Grandes enigmas

Carmen, el mito romántico de la mujer fatal

El francés Mérimée tal vez se inspiró en un suceso real al escribir la historia trágica de la gitana andaluza asesinada por su amante.

Salida de la Fábrica de Tabacos de Sevilla, de Gonzalo Bilbao. Las cigarreras, que tenían fama de poseer un fuerte carácter, inspiraron a Mérimée para crear su relato.

Foto: Bridgeman / ACI

Aparecida primero como un relato en una revista literaria en 1845, y lanzada luego a la celebridad gracias a la ópera de Bizet (1875), la historia de Carmen es un mito universal que sigue hoy más vivo que nunca. Es también un acabado ejemplo de la visión romántica de España, para algunos una auténtica «españolada».

En efecto, ¿es posible hallar más tópicos sobre España que en Carmen? Gitanos, bandidos, mujeres sensuales y salvajes, toros, calor tórrido, pasión, crimen… Cabe preguntarse, pues, hasta qué punto Carmen fue una mera fantasía de su primer creador, el escritor francés Prosper Mérimée, o refleja una realidad histórica.

En el relato de Mérimée, la historia comienza con un arqueólogo, trasunto del propio autor, que viaja por Andalucía en el otoño de 1830 en busca de ruinas romanas y se encuentra con José, un bandolero con el que entabla amistad.

Escritor viajero

El arqueólogo conoce en Córdoba a una gitana llamada Carmen, o Carmencita. Cuando ella va a leerle el futuro aparece su amante, que no es otro que José. Ella lo incita a matar al forastero pero él se niega y Carmen se conforma con birlarle el reloj. Meses después, el narrador se entera de que José va a ser ejecutado y va a visitarlo a su celda. José le explica entonces que es un hidalgo navarro llamado don José Lizarrabengoa y que conoció a Carmen cuando era soldado en Sevilla.

Ella trabajaba en la fábrica de cigarros y había acuchillado a una compañera de trabajo en una pelea, por lo que él tuvo que arrestarla. Pero Carmen lo cameló para que la dejara escapar. Luego lo sedujo, lo convenció para desertar y lo introdujo en una vida de violencia y bandidaje, hasta que se cansó de él y se enamoró de un picador de toros (que la ópera convierte en el torero Escamillo). Presa de los celos, José la había matado y se había entregado a la justicia.

Sobre el origen de esta historia, el documento más significativo es una carta que el mismo Mérimée dirigió el 16 de mayo de 1845 a su amiga la condesa de Montijo, madre de la futura emperatriz de Francia, Eugenia de Montijo. En la misiva, Mérimée explica que había pasado los últimos ocho días encerrado escribiendo «una historia que me contasteis hace quince años y que temo haber estropeado». Con ello se refiere al primer viaje que hizo a España en 1830, una estancia de seis meses que lo llevó por tierras de Castilla, Andalucía, Valencia y Cataluña.

Fue entonces cuando trabó relación personal con los condes de Montijo, y en uno de sus encuentros la condesa le contó la historia truculenta de «un jaque de Málaga que había matado a su amante», una prostituta. No se conocen más detalles sobre este suceso, sin duda un crimen pasional como otros, pero por alguna razón a Mérimée se le quedó grabado en la memoria y decidió elaborarlo literariamente quince años más tarde.

Muerte de Carmen en la puerta de la plaza de toros de Sevilla, según la versión de la historia de la ópera de Bizet; Mérimée, en cambio, sitúa el asesinato en un bosque. Óleo por Manuel Cabral. 1890.

Muerte de Carmen en la puerta de la plaza de toros de Sevilla, según la versión de la historia de la ópera de Bizet; Mérimée, en cambio, sitúa el asesinato en un bosque. Óleo por Manuel Cabral. 1890.

Foto: Sotheby´s / AKG / Album

También se ha sugerido que el escritor francés se inspiró en otra historia que le contó la misma condesa de Montijo, sobre un cuñado suyo que se había enamorado perdidamente de una cigarrera, aunque ésta no era andaluza, sino de Madrid.

Otra posible fuente del personaje de Carmen se encuentra en un texto de Mérimée en el que relata cómo, mientras viajaba desde Valencia hasta Sagunto, se detuvo en una modesta taberna para saciar su sed. «Una mozuela, no muy curtida por el sol, me trajo una jarra de agua fresca. [...] bebí el agua que se me ofrecía, y tomé el gazpacho aderezado por Carmencita, y hasta le hice a ésta un retrato en mi cuaderno de apuntes». Según le contaron después, la tal Carmencita era una gitana y tenía fama de bruja. A partir de este pasaje, un historiador publicó en 1962 un estudio titulado La Carmen de Mérimée era valenciana. La Carmen novelesca debió de ser una mezcla de la prostituta malagueña, la cigarrera madrileña y la gitanilla valenciana.

El tópico hacía de España un país exótico de una autenticidad ancestral, opuesta a la moderna Francia

La cantante Célestine Galli-Marié como Carmen. L. Doucet, 1884.

La cantante Célestine Galli-Marié como Carmen. L. Doucet, 1884. 

Foto: BNF / RMN-Grand Palais

La gitana

La diferencia más significativa entre Carmen y las historias que la condesa de Montijo contó a Mérimée es que el personaje literario es una gitana. Probablemente esto responde al interés específico que manifestó Mérimée por los gitanos españoles, su modo de vida y su lengua. Cuando Carmen fue publicado en forma de libro, en 1847, el autor añadió un capítulo a modo de apéndice documental sobre los gitanos, basado en Los Zincali de George Borrow. También se inspiró en un poema del autor ruso Pushkin, Los gitanos.

Se ha sugerido que esta transformación de Carmen en gitana no sólo complacía los tópicos de la época, sino que también servía a Mérimée para no ofender a sus amigos españoles. En efecto, el retrato que hace Mérimée de Carmen no es precisamente favorable. Es una mujer voluble, cínica y licenciosa. Se acuesta con José porque la ayudó a escapar, pero luego le dice fríamente: «Te he pagado. ¡Ya estamos en paz!». Asociar estos rasgos negativos con los gitanos era un prejuicio muy arraigado en la época.

Otro rasgo característico del personaje de Carmen es su condición de cigarrera. La fábrica sevillana de tabacos comenzó a funcionar en 1758, y aunque al principio la mayoría de operarios eran varones, hacia 1830 éstos habían sido reemplazados casi totalmente por mujeres. Llegaron a trabajar allí unas 5.000 mujeres en grandes naves muy calurosas. Ningún hombre podía entrar sin previo aviso. Este dominio femenino alimentaba la fantasía, pero la realidad era que esas mujeres trabajaban a destajo jornadas extenuantes, llevaban comida para interrumpir el trabajo lo menos posible, cargaban con sus hijos pequeños y a la salida las esperaban sus maridos o novios.

Cigarreras en la Fábrica de Tabacos de Sevilla elaboran cigarrillos. Fotografía de finales del siglo XIX.

Cigarreras en la Fábrica de Tabacos de Sevilla elaboran cigarrillos. Fotografía de finales del siglo XIX.

Foto: Emilio Beaucht / Album

Un mito erótico

En último término, la figura de Carmen responde a la fantasía erótica universal de que las forasteras son siempre más apasionadas y lujuriosas que las compatriotas. En el siglo XIX, esta idea se conjugaba con la creencia romántica de que países como España habían conservado una autenticidad ancestral que contrastaba con las naciones más modernas e industriales, de vida más sosa y aburrida. Era necesario encontrar los paraísos perdidos, y España era un Oriente exótico a la vuelta de la esquina.

En realidad, estos supuestos contrastes eran una falacia, y el mismo Mérimée lo reconocía en privado, por ejemplo en una carta dirigida en febrero de 1841 a la condesa de Montijo en la que le habla de las lionnes («leonas»), mujeres que ejercen la misma libertad sexual que los varones, pese al escándalo. Pero estas lionnes no eran gitanas pobres de piel morena de la soleada Andalucía, sino francesas acomodadas de piel pálida que vivían en el lluvioso París. Sólo que ningún viajero español escribió una novela truculenta sobre ellas.

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Heroína de la ópera

Página manuscrita de la Ópera de Bizet.

Página manuscrita de la Ópera de Bizet.

Foto: DEA / Album

En la ópera de Bizet (1875), el personaje de Carmen no es ya una gitana que roba, miente, se prostituye e incluso asesina, sino una mujer independiente que ama su libertad por encima de todo y que asume con valentía su destino trágico. Abajo, página manuscrita de la partitura.

Enamorado de España

Prosper Mérimée fotografiado a mediados del siglo XIX, con 50 años.

Prosper Mérimée fotografiado a mediados del siglo XIX, con 50 años.

Foto: Bridgeman / ACI

Mérimée (1803-1870) no fue el típico viajero romántico repleto de prejuicios sobre una «España de pandereta», sino un verdadero erudito que llegaría a escribir una historia del rey Pedro el Cruel de Castilla. Sus Cartas de España recibieron alabanzas de Unamuno y Azorín por el conocimiento que mostraban del país.

Para saber más

Antonio Fillol, la crítica social y la pintura de ideas

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Este artículo pertenece al número 194 de la revista Historia National Geographic.

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