Una princesa entre dos mundos

Carlota, la infortunada emperatriz de México

Maximiliano de Austria y su esposa Carlota, dos príncipes sin trono, se convirtieron en emperadores de México; uno acabaría fusilado y la otra caería en la demencia.

Maximiliano y Carlota, en una fotografía tomada alrededor de 1864, cuando se les ofreció el trono mexicano.

Maximiliano y Carlota, en una fotografía tomada alrededor de 1864, cuando se les ofreció el trono mexicano.

Foto: Rue des Archives / Album

Como todas las jóvenes de sangre azul en el siglo XIX, Marie Charlotte, hija pequeña del rey Lepoldo I de Bélgica, fue educada para casarse con el heredero de una casa real. Carlota, sin embargo, rechazó a todos sus pretendientes, incluidos Pedro V de Portugal y Jorge de Sajonia, hasta que se enamoró perdidamente del hermano del emperador austríaco Francisco José, el archiduque Maximiliano, durante un viaje de éste a Bélgica. Tras algunas negociaciones, Carlota consiguió el beneplácito de su padre y la boda se celebró en 1857, cuando ella tenía 17 años y él 25.

El enlace respondía a los intereses políticos de Leopoldo I. El interés de Maximiliano, en cambio, era sobre todo pecuniario, pues el padre de Carlota era uno de los hombres más acaudalados de su época y la dote le ayudaría a cubrir los excesivos gastos que le estaba generando la construcción del lujoso castillo de Miramar, en Trieste. Fue allí donde se instaló la pareja en 1860, después de pasar dos años en Milán como regentes de la Lombardía y el Véneto, en la última fase del dominio austríaco sobre esos territorios.

En la corte austríaca, las malas lenguas trataron de crear una rivalidad entre Carlota y Sissi, esposa del emperador desde 1854. Maximiliano mantenía con ella una excelente relación, lo que alimentaba los celos de su esposa. Además, mientras Sissi había dado a luz a tres hijos, Carlota no conseguía quedarse embarazada. El mayor problema para la archiduquesa, sin embargo, era que su marido llevaba la misma vida disoluta que antes de la boda y se ausentaba con frecuencia de palacio para visitar burdeles. Sin descendencia y sin cargos que desempeñar por parte del archiduque, la relación de la pareja se deterioró, sobre todo tras un viaje de Maximiliano a Brasil en el que, al parecer, contrajo la sífilis.

Cronología

Princesa entre dos mundos

1857

Carlota de Bélgica, de 17 años, se casa con el archiduque Maximiliano de Austria, ocho años mayor que ella.

1863

El ejército francés ocupa Ciudad de México y Maximiliano y Carlota son nombrados emperadores del país.

1866

Carlota viaja a Europa en busca de la ayuda de Napoleón III. Aparecen los primeros signos de su desequilibrio mental.

1867

Los rebeldes mexicanos ejecutan a Maximiliano y Carlota es recluida en el palacio de Tervuren por Leopoldo II.

1927

Carlota, aquejada de demencia severa, muere a los 87 años a causa de una neumonía.

Emperadores de México

También de América vino un suceso que cambiaría dramáticamente la vida del matrimonio. En 1863, España, Francia y Gran Bretaña enviaron cuerpos expedicionarios a México para obligar al gobierno liberal de Benito Juárez, que había decretado una suspensión de pagos, a cumplir con sus compromisos financieros. Españoles y británicos llegaron a un acuerdo con los mexicanos sobre el pago de la deuda externa y retiraron sus tropas, pero el emperador francés Napoleón III decidió continuar la operación y en junio su ejército ocupó la capital de México.

Carlota animó a su marido a aceptar la propuesta de convertirse en emperador

Una vez depuesto Juárez, los conservadores mexicanos, con el beneplácito de Francia, plantearon la idea de convertir México en un «imperio», a cuyo frente estaría un príncipe europeo. De entre los candidatos posibles, la elección recayó en Maximiliano. Carlota, agobiada por la vida que llevaban en Miramar, le animó a aceptarla. Tras partir de Trieste el 14 de abril de 1864, un mes y medio más tarde la pareja y su comitiva llegaron al puerto de Veracruz, donde, como presagio de lo que les esperaba en su nuevo país, nadie salió a recibirlos. En cambio, la entrada en la capital, el 12 de junio, se hizo entre una gran multitud que los acompañó hasta la catedral y el Palacio Nacional.

Una posición débil

Los nuevos emperadores fijaron su residencia en el castillo de Chapultepec, entonces a las afueras de Ciudad de México. Desde allí se esforzaron por aplicar reformas de estilo liberal y que beneficiaran al pueblo, pero ese empeño debilitó su posición, pues los liberales seguían luchando por acabar con la monarquía mientras que, debido precisamente a su carácter liberal, los soberanos iban perdiendo el apoyo de conservadores y católicos.

Por otra parte, Carlota era cada vez más infeliz. Mientras las infidelidades de su marido continuaban y ella veía frustradas sus esperanzas de maternidad, se encerró en sí misma, se volvió irritable y, como apenas comía, su estado físico se hizo preocupante. Maximiliano logró que se retirara un tiempo a Cuernavaca, a unos 85 kilómetros al sur de la capital.

Paralelamente, la situación política en México se complicaba. En 1866, Bélgica y Francia anunciaron la evacuación de sus tropas, y el nuevo rey belga, Leopoldo II, hermano de Carlota, aconsejó a Maximiliano que abdicara. Pero Carlota se negó a hacer tal cosa y se ofreció a ir a Europa para conseguir nuevos apoyos. Al llegar a Francia, la emperatriz se dio cuenta de que el gobierno de Napoleón III se oponía radicalmente a enviar cualquier tipo de ayuda. Desesperada, consiguió entrevistarse a solas con el monarca francés y su esposa. No hay testimonios de lo que aconteció en aquella reunión, pero lo cierto es que Carlota salió de allí convencida de que habían querido envenenarla y a continuación sufrió una crisis que la mantuvo postrada en cama. Durante dos días se negó a hablar y a probar bocado, al cabo de los cuales recibió una nota en la que Napoleón se despedía de ella y recomendaba a Maximiliano que abdicase de inmediato.

Abanico regalado por Maximiliano a su esposa Carlota.

Foto: Bridgeman / ACI

Signos de desequilibrio

Sin ningún tipo de solución a la vista, Carlota puso rumbo a Miramar, donde empezaron a llegarle noticias de la debacle de su marido en México. Para intentar confortarla, el papa Pío IX la recibió en audiencia. Para entonces los signos del desequilibrio mental de Carlota eran evidentes. Durante la entrevista con el pontífice no cesaba de meterse los dedos en la boca intentando escupir el veneno que, supuestamente, Napoleón le había dado. De vuelta al hotel se negó a comer y, cuando tenía sed, salía a la calle para beber de las fuentes públicas, pues pensaba que no sólo el agua, sino también los vasos del hotel estaban envenenados. Tras una noche en vela, volvió al Vaticano y acabó encerrándose en la biblioteca, huyendo de supuestos envenenadores. Finalmente, su hermano Felipe, conde de Flandes, logró convencerla de regresar a Miramar. Allí recibió también la visita del doctor Riedel, director del manicomio de Viena, quien diagnosticó un estado demencial incurable.

El castillo de Miramar, en Trieste, fue la residencia de los archiduques Maximiliano y Carlota antes de partir hacia México.

Foto: Andrea Pavan / Fototeca 9x12

Entretanto, Maximiliano se veía acorralado por las tropas de Benito Juárez. En mayo de 1867 fue hecho prisionero en Querétaro y, tras 35 días en un calabozo, seis balas de un pelotón de ejecución pusieron fin a su vida el 19 de junio de 1867. Tan sólo habían transcurrido 37 meses desde su llegada al país.

Cuando tuvo conocimiento de la muerte de su esposo, la emperatriz se encontraba bajo la tutela de su hermano, Leopoldo II, quien a la vista de su estado mental la había trasladado al palacio de Tervuren, al este de Bruselas. Aunque lloraba desconsoladamente, Carlota seguía pensando que Maximiliano estaba vivo, hasta el punto de que en ocasiones incluso llegaba a hablar con él. En 1879, el palacio sufrió un aparatoso incendio provocado por un descuido de la servidumbre. Mientras todos huían, Carlota permaneció sentada en la cama, contemplando cómo las llamas consumían todas sus pertenencias, hasta que unos sirvientes consiguieron sacarla a la fuerza y evitar que muriera abrasada.

Tras este incidente fue trasladada al castillo de Bouchout, al norte de Bruselas, con la razón ya irremediablemente perdida, presa de brotes de esquizofrenia, episodios de agresividad y manía persecutoria, megalomanía y timidez. Allí, en Bouchout, a causa de una neumonía, falleció el 19 de enero de 1927, a los 86 años, la última emperatriz que ha tenido México. Durante su largo encierro se habían desmoronado a su alrededor cinco imperios: Francia, Brasil, Austria, Rusia y Alemania. Sus últimas palabras fueron: «Todo aquello terminó sin haber alcanzado el éxito».

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Una boda con malos augurios

La boda de Maximiliano y Carlota, el 27 de julio de 1857, vino acompañada de una serie de malos auspicios. Al menos así lo recordó Leopoldo II, hermano de la recién casada: «Las personas supersticiosas habrían observado que no llovió en todo el día, que a Carlota se le cayó el ramillete de la cintura, que durante la misa su silla se volcó, que por la mañana, finalmente, mi cruz de San Esteban se había roto». Pese a ello, los dos años siguientes, que pasaron en Italia como virreyes de Lombardía-Venecia, territorios entonces pertenecientes a Austria, fueron los más felices de su matrimonio.

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¿Germen de locura?

Se desconocen las causas exactas que provocaron el transtorno mental de Carlota. Algunas hipótesis apuntan a la ingesta de un hongo, el teyhuinti o teonanácatl, que la soberana habría comprado a una curandera mexicana para poder concebir y que, en dosis elevadas, afectaría a la salud mental. Pero esta versión nunca ha sido corroborada oficialmente.

Teonanácatl. Imagen de este hongo con propiedades alucinógenas.

Foto: Ted Kinsman / AGE Fotostock

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Fusilar a un emperador

Cuando Porfirio Díaz tomó Querétaro, Maximiliano pasó treinta y cinco días en un calabozo, donde sufrió un agudo ataque de disentería. Pero permaneció firme y sereno, incluso cuando le fue leída la sentencia de muerte, tras lo cual escribió a Benito Juárez suplicándole –infructuosamente– el indulto de los generales Miramón y Mejía, condenados a morir con él. Dispuso también que entregaran su cadáver al doctor Basch, su médico, a fin de que se encargara de trasladarlo a Europa, y repartió lo que le quedaba entre los soldados que iban a fusilarle con el ruego de que no le apuntaran al rostro.

Ejecución de Maximiliano en Querétaro, recreada por Odilón Ríos.

Foto: Aurimages

Este artículo pertenece al número 218 de la revista Historia National Geographic.

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