Seductor italiano

Casanova en Venecia

Culto, refinado y amante de todos los placeres, Giacomo Casanova vivió toda clase de aventuras durante su juventud en su ciudad natal, hasta que su osadía le costó la prisión y el exilio.

Venecia era una fiesta. Casanova (en un retrato de juventud) asistió a espectáculos en su ciudad natal como la regata pintada por Canaletto hacia 1740 (a la derecha).

Retrato: Bridgeman / ACI. Paisaje: Scala, Firenze

La Venecia del siglo XVIII es una riquísima y poderosa ciudad con un milenio de historia. Sólo París puede disputarle el cetro de capital del placer y del espíritu. Pero mientras la capital francesa se encuentra en el apogeo de su poder, la ciudad de las lagunas está al borde del colapso, aunque el esplendor que irradia impide que nadie se dé cuenta de ello.

Cronología

Ascenso de un plebeyo

1725

Nace en Venecia Giacomo Casanova, hijo de una pareja de actores y cantantes.

1746

Casanova salva la vida del patricio Matteo Bragadin, quien se convertirá en su protector.

1755

Acusado de ateísmo, es encerrado en los Piombi, de donde se escapará tras 15 meses.

1798

Muere en un castillo de Bohemia, sin haber terminado de escribir sus memorias.

En esa ciudad que pende de un hilo, en la parroquia de San Samuele, el 2 de abril de 1725 nace un personaje cuya vida tormentosa se convertirá en un icono para Venecia: Giacomo Casanova. Su madre, Zanetta Farussi, es una actriz de éxito y tiene como amantes a varios aristócratas destacados, entre ellos el príncipe de Gales y el conde Grimani, que quizá fue el padre biológico de Giacomo, y no Gaetano Casanova, el marido de Zanetta.

El pequeño Giacomo, de salud frágil, queda al cuidado de su abuela hasta su marcha a Padua para estudiar los clásicos. Con 16 años se gradúa en Derecho y regresa a Venecia como joven abad. La carrera eclesiástica no es una vocación, sino la única vía que permite a los plebeyos un digno, aunque limitado, ascenso social. Es asignado a la parroquia de San Samuele, donde había nacido y donde todos se sorprenden al verlo regresar con el hábito religioso. Allí se distinguirá por sus sermones exuberantes, a veces incomprensibles.

La sotana, junto con los estudios clásicos que tanto le gustan (es un gran admirador de Horacio, cuyos versos conoce de memoria), le permite acceder a la alta sociedad aristocrática. De origen humilde, pero inteligente y de modales refinados, Casanova vive las contradicciones de una Venecia que se aferra aún a la nobleza pero que depende de la iniciativa comercial de la burguesía y de las clases bajas que trabajan como mano de obra.

El Gran Canal. Palacios, almacenes e iglesias se alternan a ambos lados del Gran Canal, la arteria principal de Venecia, que articula una red de más de doscientos canales menores. En la imagen, la entrada del canal, con la iglesia de Santa Maria della Salute, construida a mediados del siglo XVII, al fondo.

El Gran Canal. Palacios, almacenes e iglesias se alternan a ambos lados del Gran Canal, la arteria principal de Venecia, que articula una red de más de doscientos canales menores. En la imagen, la entrada del canal, con la iglesia de Santa Maria della Salute, construida a mediados del siglo XVII, al fondo.

Foto: Shutterstock

Aristócratas y plebeyos

Lo que llama la atención de Venecia, y que favorece el ascenso de Casanova, es que, a pesar de ser una sociedad rígidamente dividida en clases sociales, existe una despreocupada promiscuidad entre ellas. En las calles y en las plazas se mezclan nobles, burgueses y religiosos, y la aristocracia veneciana es afable y charlatana y trata con familiaridad al pueblo, con el que conversa de buen grado y a cuyos hijos bautiza. En la vida diaria sus gustos culinarios también son parecidos: pescado a la parrilla, anguilas guisadas, salmonetes, macarrones –que no son como los nuestros, sino hechos con pan y harina–, marisco y peces de río como el esturión, la trucha y la tenca.

Copa de cristal veneciano, manufactura característica de la ciudad de las lagunas. Museo Victoria y Alberto, Londres.

Copa de cristal veneciano, manufactura característica de la ciudad de las lagunas. Museo Victoria y Alberto, Londres.

Foto: V&A Images / Scala, Firenze

Casanova percibe este lado afable de la nobleza y espera que surja la oportunidad para ascender. Es joven e inquieto, y pronto cuelga los hábitos religiosos. Viaja mucho y se alista en el ejército durante un breve período, hasta que vuelve a Venecia, donde vive de tocar el violín en una orquesta y frecuenta malas compañías, llamando varias veces la atención de los guardias. La suya podría ser una historia anónima si no fuera porque Casanova tiene algo especial que intriga a quienes lo rodean. Y como en Venecia cualquier ascenso pasa por la vía de la aristocracia, la oportunidad se le presenta el día en que ayuda a un señor que sufre un infarto en la calle. Lo acompaña a casa y se queda a su lado incluso tras la llegada de los médicos y de sus amigos. La fortuna le ha hecho encontrar a Matteo Bragadin, de la más antigua nobleza veneciana.

Adoptado por un patricio

Usando su encanto, haciéndose pasar por médico («enumeraba preceptos y citaba a autores que no había leído», escribirá en su autobiografía) e improvisando trucos de magia que había aprendido de su abuela, apasionada por la brujería, se gana el favor de Bragadin y de su círculo de amigos. Todos están pendientes de sus palabras y de sus extravagantes teorías numerológicas, basadas según él en la cábala. Este rasgo es característico de todo el siglo XVIII, un período en que el racionalismo y el ocultismo van de la mano. En Venecia, la magia impregna la sociedad a todos los niveles.

Símbolo de la República. El león alado es la representación del evangelista san Marcos y fue adoptado como símbolo de la Serenísima República. Todavía hoy representa a la ciudad.

Símbolo de la República. El león alado es la representación del evangelista san Marcos y fue adoptado como símbolo de la Serenísima República. Todavía hoy representa a la ciudad.

Foto: Granger / ACI

Bragadin lo adopta y lo invita a vivir con él. ¡Uno de los aristócratas más devotos y respetados de Venecia ampara en su casa a un bala perdida recogido en la calle! Estamos en 1746, Casanova tiene 21 años y la vida le sonríe. Siente un afecto sincero por Bragadin, que paga sus cuentas y le abre de par en par los salones de la aristocracia. Se ha convertido en un chico alto, imponente, seductor, culto, que conoce tanto el mundo de la plebe como el del clero y ahora también el de la nobleza; es una perla rara que los venecianos –y las venecianas– se disputan.

Las joyas eran una de las grandes pasiones de las mujeres venecianas. Pieza expuesta en el Museo Correr, Venecia.

Las joyas eran una de las grandes pasiones de las mujeres venecianas. Pieza expuesta en el Museo Correr, Venecia.

Foto: Scala / Firenze

Porque, aunque aparentemente Venecia está controlada por una rígida moral católica, en realidad se encuentra en una fase de absoluta disipación de las costumbres, más o menos como imaginamos la decadencia de la antigua Roma. Las aristócratas son bellísimas, alegres, amables, llevan escotes muy pronunciados («exentos de misterio», según un contemporáneo) y se adornan con multitud de rubíes, diamantes, zafiros y esmeraldas, hasta el punto de que, para mantener las apariencias, las familias venidas a menos alquilan las joyas.

No tener amante es algo vergonzoso –en eso cardenales y prelados no son una excepción– y todos los nobles mantienen a jovencísimas cortesanas que al final consiguen encontrar marido entre los nuevos ricos. Ni siquiera las monjas quedan al margen de estas aventuras: uno de los grandes amores de Casanova es una religiosa, a la que llama M. M. en sus memorias para proteger su anonimato. M. M., a su vez, tiene ya un amante, un religioso diplomático francés con el que Casanova organiza una orgía en la que participa una segunda monja que también había sido amante de Casanova.

Venecia y el mar. El día de la Ascensión tenía lugar la ceremonia del Bucintoro, en la que el 'dux' renovaba la alianza de Venecia con el mar, una fiesta que congregaba a toda la ciudad. Canaletto representó esta jornada en varios de sus cuadros.

Venecia y el mar. El día de la Ascensión tenía lugar la ceremonia del Bucintoro, en la que el 'dux' renovaba la alianza de Venecia con el mar, una fiesta que congregaba a toda la ciudad. Canaletto representó esta jornada en varios de sus cuadros.

Foto: Scala / Firenze

La Venecia promiscua

Giacomo se regodea en esa Venecia promiscua, ya que piensa que «la fortuna ejerce su poder sobre todos los mortales, mientras sean jóvenes», y quiere aprovecharla al máximo. Frecuenta los teatros, que conoce a fondo, ya que ha nacido en ese ambiente. Más que por pasión, va allí para hacerse ver y forjar relaciones. En los teatros venecianos el caos es absoluto: en sus palcos, los aristócratas se abandonan a intrigas y sueltan groserías, mientras que en la platea la plebe grita como en un estadio, y no es raro que después de una mala actuación los actores se vean obligados a huir para salvar la piel.

Ciudad teatral. Inaugurado en 1792, el Gran Teatro de La Fenice se convirtió en la principal sala de ópera de Venecia tras el incendio del Teatro San Benedetto, que había sido construido en 1755.

Ciudad teatral. Inaugurado en 1792, el Gran Teatro de La Fenice se convirtió en la principal sala de ópera de Venecia tras el incendio del Teatro San Benedetto, que había sido construido en 1755.

Foto: Shutterstock

Casanova ya no es el muchacho torpe al que «no le gustaban las mujeres casadas, era tan estúpido que tenía celos de sus maridos». En los teatros y en toda Venecia se dedica a romper corazones. Sin embargo, aunque a Casanova le gustan las aristócratas, el plebeyo que hay en él aún se siente intimidado: está a medio camino entre su nacimiento y la alta sociedad que frecuenta, siempre tratando de dar el gran salto que una y otra vez obstaculizan esos nobles que lo mantienen cerca para divertirse, pero en los márgenes de sus vidas, como un bufón. «Un hombre nacido en Venecia, de familia pobre, sin patrimonio y sin ninguno de esos títulos», dirá de sí mismo. De hecho, cuando tiene que elegir una amante, prefiere a las mujeres del pueblo, sobre todo a jóvenes de entre 14 y 18 años.

Enmascarados. El vestido de carnaval veneciano, o 'bauta', se componía de una capa negra (de seda o terciopelo), una capucha, un sombrero, a veces de tres puntas, y la máscara o 'volto'. Conversación de enmascarados, por Pietro Longhi. 1760. Ca’ Rezzonico, Venecia.

Enmascarados. El vestido de carnaval veneciano, o 'bauta', se componía de una capa negra (de seda o terciopelo), una capucha, un sombrero, a veces de tres puntas, y la máscara o 'volto'. Conversación de enmascarados, por Pietro Longhi. 1760. Ca’ Rezzonico, Venecia.

Foto: Scala / Firenze

Por suerte, para dejar atrás las inhibiciones llega el carnaval, que en Venecia no es una fiesta, sino parte integrante de una forma de vida. En esa época, el carnaval empieza en octubre y dura al menos cinco meses, durante los cuales las máscaras llenan las calles y cualquiera puede hacerse pasar por cualquiera, una bendición para un embaucador como Casanova. Los disfraces están muy presentes en sus memorias de la laguna; le permiten pasar de un ambiente a otro, lo hacen sentir menos inadecuado entre los aristócratas y más misterioso entre la gente común, y son una de las claves de sus aventuras y sus enredos.

La plaza de San Marcos. El esplendor de Venecia en el siglo XVIII era el de una ciudad ya en declive. En la imagen, vista aérea de Venecia con la plaza y la basílica de San Marcos en primer término.

La plaza de San Marcos. El esplendor de Venecia en el siglo XVIII era el de una ciudad ya en declive. En la imagen, vista aérea de Venecia con la plaza y la basílica de San Marcos en primer término.

Foto: Michele Falzone / Awl Images

El punto de encuentro de toda la diversión es, cómo no, la plaza de San Marcos. Allí, en escenarios improvisados, entre un baile y otro, tienen lugar comedias, conciertos y obras de teatro, pero también combates de lucha y boxeo; y allí acuden en masa astrólogos y charlatanes. Hay espectáculos escalofriantes, con toros decapitados o pobres osos encadenados a un poste a través del paladar. Otros son completamente grotescos, como las peleas libradas dentro de jaulas entre gatos furiosos y campesinos rapados que tratan de matarlos a cabezazos.

Como cualquier joven audaz y mundano, Casanova es un apasionado de los juegos de azar, y las consecuencias son nefastas. Se juega en los ridotti, casas destinadas a ese fin, algunas de baja estofa y otras muy lujosas, como la que en 1630 abrió el aristócrata Marco Dandolo, con diez o doce salas de mesas muy concurridas, donde el silencio es absoluto y la clientela, muy selecta. En la alta sociedad veneciana todo el mundo juega –en una noche se pueden desvanecer fortunas enteras–, y Casanova no es el tipo de persona que se echa atrás. Sus deudas de juego crecen, la mano de Bragadin no es suficiente para pagar sus cuentas y Giacomo acumula deudas para pagar otras, saliendo siempre del paso con negocios más o menos legales y sin desdeñar el dinero o las joyas prestadas por las mujeres a las que seduce.

La moneda de la Laguna. Ducado de oro veneciano acuñado en época del dux Francesco Loredan (1752-1762), bajo cuyo gobierno fue encarcelado Casanova.

La moneda de la Laguna. Ducado de oro veneciano acuñado en época del dux Francesco Loredan (1752-1762), bajo cuyo gobierno fue encarcelado Casanova.

Foto: Bridgeman / ACI

Escándalo y prisión

En esa vida disipada que dura años, sus conquistas amorosas se cuentan por decenas. Tanto libertinaje no puede pasar desapercibido, a pesar de la protección de Bragadin. No debe engañarnos la afabilidad de la nobleza: en realidad, Venecia, aunque lleve el nombre de República, está gobernada por una oligarquía de oscura reputación, el Consejo de los Diez, una asamblea de diez aristócratas elegidos de forma anual y con un poder casi absoluto. Y es que aunque la nobleza haya renunciado por completo al poder económico en favor de la burguesía, ha mantenido con firmeza el poder político.

República monárquica. El gobernante supremo de Venecia, el 'dux' o dogo, era elegido entre la oligarquía que dominaba la República con mano de hierro. En la imagen, interior del palacio Ducal.

República monárquica. El gobernante supremo de Venecia, el 'dux' o dogo, era elegido entre la oligarquía que dominaba la República con mano de hierro. En la imagen, interior del palacio Ducal.

Foto: Frank Lukasseck / Fototeca 9x12

Este gobierno represivo intimida a cualquiera, incluso a Bragadin, que en el pasado había sido inquisidor. En un mundo de esclavos, cortesanas y jugadores, los castigos infligidos por los Diez pueden ser despiadados: un siglo antes de Casanova, tres blasfemos fueron condenados a que les cortaran la lengua y la mano derecha y les sacaran los ojos; los asesinos eran ajusticiados a palos (descopati) y después descuartizados, los sodomitas eran decapitados y luego quemados, y a los pedófilos los quemaban vivos. Hace tiempo que Bragadin advierte a su pupilo que está llamando demasiado la atención de esos puritanos, pero Casanova no le hace caso porque, siendo titulado en Derecho, sabe que no ha infringido ninguna ley. Sin embargo, en Venecia no se habla de leyes, sino de arbitrariedad aristocrática, y ese plebeyo que corretea por los salones ha molestado a muchos maridos de la nobleza.

Con29 años, una mañana se lo llevan sin más explicación, le hacen cruzar el puente de los Suspiros y lo encierran en los Piombi (los Plomos), las celdas destinadas a los personajes de alto rango. Podría haber sido peor, podría haber acabado en los Pozzi (los Pozos), las celdas que, según su propia descripción, están justo bajo el nivel del mar y donde los desdichados cumplen cadena perpetua inmersos en agua fría y salada hasta las rodillas, disputándose la comida con ratas enormes. Como de costumbre, no se le informa de la acusación –de la cual tampoco podría defenderse porque no existe ningún juicio– ni de la duración de la pena. Hasta ese punto llega la arbitrariedad.

Camino siniestro. Vista del río di Palazzo con el puente de los Suspiros al fondo, que todo reo debía atravesar cuando era conducido a las mazmorras del palacio Ducal, como le sucedió a Casanova.

Camino siniestro. Vista del río di Palazzo con el puente de los Suspiros al fondo, que todo reo debía atravesar cuando era conducido a las mazmorras del palacio Ducal, como le sucedió a Casanova.

Foto: Guido Baviera / Fototeca 9x12

Sólo sabe que las autoridades tienen «evidencias de que cuando perdía dinero en el juego, en vez de blasfemar contra Dios blasfemaba contra el Diablo. Estaba acusado de comer grasa cada día, de ir únicamente a las misas más solemnes y existían indicios de que era masón». Sin duda, Casanova no es un revolucionario, sino más bien un defensor del statu quo, pero ahora estalla de furia: «Ardía en deseos de vengarme. Ya me parecía estar al frente del pueblo para exterminar a los gobernantes y masacrar a los aristócratas», escribe en sus memorias. Sin embargo, después se calma y medita la evasión rocambolesca que tendrá lugar quince meses más tarde, perforando el techo de su cárcel para acabar yéndose tranquilamente por la puerta.

Exilio y decadencia

Tras la fuga, Casanova pasa dieciocho años fuera de Venecia, llevando por Europa su vida aventurera de engaños y seducciones. Una vida de apátrida que, a medida que envejece (castigo terrible para quien venera la juventud), hace que aumente su nostalgia por Venecia. Cuando le permiten volver a su ciudad tiene casi 50 años y es un hombre completamente distinto. Bragadin ha muerto y ni siquiera ha podido despedirse de él, ha perdido su frenesí erótico y acepta convertirse en informador secreto de la Inquisición, el mismo órgano que lo encarceló, con tal de permanecer en Venecia.

Aunque la nueva Venecia no le gusta –echa de menos la sociedad deslumbrante de sus veinte años, aquel eterno carnaval, las escenas galantes, los bailes del Gran Canal–, le obsesiona la idea de volver a caer en desgracia y tener que dejar, esta vez para siempre, la ciudad donde desea morir. Pero, aunque se obliga a llevar una vida relativamente tranquila, el orgullo no lo ha abandonado y una simple discusión con un noble lo obliga a exiliarse otra vez; de nuevo la aristocracia intocable castiga la insolencia del plebeyo. Pasa sus últimos años en un castillo de Bohemia, donde escribe sus memorias para revivir los años que disfrutó. «Hoy gozo de una salud de hierro que aún me gustaría destruir, si la edad no me lo impidiera», anota con su habitual estilo ligero e irónico. Morirá en 1798, un año después de que Napoleón ponga fin a la libertad de una Venecia caduca.

Memorias de Casanova. Primera edición francesa original.

Memorias de Casanova. Primera edición francesa original.

Foto: Alamy / ACI

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Una sala del palacio Malipiero, donde Casanova vivió bajo la protección del senador.

Una sala del palacio Malipiero, donde Casanova vivió bajo la protección del senador.

Foto: Mark E. Smith / Scala, Firenze

El maestro de Casanova

Antes de conocer a Bragadin, cuando apenas tenía 14 años, Casanova trabó relación con otro gran aristócrata veneciano, el senador Alvise Gasparo Malipiero. A sus más de 70 años, Malipiero era «un gran epicúreo que disfrutaba de una vida feliz rodeado cada noche por un grupo bien elegido de damas» y que inició a su jovencísimo protegido en los modales de la buena sociedad y de la galantería.

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Casanova y Esther en París. Ilustración de las memorias de Casanova de Auguste Leroux.

Casanova y Esther en París. Ilustración de las memorias de Casanova de Auguste Leroux.

Foto: Mary Evans / Scala, Firenze

El amor no es una bagatela

A diferencia del protagonista de la ópera Don Giovanni de Mozart (1787), que alardea del número de sus amantes («en España ya son mil tres»), para Casanova cada relación era como la primera: «Tú no eres mi primer amor, pero serás el último». Si luego cambia es porque «podría verme obligado a casarme, cosa a la que temo más que a la muerte».

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El 'ridotto' público en el palacio Dandolo, por Francesco Guardi, 1746. Ca’Rezzonico, Museo del Siglo XVIII Veneciano.

El 'ridotto' público en el palacio Dandolo, por Francesco Guardi, 1746. Ca’Rezzonico, Museo del Siglo XVIII Veneciano.

Foto: Scala / Firenze

La ciudad de los casinos

El juego era una de las aficiones favoritas de los venecianos y de quienes visitaban la ciudad. Para jugar existían recintos especiales llamados ridotti, como el situado en el palacio Dandolo que representa Francesco Guardi en este óleo. Tras las puertas abiertas se entrevén las salas de juego, aunque el pintor no muestra lo que ocurre en ellas. Los naipes tirados por el suelo sugieren que se jugaba a las cartas, y algunos jugadores parecen cambiar dinero por fichas. En el espacio central, hombres y mujeres aparecen mezclados en plena conversación. La mayoría van enmascarados, ya con la bauta completa (manto, capucha y máscara blanca), con antifaz o con la moretta redonda. Unos pocos, de condición patricia, van a cara descubierta, con una lujosa peluca. Entremedio aparecen tres personajes del teatro: un niño arlequín (a la izquierda, jugando con un perro); Polichinela, con su sombrero alargado, y Colombina, a la derecha, tocando un laúd.

Juego de ruleta veneciano del siglo XVIII. Casino de Venecia.

Juego de ruleta veneciano del siglo XVIII. Casino de Venecia.

Foto: Bridgeman / ACI

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Un pasillo y varias celdas de las prisiones nuevas venecianas.

Un pasillo y varias celdas de las prisiones nuevas venecianas.

Foto: Shutterstock

Las prisiones de Venecia

El palacio de gobierno de Venecia contaba con tres zonas carcelarias: los Piombi, situados en los áticos, llamados así por tener el techo cubierto de plomo; los Pozzi, celdas húmedas y frías de los sótanos, y las Prisiones Nuevas, que gozaban de mejores condiciones y albergaban las oficinas de los magistrados penales, llamados Señores de la Noche.

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Giacomo Casanova. Grabado publicado en una edición de sus memorias hacia 1930.

Giacomo Casanova. Grabado publicado en una edición de sus memorias hacia 1930.

Foto: Bridgeman / ACI

El consuelo de escribir

Aislado en el castillo de Dux, en Bohemia, Casanova decidió combatir su abatimiento dedicándose de lleno a la escritura: «Cuando no duermo, sueño, y cuando estoy cansado de soñar, emborrono papel». Trabajando diez o doce horas al día llegó a escribir más de 4.000 páginas de la 'Historia de mi vida', que pese a ello quedó inacabada.

Ver algunos detalles de las memorias de Casanova.

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Este artículo pertenece al número 206 de la revista Historia National Geographic.

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Giordano Bruno, el filósofo que desafió a la Inquisición

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