Esclavismo en Estados Unidos

Amos y esclavos, la vida en una plantación de algodón

Abusos, castigos indiscriminados y extenuantes jornadas de trabajo marcaban el día a día de los esclavos afroamericanos de las plantaciones de algodón de EE. UU.

Castigo brutal

Este grabado coloreado recrea el castigo recibido por el esclavo Matt, culpado de la quemadura accidental del supervisor de la forja, tal como lo relató la esclava Mary Ashton Rice en su biografía.

Foto: AKG / Album

Desde que en 1619 llegaron entre 20 y 30 africanos al asentamiento de Jamestown, en la colonia de Virginia, la esclavitud se convirtió en parte intrínseca del devenir de las trece colonias inglesas de Norteamérica. Tanto que, cuando estalló la Revolución americana en 1775 y Estados Unidos se convirtió en un país independiente, el sistema esclavista fue legalizado en todo su territorio. La Constitución, ratificada en 1787, declaró que los estados serían representados en el Congreso según el número de personas que los habitaran. Mientras un blanco equivalía a una persona, un negro era considerado como tres quintas partes de persona, lo que rompía la igualdad entre las dos razas en términos legales y económicos, y convertía a los esclavizados en propiedades de los amos.

Mercado de seres humanos

Una subasta de esclavos en Richmond, Virginia, el principal mercado de esclavos de EE. UU.

Foto: Bridgeman / ACI
trabajo duro

Esta fotografía, tomada en la década de 1860 en Savannah (Georgia), muestra a un grupo de afroamericanos en una plantación con sus cestos llenos del algodón que han recogido.

Foto: Bridgeman / ACI

La economía esclavista

Fue sobre todo en los estados del Sur donde la agricultura se volvió totalmente dependiente de la mano de obra esclava. Allí, junto a una mayoría de pequeños terratenientes y granjeros que tenían dos o tres siervos, se desarrollaron grandes plantaciones en las que trabajaban decenas o cientos de esclavos. En la época colonial muchas se dedicaron al cultivo del tabaco y, con posterioridad, del azúcar, pero el sector del algodón se hizo dominante desde finales del siglo XVIII, tras la invención
de la desmotadora
, una máquina que permitía procesar y separar de manera rápida las fibras de esta planta de las semillas y la suciedad. Ello obligó a la importación sistemática de africanos; cuando a principios del siglo XIX se abolió ese comercio, lo sustituyó la compraventa interna. En 1863, cuando Lincoln proclamó la emancipación, Estados Unidos tenía más de tres millones de afroamericanos esclavizados.

Una particularidad de los esclavos negros en Estados Unidos, en comparación con los del resto de América, reside en los testimonios de sus vivencias que dejaron por escrito. Entre los numerosos textos autobiográficos escritos por ellos mismos sin la ayuda de amanuenses blancos destacan dos: Narración de la vida de un esclavo norteamericano, escrita por él mismo (1845), de Frederick Douglass, y Peripecias en la vida de una joven esclava, escritas por ella misma (1861), de Harriet A. Jacobs. En ambos se desgrana la dura existencia de una población que, paradójicamente, vivía en una república basada en la igualdad de los seres humanos dentro del derecho constitucional.

Comer como animales

Los niños se agolpan en torno a la olla para comer empleando cualquier utensilio a su alcance, o simplemente usando las manos. Grabado impreso hacia 1860.

Foto: Peter Newark / Bridgeman / ACI

Vigilancia y castigos

La vida de los esclavos estaba regida por un sistema de vigilancia que hacía que cualquier acto que contraviniese las reglas del amo fuera castigado por el plantador o por sus capataces. Harriet A. Jacobs habla de un plantador vecino de su amo, «un hombre sin modales y sin ninguna educación, pero muy acaudalado»*, que para controlar a sus 600 esclavos, «a muchos de los cuales ni tan siquiera conocía», contaba con capataces bien remunerados. Ni éstos ni su amo dudaban en usar los métodos más drásticos para mantener el orden. «Varios eran los castigos a los que podía recurrir. Uno de sus preferidos era atar una cuerda alrededor del cuerpo de la víctima y suspenderla en el aire. Se le pasaba una antorcha encendida por encima, de la que colgaba un trozo de tocino de cerdo. Mientras éste se iba cocinando, iban cayendo gotas de grasa ardiendo
sobre la carne desnuda del torturado […]. Si un esclavo le robaba, aunque fuese sólo una libra de carne o un celemín de maíz, y lo pillaba, lo hacía encadenar y meter en el calabozo hasta que lo veía completamente acobardado por el hambre y la adversidad». Quien presentara resistencia se exponía a un castigo mayor: «Cuando un esclavo ofrecía resistencia a ser azotado, [el amo] hacía que desataran a los perros y que se los echasen encima para que desgarrasen la carne de sus huesos a dentelladas. El amo que hacía esto era un hombre extraordinariamente refinado, al que se tenía por un perfecto caballero, y él mismo se jactaba de ser buen cristiano, si bien Satanás no ha tenido jamás mejor discípulo». Todo ello se realizaba con una total impunidad: «Tanta era la protección que le deparaban sus riquezas que nunca había tenido que rendir cuentas por sus crímenes, ni siquiera por los asesinatos».

Frederick Douglass hacia 1870

Tras escapar de la esclavitud en 1838, Frederick Douglass (1818-1895) se convirtió en un brillante orador abolicionista y en 1845 publicó la autobiografía Narración de la vida de Frederick Douglass, un esclavo americano, escrita por él mismo, una de las obras cumbre y más exitosas de la literatura afroamericana anterior a la guerra de Secesión. Douglass se apropió del lenguaje y del simbolismo de la cultura y la religión de la clase media estadounidense para denunciar los males de la esclavitud y el racismo, y para articular una defensa de la humanidad del afroamericano.

Foto: Niday Picture / AGE Fotostock
Anuncio de La canción del fugitivo, compuesta en honor de Frederick Douglass

Anuncio de La canción del fugitivo, compuesta en honor de Frederick Douglass

Foto: Bridgeman / ACI
Una fuga liberadora

Harriet A. Jacobs (1813-1897) nació esclava en Edenton, Carolina del Norte, y para conseguir su libertad y la de sus dos hijos pasó siete años escondida en un minúsculo ático en casa de su abuela, una mujer negra libre, antes de escaparse y llegar a Nueva York. En 1861, tras largos esfuerzos por encontrar un editor, logró publicar ella misma, con el seudónimo de Linda Brent y la ayuda de la abolicionista Lydia Maria Child, su autobiografía Peripecias en la vida de una joven esclava. Esta radical defensa de las afroamericanas cayó en un total olvido hasta finales del siglo XX.

Foto: Alamy / ACI
Portada del libro Peripecias en la vida de una joven esclava, publicado en 1861

Portada del libro Peripecias en la vida de una joven esclava, publicado en 1861

Foto: Alamy / ACI

Sadismo cotidiano

La administración de castigos y los actos de crueldad no estaban restringidos a los amos; sus esposas también participaban en esos hechos. Frederick Douglass cuenta el caso de la esposa del plantador Giles Hicks, quien «asesinó a la prima de mi mujer, una muchacha de unos quince o dieciséis años de edad […]. Una noche la pusieron a cuidar del bebé de la señora Hicks, pero se durmió y la criatura se puso a llorar. Como ella no había podido dormir las noches anteriores, no oyó los lloros, que despertaron
a la señora Hicks y ésta, al darse cuenta de la lentitud en reaccionar de la joven, saltó
de la cama, cogió un palo de madera de roble de la chimenea, y del golpe con el que le atizó le rompió a la joven la nariz y el esternón, con lo que la mató […]. Se dictó una orden de arresto, pero jamás se hizo efectiva».

Por su parte, Jacobs refiere que su ama «no tenía espíritu para supervisar los asuntos domésticos, pero sí temple para estar sentada en el sillón y contemplar cómo azotaban a una esclava hasta que le chorrease
la sangre por los latigazos. Era miembro de la
iglesia, pero el participar de la Eucaristía no parecía hacerla más cristiana. Si a la hora exacta que ella quería no estaba servida la comida del domingo, entraba en la cocina, esperaba hasta que los platos estuviesen llenos y entonces escupía en todas las ollas y sartenes que se habían utilizado para cocinar. Esto lo hacía para impedir que la cocinera y sus hijos pudiesen aprovechar las escasas sobras de la salsa y otros restos como propia comida».

Una plantación de Luisiana

En la década de 1820, un plantador de origen francés construyó la casa Olivier a las afueras de Nueva Orleans. Vista de la plantación en 1861, por Adrien Persac.

Foto: Bridgeman / ACI
Grilletes usados  para encadenar a un esclavo

Grilletes usados para encadenar a un esclavo

Foto: Bridgeman / ACI

Separación y explotación sexual

Con todo, había cosas peores que los continuos castigos físicos o las jornadas agotadoras de trabajo; por ejemplo, la separación forzosa de los familiares, incluidos los hijos. Harriet Jacobs contaba que «durante un día de venta [de esclavos] vi cómo una madre llevaba a sus siete hijos a la subasta. Era consciente de que le arrebatarían a algunas de aquellas criaturas, pero lo que jamás se pudo imaginar es que se las arrebatarían todas. Los niños fueron vendidos a un tratante y la madre fue comprada por un hombre de su propio pueblo. Antes del anochecer todos aquellos hijos estaban ya muy lejos. Suplicó al amo que le dijese dónde pensaba llevárselos, pero ni tan siquiera eso se dignó a decirle. ¿Cómo se lo iba a decir, sabiendo como sabía que los iba a vender, uno a uno, allá donde le ofreciesen mejor precio? Encontré a esta madre por la calle y todavía hoy llevo grabado en la memoria aquel desesperado y demacrado rostro. Angustiada, se retorcía las manos diciendo: “¡Desaparecidos! ¡Todos me han desaparecido! ¿Por qué no se me lleva Dios?”».

Una decisión poco común

La esclava Phillis Wheatley (1753-1784) fue la primera escritora afroamericana que publicó un libro de poesía. Sus amos, de Boston, le enseñaron a leer y a escribir.

Foto: Bridgeman / ACI

Igualmente deshumanizadora era la explotación sexual que sufrían las esclavas por parte de los amos. Jacobs evoca la impresión que ello causaba en una niña: «Para aquéllas que viven en esclavitud el mismo inicio de la vida se encuentra ya oscurecido […]. Incluso la niña pequeña, que es enseñada a servir al ama y a sus hijos, aprenderá antes de cumplir los doce años la razón por la que el ama aborrece a ésta o a otra esclava [la amante de turno del amo]. Llegará a conocer antes de tiempo la maldad de las cosas, y pronto ella misma aprenderá a estremecerse, cuando oiga acercarse los pasos del amo y se vea resignada a reconocer que ya ha dejado de ser una inocente niña. Si Dios la ha agraciado con la belleza, ésta se convertirá en su más terrible maldición».

Las esposas de los plantadores no eran ajenas a estos abusos. «En muchas ocasiones –escribía Jacobs en su autobiografía– las mujeres sureñas se casan sabiendo que el hombre que han tomado por esposo
es el padre de un buen puñado de niños esclavos. Sin embargo, esto no las sulfura, pues consideran que las criaturas forman parte de la propiedad, y que son tan objeto de venta como lo puedan ser los puercos de la plantación. Además, no es muy
extraño que ellas mismas se lo hagan notar al ponerlos en manos de tratantes tan pronto como les es posible, con el propósito de hacerlos desaparecer de su vista».

El ambiente de inmoralidad alcanzaba igualmente a los hijos de los propietarios blancos. Según atestigua Jacobs, «los hijos del amo están pervertidos, incluso en su más tierna infancia, por el pernicioso ambiente que les rodea, y las hijas tampoco escapan del todo a esta influencia, pues en ocasiones este hombre se ve justamente castigado por las ignominias que causa a las hijas de los esclavos. Desde su niñez, sus propias hijas oyen cómo él y su esposa discuten por alguna esclava, y traicionadas por la curiosidad se enteran muy pronto de la razón. Servidas como son por las jóvenes esclavas a quienes su padre ha obligado a la perdición, escuchan conversaciones que no deberían oír ni criaturas inocentes ni nadie más».

Por otra parte, las esclavas también eran empleadas como máquinas reproductoras para obtener nuevos esclavos. «Las mujeres no tienen ningún valor, a menos que sirvan para incrementar el ganado del amo. Son igual que animales», afirmaba Ja-
cobs. Frederick Douglass contaba un ejemplo ilustrativo: «El señor Covey era pobre y, como estaba empezando a labrarse un camino en la vida, sólo pudo comprarse una esclava […]. Como él mismo declaraba, la compró para la cría. La mujer se llamaba Caroline […]. Era una mujer corpulenta, de unos veinte años de edad. Ya había dado a luz a un niño, lo que demostraba que servía para lo que este hombre quería. Tras comprarla, arrendó un negro casado al señor Samuel Harrison, para tenerlo con él un año, ¡y lo obligaba a juntarse con ella todas las noches!».

Era habitual asimismo que los esclavos sufrieran el racionamiento de la comida y la ropa. Douglass explica que «la asignación de comida que recibían al mes los hombres y las mujeres era de ocho libras de carne de cerdo o su equivalente en pescado, y una fanega de harina de maíz». Los niños esclavos –sigue contando este exesclavo– «no teníamos ninguna ración asignada de manera regular. Nuestra comida consistía en una pasta hervida de harina sin refinar, a la que llamaban gachas. Se echaba sobre una enorme fuente o comedero de madera que se depositaba en tierra. Entonces se llamaba a los niños, como si fueran cerdos, y como los puercos aparecían ellos y empezaban a devorar aquella masa. Algunos se ayudaban con conchas de ostras, otros con trozos de tejas, otros con las manos, pero ninguno con cuchara. El que comía más deprisa es el que comía más, el más fuerte el que se llevaba la mayor parte, con lo que pocos dejaban el comedero saciados».

Mapa de estados Unidos antes de la Guerra de Secesión, con los estados que habían abolido la esclavitud (en blanco), aquellos en los que era legal (en negro) y los territorios que aún no eran estados

Mapa de estados Unidos antes de la Guerra de Secesión, con los estados que habían abolido la esclavitud (en blanco), aquellos en los que era legal (en negro) y los territorios que aún no eran estados

Mapa: Album

Niños desnudos y sin escuela

Respecto a la vestimenta, Douglass detalla que «la asignación anual de ropa consistía en dos toscas camisas de lino, un par de pantalones de lino, como las camisas, una chaqueta, un par de pantalones de invierno, confeccionados con una tela tosca de paño de color negro, un par de calcetines, y un par de zapatos, todo lo cual no habría ascendido a un total de más de siete dólares. Lo que les correspondía a los niños esclavos se daba a las madres o a las ancianas que los cuidaban». Y prosigue: «A los niños que todavía no podían trabajar en el campo no les correspondían ni zapatos, ni calcetines, ni chaquetillas ni pantalones.
La ropa que se les asignaba consistía en dos camisas de lino burdo al año. Cuando se les rompían, iban desnudos hasta que llegaba el día del nuevo reparto. Durante todas las estaciones del año se podían ver niños de siete a diez años de edad, de ambos sexos, que iban casi desnudos».

Los testimonios de estos autores destacan otra forma de opresión no menos gravosa para los esclavos: su exclusión de la educación. En algunos estados, los blancos incluso eran multados si se descubría que habían enseñado a leer y escribir a los esclavos. Douglass hace hincapié en la importancia de este aprendizaje como primer paso hacia la libertad: «Cuando el señor Auld descubrió que la señora Auld me estaba enseñando las primeras letras de inmediato le prohibió seguir haciéndolo y, entre otras cosas, le dijo que aquello iba contra la ley y que era peligroso enseñar a un negro a leer. Sus propias palabras fueron: “Si a un negro le das un dedo, se cogerá el brazo entero. Lo único que ha de saber un negro es obedecer al amo y hacer lo que le mandan. La educación malbarata al mayor negro del mundo”».

La niñera de los amos

Las condiciones de vida del servicio doméstico eran relativamente mejores que en la plantación. En la imagen, una niñera negra con un bebé blanco a finales de la década de 1850.

Foto: Granger / Aurimages

Formas de resistencia

Aunque el sistema esclavista afectaba a todos los ámbitos de la vida de los esclavos, desde el trabajo hasta la familia o la sexualidad, eso no significa que los africanos carecieran totalmente de medios para resistir la opresión que sufrían. Desde luego, la huida a territorios libres era un recurso excepcional y arriesgado, y aún más la organización de alzamientos contra los amos. Eran más habituales protestas calladas, como fingir enfermedades o sabotear las herramientas con el fin de ralentizar el trabajo.

Por otra parte, los esclavos desarrollaron una cultura propia a través de la religión, las fiestas, la música y la oralidad. La visión religiosa propia de las culturas africanas se fundió con el cristianismo protestante que era predominante en los estados sureños de EE. UU. Los esclavos se apropiaron de la religión de los blancos, moldeándola y reinterpretándola de tal modo que pudiese dar cabida a las vicisitudes de sus vidas. Douglass y Jacobs, por ejemplo, criticaron con acritud el cristianismo tal y como era profesado por los blancos, pero destacaban la importancia, como fuente de esperanza y compromiso político, de las congregaciones cristianas negras.

Jacobs relata cómo, tras la insurrección del esclavo Nat Turner, que se produjo en el condado de Southampton, Virginia,
en agosto de 1831 –en la que los rebeldes asesinaron a más de cincuenta blancos–, las autoridades reaccionaron con contundencia, prohibiendo a los esclavos el culto en sus propias iglesias, ya que se consideró que los templos habían sido el origen de la revuelta: «Los esclavos suplicaron volver a gozar del privilegio de reunirse en su pequeña iglesia de los bosques, con su cementerio al lado. La habían construido las gentes de color, para quienes no cabía mayor felicidad que encontrarse allí para cantar himnos y alzar sus plegarias todos juntos. Se les denegó la petición y la iglesia fue derruida. Se les permitió asistir al culto en las iglesias de los blancos y ocupar un espacio en la parte de arriba. Allí, cuando todos los demás habían comulgado y se habían pronunciado las bendiciones, el ministro decía: “Y ahora bajad vosotros, amigos negros”».

De la Navidad al 4 de julio

El Johnkannaus se incorporó a la fiesta de la Independencia. El óleo Vestido para Carnaval, pintado por Winslow Homer en 1877, iba a llamarse 4 de julio en Virginia.

Foto: Metropolitan Museum / Scala, Firenze

Recuerdos del país natal

Jacobs también destacaba el papel que jugaban las fiestas en la vida de la población esclava, en las que se mezclaban diversos elementos de las tradiciones africana e inglesa. Así, en Navidad los esclavos organizaban una procesión particular llamada Johnkannaus: «Todos los niños se levantan temprano el día de Navidad para ver los Johnkannaus. Sin ellos la Navidad se quedaría sin su atracción más espectacular. Se trata de cuadrillas de esclavos de las plantaciones, generalmente de los estratos más bajos.
A dos hombres robustos, vestidos con batas de percal, se les echa por encima una malla, cubierta con toda clase de rayas de colores chillones. Se les atan a la espalda unas colas de vaca y se les adorna la cabeza con unos cuernos. Una docena de negros va golpeando una caja, cubierta con una piel de cordero, que recibe el nombre de caja de gumbo, mientras que otros hacen sonar triángulos y quijadas, al ritmo de cuyos compases danza una banda de bailarines. El mes anterior lo pasan componiendo canciones, que se cantan en esta celebración. A estas cuadrillas, compuestas de un centenar de miembros, se les permite empezar a desfilar por las calles pidiendo donativos desde la mañana temprano hasta más o menos las doce. No hay puerta en la que haya una mínima posibilidad de obtener un centavo o un vaso de ron a la que dejen de llamar. Mientras están por la calle no beben, pues se llevan el ron a casa en jarras para celebrar allí la fiesta».

Han tenido que pasar más de cien años para que el relato de la vida de esclavos y esclavas sea aceptado como punto de partida ineludible para comprender las raíces de la discriminación racial en los Estados Unidos del siglo XXI. Sin embargo, muchos norteamericanos aún prefieren ignorar esta historia, lo que explica, como señalaba el filósofo George Santayana, que estén condenados a repetirla.

Ver mapa infográfico del sur esclavista de Estados Unidos.

Este artículo pertenece al número 205 de la revista Historia National Geographic.

Para saber más

La esclavitud, el gran negocio de los vikingos

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