Personaje Singular

Burckhardt, aventuras de un suizo en Oriente

Vestido de árabe y haciéndose pasar por un peregrino, Johann Ludwig Burckhardt reveló a los europeos lugares de ensueño como Petra o los templos de Abu Simbel.

Retrato del viajero y explorador suizo Ludwig Burckhardt vestido como el jeque Ibrahim. Hacia 1830.

Foto: Alamy / ACI

En 1808, Johann Ludwig Burckhardt estaba pasando apuros. Mientras su padre se exiliaba de Suiza por su oposición al dominio napoleónico, él marchó a estudiar a Alemania y luego se trasladó a Inglaterra, donde malvivió durante dos años, sin encontrar empleo ni poder recibir dinero de su familia a causa del bloqueo al que estaba sometida Gran Bretaña.

Cronología

Por los caminos de Siria y Egipto

1806

Burckhardt llega a Londres, donde se ofrecerá voluntario en una exploración organizada por la Asociación Africana.

1812

En Jordania, Burckhardt oye hablar de las ruinas de una antigua ciudad en el desierto: la ciudad nabatea de Petra.

1813

Una vez en Egipto, emprende un viaje hacia el sur del país y descubre las ruinas de Abu Simbel, cubiertas por la arena.

1816

Se declara una peste en El Cairo y Burckhardt marcha a explorar la península del Sinaí durante tres meses.

1817

Muere en El Cairo de disentería aguda antes de emprender un viaje a Tombuctú.

Por fortuna, el joven suizo había llegado a Londres con una carta de presentación para Joseph Banks, el ilustre botánico que había dado la vuelta al mundo con el capitán Cook. Banks había fundado en 1788 la Asociación Africana, un grupo de aristócratas que promovía los descubrimientos en el interior de África y cuyos miembros estaban obsesionados con la localización del río Níger y la ciudad de Tombuctú. Ya habían subvencionado cinco expediciones, todas fracasadas, cuando Burckhardt se ofreció voluntario para un sexto viaje.

Burckhardt se preparó concienzudamente: se dejó crecer la barba, estudió árabe en la Universidad de Cambridge y asistió a clases magistrales sobre química, astronomía, mineralogía, medicina, cirugía y todo lo que pudiera serle útil en su viaje. También entrenó su cuerpo para las difíciles condiciones de los desiertos africanos, caminando por el campo británico «con la cabeza descubierta bajo el calor del sol», durmiendo en el suelo y alimentándose de plantas recolectadas.

Inscripción árabe copiada por Burckhardt en 'Viajes a Nubia'.

Inscripción árabe copiada por Burckhardt en 'Viajes a Nubia'.

Foto: Internet Archive

Al partir de Londres en 1809, el suizo llevaba instrucciones muy concretas: se dirigiría primero a Siria para perfeccionar la lengua árabe y familiarizarse con los usos orientales, y dos años más tarde debería dirigirse a El Cairo para, desde allí, adentrarse en el desierto libio hasta Fezzan y llegar a Tombuctú cruzando el Sáhara.

El jeque Ibrahim

En Siria, Burckhardt se vistió al modo árabe y tomó el nombre de Ibrahim ibn Abdallah, pero su aspecto europeo levantaba sospechas entre la población. En un caravasar de Antioquía, por ejemplo, el dragomán o intérprete del agá, el gobernador local, le tiró de la barba acusándolo de «franco» (europeo) e infiel, a lo que Burckhardt replicó con «un manotazo en plena mejilla a fin de demostrar a los espectadores turcos cuánto me ofendía el insulto».

Burckhardt permaneció dos años y medio en Siria, principalmente en Alepo, aprendiendo árabe con un profesor particular y traduciendo la novela Robinson Crusoe para practicarlo. También aprovechó para «leer dos veces el Corán y aprender de memoria varios capítulos y muchas frases», lo que le sería de gran ayuda en sus viajes. Desde Alepo hizo excursiones por las áreas próximas para conocer a los beduinos, los árabes nómadas de la región, y «familiarizarme con el temperamento de una clase de personas que jamás cambian, sea su hábitat el desierto de Arabia o los de África». También fue aquí donde Burckhardt empezó a tener episodios de mala salud, especialmente de fiebres inflamatorias. En sus viajes por la zona sufrió asaltos y robos. En una ocasión lo despojaron incluso del reloj y de la brújula. Cerca de Sokhne, en Siria, los bandidos lo dejaron sólo con los calzones puestos, con lo que tuvo que regresar a pie y terminó con terribles quemaduras a causa del sol.

Burckhardt se aprendió de memoria capítulos del Corán para pasar por musulmán

Finalmente, Burckhardt emprendió el viaje de Damasco a El Cairo. Durante el trayecto se desvió para localizar unas extensas ruinas de las que había oído hablar, en un lugar llamado Wadi Musa. «Los rincones en los que estoy a punto de internarme son de acceso difícil y no carecen de interés para la literatura; y, a menos que incurra en grandes gastos y conozca la lengua y usos del país, ningún viajero europeo puede abrigar esperanzas de explorarlos», escribió a Joseph Banks en 1812. Para no levantar sospechas, Burckhardt compró una cabra y anunció que quería sacrificarla ante la tumba de Aarón, el hermano de Moisés, que se encuentra en lo alto de una cima del extremo del valle. Su guía lo creyó y se adentraron así por el Siq, el estrecho cañón que serpentea entre la roca y que termina ante «un mausoleo excavado, la situación y belleza del cual están calculadas para ejercer una extraordinaria impresión al viajero». Burckhardt se convirtió así en el primer occidental en visitar Petra, la antigua capital nabatea, «una de las ruinas más elegantes de la Antigüedad en Siria», según la describió. Pero no pudo permanecer mucho tiempo examinándola: los beduinos que habitaban las tumbas excavadas en la roca lo observaban constantemente y el viajero temía que lo tomaran por un espía.

El monasterio, o Ed-Deir, en la ciudad nabatea de Petra. Se erigió en el siglo I d.C., quizá como templo dedicado al rey Obodas I.

El monasterio, o Ed-Deir, en la ciudad nabatea de Petra. Se erigió en el siglo I d.C., quizá como templo dedicado al rey Obodas I.

Foto: Shutterstock

En noviembre de 1812, tras cruzar el Sinaí, Burckhardt llegó finalmente a El Cairo. Poco después salió una caravana hacia el oeste con la que podría haber atravesado el desierto africano, pero consideró precipitado juntarse a ella sin conocer aún el dialecto árabe local. No se imaginaba que, por distintas circunstancias, la siguiente caravana tardaría varios años en partir.

Burckhardt aprovechó la demora para hacer un viaje hacia el sur remontando el Nilo, acercándose al Sudán más allá de la tercera catarata. Descubrió entonces el templo de Ramsés II en Abu Simbel: «Estaba a punto de ascender la ladera arenosa de la montaña cuando me encontré con la parte todavía visible de cuatro inmensas estatuas colosales esculpidas en la roca», cuenta en su libro. La dificultad del viaje queda patente en sus notas enviadas a la Asociación Africana y redactadas «en un mísero patio, apoyado en el costado de mi camello, bajo el influjo de los vientos tórridos del Kamsin».

El viajero visitó luego Medina y La Meca, ciudades sobre las que escribió los apuntes más detallados hasta entonces enviados a Europa. Su caracterización árabe era cada vez mejor; incluso engañó al pachá de Egipto, Mohammed Alí, quien envió a dos alfaquíes para que lo examinaran y quedaron impresionados por sus conocimientos coránicos. La expedición por Arabia le permitió obtener el título de hajj o peregrino, pero agravó los ataques de fiebre y disentería que mermaban su salud.

Cuando regresó a El Cairo, en junio de 1815, había estado fuera de la ciudad dos años y medio. Al declararse la peste en la capital de Egipto, en abril de 1816, Burckhardt decidió alejarse y partió para explorar el Sinaí durante tres meses en compañía de los beduinos. Su diario de esa expedición es uno de los registros antropológicos más detallados sobre los beduinos e incluso fue usado por los británicos durante la Segunda Guerra Mundial.

El monte Sinaí, en la península egipcia del mismo nombre, área que Burkchardt recorrió en 1816. Óleo por Edward Lear. 1853.

El monte Sinaí, en la península egipcia del mismo nombre, área que Burkchardt recorrió en 1816. Óleo por Edward Lear. 1853.

Foto: Bridgeman / ACI

El último viaje

El tiempo pasaba y no partían caravanas hacia el oeste. «Soy consciente de que someto su paciencia a una severa prueba, pero la mía, a su vez, se ha sumido en el infierno de la tortura […]. Estaría tentado de cargar mi camello, adentrarme en Libia en solitario y demostrarles que no son la cobardía ni la desidia lo que me mantiene tantos meses atrapado en la inercia», se disculpaba nervioso en una carta a sus superiores de la Asociación Africana.

En diciembre de 1817 se reanudaron las caravanas, pero Burckhardt ya no pudo emprender la expedición a Tombuctú para la que se había estado preparando durante ocho años. Dos meses antes su frágil salud había empeorado tan drásticamente que al cabo de una semana se encontraba en el lecho de muerte. Falleció el 15 de octubre, de disentería aguda. Quizá fracasó como explorador africano, pero el legado de Burckhardt, con cuatro libros llenos de precisos detalles de las regiones recorridas y el descubrimiento de dos de las obras más reconocidas de la arquitectura antigua universal, da la medida del que fue su verdadero éxito.

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Un indio que hablaba en «suizo»

«La indumentaria que he elegido es de inspiración siria, aunque difiere lo bastante del auténtico traje de ese país para dejar patente que no pretendo hacerme pasar por nativo». Burckhardt fingió ser un mercader indio musulmán que regresaba a su tierra tras haber vivido siempre en Inglaterra. Así podía disimular su escaso dominio del árabe. Y cuando le pedían que dijera algunas palabras en hindi «les hablaba en el más enrevesado de los dialectos suizos, ininteligible hasta para un germano y que [...] podía rivalizar con los más ásperos fonemas árabes».

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Certificado de 'Hajj' expedido a favor del jeque Ibrahim.

Certificado de 'Hajj' expedido a favor del jeque Ibrahim.

Foto: Alamy / ACI

Ibrahim y Alí Bey

En sus textos, Burckhardt mencionó a Alí Bey al-Abbasi, como era conocido el español Domingo Badía, que en 1807 había visitado La Meca. El suizo lo criticaba por viajar con «magnificencia oriental», mientras que él iba disfrazado de mendigo o a lomos de caballo, asno o camello, acompañado sólo por un sirviente.

Este artículo pertenece al número 207 de la revista Historia National Geographic.

Para saber más

Petra, la espléndida capital de los nabateos

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