La construcción de un mito

El cantar de Mio Cid

Rodrígo Díaz, el Cid Campeador, fue uno de los protagonistas indiscutibles del siglo XI peninsular. Este personaje histórico se convertiría en mito literario gracias al poema épico que recibió su nombre.

El poema y su protagonista

El poema y su protagonista

Última página del Cantar, con el colofón del autor de la copia de 1207, Per Abbat. Biblioteca Nacional, Madrid.

Foto: Oronoz / Album

Rodrigo Díaz, más tarde llamado «de Vivar», fue un personaje histórico excepcionalmente bien documentado para su época, incluso dentro del restringido grupo de personajes que por entonces podían aspirar a protagonizar una crónica, no digamos ya una biografía, como eran reyes, santos o, en algún caso, obispos. Es más, conservamos su firma autógrafa, ego ruderico («yo Rodrigo»), así como la de su esposa, doña Jimena, ego eximina («yo Jimena»), en sendas donaciones a la catedral de Valencia en 1098 y 1101. Sin embargo, pese a la relevancia de su figura histórica, Rodrigo ha pasado a la posteridad sobre todo como héroe épico y, en definitiva, como mito literario.

Cronología

Guerra, historia y épica

1081

Alfonso VI destierra de Castilla a Rodrigo Díaz, el Cid (entonces en la treintena), por atacar la taifa aliada de Toledo.

1081-1086

Rodrigo, al servicio de la taifa de Zaragoza, derrota a Berenguer Ramón II de Barcelona y a Sancho Ramírez de Aragón.

1086

Alfonso VI, necesitado de ayuda ante el imparable avance de los almorávides, se reconcilia con Rodrigo.

1088

El rey destierra otra vez al Cid por no acudir a la defensa del castillo de Aledo, amenazado por los almorávides.

1089-1094

El Cid construye un principado en Levante; su capital es Valencia, conquistada en 1094. Allí morirá en 1099.

1207

Per Abbat copia el Cantar de mio Cid, compuesto a finales del siglo XII. Hoy se conserva en un manuscrito del siglo XIV.

La figura de Rodrigo el Campeador, como es denominado en las fuentes coetáneas, se convirtió pronto en personaje literario, empezando por las invectivas que le dedicaron los poetas árabes de Valencia, que aquél rindió por hambre. En territorio cristiano, ya a finales del siglo XII, fue objeto de una biografía latina, la Historia Roderici, y de un himno, el Carmen Campidoctoris, en cuyo inicio se lo prefería a los héroes de la guerra de Troya: «Mas ¿qué gusto han de dar hechos paganos, / si por su gran vejez ya desmerecen? / Cantemos hoy del príncipe Rodrigo / nuevas las guerras».

El Cid protegido con yelmo, almófar (capucha de cota de malla) y loriga. Busto de Fernando Hernando. 1954. Ayuntamiento de Burgos.

Foto: Herráiz Fotógrafos

Unos años antes, hacia 1150, otro texto latino, el Poema de Almería, mencionaba las tradiciones orales en torno a Rodrigo Díaz: «El mismísimo Rodrigo, llamado usualmente mio Cid, / de quien se canta que no fue vencido por los enemigos, / que domeñó a los moros y domeñó también a nuestros condes».

Quizá la expresión «de quien se canta» se refiera a cantares de gesta –los poemas épicos medievales en los que se referían hazañas de personajes legendarios o históricos–, aunque en esa época algo que «todos cantan» podía ser simplemente lo que andaba de boca en boca. A ello alude, sin duda, la indicación de que a Rodrigo se lo conocía «usualmente» como mio Cid, designación consagrada por la obra que lo catapultó definitivamente al olimpo literario, el Cantar de mio Cid.

El mundo en el siglo XI

El mundo en el siglo XI

Un mapamundi del Beato de Burgo de Osma muestra cómo se creía que era el mundo en tiempos del Cid. En este detalle se aprecia la península ibérica.

Foto: Oronoz / Album

Éste se compuso en algún momento del siglo XII; antes, en todo caso, de mayo de 1207, cuando Per Abbat (según escribe él mismo al final del texto) copió el manuscrito que sirvió de modelo al códice del siglo XIV hoy conservado. Se ha discutido mucho sobre la fecha de composición del poema, que se ha movido en un arco que va de 1140 al mismo 1207. La primera fecha se basa en considerar que el Poema de Almería se refiere al cantar que conocemos. La segunda tiene como base el final del manuscrito, pero esta anotación («Per Abbat le escrivió») se refiere a la labor del copista, no del autor.

La ciudad del Campeador

La ciudad del Campeador

Burgos es un punto clave del Cid histórico y el del Cantar. Si el poema empieza con la ciudad que le niega la acogida, su catedral acoge hoy sus restos.

Foto: Stefano Politi Markovina / AWL Images

Finalmente, hay una serie de elementos, tanto de cultura material como históricos, que apuntan a la última década del siglo XII. En cuanto a la autoría, descartado Per Abbat, no hay nada seguro. Aquí el espectro de posibles autores del Cantar que se ha propuesto va desde el errante juglar analfabeto hasta el erudito encerrado en una biblioteca monástica. Probablemente la realidad esté en un punto intermedio, pues si bien cabe que su autor fuese un juglar profesional, como sugiere su formada capacidad poética, todo apunta a que poseía además un nivel notable de conocimientos jurídicos y un léxico con ecos del latín de la iglesia y de los tribunales. El hecho de que el poema conjugue elementos de las dos vertientes de la cultura medieval, la escrita y la oral, la latina y la vernácula, responde al perfil de alguien que en la época era calificado de quasi litteratus, «casi letrado».

Un homenaje al poema

Un homenaje al poema

Rodela en chapa de acero dedicada al Cid. Éste se encuentra en el centro, rodeado de personajes y escenas del Cantar. Obra de Saturnino Calvo. Siglo XX.

Foto: Herráiz Fotógrafos

¿Qué tipo de héroe es el Cid? En el célebre soliloquio que comienza «Ser o no ser», el Hamlet de Shakespeare se pregunta «si es más noble sufrir en el ánimo / las andanadas y los flechazos de una fortuna atroz / o tomar las armas contra un mar de calamidades / y, enfrentándose a ellas, darles fin». La primera actitud tiene un componente de resignación ascética, próxima al patetismo del héroe trágico. La segunda, en cambio, es la propia de un Aquiles, un Héctor o un Ulises, incluso aunque pueda caer en la empresa. No en vano, en su Poética, Aristóteles definía la poesía épica como la representación narrativa de alguien esforzado (spoudaîos). Ese personaje que no se pliega ante las adversidades, sino que se crece ante ellas e intenta superarlas, es el héroe épico. Y al Cid, justamente, no le faltan calamidades a las que enfrentarse.

El héroe esforzado

Su primera prueba es el destierro decretado por su rey, Alfonso VI, que lo obliga a abandonar sus casas, con las «perchas vacías, sin pieles y sin mantos, / sin halcones y sin azores mudados». Ante este desolado panorama, el héroe no pierde el ánimo, además de saber reconocer a sus verdaderos enemigos, los envidiosos cortesanos que han cegado el buen juicio del rey: «Suspiró mio Cid, por los pesares abrumado, / habló mio Cid bien y muy mesurado: / “¡Gracias a ti, Señor, Padre que estás en lo alto! / ¡Esto han tramado contra mí mis enemigos malvados!”».

El monarca del Campeador. Rey de León, de Galicia y de Castilla, Alfonso VI recaudaba parias de las taifas de Toledo, Zaragoza, Badajoz y Sevilla. Miniatura. Siglo XII. Tumbo A de la catedral de Santiago de Compostela.

Foto: Oronoz / Album

Toda la primera trama del Mio Cid consiste en los esfuerzos de Rodrigo para convencer a don Alfonso, su «señor natural», de que le devuelva su favor y lo reintegre a la corte. Tras muchas aventuras, que incluyen la derrota del conde de Barcelona y del rey de Marruecos, el Cid logra asentarse en la capital levantina: «Con afán gané Valencia y la tengo en propiedad». El héroe se halla en la cumbre del éxito, como él mismo señala al poco de la toma de Valencia, dirigiéndose a su sobrino Álvar Fáñez, conocido con el sobrenombre de Minaya: «¡Gracias a Dios, Minaya, y a Santa María, su madre, / con muchos menos salimos de la aldea de Vivar! / Ahora tenemos riqueza, más tendremos adelante».

Un combate en época del Campeador. Labrado a finales del siglo XII, este capitel del palacio de los reyes de Navarra en Estella muestra el choque del héroe Roldán (con un escudo de cometa) y el musulmán Ferragut (con una adarga circular).

Foto: M. Raurich / Album

Pero bien sabían los medievales que la fortuna siempre es mudable y, cuando menos se espera, otra vuelta de su rueda vuelve a derribarte. Así, en la segunda trama del cantar, la desgracia viene de donde menos cabía esperar. Incluso el avezado catador de agüeros que era el Campeador (rasgo que el personaje histórico le presta al literario) se despista al apreciar las señales adversas que preceden al viaje de sus hijas, doña Elvira y doña Sol, junto a sus yernos, los infantes de Carrión: «Lo vio en los agüeros el que en buena hora ciñó espada / que estos casamientos no estarían libres de mancha; / no se puede arrepentir, pues casadas están ambas».

Dinero de Alfonso VI, con la leyenda 'anfus rex'.

Foto: Oronoz / Album

¿Cómo iba a imaginarse el bueno del Cid que esa «mancha» sería un ultraje directo de los infantes a sus propias hijas? Así se lo explican a las víctimas sus mismos agresores: «Tened por seguro, doña Elvira y doña Sol, / que seréis escarnecidas aquí, en estos fieros montes; / hoy nos separaremos y seréis abandonadas por nosotros, / no tendréis parte en las tierras de Carrión. / Irán estos recados al Cid Campeador, / nosotros vengaremos con ésta [afrenta] la del león». Siendo huéspedes del Cid en Valencia, los infantes fueron objeto de burlas al huir aterrados de un león propiedad del Campeador, que se había escapado, y ahora, en el robledal de Corpes, se vengan desnudando a sus hijas y azotándolas.

Claustro de San Pedro de Cardeña. Este antiguo monasterio cisterciense está estrechamente unido a la figura del Cid, tanto a través del Cantar (en él, los monjes acogen a la esposa e hijas del héroe cuando éste marcha al destierro) como de la Leyenda de Cardeña, una serie de relatos sobre el Cid de tono hagiográfico, elaborados en este cenobio en el siglo XIII.

Foto: Santiago Fdez. Fuentes / Age Fotostock

Cuando el Cid recibe la noticia de la afrenta vuelve a reaccionar con entereza y decisión, con una paradójica expresión de gratitud similar a la que hemos visto al inicio del poema: «¡Gracias a Cristo, que del mundo es señor, / cuando tal honra me han dado los infantes de Carrión! / ¡Por esta barba que nadie nunca mesó, / no han de disfrutarla los infantes de Carrión, / que a mis hijas bien las casaré yo!». Siglos antes de que se pusiesen de moda las películas sobre juicios, el autor del Cantar advirtió las posibilidades dramáticas de un proceso judicial y las puso al servicio de su héroe.

La leyenda que dejó una reliquia. En el año 2007, la Junta de Castilla y León compró esta espada que hoy se exhibe en el Museo de Burgos, y cuya hoja habría sido la de Tizona o Tizón, espada cuya existencia sólo se conoce por el Cantar.

Foto: AKG / Album

En la historia literaria, el héroe épico tiende a la desmesura. Si Aquiles es colérico, los héroes germánicos que se enfrentan a monstruos (como Sigfrido o Beowulf) o que acometen cruentas venganzas resultan como mínimo grandiosos. De haberse situado el Cid en esta línea de conducta, se esperaría de él que se rebelase contra su rey, primero, y que tomase una sangrienta represalia sobre los infantes de Carrión, después. En cambio, en ambos casos opta por ceñirse al derecho.

Lo cortés no quita lo valiente

Así, ante la ira regia, el vasallo exiliado actúa de acuerdo con los preceptos recogidos en fechas cercanas por el Fuero viejo de Castilla, enviando sucesivamente al rey una parte del botín, a fin de granjearse de nuevo su favor y propiciar el final del destierro y el retorno a la corte. Para reparar la afrenta de Corpes, el padre agraviado solicita del rey una reunión judicial de la corte, «y que así obtenga justicia de los infantes de Carrión». Es allí donde los acusa formalmente, en uno de los momentos climáticos del viejo cantar: «La querella mayor no se me puede olvidar; / oídme toda la corte y afligíos con mi mal; [...] Si ya no las queríais, perros traidores, / ¿por qué las sacabais de Valencia, sus posesiones? / ¿por qué las golpeasteis con cinchas y espolones? / Abandonadas las dejasteis en el robledo de Corpes / a las fieras alimañas y a las rapaces del bosque. / ¡Por cuanto les hicisteis menos valéis vosotros! / Si bien no respondéis, que lo juzgue esta corte».

El Cid como ancestro de los reyes de Navarra en un manuscrito del siglo XVI.

Foto: Oronoz / Album

Esta actitud resulta un tanto inusual e incluso puede parecer antiheroica. La actuación del Cid como devoto cristiano, fiel (aunque desairado) vasallo, atento padre de familia, responsable caudillo de sus hombres y ponderado gobernador de Valencia a algunos lectores modernos les podría parecer más propia de un prohombre del siglo XIX que de un señor de la guerra medieval. En este aspecto, el carácter sobrio y contenido del Cid recuerda el de los legendarios héroes cívicos de la antigua Roma, como Curcio o Mucio Escévola, que se sacrifican por su patria.

Ahora bien, en la mentalidad medieval, ambas facetas eran inseparables, porque Rodrigo Díaz respondía al modelo óptimo de héroe: el que encarnaba el par de sapientia et fortitudo, no tanto «sabiduría y fuerza», como «prudencia y fortaleza de ánimo». Se trata, por tanto, de la unión de dos principios en apariencia contrapuestos, pero sabiamente equilibrados. En el caso del Cid épico, la sapientia consiste en sabiduría mundana, compuesta de sentido de la proporción, capacidad de previsión y, en definitiva, talento para ajustarse a la ocasión, lo que, en el caso cidiano, como en el de Ulises, incluye la sagacidad o astucia. Por su parte, la fortitudo tampoco se identifica sólo con la fuerza física, aunque ésta le era indispensable a un guerrero medieval, ni con la pura capacidad de agresión, sino, sobre todo, con la aptitud para actuar, la disposición para el mando y, en suma, la autoridad, tanto bélica como moral. Maña y fuerza le permiten al Campeador conquistar una plaza como Alcocer (para lo que finge una retirada a la que sigue una durísima carga contra sus incautos perseguidores) e igualmente vengarse de los infantes de Carrión (derrotados y deshonrados en combate judicial ante el rey).

Sarcófagos del Cid y su esposa Jimena en el monasterio de San Pedro de Cardeña. Esculpidos en el siglo XII por orden de Alfonso X el Sabio, en 1808 fueron profanados por soldados franceses.

Foto: Album

De este modo, la mesura y el esfuerzo llevan al Cid a una posición que no sólo iguala la del infanzón de Vivar que era antes de su destierro, sino que la supera, hasta convertirlo en uno de los principales magnates de la península ibérica. El apoteósico remate del Cantar, que alude al nuevo matrimonio de las hijas del Cid con los príncipes de Navarra y Aragón, no puede dejarlo más claro: «Con mayor honra las casa de la que primero fue. / ¡Ved cómo le aumenta la honra al que en buena hora nació, / cuando señoras son sus hijas de Navarra y de Aragón! / Hoy los reyes de España sus parientes son, / a todos les alcanza honra por el que en buena hora nació».

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El significado de «cid»

Juglares tañendo un rabel y un laúd árabe. Miniatura de las 'Cantigas de Santa María', de Alfonso X. Siglo XIII. Monasterio de El Escorial.

Foto: Oronoz / Album

Mio cid, el apelativo con el que se conoce a Rodrigo Díaz, es la adaptación romance del título andalusí sídi, formado con síd, forma apocopada del clásico sayyid, «señor», y el sufijo posesivo -i, «mío». A diferencia de Campeador, mio cid no era un sobrenombre, sino una forma de tratamiento, y hay varios contemporáneos de Rodrigo a los que se les aplicó ese título, mientras que él no aparece así en textos de la época.

No hay razón para suponer que Rodrigo Díaz no fuera conocido ya entonces con tal fórmula de respeto sólo porque también se les dio a otras personas al mismo tiempo. En todo caso, a mediados del siglo XII, Rodrigo era ya «mio Cid» por antonomasia. Mientras que Campeador es un apodo bélico, Cid alude a la autoridad y es posible que esté ligado a la conquista de Valencia.

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De Vivar del Cid a la Biblioteca Nacional

Un convento para un manuscrito. Convento de clausura de Nuestra Señora del Espino, en Vivar del Cid. Aquí se guardó durante casi dos siglos el manuscrito del Cantar de mio Cid.

Foto: Oronoz / Album

El Cantar se conserva en un manuscrito de 64 hojas, que contiene una copia hecha en el siglo XIV de otro manuscrito fechado en 1207 y firmado por Per Abbat. Lo sabemos porque el copista del siglo XIV transcribió el texto con el que Per Abbat dio por acabada su labor, y que incluía la fecha en que la terminó: en mayo del año 1245 de la llamada era hispánica, que corresponde al 1207 de la era cristiana. Al manuscrito le faltan la hoja inicial y otras dos, lo que supone unos cincuenta versos del principio y un centenar del interior, apenas un cuatro por ciento del total. Custodiado en el archivo de Vivar del Cid (Burgos), en 1596 se hizo una primera copia. Más tarde se depositó en un convento de clarisas de la localidad y el político y escritor ilustrado Eugenio de Llaguno se lo llevó en 1779 para que lo estudiara el bibliotecario real Tomás Antonio Sánchez, quien lo publicó ese año en su Colección de poesías castellanas anteriores al siglo XV. Tras diversos avatares, la Fundación Juan March lo adquirió en 1960 para donarlo al Estado español.

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Las tres partes del Cantar de Mio Cid

La hora del exiliado. El pintor burgalés Marceliano Santa María representó al Campeador ante un paisaje que se abre ante él como promesa de futuro. El artista se inspiraría en el Cantar para otro óleo: Las hijas del Cid socorridas por el escudero Ordoño, de 1908.

Foto: Herráiz Fotógrafos

El Cantar de mio Cid se basa en la parte final de la vida de Rodrigo Díaz de Vivar, desde el inicio de su primer destierro en 1081 hasta su muerte en 1099. Las diversas tiradas o series de versos que lo componen se agrupan en tres grandes partes o cantares, de una extensión similar.

Esta tripartición recubre un desarrollo argumental que consta de dos secciones. La primera abarca los sucesos comprendidos entre el destierro del Cid y su reconciliación con el rey Alfonso en las vistas o reunión de la corte realizada junto al Tajo; la segunda sección se extiende desde el matrimonio de las hijas del Campeador con los infantes de Carrión hasta el final del poema, cuando, vengado de sus antiguos yernos y emparentado con los monarcas de Aragón y Navarra gracias a las segundas nupcias de sus hijas, «hoy los reyes de España sus parientes son».

Esta doble trama describe una doble curva de descenso y ascenso: desde la expropiación de sus bienes y el exilio hasta la obtención del señorío de Valencia y la recuperación del favor real, primero, y desde la pérdida de su honra familiar provocada por la afrenta de Corpes al máximo ensalzamiento de la misma gracias a los enlaces principescos de sus hijas, después.

El Campeador entra en Valencia como un monarca medieval. Grabado. Hacia 1880.

Foto: AKG / Album

Primer cantar

Versos 1 a 1084. Comprende desde la salida de Vivar hasta la victoria de Tévar. El héroe tiene que abandonar sus posesiones de Vivar y marchar al exilio por obra de cortesanos envidiosos, que lo han acusado de apropiarse de las parias o tributo que el rey de la taifa de Sevilla paga a Alfonso VI. El poema narra las aventuras de Rodrigo por las tierras de la Alcarria y de los valles del Jalón y del Jiloca, donde consigue botín y tributos a costa de las poblaciones musulmanas.

Segundo cantar

Versos 1085 a 2277. Va desde el inicio de la ocupación del Levante hasta la realización de las primeras bodas de sus hijas. Se centra en la conquista de Valencia y en la reconciliación del Cid y del rey Alfonso, a quien Rodrigo no ha dejado de ofrecer muestras de respeto y sumisión, y acaba con las bodas entre las hijas de éste y dos nobles, los infantes de Carrión, a instancias del propio soberano: «Me parece un casamiento honrado y muy provechoso, / ellos os lo piden y os lo mando yo», le dice al Cid.

Tercer cantar

Versos 2278 a 3730. Abarca desde el episodio del león hasta el apoteósico desenlace del poema. Refiere cómo la cobardía de los infantes de Carrión ante un león propiedad del Campeador que se ha escapado los hace objeto de las burlas de los hombres del Cid, por lo que aquéllos se van de Valencia con sus mujeres, doña Elvira y doña Sol, a las que maltratan y abandonan en el robledo de Corpes. El Cid se querella ante el rey Alfonso, quien convoca unas cortes en Toledo, donde el Campeador reta a los infantes. En el combate judicial, realizado en Carrión, los infantes y su hermano mayor quedan infamados; mientras tanto, los príncipes de Navarra y Aragón piden la mano de las hijas del Cid, que las ve así casadas conforme merecen.

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La historia y la leyenda

Ultraje a las hijas del Cid. Ignacio Pinazo evocó en este óleo la afrenta que en el Cantar infligen los infantes de Carrión a las hijas del Cid, a las que desnudan, azotan y abandonan a las fieras. Hacia 1889. Fundación Banco Santander.

Foto: Album

El trasfondo biográfico del Cantar es claro, pero se trata de una obra literaria y no de un documento histórico: omite episodios de la vida de su protagonista, recrea imaginativamente otros e inventa varios.

Entre los episodios que el poema pasa por alto se cuenta la etapa en que el Campeador, tras su primer destierro por Alfonso VI, puso su espada y su hueste al servicio del soberano musulmán de Zaragoza.

DOS DESTIERROS Y NO UNO. El Cid del Cantar es desterrado una vez y no dos, como sucedió en realidad. En el poema se atribuye el apartamiento de Rodrigo a la intervención de cortesanos envidiosos («¡Esto han tramado contra mí mis enemigos malvados!», exclama el Cid al contemplar su residencia, antes de partir al destierro).

En realidad, ambos destierros habrían estado justificados. El primero se debió a una razia del Campeador en la taifa de Toledo, cuyo soberano pagaba parias al rey Alfonso VI, señor del Cid, para que lo protegiera; con su agresión, Rodrigo violó este pacto. El segundo se debió a que el Cid no se presentó con su hueste ante el rey, quien lo había emplazado para unirse a su ejército en Aledo y luchar contra los almorávides. En esta ocasión, a diferencia del primer destierro, sí fue desposeído de todas sus heredades.

¿UN FIEL VASALLO? El héroe del Cantar es un vasallo fiel hasta la humillación: nunca deja de reconocer en Alfonso a su señor natural. Para recuperar su favor le entrega una parte del botín, como prueba de fidelidad y generosa demostración de que era falsa la acusación vertida contra él (apropiarse del tributo pagado por el rey moro de Sevilla). El Cid actúa así en tres ocasiones: tras sus primeras victorias en el valle del Jalón, después de la conquista de Valencia y tras derrotar al rey Yúcef de Marruecos. No sólo eso: en la entrevista durante la cual se reconcilia con el monarca, se humilla ante él como signo de reconocimiento de su autoridad: «De rodillas y de manos en tierra se postró / las hierbas del campo con los dientes las cortó. / Llorando en silencio, tan grande era su gozo, / así sabe dar acatamiento a Alfonso su señor», hasta el punto de que el rey le dice: «Besadme las manos, pero los pies no; / si no hacéis esto no os daré mi favor».

Soldados de la época del campeador. Los soldados del rey Herodes, representados como guerreros del siglo XII protegidos con lorigas de cota de malla, en un capitel procedente del monasterio de Santa María la Real, de Aguilar de Campoo. MAN, Madrid.

Foto: Á. Martínez Levas / MAN

Sin embargo, la actuación de Rodrigo como vasallo fue más díscola de lo que pretende el poema. No sólo fue desterrado por segunda vez después de que el Cid no se presentara ante el rey cuando éste lo requirió, sino que más tarde no dudó en lanzar un feroz ataque contra las tierras de Nájera y La Rioja, pertenecientes al reino de Castilla, después de que en la primavera de 1092 Alfonso VI intentara asediar Valencia, ciudad que Rodrigo pensaba convertir en capital de su propio señorío y que ya consideraba suya. El rey levantó el bloqueo y el Campeador tomó la ciudad al cabo de dos años, al término de un asedio que duró veinte meses frente a los nueve del Cantar.

LAS HIJAS DEL CID. Sus verdaderos nombres fueron María y Cristina, y no doña Elvira y doña Sol, como las llama el Cantar, donde no aparece Diego, el hijo del Campeador, caído en vida de su padre luchando contra los almorávides. El episodio de su boda con los infantes de Carrión es ficticio, del mismo modo que los crueles infantes son una creación literaria. Las segundas nupcias de María y Cristina no fueron con los herederos de Navarra y Aragón, sino con Ramón Berenguer III, conde de Barcelona, y con el infante navarro Ramiro Sánchez, señor de Monzón.

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El mote de Campeador

Choque entre dos grupos de caballeros. Miniatura de la 'Biblia de Sant Pere de Rodes'. Hacia 1010-1025. Biblioteca Nacional, París.

Foto: Juan García Aunión / Age Fotostock

A Rodrigo Díaz sus contemporáneos lo apodaron «el Campeador», que es como él se presenta en el documento de dotación de la catedral de Valencia: princeps Rodericus Campidoctor. Así lo llamaron también los cronistas árabes: Rudriq al-Kambitur. No se sabe cuándo se ganó este sobrenombre, aunque el Carmen Campidoctoris lo atribuye a la juventud del personaje, «cuando, muchacho aún, venció a un navarro; / por ello Campeador dicho es por boca / de sus mayores».

Es poco probable que adquiriese tan pronto un renombre que significa «el experimentado en batallas campales», que eran –frente a emboscadas, escaramuzas y asedios– la forma más prestigiosa de combate, de modo que el apodo expresaba la excelencia bélica de su portador.

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Colada y Tizona

La espada, un arma prestigiosa. Esta placa de marfil de la arqueta de San Millán de la Cogolla ilustra la toma de Cantabria por el rey visigodo Leovigildo, en el siglo VI, pero los guerreros son del siglo XI, la época en que se talló la placa.

Foto: Oronoz / Album

La espada es el atributo del caballero; uno de los epítetos del Cid en el Cantar es «el que en buena hora ciñó espada», es decir, que fue armado caballero bajo el influjo positivo de las estrellas. Y es justamente el Cid del poema, no el de la historia, el poseedor de las famosas espadas Colada y Tizona, que en el Cantar se llama Tizón. La primera pertenece al conde de Barcelona, y Rodrigo la toma como botín de guerra tras derrotarlo en Tévar («Ha vencido esta batalla el que nació con buen hado, / al conde don Ramón preso lo ha tomado. / Allí ganó a Colada, que vale más de mil marcos de plata»). Tizón pertenece al imaginario rey Búcar de Marruecos (nombre que alude a algún príncipe almorávide), a quien Rodrigo casi parte en dos de un tajo: «Arriba alzó a Colada, un gran golpe le fue a dar, / los rubíes del yelmo se los ha arrancado ya, / le cortó el yelmo y, pasando por lo demás, / hasta la cintura la espada le hizo llegar». Así «ganó a Tizón, que mil marcos de oro vale». El Cid regala ambas espadas a los condes de Carrión cuando se convierten en sus yernos, pero tras la afrenta de Corpes exige su devolución ante el rey: «Los pomos y los gavilanes todos de oro son, / se maravillan de ellas los hombres buenos de la corte». Entonces entrega Tizón a su sobrino Pedro Bermúdez, y Colada, a su leal vasallo Martín Antolínez.

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Un héroe de frontera

El oscuro rostro de la guerra. Esta escena del Apocalipsis refleja la destrucción causada por las razias de gentes armadas. Beato de Saint-Sever. Siglo XI, Biblioteca Nacional, París.

Foto: Josse / Scala, Firenze

Es característico del enfoque del Cantar el énfasis puesto en el botín obtenido de los moros, a los que el desterrado no combate por razones religiosas, sino por ganarse la vida. Este planteamiento hace suponer que el poema participa del llamado «espíritu de frontera», es decir, de los intereses e ideales de los colonos cristianos que poblaban las zonas limítrofes con los musulmanes. Dicho espíritu se plasmó en una serie de fueros llamados «de extremadura» (es decir, «de frontera»), a cuyos preceptos se ajusta el Cantar tanto en la querella final, ante el rey, con los infantes de Carrión como en el reparto del botín a lo largo de las victorias del Cid, y a cuya esencia corresponde la idea de que un nuevo derecho debe sustituir a los viejos privilegios de casta de la rancia nobleza del interior.

Dirhem de cobre. Acuñado en valencia por Yahya al-Qadir. Soberano de Valencia entre 1086 y 1092, pagó al Cid las parias que Valencia entregaba anteriormente a Alfonso VI.

Foto: Carlos Mora / Album

La expresión última de este ideal sería la capacidad de mejorar la situación social mediante el propio esfuerzo, del mismo modo que el Cid, un simple infanzón desterrado de sus pequeñas posesiones burgalesas, llega al final del Cantar a ser señor de Valencia y a casar a sus hijas con sendos príncipes herederos.

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Un momento sin retorno

Burgos en un grabado de 'Civitates Orbis Terrarum', por Georg Braun y Frans Hogenberg. Siglo XVI. Biblioteca Nacional, Madrid.

Foto: DEA / Album

Escrito hace más de ochocientos años, el castellano del Cantar nos traslada a la plena Edad Media hispánica. Ofrecemos aquí sus primeros veinte versos, en la edición crítica y la versión modernizada obra del autor de este artículo. El texto conservado comienza cuando el Cid se aleja de Vivar y, antes de partir, contempla entristecido la casa que abandona, enumerando los objetos de los que queda vacía, lo que acentúa el dolor de la partida. Después, Rodrigo y los suyos se apresuran hacia Burgos, y en el trayecto observan los augurios contrapuestos de las cornejas. Es el momento sin retorno en su marcha hacia el destierro.

Primera página del 'Cantar'. Las manchas que aparecen en las páginas del manuscrito tienen su origen en los reactivos que se aplicaron sobre el pergamino para destacar las letras que habían empalidecido. Biblioteca Nacional, Madrid.

Foto: Zip Lexing / Age Fotostock

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Este artículo pertenece al número 220 de la revista Historia National Geographic.

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