Jerjes contra Leónidas

La batalla de las Termópilas

La lucha de los 300 guerreros espartanos, liderados por el rey Leónidas, frente al ejército invasor persa en el desfiladero de las Termópilas se convirtió en un episodio mítico de la historia de la antigua Grecia

Defensa a ultranza

Foto: Bridgeman / ACI

A principios de junio del año 480 a.C., el ejército persa cruzó el estrecho del Helesponto sobre dos puentes de pontones y pasó a Europa. El Gran Rey persa, Jerjes, se había puesto personalmente al mando de aquella expedición contra los griegos. Sin duda, su propósito era vengar la derrota que su padre Darío había sufrido frente a los helenos en la llanura de Maratón, cerca de Atenas, diez años atrás; pero sus minuciosos preparativos y las dimensiones de su ejército indicaban un objetivo más ambicioso: someter toda Grecia.

Ruinas de Persépolis

Persépolis, la capital persa, fue fundada por Darío el Grande, que inició la guerra contra Grecia proseguida por su hijo Jerjes.

Cartografía: eosgis.com

Cronología

Las Guerras Médicas

499 a.C.

Las ciudades griegas de Asia Menor se sublevan contra el Imperio persa y piden ayuda a sus compatriotas de la Grecia continental. Su rebelión es sofocada en 494 a.C.

490 a.C.

Darío I decide castigar a Atenas por su apoyo a los griegos de Asia Menor, pero Milcíades inflige una dura derrota a su ejército en la llanura de Maratón.

480 a.C.

Jerjes lanza una nueva invasión de Grecia. El avance persa es frenado por los espartanos en las Termópilas y su armada es derrotada por los atenienses en Salamina.

479 a.C.

En la decisiva batalla de Platea, el ejército griego, dirigido por el general espartano Pausanias, derrota y expulsa definitivamente a los persas de Grecia.

Heródoto cifra ese ejército con exageración en 1.700.000 infantes y 80.000 jinetes. A esto añade una flota de 1.200 naves que debía prestar apoyo militar y logístico. Aunque las estimaciones modernas más razonables lo reducen a 80.000 soldados en fuerzas terrestres y 600 naves, se trataba, sin lugar a dudas, de un gran ejército. Durante su avance por las regiones de Tracia, Macedonia y Tesalia todos los pueblos se rindieron sin lucha, atemorizados por el poder y el renombre del rey persa. Sin embargo, cuando Jerjes llegó a las Termópilas a mediados de agosto se encontró con alguien dispuesto a plantarle cara.

Ruinas de Persépolis

Persépolis, la capital persa fue fundada por Darío el Grande, que inició la guerra contra Grecia proseguida por su hijo Jerjes.

Foto: Shutterstock

El desfiladero de las Termópilas era el acceso más rápido y fácil para pasar de las llanuras de Tesalia a la Grecia central. Los griegos habían ocupado el paso varias semanas atrás con escasas tropas; contaban con unos 7.000 hombres procedentes de diversas ciudades, entre los que destacaban 400 tebanos, 700 tespieos y 1.000 focenses; Esparta había mandado tan sólo al rey Leónidas con trescientos hombres.

Leónidas tendría unos 50 años y había subido al trono hacia 488 a.C., tras la muerte sin hijos varones del rey anterior, Cleómenes I, que era su hermanastro. Los Trescientos eran un grupo de élite del ejército espartano formado por jóvenes de entre 20 y 30 años que solían luchar junto al rey en las batallas. Pero esta vez Leónidas los eligió personalmente porque sólo quería que le acompañaran en esta expedición soldados con descendencia para que su linaje no desapareciera. El rey sabía que las posibilidades de volver eran escasas. Cuenta Plutarco que cuando le preguntaron: «¿Estás dispuesto a correr un riesgo así con tan pocos hombres frente a tantos?», el rey respondió: «En realidad me llevo a muchos, siendo así que van a morir». Pese a aportar un número tan reducido, Leónidas ostentaba el mando supremo de aquella expedición, por su categoría personal y por la fama reconocida de los espartanos en la guerra.

El gran rey de los persas

Este dárico de oro del siglo V a.C. muestra la efigie de un rey persa, probablemente Jerjes I, armado con arco y lanza.

Foto: Granger / ACI

Un muro de soldados griegos

En realidad, Leónidas no preveía presentar una batalla campal. El plan era detener a Jerjes en el desfiladero, donde los persas no podrían hacer valer su superioridad numérica ni usar su caballería, mientras la flota griega vencía a la armada persa en la zona de los estrechos al norte de Eubea, muy cerca de allí. Pero nada más llegar, Leónidas vio con sorpresa que existía un camino de montaña, la senda Anopea, que podía rodear su posición. Ciertamente era imposible en esos momentos cambiar todo lo planeado, pues se actuaba en combinación con la flota. Leónidas encomendó la vigilancia de ese sendero a los mil focenses, mientras él mismo reconstruía el muro que el paso del tiempo había derruido.

Al llegar al desfiladero, Leónidas vio con sorpresa que había un camino que rodeaba su posición

Jerjes acampó ante las Termópilas y dejó pasar cuatro días; estaba convencido de que los griegos, al ver su gran ejército, serían presa del miedo y se retirarían. Según Plutarco, envió un mensajero a Leónidas para instarle a deponer las armas y salvar la vida de sus hombres, pero el espartano le contestó desafiante: «Ven y cógelas».

Leónidas

Leónidas. Busto en mármol del siglo V a.C. Museo Arqueológico, Esparta.  

Foto: Bridgeman / ACI

Al quinto día, Jerjes dio a sus soldados la orden de atacar. Su ventaja numérica no servía de nada en aquel espacio tan reducido. Ciertamente no les faltaban coraje y vigor, pero estaban mal entrenados y carecían de armas pesadas. Sus espadas eran más cortas que las de los helenos, y los escudos, más pequeños y fabricados de mimbre; acudían a la batalla con pantalones anchos y con turbantes en la cabeza. De nada servían sus arcos y las flechas frente a los sólidos escudos de los griegos. Cuando un soldado le señaló al espartano Diéneces que los persas disparaban una lluvia de flechas que tapaba el sol, el espartano se limitó a comentar: «Mejor, así combatiremos a la sombra».

Además, los griegos estaban habituados a luchar en formación de falange, hombro con hombro, ofreciendo un muro de escudos al enemigo. Los espartanos en particular demostraron entonces su capacidad de combate, fruto de una vida entregada en cuerpo y alma a la milicia. Así describe Heródoto una de sus tácticas: «Fingían huir, pero sin perder la formación, de modo que los bárbaros, al ver que huían, se lanzaban sobre ellos gritando y alborotando, pero en el momento en que iban a ser alcanzados, se daban la vuelta para enfrentarse a los bárbaros y con esa maniobra mataban a un gran número».

Pueblos enfrentados

Esta escena de una cerámica ateniense del siglo V a.C. muestra a un hoplita, con un escudo en el que figura un Pegaso, venciendo a un guerrero persa.

Foto: Bridgeman / ACI

Una traición

Como los griegos los rechazaban una y otra vez causando enormes bajas, Jerjes, antes de que terminara el día, recurrió a sus mejores tropas, los Inmortales, un grupo de élite de 10.000 hombres bajo el mando de Hidarnes. Los griegos los llamaban así porque sus bajas eran cubiertas de inmediato, de modo que se mantenía siempre el mismo número, pero su nombre persa era amrataka, que significa «los seguidores», pues actuaban como guardia del rey. Pero tampoco ellos pudieron doblegar a los griegos y tuvieron que retirarse. Jerjes, que veía la batalla sentado sobre un trono de oro en las estribaciones de una montaña cercana, saltó de su asiento en varias ocasiones, lleno de rabia por el fracaso de sus tropas.

Al día siguiente, los persas volvieron a atacar con el mismo resultado. Cuando Jerjes ya no sabía qué hacer, se presentó ante él un lugareño llamado Efialtes. Le reveló la existencia de la senda Anopea, que a través de la cresta montañosa terminaba detrás de las posiciones griegas, junto a la puerta oriental. Por una buena recompensa se comprometió a guiar a sus soldados. Jerjes encomendó la empresa a Hidarnes y sus Inmortales. Salieron del campamento persa «a la hora en que se encienden las antorchas» y avanzaron toda la noche por el sendero.

Arquero persa.

Arquero persa. Friso del palacio de Dario I en Susa. Museo del Louvre, París.  

Foto: Aurimages

Despuntaba el alba cuando llegaron a la parte más alta, donde montaban guardia los focenses. El lugar estaba cubierto por un denso bosque de encinas que ocultaba a los persas, pero sus pisadas sobre la hojarasca llamaron la atención de los focenses. Habían descuidado la vigilancia y se vieron sorprendidos: cuando Hidarnes se presentó ante ellos, los encontró todavía poniéndose sus armas. En un principio también se sobresaltó por temor a encontrarse con más espartanos, pero el traidor Efialtes le aseguró que eran focenses. Entonces los persas atacaron con sus flechas y obligaron a sus adversarios a replegarse hasta las cumbres más escarpadas. Hidarnes no se molestó en perseguirlos y comenzó a bajar por el sendero a toda prisa.

Ni siquiera los Inmortales, el cuerpo de élite persa, pudieron doblegar a los griegos, y tuvieron que retirarse

Esa misma noche, Leónidas se enteró del movimiento envolvente de los persas gracias a un desertor. Luego, al amanecer, lo confirmaron unos exploradores que bajaron corriendo de las montañas. Hubo una gran confusión en el campamento y Leónidas convocó un consejo de guerra. Ante la división de opiniones expresó claramente su decisión: sus trescientos hombres se mantendrían en el paso; su sentido del honor y su ansia de gloria le impedían abandonar. Para un espartano educado en la más estricta disciplina militar sólo había dos opciones: vencer o morir. Además, según Heródoto, Leónidas conocía un oráculo de Delfos según el cual o Esparta sería destruida por los bárbaros o su rey moriría, y tal vez creyó que con su sacrificio conseguía salvar a su patria.

La revancha de Alejandro

En este detalle de un sarcófago de mármol, Alejandro Magno aparece a caballo durante su invasión del Imperio persa. 310 a.C. Museo Arqueológico, Estambul.

Foto: Bridgeman / ACI

El nacimiento de una leyenda

El rey espartano avisó a la flota de Artemisio de que no resistiría más en su posición y permitió a sus hombres abandonar el campo de batalla. Todos se retiraron excepto los tebanos y los tespieos. El adivino Megistias, aunque no era espartano, le rogó que le concediese el privilegio de morir a su lado, pero que permitiera que su hijo se marchase.

Los guerreros comieron para tomar fuerzas y Leónidas les dijo con humor negro: «¡Desayunad como si fueseis a cenar en el Hades!», es decir, en el Más Allá. Se pusieron las armas y se colocaron en orden de combate. Aquel día Jerjes no se apresuró a atacar, pues Hidarnes necesitaba tiempo para completar su maniobra; hizo ofrendas al sol naciente, que era especialmente venerado por los persas, y esperó a «la hora en que se llena la plaza» (media mañana, en torno a las diez).

Esta vez, Leónidas abandonó la protección del muro focense y presentó batalla en los lugares menos angostos, donde pudiese desplegar a todos sus hombres y matar al mayor número de enemigos. Los bárbaros se abalanzaron desordenadamente, empujados por sus oficiales que los azotaban con látigos; muchos cayeron por el precipicio al mar y se ahogaron y otros murieron pisoteados por sus propios compañeros, pues, como escribe Heródoto, «nadie se preocupaba del que moría».

Los griegos, conscientes de que sólo les esperaba la muerte, lucharon con frenesí despreciando el peligro. Cuando rompieron las lanzas, desenvainaron sus espadas y siguieron matando. En ese momento cayó Leónidas y a su alrededor se trabó una pelea encarnizada. Los espartanos acometieron por tres veces a los persas y al cuarto intento lograron rechazarlos lo suficiente como para recuperar el cuerpo de su rey.

El desenlace

Cuando advirtieron la llegada de Hidarnes con sus Inmortales, los espartanos y los tespieos se replegaron, pasaron el muro y se concentraron en un montículo llamado Colono, un sitio más favorable para la última lucha: los que aún tenían espadas se defendieron con ellas; los demás, con puños y dientes. Los persas derribaron el muro y los rodearon, pero evitaron la lucha cuerpo a cuerpo y acabaron con ellos con sus flechas.

Muerte de Leónidas

El pintor italiano Massimo T. D’Azeglio representó en este óleo el momento en que Leónidas, en primera línea de la falange espartana, es abatido por los persas. 1823. Galería Cívica de Arte Moderno, Turín.

Foto: Bridgeman / ACI

Los tebanos se habían apartado al observar lo desesperado de la situación y se rindieron. Según Heródoto, gritaban que Tebas era partidaria de los persas y que habían acudido allí por la fuerza, pero los persas estaban sedientos de sangre y mataron a muchos. Los que sobrevivieron se enfrentaron a un trágico destino: por orden de Jerjes fueron marcados a fuego en la frente como esclavos. Luego Jerjes avanzó entre los cadáveres, y cuando le mostraron el de Leónidas mandó que cortaran su cabeza y empalaran su cuerpo.

El sacrificio de Leónidas y sus hombres se revistió de un significado especial: consolidó el prestigio de Esparta y elevó la moral de todos los griegos para seguir luchando por su tierra y su forma de vida. Tras las Termópilas lograron grandes victorias como Salamina y Platea, donde vencieron a los persas y decidieron la guerra, pero, como escribe el historiador Diodoro, «de todos los que han dejado recuerdo, sólo ellos, en su derrota, han llegado a ser más célebres que los demás que lograron las más brillantes victorias».

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El desfiladero mortal

Mapa

Mapa

Cartografía: eosgis.com

El paso de las Termópilas era un estrecho corredor que se abría entre escarpadas montañas y el mar, con una longitud de seis kilómetros. En su recorrido había tres estrechamientos que se conocían en la Antigüedad como «puertas»: una en la parte occidental, ante la cual estaba el ejército de Jerjes; otra en la oriental y otra en el centro, que era la que se conocía con más precisión como Termópilas, que significa «puertas calientes», ya que junto a esa puerta había unas fuentes termales. Las puertas de los extremos eran tan angostas que sólo podía pasar un carro, escribe Heródoto; pero la puerta central era más amplia, de modo que los focenses habían construido allí, muchos años antes, un muro para frenar las incursiones de los tesalios del norte.

Homenaje a los héroes caídos

El sacrificio de Leónidas

Al saberse rodeado por el ejército persa, Leónidas instó al grueso de su ejército a ponerse a salvo, mientras él se quedaba con un contingente escogido para defender el paso.

Foto: Bridgeman / ACI

Tras morir en la lucha, Leónidas fue enterrado en las Termópilas, como los demás soldados. Se levantó un monumento funerario en forma de león de piedra y el poeta Simónides escribió un epitafio sencillo y solemne: «Extranjero, anuncia a los lacedemonios que aquí yacemos, obedeciendo sus órdenes». En el año 440 a.C., los huesos de Leónidas fueron trasladados a Esparta para celebrar el funeral de Estado que le correspondía como rey. Sobre su tumba levantaron una estela con los nombres de todos los espartanos que habían muerto a su lado en la batalla. Heródoto la vio y pudo conocer sus nombres. En época helenística se crearon unas fiestas en honor del rey que se asociaron al culto heroico que se le dedicaba en el Leonideo, un pequeño templo.

Para saber más

Heródoto, el historiador viajero

Heródoto, el historiador viajero

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Este artículo pertenece al número 201 de la revista Historia National Geographic.

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