Paleolítico

Atapuerca, los primeros pobladores de Europa

En el yacimiento de Gran Dolina, en la sierra de Atapuerca, han aparecido los restos de una especie humana que vivió hace casi un millón de años: 'Homo antecessor'.

Una dolina es una depresión formada por la disolución de la roca caliza por el agua. En Gran Dolina (en la imagen, con los arqueólogos trabajando), esta depresión se fue rellenando con materiales entre los que han aparecido los restos fósiles.
 

Foto: JAVIER TRUEBA / MSF / SCIENCE PHOTO LIBRARY / AGE FOTOSTOCK


 

Cronología

Migraciones en el Paleolítico

2.400.

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Homininos con útiles de piedra como los descubiertos en Aïn Boucherit se extienden desde el este de África a todo el continente.

1.800.

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Los humanos salen por primera vez de África y se expanden hacia el este de Asia. En Dmanisi, en el Cáucaso, prospera Homo georgicus.

1.500.

000

La expansión humana alcanza el Sureste Asiático y las islas de Sumatra y Java, como indican los fósiles de Homo erectus hallados en Mojokerto.

1.400.

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La colonización humana llega a Iberia. Así lo atestiguan los restos fósiles humanos de Sima del Elefante (Atapuerca) y Orce (Granada).

900.

000

Homo antecessor, presente en Gran Dolina (Atapuerca) y antepasado común de sapiens y neandertales, habita Europa.

Atardece en una playa de arena dorada del norte de África. Un grupo de humanos camina monte arriba entre palmitos y pinos buscando un lugar seguro donde pasar la noche. Desde lo más alto se divisa la amplia franja de agua que refleja la lechosa luz del atardecer. En el horizonte, entre la bruma, más allá del infranqueable paso mediterráneo, se extiende un territorio de caza inexplorado coronado por una imponente sierra nevada incendiada por el sol. Es la península ibérica, tan cercana e inalcanzable a la vez.

Los investigadores han ido precisando la evolución del género humano (Homo),  aunque quedan incógnitas por resolver. Así, investigadores como el paleoantropólogo Chris Stringer –autor de este esquema filogenético– no creen que antecessor sea antepasado común de neanderales y sapiens, algo que sí piensan otros autores.

Ilustración de Santi Pérez, basada en Chris Stringer, “What makes a modern human”, Nature 485 (7396), 2012.

Estamos en el límite entre dos épocas geológicas, el Plioceno y el Pleistoceno, hace casi dos millones y medio de años. Por entonces, nuestros antepasados homininos campaban libremente por el Magreb cargados con herramientas de piedra muy elementales. Con ellas, y utilizando sus habilidades, cercenaban la carne de animales del tamaño de cebras y antílopes actuales, y machacaban sus huesos para alimentarse. Aún no sabemos si habían llegado hasta el extremo noroccidental del continente atravesando un Sahara entonces algo más verde o siguiendo los territorios costeros, siempre más abundantes en presas animales, vegetales comestibles y agua. Lo que sí sabemos es que habían alcanzado un limes, una tierra fronteriza delimitada por un muro natural infranqueable llamado mar.

El humano que llegó a Asia. Fue Homo erectus quien protagonizó la primera gran expansión del género humano. Reconstrucción del Cráneo 17 de la cueva de Sangiran, en Java (Indonesia).

Foto: S. Entressangle / E. Daynes / Science Photo Library / AGE Fotostock

Pese a que los homininos se habían extendido por todo el continente africano en esta época, hay que esperar un millón de años más para la salida del continente primordial -el llamado Out of Africa- y para hallar pruebas de su salto hacia Europa. Tan sólo hay una excepción a esta regla. El extremo oriental del subcontinente europeo, en un cruce de caminos entre Asia, Europa y África, el promontorio de Dmanisi, en pleno Cáucaso, guarda un secreto en forma de fósiles. Los homininos arcaicos de la especie Homo georgicus salieron de África antes de lo esperado. Cómo llegaron tan lejos, tan pronto, es un misterio. Por qué se detuvieron allí, uno mayor.

Frente a las costas de África, Iberia es un lugar privilegiado para entender esta travesía humana, y la sierra de Atapuerca constituye un yacimiento clave para entender quiénes eran y cómo vivían los primeros europeos.

Hace entre 1,4 millones y 800.000 años, los humanos ya poblaban la península ibérica

Sabemos que África es la cuna de la humanidad. Allí es donde entre hace seis y siete millones de años surgieron los primeros homininos, un nuevo grupo de primates en los que la evolución había favorecido una postura erguida y una locomoción bípeda. Tras su emergencia, el registro fósil nos indica una gran diversificación. El árbol filogenético humano (que muestra las relaciones evolutivas entre nuestros ancestros) fue un arbusto con multitud de ramas entrelazadas. Sahelanthropus, Orrorin, Ardipithecus, Australopithecus y Paranthropus son géneros de homininos bípedos que se hallan mayoritariamente dispersos entre el este y sur de África.

Homo georgicus. Reconstrucción de un espécimen hallado en Dmansi (Georgia)

Foto: Plailly / Daynes / SPL / AGE Fotostock

Homo, nuestra rama evolutiva, se extendió por todo el continente hace más de dos millones de años y fue el único género que logró ensanchar sus horizontes. Las excavaciones arqueológicas indican que la salida de África se produjo hace aproximadamente 1,8 millones de años. Los investigadores han encontrado restos fósiles humanos y herramientas de piedra arcaicas dispersos por Eurasia, en lugares tan distantes como Java y Turquía. Se piensa que el puente de tierra entre África y Asia formado por el Próximo Oriente debió de ser un área de especial relevancia para esta primera salida, pero las pruebas al respecto son escasas y fragmentarias. En el otro extremo, la península ibérica es un lugar privilegiado para el estudio de los primeros europeos por la cantidad y calidad de los yacimientos de esta época, especialmente los de la sierra de Atapuerca.

Un nuevo hogar

Hace entre 1,4 millones y 800.000 años, los humanos ya poblaban Iberia. Cómo llegaron hasta aquí es un enigma. Algunos investigadores plantean la hipótesis de que, en momentos climáticos benignos, los homininos se expandieron fuera del continente africano junto con otros animales. Después, durante las glaciaciones, las penínsulas mediterráneas podrían haber servido como cuarteles de invierno desde los que los humanos habrían vuelto a repoblar toda Europa en los siguientes períodos cálidos entre glaciaciones. Otros modelos proponen que, durante las glaciaciones, los humanos simplemente se extinguieron en Europa, volviendo a salir de África en varias oleadas.

UN COMPETIDOR PELIGROSO

UN COMPETIDOR PELIGROSO

Esta mandíbula de jaguar europeo (Panthera gombaszoegensis) data de hace 800.000 años y apareció en el nivel TD4 de Gran Dolina. 

Foto: Javier Trueba / MSF / SPL / AGE Fotostock

Sin embargo, los fósiles, las pruebas arqueológicas y el origen de la mayor parte de las especies animales que aparecen tras los períodos fríos sugieren otra hipótesis. La fuente de recarga genética tras la primera dispersión humana no sería África, sino el Próximo Oriente, donde las poblaciones humanas nunca se extinguieron. Como un manantial permanente, el flujo de población desde allí habría repoblado Europa tras las extinciones glaciales; una Europa que, como sumidero evolutivo, habría perdido su población más de una vez. En otras palabras, a la salida de África le pudieron suceder una o varias salidas de Asia, algunas incluso con regreso de poblaciones al continente original africano.

El camino más plausible para llegar a la Península es el de la costa mediterránea desde el Cáucaso y Turquía. En este tiempo, la Península era un lugar bastante diferente a como la conocemos hoy, aunque su geografía estaba muy madura y reconoceríamos claramente los principales ríos y montañas.

Atapuerca hace un millón de años

En Atapuerca, en la actual provincia de Burgos, los niveles inferiores de los yacimientos de Sima del Elefante y Gran Dolina ofrecen una imagen más detallada de aquel momento. Ante todo, la península ya presentaba un ecosistema de tipo mediterráneo, con períodos áridos estacionales, si bien algo más húmedos que lo que conocemos hoy. Los inviernos eran fríos como en la actualidad, pero el resto del año la temperatura era ligeramente más cálida, mientras que la precipitación casi doblaba la actual en Burgos. El polen, el carbón y las semillas fósiles confirman la presencia de un paisaje de mosaico en torno a la sierra de Atapuerca, en el que los prados herbáceos y húmedos se combinaban con bosques de árboles de hoja caduca como el avellano, el roble, el arce y el almez. El bosque de pinos, enebros, oleáceas, carrascos y encinas poblaba las sierras cercanas.

EL ENTORNO DE ANTECESSOR

EL ENTORNO DE ANTECESSOR

Jabalíes, bisontes, ciervos gigantes, rinocerontes... Una fauna rica y variada prosperaba en la sierra de Atapuerca y su entorno, punteado por abundantes cursos de agua y charcas.
 

Foto: Mauricio Antón / Science Photo Library / AGE Fotostock

Los animales que se han encontrado en los yacimientos, tanto los grandes como los más pequeños, refuerzan la idea de este entorno, al que se sumaría la presencia de láminas de agua extensas y permanentes cerca de los yacimientos de la sierra de Atapuerca. Entre los fósiles rescatados en Gran Dolina y Sima del Elefante pueden verse restos de hipopótamos, elefantes, pigargos, nutrias y castores, todos ellos vinculados a ríos y cursos de agua abundante. Los paisajes de bosques abiertos y prados húmedos y las condiciones templadas también explican la presencia de grandes mamíferos como los jabalíes, gamos y ciervos gigantes junto a bisontes, caballos y rinocerontes. Los humanos compartieron el territorio de caza de Atapuerca con otros depredadores como las hienas, los lobos de Mosbach y los linces, aunque la verdadera competencia por las presas se daría con los tigres de dientes de sable y los jaguares europeos.

Tigre de dientes de sable (homotherium latidens).

 

Foto: SPL / AGE Fotostock

La primera dispersión humana hacia el Mediterráneo formó parte de los reajustes de la fauna y de los ecosistemas provocados por los cambios climáticos de hace algo más de un millón de años. La aparición de más presas adecuadas para los humanos como ciervos y caballos de tamaño mediano, la reducción de la competencia con otros depredadores por la desaparición de un gran carnívoro como las hienas gigantes y el desarrollo en cuanto a tecnología y organización social experimentado por los humanos en esa época habrían sido determinantes para que éstos colonizaran el continente.

INFANCIA EN GRAN DOLINA

INFANCIA EN GRAN DOLINA

El frontal ATD6-15, hallado en Gran Dolina, superpuesto a la reconstrucción del cráneo del que habría formado parte, perteneciente a un antecessor con una edad de entre 10 y 11 años.
 

Foto: Javier Trueba / MSF / SPL / AGE Fotostock

Aún no tenemos suficientes datos para saber quiénes eran los primeros europeos. Los restos humanos del nivel TE9 de la Sima del Elefante son los más antiguos de Atapuerca con 1,22 millones de años,
y rivalizan en edad con un diente de leche del yacimiento granadino de Barranco León, de 1,4 millones de años. Ambos son los restos humanos más viejos de Europa occidental y en ningún caso presentan suficientes caracteres para definir qué especie fue la primera en llegar hasta aquí. Pese a ello, Atapuerca cuenta con otro yacimiento algo más reciente, pero en el que los restos humanos son mucho más numerosos: Gran Dolina es la caja negra de la primera colonización humana en Europa.

Una nueva especie humana

Los más de 170 restos esqueléticos pertenecientes aHomo antecessor procedentes del estrato Aurora, en el nivel TD6 de Gran Dolina, son los únicos con que contamos para saber cuál era el aspecto físico de esta especie humana. Pese a que en Europa hay varios yacimientos de la edad de este singular estrato, en la mayoría no se han encontrado fósiles humanos, y en los pocos casos en que han aparecido son demasiado fragmentarios como para establecer claramente su pertenencia a una u otra especie. Por suerte, los fósiles humanos de Gran Dolina son suficientes para hacer un retrato robot muy detallado del aspecto de los primeros europeos.

Maxilar con canino y premolar de leche e incisivo a punto de salir, de un antecessor de entre 3 y 4 años. Gran Dolina.

 

Foto: SPL / AGE Fotostock

La característica principal de Homo antecessor es la combinación de una serie de rasgos anatómicos primitivos (llamados plesiomorfías) y otros novedosos (apomorfías) que confieren a este tipo humano un carácter único y enigmático. La cara de antecessor es especial en este sentido, ya que nos resultaría muy familiar si pudiésemos mirar de frente a uno de estos homínidos.

Antecessor ofrece una combinación singular de rasgos primitivos y modernos

Esta especie comparte con nosotros elementos que reconocemos al mirarnos al espejo, entre los que destaca una cara relativamente plana, poco proyectada hacia delante y por tanto poco «simiesca», con nuestros característicos pómulos marcados y una mandíbula estilizada. Son rasgos que indican que antecessor tenía la más antigua de las caras modernas. A su vez, otros rasgos del rostro como una frente huidiza (es decir, muy inclinada hacia atrás), un reborde óseo a modo de visera sobre los ojos y la ausencia de mentón nos pondrían rápidamente en alerta sobre las diferencias entre ellos y nosotros. Nos recordarían a los neandertales y a otros homínidos europeos del Pleistoceno medio, como los de la Sima de los Huesos, también en Atapuerca, antes considerados Homo heidelbergensis y hoy clasificados como preneandertales. Los dientes de antecessor son primitivos, pequeños y recuerdan mucho a los de Homo erectus asiático y africano, aunque no faltan detalles que anticipan las formas y los tamaños de los dientes de poblaciones europeas posteriores como los neandertales.

MIRADAS DEL PASADO

MIRADAS DEL PASADO

Esta ilustración recrea el aspecto de un joven antecessor; se aprecia la cara plana, similar a la nuestra, aunque con el reborde óseo sobre los ojos y la frente inclinada hacia atrás.
 

Foto: Science Photo Library / AGE Fotostock. Color: Santi Pérez

Su altura se situaría entre 1,65 y 1,85 metros, con un peso de entre 60 y 90 kilos, y sus cuerpos parecen haber sido robustos, con tórax anchos, pero con las proporciones de brazos y piernas completamente modernas. Sus manos y pies no serían fáciles de diferenciar de los nuestros, pero tampoco de los neandertales. Los trabajos realizados por los investigadores sobre sus dientes indican que la diferencia de tamaño entre hombres y mujeres era muy baja, lo que indica sociabilidad y que su patrón de crecimiento era similar al nuestro, con períodos de niñez muy prolongados y períodos de aprendizaje y formación parsimoniosos.

UNA PRESA DE GRAN DOLINA

UNA PRESA DE GRAN DOLINA

Esta pezuña de caballo, descubierta en Gran Dolina, es uno de los múltiples restos de animales que atestiguan la actividad de Homo antecessor como cazador... ¿o carroñero?
 

Foto: SPL / AGE Fotostock

Estos dos últimos aspectos están más relacionados de lo que pueda parecer a primera vista. En los primates, las grandes diferencias corporales entre sexos indican las luchas de los machos por aparearse con muchas hembras y una baja cooperación entre sexos en la crianza y cuidado de las crías. Esto ocurre, por ejemplo, entre los gorilas. Por el contrario, la baja diferencia entre sexos indicaría menor competencia entre machos y mayor cooperación entre todos los miembros del grupo para sacarlo adelante.

Una vida nómada

Nuestros protagonistas se moverían permanentemente por el territorio en pequeñas bandas, formadas aproximadamente por una decena de miembros que debían de estar emparentados; con seguridad, un porcentaje elevado de los individuos serían niños. Las huellas de pies humanos en el barro fósil de 800.000 años en el yacimiento inglés de Happisburgh prueban el número de individuos y la presencia de niños en las bandas de Homo antecessor. En su deambular como nómadas, buscaron refugios donde plantar sus campamentos al ritmo de las estaciones.

Recreación de un antecessor rompiendo el hueso de un animal con un útil de piedra para hacerse con el tuétano del interior

Foto: Raul Martín / MSF / AGE Fotostock

Éstos serían lugares de referencia a los que volver tras una jornada de caza y recolección en las inmediaciones, con el objetivo de resguardarse de las inclemencias del tiempo y de competidores peligrosos
como los dientes de sable y los jaguares. También serían lugares donde repartir con otros miembros del grupo los recursos obtenidos. Que estas bandas no serían muy numerosas se intuye por comparación con sociedades tradicionales actuales, como los san del Kalahari, que tienen el mismo tipo de vida nómada, cazadora y recolectora. Estos grupos también establecieron campamentos estacionales, y el reparto de los alimentos es el secreto del éxito de su forma de vida, que ha persistido durante miles de años. Los restos del campamento más antiguo de la Prehistoria europea se conservan justamente en Gran Dolina.

Útiles de piedra fabricados hace unos 800.000 años por antecessor y hallados en el nivel TD6 de Gran Dolina.
 

Foto: Javier Trueba / AGE Fotostock

Aunque también vivieron al aire libre junto a ríos y lagos, es en cuevas y abrigos donde se han preservado con más frecuencia sus fósiles y los testimonios de su actividad. En invierno ocuparían zonas más templadas de la Península, como los valles de los ríos y las zonas costeras, mientras que en verano seguirían a las manadas de herbívoros que marchaban a las tierras altas en busca de pastos frescos, en un eterno deambular.

Los primeros europeos llegaron al continente con una cultura que los arqueólogos conocen como Modo 1, caracterizada por herramientas de piedra muy sencillas, básicamente fragmentos obtenidos golpeando cantos rodados con otros cantos. Los primeros europeos no conocían el fuego y no eran capaces de producir herramientas líticas con una forma concreta previamente pensada. No obstante, en el nivel TD6 de Gran Dolina se ha observado que dejaban las rocas de mejor calidad, como el sílex, para producir las herramientas más elaboradas, lo que representa un pequeño salto tecnológico con respecto a las primeras culturas africanas de hace más de 1,8 millones de años.

MANDÍBULA ATE9-1

MANDÍBULA ATE9-1

Los dientes de este Homo antecessor muestran superficies extrañas de desgaste, compatibles con el uso de palillos para deshacerse de restos de comida insertados entre los dientes.
 

Foto: Jordi Mestre / EFE

En una jornada normal, un grupo de antecessor se dividiría en otros menores para acechar presas, recolectar frutos y recoger rocas con las que elaborar herramientas. Como no hay evidencias de una división de tareas por edad o por sexo, no sabemos si todos cooperaban de forma igualitaria para satisfacer las necesidades del grupo. Las señales de carnicería sobre los huesos de sus presas nos indican que fueron eficientes cazadores de ciervos gigantes, ciervos rojos, gamos, bisontes y caballos salvajes. Ocasionalmente también descuartizaron cadáveres de otros animales, desde pequeños macacos y castores hasta grandes osos de la especie que lleva el nombre del yacimiento, Ursus dolinensis.

Sí sabemos que cooperaron para llevar la carne de estos animales desde el lugar de matanza hasta el campamento ubicado en Gran Dolina. En el caso de animales pesados como bisontes o caballos debieron de organizarse en grupo para transportarlos, aunque debido a la sencillez de sus herramientas de caza probablemente también se organizaron en grupo para cazar grandes presas, una imagen bastante alejada del hombre de las cavernas tradicional, representado erróneamente como un cabeza de familia más parecido al de la familia occidental de los años sesenta que a la realidad de los cazadores-recolectores. Los restos de las osamentas de los animales cazados se dispersaron como basura en la superficie de TD6 junto a las herramientas descartadas. Lo que hace único este nivel arqueológico es que en ese basurero también se acumuló una gran cantidad de restos humanos pertenecientes a antecessor.

Enfermedad y muerte

Si contamos con dientes y huesos de nuestros protagonistas es porque murieron cerca de los yacimientos de Gran Dolina y Sima del Elefante, o porque sus cadáveres fueron arrastrados hasta allí. Hoy, los investigadores tratan de establecer las causas de la muerte de estos individuos y cómo fueron a dar con sus huesos en el fondo de una cueva burgalesa.

Fósil ATD6-031. Falange del dedo gordo del pie hallada en Gran Dolina.

Foto: Science Photo Library / AGE Fotostock.

En los niveles inferiores de la Sima del Elefante, el estudio de las patologías presentes en la mandíbula llamada ATE9-1 y sus dientes asociados nos indican varias cosas interesantes. El dueño de esta quijada presentaba un desgaste dental muy acusado, fruto de una dieta abrasiva, basada en vegetales duros, y una edad elevada. Además, padecía otros problemas como una mordida anómala, encías inflamadas y sarro, lo que le generó una serie de problemas derivados, como crecimientos anómalos en las raíces de los dientes. Todas estas patologías seguramente se relacionan con el movimiento de las piezas dentales para adaptarse a los espacios dejados por dientes caídos antes de tiempo. Las lesiones en la boca de este individuo son graves y el diagnóstico las relaciona tanto con la forma de masticar como con las fuerzas ejercidas con los dientes, tanto para comer como por usar la boca como tercera mano para sujetar todo tipo de objetos.

Pese al mal aliento que debía de tener este hominino, sus problemas dentales serían perfectamente compatibles con una vida normal y no se pueden relacionar directamente con su muerte, que se produjo cuando tenía unos 20 años. De hecho, en Dmanisi encontramos a otro de los primeros europeos (el cráneo 4) que había perdido todos sus dientes a excepción de un canino mucho antes de morir durante su vejez, en torno a los 35 o 40 años.

Del segundo hominino presente en la Sima del Elefante, ATE9-2, sólo conservamos un hueso del dedo meñique de la mano, que podría haber pertenecido a un individuo adulto joven de unos 16 años. Los restos de los homininos de Sima del Elefante son muy fragmentarios, lo mismo que las señales de su actividad, lo que sugiere que no murieron dentro de la cavidad. Lo más probable es que fueran arrastrados hasta allí por movimientos de sedimentos o por la fuerza del agua.

EL FINAL DE UNA VIDA

EL FINAL DE UNA VIDA

Recreación de un grupo de homininos de Atapuerca transportando el cuerpo de un difunto. Su esperanza de vida era de unos 40 años.
 

Foto: Science Photo Library / AGE Fotostock.

El caso de los antecessor en Gran Dolina es completamente diferente. En el estrato TD6 se han hallado 176 fósiles de al menos nueve individuos de diferentes edades, en su mayoría niños de 3 a 10 años, o muy jóvenes, de menos de 17. Son huesos de todas las partes del esqueleto y se hallaron rotos, dispersos y mezclados con restos de otros animales. Presentan patologías como fracturas por sobrecarga en los huesos de los pies debido a las largas caminatas, los saltos y el sobreesfuerzo que formaban parte de su día a día, y traumatismos de origen desconocido en las rodillas.

Pero los restos presentan en sus superficies las pruebas de la verdadera causa de muerte. Los huesos están plagados de marcas de corte hechas con herramientas de piedra, que indican que fueron despellejados y descuartizados. Sus carnes fueron fileteadas, y sus huesos, repelados. Algunas marcas de corte están en la caja torácica, en las caras interiores de costillas y vértebras, lo que indica que sus órganos fueron extraídos para consumirlos. Una vez despojados de carne, sus huesos fueron quebrantados con rocas para comer el tuétano y el cerebro. Sobre los huesos encontramos señales de los dientes de otros humanos, prueba irrefutable de que fueron víctimas del caso de canibalismo más antiguo de la historia de la humanidad que se ha documentado.

Comerse a un humano

El canibalismo de Gran Dolina es de tipo cultural. No es un hecho aislado ocurrido bajo circunstancias extremas como una terrible hambruna. Por el contrario, la presencia de restos canibalizados en distintas capas de un mismo estrato indica que los humanos fueron comida para otros humanos durante un período de tiempo considerable, quizá durante cientos o miles de años. Se intuye que ello no se debió al hambre porque en los niveles arqueológicos en los que aparecen estos huesos hay numerosos restos de otras presas muy diversas y variadas, y la reconstrucción de los ecosistemas a través de los restos de animales indica que aquéllos eran momentos de exuberancia para la vida vegetal y animal. El canibalismo formó parte del día a día, de la cultura de quienes los comieron.

Marcas de corte sobre un hueso canibalizado de Homo antecessor hallado en Gran Dolina, de hace unos 800.000 años.
 

Foto: Science Photo Library / AGE Fotostock.

Los investigadores creen que el hecho de que la mayor parte de los individuos muertos y consumidos en Gran Dolina sean infantiles o muy jóvenes es una prueba de violencia entre diferentes grupos humanos. Al comparar las muertes de Gran Dolina con casos de canibalismo de guerra de época prehistórica e histórica, así como con el canibalismo practicado por los chimpancés, han llegado a la conclusión de que se produjeron cuando diferentes grupos de homininos se enfrentaron para apropiarse o defender los recursos de un territorio, tales como las presas animales, los frutos, las zonas de abrigo, el acceso al agua y las rocas para tallar herramientas. Entre los chimpancés estos enfrentamientos ocurren precisamente cuando más alimentos hay, ya que entonces los grupos crecen y se amplían las zonas por las que se mueven buscando comida, lo que los lleva a cruzarse con grupos vecinos más frecuentemente. Y como también ocurre entre chimpancés, en dichos encuentros, los antecessor más vulnerables serían los grandes perdedores. Una vez muertos, sus pequeños cuerpos fueron trasladados a la cavidad, como se hacía habitualmente con las carcasas de otras presas, para repartirlos con los miembros del grupo y consumirlos.

Queda una pregunta inquietante por responder: ¿Quiénes eran los caníbales? Homo antecessor fue la víctima, pero no tenemos restos fósiles de los comensales. ¿Eran miembros de otros grupos vecinos de la misma especie? ¿Fue una nueva población de homininos llegada desde Asia? ¿O quizá desde el norte de África a través del Estrecho? En la península ibérica y en toda Europa prácticamente no hay restos de homínidos ni yacimientos arqueológicos entre 700.000 y 600.000 años. Es necesario rellenar este vacío para explicar si Homo antecessor se extinguió sin dejar descendencia o si contribuyó con sus genes a las siguientes poblaciones de homininos euroasiáticos. Las investigaciones en marcha en Atapuerca quizá tengan la respuesta una vez más.

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DE ÁFRICA AL MUNDO

Cartografía: Eogis.com Fuente: Antonio Rodríguez-Hidalgo, Atlasofhumanevolution.com

Tras varios millones de años de evolución en África, los humanos salieron de este continente para ocupar nuevos territorios, fenómeno conocido como Out of Africa. La edad de los yacimientos indica la cronología de esa expansión y marca las vías que siguió. Primero los humanos se dirigieron al este, colonizando Asia Central y el Extremo Oriente. Más tarde hubo una nueva expansión, ahora hacia el oeste, y ocuparon toda Europa; no queda claro si esta expansión arrancó de África o bien del Próximo Oriente. La causa de la salida de África es objeto de debate, aunque el desarrollo tecnológico de los homininos y su transformación en depredadores debieron de ser determinantes en su expansión. También se discuten las rutas que siguieron, en especial si cruzaron el estrecho de Gibraltar y cómo alcanzaron algunas islas del Sureste Asiático, como la de Flores.

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YACIMIENTOS DE ATAPUERCA

Foto: JAVIER TRUEBA / MSF / SPL / AGE FOTOSTOC

A inicios del siglo XX, la trinchera de un ferrocarril minero partió en dos la sierra de Atapuerca, en Burgos, y cortó las cavidades que albergaba, dejando expuesto su interior. Sobre estas líneas el plano muestra la sección de los yacimientos así descubiertos, cuya excavación sistemática empezó en 1978. En ellos han aparecido restos fósiles de varios homininos: H. antecessor (en Gran Dolina; quizá los restos de Sima del Elefante pertenezcan a un antecessor arcaico), preneandertales (antes considerados H. heidelbergensis, en la Sima de los Huesos), neandertales y sapiens.

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LA VÍA DEL ESTRECHO DE GIBRALTAR

Para la mayoría de investigadores, la primera dispersión humana fuera de África se produjo a través de la península del Sinaí y la península arábiga. La mezcla de fauna de origen africano y euroasiático en esta zona y la ausencia de barreras geográficas la convierten en la ruta más probable. No obstante, la cercanía de África y Europa en el estrecho de Gibraltar (apenas 15 km) hace sugestiva la idea del paso temprano del Estrecho, que parecen abonar la presencia en Iberia de animales africanos como el primate Theropithecus oswaldi, y de otros europeos en el Magreb, como el oso, junto con la gran antigüedad de los yacimientos españoles. Pero la profundidad y las fuertes corrientes hacen el paso del Estrecho muy complicado incluso navegando con balsas, una tecnología inventada sólo al final de la Prehistoria.

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LA PALEODIETA DE ATAPUERCA

Antecessor descarnando un bisonte ante la presencia de predadores. Recreación artística.

 

Foto: SCIENCE PHOTO LIBRARY / AGE FOTOSTOCK

¿Cómo podemos conocer el menú de los primeros europeos? Las evidencias más directas son los restos de animales consumidos y abandonados como basura. La dieta de los primeros pobladores de Atapuerca se basaba en la carne de grandes ungulados como ciervos, caballos y bisontes, aunque no dudaban en comer la de grandes animales como rinocerontes, o de pequeñas presas como tortugas y aves. Entre las evidencias indirectas destacan los restos de comida atrapados en el sarro dental, que indican el consumo de algunos vegetales. Las estrías microscópicas en los dientes hablan de alimentos duros y quebradizos, y del uso de palillos para la higiene dental desde hace casi un millón de años. Bellotas, nueces, hongos y raíces debieron de enriquecer sus dietas, pero no ha quedado registro directo de ello en Atapuerca.

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LA CHICA DE LA GRAN DOLINA

Maxilar ATD6-69, hallado por la arqueóloga Aurora Martín en julio de 1994. El estudio del tejido dental ha permitido determinar que era una mujer.
 

Foto: Science Photo Library / AGE Fotostock.

Entre los restos de Homo antecessor recuperados en el nivel TD6 de la Gran Dolina destaca ATD6-69. Se trata de la cara parcial del homínido 3. Sus rasgos modernos fueron determinantes a la hora de describir la nueva especie. En un primer momento, el fósil fue bautizado como el Chico de la Gran Dolina. Las nuevas técnicas de microtomografía computarizada y antropología virtual han demostrado que se trataba de una hembra. Creció con un patrón similar al de los humanos modernos, con un período infantil relativamente corto, una niñez prolongada y una adolescencia bien definida. Nuestra protagonista no llegó a la madurez ya que murió en torno a los 11 años. Sus huesos han conservado las pruebas de su final en forma de marcas de descarnación hechas por otros homínidos y golpes realizados con objetos contundentes. Un violento y trágico final para esta muchacha que vivió hace más de 800.000 años.

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COMERSE A OTRO HUMANO

Canibalismo en Gran Dolina, la recreación muestra a antecesor alimentándose de sus congéneres.

Foto: Science Photo Library / AGE Fotostock.

Asociada hoy en día a un comportamiento criminal o a situaciones extremas, la antropofagia fue un fenómeno recurrente en la Prehistoria europea. En Atapuerca se ha documentado el caso más antiguo conocido.

Aunque en el mundo actual el canibalismo humano o antropofagia resulte repugnante y aterrador, se trata de una práctica que fue común en el pasado. Los arqueólogos han rastreado este comportamiento hasta hace casi un millón de años atrás, tratando de comprender el contexto en el que se produjo y las causas que lo provocaron. Para ello es básico el estudio de las marcas en la superficie de los huesos. Al tener el canibalismo como objetivo fundamental alimentarse con los tejidos de otro humano, los cortes y golpes producidos por las herramientas dejan señales muy reconocibles que permiten interpretar el proceder de los caníbales como carniceros, por ejemplo, desollando a un difunto o extrayendo sus vísceras.

Otras señales comunes son las mordeduras humanas y –una vez controlada la tecnología del fuego, hace tan sólo 200.000 años– las alteraciones térmicas de los restos humanos debidas al cocinado. En la sierra de Atapuerca, en Burgos, se ha documentado el caso de canibalismo más antiguo de la historia de la humanidad, de hace aproximadamente 900.000 años, pero también el caso más reciente en la Prehistoria de Europa, ya en la Edad del Bronce, hace sólo unos 4.000 años.

¿Hambre, celebración, ritual?

Hay testimonios de antropofagia en varias especies y en dos decenas de yacimientos del continente. Homo antecessor, Homo heidelbergensis y –de forma más frecuente– los neandertales fueron caníbales, aunque somos nosotros, Homo sapiens, quienes lo hemos practicado más que ninguna especie anterior y siempre acompañado de elementos de enorme complejidad y carga simbólica. Durante el Neolítico europeo se produjo un aumento exponencial del canibalismo. Los investigadores lo han asociado frecuentemente a fenómenos como la guerra, pero la ingesta de partes de un familiar muerto también se ha interpretado como muestra de duelo y respeto hacia él. Amor u odio, amigo o enemigo, autóctono o extranjero, festín o hambruna son sólo los extremos de un fenómeno tan complejo como es el del canibalismo prehistórico.

Localización de los casos de canibalismo prehistórico que se han documentado en Europa. Destaca la concentración de yacimientos neolíticos en el sur de la península ibérica.
 

Cartografía: Eogis.com Fuente: Antonio Rodríguez-Hidalgo,
Descarnado

Descarnado

 Las marcas de corte en los huesos de extremidades de antecessor se sitúan en zonas de corte de grandes músculos, para aprovechar la carne. Hueso del brazo ATD6-021.
 

Foto: Antonio Rodríguez-Hidalgo
Húmero ATD6-148.

Húmero ATD6-148.

Este hueso del brazo perteneció a un Homo antecessor adulto y fue descarnado intensamente y después fracturado para consumir la médula interior.
 

Foto: Antonio Rodríguez-Hidalgo
Decapitado

Decapitado

Vértebra cervical de Homo antecessor procedente de Gran Dolina. El fósil muestra marcas de corte hechas con una herramienta lítica que indican que su dueño fue decapitado por otros humanos.
 

Foto: Antonio Rodríguez-Hidalgo

Este artículo pertenece al número 218 de la revista Historia National Geographic.

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