La primera basílica gótica de Europa fue la iglesia del convento real de Saint-Denis, levantada en el estilo que su abad Suger propugnaba: para él, Cristo era la luz del mundo, y ahora la luz formaba parte del propio edificio.

Foto: Alamy / ACI

La selección de la piedra

No en todos los lugares se tenían cerca materiales adecuados para la construcción, cuyo transporte podía encarecer enormemente las obras. Este trabajo se simplificaba si había agua de por medio: gracias a ello, muchas catedrales inglesas se levantaron con piedra llevada en barcos desde Francia.

En la cantera. Obreros extrayendo piedras. Ilustración del Libro de la propiedad de las cosas, de Bartolome Ánglico. Siglo XV. Biblioteca Británica, Londres.

En la cantera. Obreros extrayendo piedras. Ilustración del Libro de la propiedad de las cosas, de Bartolome Ánglico. Siglo XV. Biblioteca Británica, Londres.

Foto: AKG / Album

En Sevilla, cuyo suelo es arcilloso, se exploró el territorio hasta dar con unas canteras cercanas a la desembocadura del Guadalquivir; la llamada Grúa del Cabildo, montada en el puerto fluvial hispalense para descargar los miles de bloques llegados desde Sanlúcar, se convirtió en una fuente de ingresos para el templo (que la alquilaba a otros estibadores) y en un estímulo para convertir la ciudad en una potencia naval y comercial, lo que habría de confirmarse poco más tarde gracias al inicio de los viajes transoceánicos. En las ciudades de Italia, las catedrales e iglesias revestían sus muros con mármolesde colores (como en Siena, Florencia u Orvieto) para que les ayudasen a distinguirse dentro de la tupida trama urbana.

Catedral de Siena. Construido en las décadas centrales del siglo XIII, el Duomo de Siena destaca por sus muros de mármol blanco y negro y su campanario de 77 metros de altura.

Catedral de Siena. Construido en las décadas centrales del siglo XIII, el Duomo de Siena destaca por sus muros de mármol blanco y negro y su campanario de 77 metros de altura.

Foto: Massimo Ripani / Fototeca 9x12

Una vez despejado el solar, el maestro trasladaba al terreno las trazas acordadas en un plano y se excavaban profundos cimientos; a partir de ese momento tenía lugar una combinación extraordinaria de planificación y de cambios e improvisaciones. Sólo así se explica que tantas catedrales fuesen incorporando sobre la marcha las novedades técnicas y plásticas que iban llegando a las obras.

Siempre se ha dicho que los maestros medievales guardaban con celo los secretos de su oficio, pero los testimonios apuntan a lo contrario: los obradores de la Edad Media debían de ser un hervidero de ideas. Así, cuando surgían problemas, se celebraban reuniones para decidir cómo debían proseguir los trabajos. Conocemos bien algunos de estos cónclaves, como los que tuvieron lugar en Gerona; allí prevaleció la postura minoritaria y más osada, que llevó a construir la nave eclesial más ancha de toda la Edad Media. En la catedral de Milán tuvieron lugar, en los siglos XIV y XV, numerosos debates para resolver diversos problemas del proyecto, y el propio Leonardo da Vinci presentó sus propuestas.

Material para los obreros. Acarreo de piedra de yeso y gres para la construcción, llegados a París por vía fluvial. Miniatura de las Ordenanzas del preboste de mercaderes de París. Siglo XV.

Material para los obreros. Acarreo de piedra de yeso y gres para la construcción, llegados a París por vía fluvial. Miniatura de las Ordenanzas del preboste de mercaderes de París. Siglo XV.

Foto: Kharbine - Tapabor / Album

La ejecución de una catedral no hubiese sido posible sin contar con un amplio abanico de herramientas, desde las que servían para labrar la piedra hasta los mecanismos auxiliares para el transporte y la elevación de los materiales. En esto también se refleja la renovación tecnológica general de la Edad Media, con mejoras respecto a la Antigüedad como la grúa giratoria, el carro de llantas metálicas, diversas máquinas de corte o la carretilla. En estas obras, los carpinteros tenían un papel esencial: suyos eran los andamios y las cimbras (los armazones de madera que sostenían arcos y bóvedas durante su construcción), elementos indispensables para la edificación, pero destinados, como la memoria de sus autores, a desaparecer.

Grúas y andamios en la construcción de una catedral. Biblioteca de Artes Decorativas, París.

Grúas y andamios en la construcción de una catedral. Biblioteca de Artes Decorativas, París.

Foto: Bridgeman / ACI

Mucho oficio y poco cálculo

Lo que más puede asombrarnos hoy de estos procesos constructivos es la capacidad de ir encontrando soluciones «por el camino». Los planos no eran ni de lejos tan detallados como los de un proyecto arquitectónico actual, por lo que dejaban multitud de aspectos abiertos, a expensas de encontrar en cada caso la respuesta adecuada. Y no existía nada parecido al cálculo de estructuras: se trataba de acudir a fórmulas ya experimentadas, basadas en una geometría gráfica que no provenía del cálculo abstracto, sino que salía del uso práctico de compases y escuadras.

Herramientas de trabajo. Un operario comprueba la talla de un bloque con una escuadra. En la otra mano sujeta un trinchante-escoda. Miniatura del siglo XV.

Herramientas de trabajo. Un operario comprueba la talla de un bloque con una escuadra. En la otra mano sujeta un trinchante-escoda. Miniatura del siglo XV.

Foto: Granger / Aurimages

Pero como muchas catedrales pretendían encontrar formas nuevas o dimensiones nunca vistas, sus constructores entraban con frecuencia en territorios de riesgo. Por mucho que se llegasen a emplear modelos o dibujos parciales a escala real llamados «monteas», a veces no había manera de saber si una obra iba a permanecer en pie cuando se retirasen las cimbras que sostenían provisionalmente las cubiertas. No es extraño, por tanto, que algunas de las estructuras más osadas se hundieran o hubieran de reforzarse más tarde. Muchos cimborrios se vinieron abajo al poco de ser construidos; la construcción de estas gigantescas torres en el punto donde se cruzan los dos brazos de una catedral era especialmente arriesgada. La ruina afectó a las propias naves cuando se superaron unas dimensiones prudentes. En Beauvais, la colosal cabecera de la catedral (el espacio donde se encuentra el altar mayor) se hundió ya a finales del siglo XIII, tras lo que fue necesario duplicar los pilares; al final, se interrumpieron los trabajos una vez superado el transepto. En la catedral de Palma de Mallorca, casi igual de alta que la de Beauvais, la ruina de las bóvedas no amilanó a sus constructores, quienes al fin hallaron un sistema de contrapesos bajo la cubierta que permitió acabar con éxito el inmenso buque catedralicio. En Amiens, las proporciones del templo obligaron a construir capillas que hiciesen de refuerzo, aunque no resultaron suficientes: en el siglo XVI, un herrero de Toledo se encargó de «atar» el edificio por las alturas, aparejando con el prestigioso hierro toledano un zuncho o cinturón metálico que asegura desde entonces la esbelta fábrica de esta catedral.

Catedral de Palma de Mallorca. Construida durante los siglos XIV y XV en estilo gótico levantino, esta catedral tiene su acceso principal en el sur, por el Portal del Mirador (en la imagen).

Catedral de Palma de Mallorca. Construida durante los siglos XIV y XV en estilo gótico levantino, esta catedral tiene su acceso principal en el sur, por el Portal del Mirador (en la imagen).

Foto: Olimpio Fantuz / Fototeca 9x12

También ocurrió en ocasiones que la ambición con que se emprendían las obras no estaba respaldada por los medios económicos necesarios, por lo que los edificios quedaban interrumpidos no por problemas constructivos, sino de financiación. Así, vemos hoy la catedral gótica de Elna apenas empezada, y la de Narbona interrumpida a la mitad. Algunas catedrales a medio ampliar nos dejaron la extraña estampa de una iglesia antigua y pequeña «atragantada» en las fauces de un templo mucho mayor, pero inacabado, como ocurre en Beauvais, Le Mans o Plasencia. En Siena, la ingente reforma prevista para la catedral quedó inconclusa, y sus muros y arquerías inacabados siguen formando parte del paisaje urbano de esa ciudad. En Colonia y Ulm, los proyectos medievales no pudieron acabarse hasta el siglo XIX.

Dordrecht y su catedral. Esta tabla de finales del siglo XV muestra la catedral gótica de Dordrecht, con su torre inacabada. Rijksmuseum, Ámsterdam.

Dordrecht y su catedral. Esta tabla de finales del siglo XV muestra la catedral gótica de Dordrecht, con su torre inacabada. Rijksmuseum, Ámsterdam.

Foto: Album

La conquista del espacio

Vistos los esfuerzos y recursos económicos que exigía la construcción de una catedral, la pregunta esencial es la de para qué se construían las catedrales. Hallaremos la respuesta haciendo una pregunta recíproca a los hombres y mujeres de la actualidad: ¿Para qué queréis escalar montañas o explorar los polos? ¿Por qué habéis gastado tantísimo dinero en misiones espaciales?

Cúpula de Santa María del Fiore.  Los arquitectos medievales y del Renacimiento elaboraban modelos de madera de los edificios, como éste de la catedral de Florencia. Siglo XIV.

Cúpula de Santa María del Fiore. Los arquitectos medievales y del Renacimiento elaboraban modelos de madera de los edificios, como éste de la catedral de Florencia. Siglo XIV.

Foto: N. Orsi / Bridgeman / ACI

Y es que la construcción de catedrales constituyó el equivalente a la «conquista del espacio» en la Edad Media, también por lo que tuvo de combinación de logros y fracasos. Eran el medio por el que la sociedad occidental ponía a prueba sus fuerzas. Eran el campo donde las sociedades exploraban sus límites y comprobaban sus capacidades. Y eran, también, los hitos que mostraban el auge y la prosperidad de las ciudades.

Construir y reconstruir. Sobre estas líneas, la aguja de la catedral de Notre-Dame de París, reconstruida por Viollet-le-Duc en 1859 y destruida en el incendio de 2019.

Construir y reconstruir. Sobre estas líneas, la aguja de la catedral de Notre-Dame de París, reconstruida por Viollet-le-Duc en 1859 y destruida en el incendio de 2019.

Foto: Pascal Ducept / Alamy /ACI

Siendo en principio tan útiles (o tan inútiles) como una sonda espacial o una nave a Marte, resulta que, además, las catedrales cumplían numerosas funciones de tipo práctico. Eran, sí, templos donde se celebraban tanto los oficios ordinarios como los solemnes, donde se encontraba la cátedra o trono episcopal que les da su nombre; pero eso significa que servían asimismo como sede del gobierno diocesano, en una época en que el papel de las provincias de la Edad Contemporánea lo desempeñaban las diócesis, los territorios sometidos a la jurisdicción de un obispo. Los lugares de reunión del cabildo (formado por los canónigos o sacerdotes de la catedral) estaban en el coro, dedicado al rezo, y en la sala capitular, donde se gestionaban los fondos destinados a la catedral y procedentes del cobro de rentas e impuestos. Había otras muchas fuentes de financiación, como la venta de suelo funerario o la gestión de los baños públicos. Lógicamente, una parte del dinero revertía en el bien común: la catedral construía y mantenía hospitales, caminos y puentes.

La catedral gótica de Gerona. A inicios del siglo XIV, la antigua catedral románica se amplió con tres naves de estilo gótico, que más tarde se redujeron a una de excepcional anchura.

La catedral gótica de Gerona. A inicios del siglo XIV, la antigua catedral románica se amplió con tres naves de estilo gótico, que más tarde se redujeron a una de excepcional anchura.

Foto: Gabriele Croppi / Fototeca 9x12

El foro de la ciudad

Las catedrales constituían, sobre todo, el gran centro de actividades de la ciudad, como si fuesen la traducción medieval de un foro romano. En ellas se reunían los comerciantes para cerrar tratos, y los gremios, para dirimir sus asuntos; sus muros exteriores, y a veces también los claustros y las naves, acogían tiendas y comercios; sus capillas y claustros albergaron las primeras escuelas universitarias; en sus lonjas se reunían los miembros del concejo municipal, y a sus puertas o en lugares específicos se impartía justicia.

Catedral de Amiens. La más vasta de todas las catedrales góticas posee una nave de 42,5 m de altura dividida en tres secciones: grandes arcadas en la mitad inferior, un triforio o galería sobre ellas y vanos vidriados que se unen con la bóveda de crucería.

Catedral de Amiens. La más vasta de todas las catedrales góticas posee una nave de 42,5 m de altura dividida en tres secciones: grandes arcadas en la mitad inferior, un triforio o galería sobre ellas y vanos vidriados que se unen con la bóveda de crucería.

Foto: Frans Sellies / Getty Images

Por sus naves y a través de sus portadas deambulaban los desocupados, flirteaban los enamorados, pasaban las mujeres con sus cestos de ropa y los pastores con su ganado; en el interior de algunas catedrales se describe la presencia de caballos, y hasta se llegaba a soltar un bóvido dentro para correr encierros. Todavía a comienzos del siglo XX, Rainer Maria Rilke describía a los perros que campaban con naturalidad por la catedral de Toledo. Desde finales de la Edad Media, el número cada vez mayor de actividades que se desarrollaban en estos edificios obligó a su paulatino desalojo, haciendo que las distintas instituciones que habían tenido su origen en suelo catedralicio erigiesen sedes propias: así fueron surgiendo las lonjas de comercio, las universidades, los tribunales, las casas gremiales y los ayuntamientos.

Desde la Contrarreforma y el concilio de Trento, ya en la Edad Moderna, las catedrales se sumieron en un creciente rigor religioso, que fue apagando su antiguo pulso vital. El despojamiento de sus fuentes de financiación, a causa de la pérdida de poder de la Iglesia, y su posterior conversión en centros museísticos han terminado por alejarlas de la sociedad, que apenas puede hoy reconocer la naturaleza de estos edificios, nacidos como emblemas de poder, pero que también sirvieron para estimular los adelantos técnicos, y que tenían sus puertas abiertas a quien quisiera entrar en ellas para rezar, pasear o llevar a cabo las actividades más variadas.

VER ILUSTRACIÓN SOBRE EL NACIMIENTO DE UNA CATEDRAL

VER ILUSTRACIÓN SOBRE EL NACIMIENTO DE UNA CATEDRAL

Este artículo pertenece al número 207 de la revista Historia National Geographic.

Para saber más

La catedral de Colonia, una joya gótica

La catedral de Colonia, una joya gótica

Leer artículo

Compártelo