Plagas y cambio climático

La caída del Imperio romano

Una sucesión de desastres ambientales y devastadoras epidemias precipitó el desmoronamiento del dominio de Roma.

El foro de roma.

Foto: Alessandro Saffo / Fototeca 9x12

Surgido en el año 753 a.C., con la fundación de la ciudad de Roma por Rómulo, el Estado romano llegó a su fin en 476, con el derrocamiento de su último soberano, Rómulo Augústulo. Esta historia de más de mil doscientos años lo convierte en uno de los más duraderos de la Antigüedad, además de uno de los más extensos y poblados.

Cronología

La larga agonía del imperio

165-180

Se desata la peste Antonina, la primera gran epidemia que afecta al Imperio.

249-269

Entra en escena una nueva enfermedad, la peste de Cipriano, que se extiende por todo el Imperio.

368-369

En Capadocia se produce una gran sequía seguida de una terrible hambruna.

395

A la muerte de Teodosio, el Imperio se divide en dos, con capitales en Roma y Constantinopla.

476

El germano Odoacro depone a Rómulo Augústulo, último emperador romano de Occidente.

Las razones por las que este imperio llegó a su fin han atraído a infinidad de historiadores, alimentando un debate que está muy lejos de haber desembocado en un consenso ni siquiera aproximado. Prueba de ello es la lista recopilada en 1984 por el historiador alemán Alexander Demandt de más de doscientas causas, que intentan, de una forma u otra, explicar el declive de Roma. En el pasado se solía plantear la decadencia y caída de Roma como un proceso de corrupción interna. En su gran obra Historia de la decadencia y caída del Imperio romano (1776-1788), Edward Gibbon escribía: «La caída de Roma fue el efecto natural e inevitable de una grandeza desmesurada. La prosperidad maduró el proceso de putrefacción; las causas de la destrucción se multiplicaron con el alcance de las conquistas, y en cuanto el tiempo o los accidentes hubieron eliminado los apoyos artificiales, el estupendo tejido cedió bajo su propio peso».

La siembra.

Este magnífico mosaico figurativo del siglo II, que decoró una lujosa villa romana, muestra una colorida escena de siembra con bueyes que recrea una época de abundancia, muy alejada de las sequías y hambrunas que pronto asolarían el Imperio. Museo Arqueológico Cherchell, Argelia.

Foto: DEA / Album

Autores posteriores han señalado factores más específicos. Algunos han centrado su análisis en la evolución de la economía romana, estancada a partir del siglo III d.C. a causa de la excesiva dependencia de la mano de obra esclava. También se ha llamado la atención sobre el aumento de la burocracia y del ejército romano, cuyo coste ahogaba la economía imperial, así como sobre el incremento de los impuestos y la gran corrupción interna. También se ha apuntado a los continuos conflictos militares y a las guerras civiles que se desencadenaron a partir del siglo III, pues debilitaron la autoridad central y propiciaron la fragmentación del Imperio, haciéndolo más vulnerable ante las amenazas externas.

El emperador Marco Aurelio. Durante su mandato se desencadenó la peste Antonina. Busto en mármol.

El emperador Marco Aurelio. Durante su mandato se desencadenó la peste Antonina. Busto en mármol.

Foto: Marco Ansaloni

Cambio climático en la Antigüedad

Frente a esta variedad de hipótesis, en años recientes ha surgido un planteamiento novedoso que destaca el impacto de los cambios climáticos y las epidemias sobre el devenir del Imperio romano. En una obra publicada en 2017, el historiador norteamericano Kyle Harper, profesor de la Universidad de Oklahoma, ofreció una ambiciosa síntesis sobre las causas de la caída del Imperio, en la que argumenta que «el fatal destino de Roma fue escenificado por emperadores y bárbaros, senadores y generales, soldados y esclavos. Pero también lo decidieron bacterias y virus, volcanes y ciclos solares [...]. El fin del Imperio romano es una historia en la que la humanidad y el medioambiente son indisociables».

Villa de los Quintilio. Esta lujosa villa romana del siglo II a las afueras de Roma, perteneciente a los hermanos Quintilio, estuvo en uso hasta el siglo VI.

Villa de los Quintilio. Esta lujosa villa romana del siglo II a las afueras de Roma, perteneciente a los hermanos Quintilio, estuvo en uso hasta el siglo VI.

Foto: Guido Baviera / Fototeca 9x12

Harper y otros estudiosos han aprovechado gran cantidad de nuevos datos, provenientes, entre otras, de disciplinas como la climatología o la epidemiología, que han permitido abrir novedosas líneas de investigación sobre el estudio del pasado. Hoy se sabe que el apogeo del Imperio romano estuvo enmarcado en el período conocido como Óptimo Climático Romano, que se extendió entre 200 a.C. y 150 d.C. y estuvo caracterizado por un clima templado, húmedo y estable en gran parte del Mediterráneo, condiciones que propiciaron el progreso agrícola, económico y demográfico. Testimonios como el del agrónomo Columela indican que en el siglo I d.C. la lluvia en el centro y sur de Italia era en verano más frecuente que en la actualidad. Asimismo, sabemos que en el norte de África el desierto ha invadido amplias zonas que en época romana eran cultivables.

Frutos del campo. Los relieves muestran, arriba, la venta de productos agrícolas, y abajo, a dos campesinos que trabajan la tierra. Museo Arqueológico, Arlon.

Frutos del campo. Los relieves muestran, arriba, la venta de productos agrícolas, y abajo, a dos campesinos que trabajan la tierra. Museo Arqueológico, Arlon.

Foto: DEA / Album

El mundo ha envejecido

Esas condiciones propicias llegaron a su fin en la segunda mitad del siglo II. Ligeras variaciones en la órbita, el eje de inclinación o el movimiento de rotación de la Tierra alteraron la cantidad y la distribución de energía solar que penetraba en la atmósfera terrestre, y, por consiguiente, el clima. Este pasó a caracterizarse por una mayor variabilidad, por una tendencia al enfriamiento y por el aumento de la aridez en el Mediterráneo. Las consecuencias que ello tuvo sobre la productividad agrícola sin duda contribuyeron a la crisis que atravesó el Imperio en el siglo III.

Ruinas de Roma. En esta perspectiva aérea del Foro romano se aprecia en primer término la Casa de las Vestales. Al fondo, los tres grandes arcos de la basílica de Majencio, erigida en el siglo IV.

Ruinas de Roma. En esta perspectiva aérea del Foro romano se aprecia en primer término la Casa de las Vestales. Al fondo, los tres grandes arcos de la basílica de Majencio, erigida en el siglo IV.

Foto: Adam Eastland / Alamy / ACI

Algunos testimonios, como el de san Cipriano, obispo de Cartago, dan cuenta de esta situación: «El mundo ha envejecido y no posee el vigor de antaño, ni tampoco la fortaleza y la vivacidad que rezumaba en su día [...]. En invierno no hay tanta abundancia de lluvia para nutrir las semillas. El sol estival brilla con menos fuerza sobre los campos de cereales. La templanza de la primavera ya no es para regocijarse y la fruta madura no cuelga de los árboles otoñales».

'La invasión de los bárbaros'

Obra del pintor español Ulpiano Checa, este óleo recrea un ataque de los hunos comandados por Atila. 1887. Museo del Prado, Madrid,

Foto: SFGP / Album

Esta crisis estuvo también marcada por otro flagelo natural: el de las epidemias. Su expansión en el siglo III fue, en cierto modo, un resultado del éxito de la civilización romana. En efecto, bajo el Óptimo Climático Romano el mundo romano había experimentado un notable crecimiento económico y demográfico y se había desarrollado una red de ciudades densamente pobladas y estrechamente ligadas entre sí. La consecuencia negativa de ello fue que de esta forma se facilitó el avance de enfermedades contagiosas. Como ha escrito Harper: «Los densos hábitats urbanos, la transformación de los paisajes y las tupidas redes de conectividad dentro y fuera del Imperio contribuyeron a crear una ecología microbiana única». Algunos de estos males, como la tuberculosis, la lepra o la malaria, se extendían a una escala limitada. Otros, en cambio, se convirtieron en grandes epidemias. Si en el pasado éstas habían tenido una incidencia regional y estacional, a partir de la segunda mitad del siglo II surgieron epidemias que afectaron a amplias regiones del Imperio con una intensidad desconocida hasta entonces.

Palmira. La peste Antonina que asoló el Imperio en el siglo II tuvo su origen en Oriente. En la imagen, el arco de triunfo de la ciudad de Palmira, una próspera ciudad comercial de la provincia romana de Siria.

Palmira. La peste Antonina que asoló el Imperio en el siglo II tuvo su origen en Oriente. En la imagen, el arco de triunfo de la ciudad de Palmira, una próspera ciudad comercial de la provincia romana de Siria.

Foto: Chris Bradley / Age Fotostock

Tiempo de epidemias

La primera gran epidemia que afectó al conjunto del Imperio romano fue la peste Antonina (165-180). Originada en Oriente, esta plaga (conviene señalar que los términos latinos pestis y pestilentia se utilizaban en la Antigüedad para designar todas las enfermedades epidémicas) afectó al territorio romano en diversas oleadas, propiciada por el regreso de los legionarios que combatían en territorio persa junto al emperador Lucio Vero. La conocemos bien gracias a la descripción de sus síntomas que hizo el gran médico Claudio Galeno, que se vio obligado a acudir a Roma desde su residencia en la costa egea para asistir al emperador Marco Aurelio y a la familia imperial. Actualmente se considera que se trató de una epidemia de viruela. Se le ha calculado una mortalidad de casi el 10 por ciento de la población, lo que significa que acabó con la vida de unos 7 o 7,5 millones de personas en una población que contaba con cerca de 75 millones de habitantes.

Vía Apia. Durante la peste Antonina perecían en Roma 2.000 personas al día. Los nobles eran enterrados en grandes sepulcros junto a las vías públicas mientras que los cadáveres de los pobres se incineraban en grandes piras.

Vía Apia. Durante la peste Antonina perecían en Roma 2.000 personas al día. Los nobles eran enterrados en grandes sepulcros junto a las vías públicas mientras que los cadáveres de los pobres se incineraban en grandes piras.

Foto: Paolo Giocoso / Fototeca 9x12

A mediados del siglo III se produjo un nuevo episodio pandémico con la irrupción de la peste de Cipriano, llamada así por el escritor cristiano cartaginés mencionado anteriormente, que dejó el testimonio más detallado de sus síntomas en el sermón De mortalitate (Sobre la mortalidad). Posiblemente originada en Etiopía, afectó entre los años 249 y 269 a territorios como Egipto, el Levante mediterráneo, Asia Menor, Grecia e Italia. Orosio, historiador del siglo V, declaraba de forma catastrofista que «casi no hubo provincia romana, ni ciudad ni casa que no se viera atacada y vaciada por esta pestilencia general».

La captura del emperador.

Este camafeo muestra posiblemente la captura de Valeriano por el rey sasánida Sapor I en la batalla de Edesa, en el año 260. Gabinete de Monedas. Biblioteca Nacional de Francia, París.

Foto: Bridgeman / ACI

Inesperada recuperación

La llamada crisis del siglo III no supuso el final del Imperio romano, ya que éste consiguió recuperarse a lo largo del siglo IV. Esta revitalización suele asociarse a las figuras de emperadores enérgicos como Constantino (306-337) y Teodosio (379-395), pero habría que tener en cuenta también la tregua climatológica que vivió el Imperio durante la cuarta centuria.

Murallas aurelianas. Este amplio cinturón defensivo que rodeaba la ciudad de Roma fue construido por Aureliano. El emperador cayó enfermo en 270, mientras luchaba contra los godos, cuando se desató una mortífera plaga.

Murallas aurelianas. Este amplio cinturón defensivo que rodeaba la ciudad de Roma fue construido por Aureliano. El emperador cayó enfermo en 270, mientras luchaba contra los godos, cuando se desató una mortífera plaga.

Foto: Andrea Jemolo / Aurimages

Kyle Harper apunta como causa de esta relativa bonanza el fenómeno denominado Oscilación del Atlántico Norte, una fluctuación entre zonas de altas y bajas presiones atmosféricas que provocó un sensible incremento de las precipitaciones en el continente. Sin embargo, la meteorología se hizo también más variable, lo que explicaría la frecuencia de grandes sequías y hambrunas que se registran en el área mediterránea. Un ejemplo es la hambruna que padeció la provincia de Capadocia (en el centro de la actual Turquía) en los años 368 y 369, conocida por el testimonio de Basilio Magno, obispo de Cesarea desde 370, quien llamaba en sus sermones a socorrer a los pobres, forzados a vender a sus hijos en el mercado para conseguir comida.

Sarcófago Ludovisi. Detalle de los relieves que decoran este sarcófago romano, en el que se recrea una batalla entre romanos y bárbaros. Siglo III. Museo Nacional Romano, Roma.

Sarcófago Ludovisi. Detalle de los relieves que decoran este sarcófago romano, en el que se recrea una batalla entre romanos y bárbaros. Siglo III. Museo Nacional Romano, Roma.

Foto: L. Ricciarini / Bridgeman / ACI

Refugiados climáticos

Con todo, el mayor impacto de estos cambios climáticos se produjo más allá de las fronteras del Imperio romano. Un período de sequía prolongada en la estepa euroasiática, desde las llanuras de Hungría hasta Mongolia, afectó directamente a la vida de los pastores nómadas. Es a partir de esta época cuando los hunos comienzan a aparecer en las fuentes escritas, debido a su progresivo desplazamiento a través de la estepa euroasiática hacia Occidente. Se ha argumentado que los hunos, enfrentados a una crisis medioambiental, se convirtieron en refugiados climáticos en busca de nuevos pastos, empujando a otros pueblos nómadas del norte a desplazarse hacia las tierras del Imperio romano.

El último emperador.

Anverso de un áureo acuñado durante el gobierno de Rómulo Augústulo, el último emperador del Imperio romano de Occidente, que fue depuesto en el año 476. Museo Británico, Londres.

Foto: British Museum / Scala, Firenze

Epidemias y sequías fueron, pues, un factor significativo en el proceso que llevó a la caída definitiva del Imperio romano en 476. Ciertamente, nuestro conocimiento de los períodos climáticos del pasado no es completo, más si cabe para una región tan extensa como la que abarcó el Imperio romano. Por ello es imprescindible evitar conclusiones deterministas; la historia no se explica por una variación de la temperatura o de las precipitaciones ni por el simple impacto de las plagas, por muy mortíferas que sean. Pero, como arguye Kyle Harper, el devenir del Imperio romano es un ejemplo del «insólito poder que ejerce la naturaleza en el destino de una civilización».

Capital imperial. Ravena fue la última capital del Imperio romano de Occidente, ya que Honorio trasladó aquí en 402 la corte imperial. En la imagen, interior de la iglesia de San Vital, consagrada en 547.

Capital imperial. Ravena fue la última capital del Imperio romano de Occidente, ya que Honorio trasladó aquí en 402 la corte imperial. En la imagen, interior de la iglesia de San Vital, consagrada en 547.

Foto: Giuseppe dall’Arche / Fototeca 9x12

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Termas de Diocleciano. Erigidas en Roma a principios del siglo IV. Dibujo de 1885. Escuela de Bellas Artes, París.

Termas de Diocleciano. Erigidas en Roma a principios del siglo IV. Dibujo de 1885. Escuela de Bellas Artes, París.

Foto: Beaux-Arts, Paris / RMN-Grand Palais

Las ciudades, vivero de epidemias

Las ciudades romanas eran terreno abonado para las enfermedades contagiosas. Causa de ello era el hacinamiento que reinaba en ellas, sobre todo en los barrios más populares, al igual que la abundancia de desechos y aguas residuales en sus calles. Sin saberlo se mantenían hábitos antihigiénicos, como el visitar los baños públicos como terapia para recuperarse de una enfermedad, lo que hacía de estos lugares focos de propagación de patógenos. Por otra parte, las ciudades se alimentaban de continuas oleadas de inmigrantes venidos del campo –además de esclavos trasladados a la fuerza– que al llegar estaban desprotegidos frente a los gérmenes locales, a diferencia de los ciudadanos que podían adquirir inmunidad durante la infancia.

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Gerbil de Mongolia. Dibujo de Henri y Alphonse Milne-Edwards para la obra 'Recherches pour servir à l’histoire naturelle des mammifères'. 1868.

Gerbil de Mongolia. Dibujo de Henri y Alphonse Milne-Edwards para la obra 'Recherches pour servir à l’histoire naturelle des mammifères'. 1868.

Foto: Scala, Firenze

El gerbilino, la viruela y la peste

El avance de la ciencia ha permitido a los historiadores conocer mejor la evolución de las enfermedades contagiosas en el pasado, gracias a especialidades como la paleopatología o la paleomicrobiología. Este tipo de análisis ha permitido a los estudiosos identificar la peste Antonina como un episodio de viruela. El foco originario se encontraría en un contagio de animales a humanos que se pudo producir en África a través del gerbilino, un roedor que vive en ambientes áridos en un extenso territorio que va desde Guinea hasta Etiopía. El gerbilino es el único portador del virus Taterapox virus, emparentado con el virus de la viruela del camello. Ambos son los familiares más próximos del virus Variola major, más conocido como la viruela.

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Atila y su ejército marchan sobre la ciudad de París, que será salvada por santa Genoveva. Fresco por Jules-Élie Delaunay. Siglo XIX. Panteón, París.

Atila y su ejército marchan sobre la ciudad de París, que será salvada por santa Genoveva. Fresco por Jules-Élie Delaunay. Siglo XIX. Panteón, París.

Foto: Bridgeman / ACI

La malaria repele al invasor

En el verano del año 452, el rey huno Atila invadió el norte de Italia. Tras tomar Aquilea y saquear el valle del Po, las huestes hunas se dirigían sin oposición hacia Roma. Ante tal amenaza el emperador Valentiniano III y el Senado romano enviaron una delegación a Atila para evitar la toma de la ciudad, encabezada por el papa León I el Grande y otros dignatarios romanos. Según el relato tradicional, Atila ordenó la retirada al quedar profundamente impresionado por la figura del pontífice. Sin embargo, otras fuentes sugieren que el motivo real por el que Atila volvió grupas fue una epidemia, posiblemente de malaria, endémica en las llanuras del norte de Italia. Así pues, en aquel momento de grave amenaza, Roma habría contado con la protección de un anillo invisible de gérmenes.

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Peste en Roma. Este óleo de Jules-Élie Delaunay representa una epidemia en Roma de acuerdo con la leyenda de Sebastián, santo del siglo III. 1869. Museo de Orsay, París.

Peste en Roma. Este óleo de Jules-Élie Delaunay representa una epidemia en Roma de acuerdo con la leyenda de Sebastián, santo del siglo III. 1869. Museo de Orsay, París.

Foto: Album

La peste de Cipriano, una epidemia olvidada

A mediados del siglo III, una epidemia originada en Etiopía se difundió prácticamente por todo el Imperio romano. Los testimonios sugieren que su causa fue un virus de origen animal.

Entre las pestes Antonina (165-180) y de Justiniano (541-549), el mundo occidental sufrió otra plaga de consecuencias igualmente devastadoras: la llamada peste de Cipriano. Los cronistas de la Antigüedad la evocaron como un flagelo terrible. El historiador Jordanes aseguraba que «echó a perder toda la faz de la Tierra», y Zósimo, otro historiador, describió así sus efectos: «Afligió ciudades y aldeas y destruyó todo cuanto quedaba de la humanidad: ninguna plaga anterior sembró tanta destrucción de la vida humana».

Numerosos testimonios directos permiten reconstruir las rutas que siguió el mal. Se cree que su origen estuvo en Etiopía y avanzó por el Nilo hasta llegar a Alejandría en el año 249. Desde allí, se difundió mediante las calzadas y rutas marítimas hasta llegar a lugares como Cartago, Antioquía y la misma Roma, infectada por la enfermedad en 251. Todo ello indica que se trató de una epidemia que abarcó en mayor o menor medida el conjunto de los dominios de Roma, difundiéndose mediante las calzadas y rutas marítimas que unían el Imperio. Los casos documentados sugieren asimismo que la epidemia pudo prolongarse durante más de una década, o bien que conoció oleadas sucesivas.

El imperio romano: finales del siglo IV.

El imperio romano: finales del siglo IV.

Cartografía: eosgis.com

El gran interrogante en torno a este episodio es la naturaleza misma de la enfermedad. Cipriano, el obispo de Cartago que ha dado nombre a la plaga, ofrece una detallada descripción de los síntomas: «Un fuego que empieza en lo más profundo provoca heridas en la garganta, los intestinos se agitan con vómitos continuos, los ojos se incendian por la fuerza de la sangre, en algunos casos la infección de la putrefacción mortal corta los pies u otras extremidades, y, cuando se impone la debilidad por los fallos y pérdidas del cuerpo, los andares se deterioran, la audición se bloquea o la visión se ciega».

Un filovirus del siglo III

El historiador Kyle Harper ha tratado de asociar estos síntomas con enfermedades contagiosas activas en esa época. Descarta que se tratase de peste bubónica, cólera, tifus, sarampión o viruela. Los síntomas descritos por Cipriano se asemejan más a los de una gripe pandémica, causada por virus transmitidos por animales.

Restringiendo el abanico de posibilidades, Harper ve en la peste de Cipriano una forma de fiebre hemorrágica vírica que tendría tres posibles causantes: un flavivirus, transmitido por mosquitos; un arenavirus, propagado por roedores, o un filovirus, semejante al virus del Ébola, que tiene como reservorio a los murciélagos. El historiador norteamericano cree que esta última causa es la más probable

Este artículo pertenece al número 209 de la revista Historia National Geographic.

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