Fascinación por Grecia

Adriano en Atenas, el sueño del emperador

Fascinado por la cultura griega desde su adolescencia, el emperador Adriano hizo varios viajes a Grecia y aumentó el brillo de Atenas construyendo espléndidos monumentos.

Amante de Grecia

Foto: Prisma / Album

En el año 125 d.C., Atenas estaba muy inquieta, en plena actividad, a la espera de una importante visita oficial del emperador de Roma. Adriano llevaba por entonces unos meses en Grecia: había cazado en la agreste Arcadia, rogado a Apolo en su santuario de Delfos y admirado a la juventud guerrera de Esparta mientras ésta se entrenaba a orillas del río Eurotas. Y allá por donde había pasado había dado muestras destacadas de su generosidad, llenando las arcas de las ciudades con sus dádivas o promoviendo la construcción de nuevos edificios.

Querido por los helenos

Querido por los helenos

El reconocimiento de Grecia hacia Adriano se muestra en el anverso de esta moneda, donde es saludado por una mujer que representa la provincia romana de Acaya, que entonces incluía Atenas. Grabado por Francesco Fanelli. 1695.

 

Foto: Alamy / ACI

Cronología

El amigo de los griegos

111-112

Durante el reinado de Trajano, su tío segundo, ​Adriano viaja a Grecia por estudios y es elegido arconte de Atenas.

117

Trajano muere en Cilicia mientras regresa de su campaña contra los partos. Lo sucede en el trono imperial su sobrino Adriano.

124-125

Adriano visita el Peloponeso y Grecia central, y preside el festival ateniense de las Grandes Dionisias.

128

Adriano viaja a Grecia por tercera vez. Allí visita Atenas y Esparta, las ciudades más beneficiadas por sus políticas.

131-132

En su cuarto viaje a Grecia, Adriano consagra el Olimpeion de Atenas y funda el Panhellenion, la asamblea de los griegos.

138

El emperador Adriano fallece en Bayas, cerca de Nápoles, tras una larga agonía. Lo sucede Antonino Pío.

Así pues, cuando Adriano llegó a Atenas se le honró permitiéndole que, de manera excepcional, se iniciara en los famosos misterios de Eleusis –unos rituales secretos en honor de las diosas Deméter y Perséfone– sin tener que sufrir los preceptivos ayunos, ni realizar los ritos purificatorios que los demás debían llevar a cabo. La visita imperial fue celebrada con una serie de espectáculos ejecutados a la manera tradicional en el antiguo teatro de Dioniso.

Desde su puesto presidencial, el emperador pudo apreciar cómo el escenario del teatro se había agrandado y adornado con nuevos frisos en altorrelieve en su honor. En general, Adriano quedó muy satisfecho de todo aquello, especialmente al comprobar que Atenas, aunque empobrecida, todavía mantenía esa atmósfera de estudiada gracia donde cada placer intelectual o sensual ocupaba el lugar de antaño.

La academia de Platón

La academia de Platón

Platón conversa con sus alumnos, en su escuela ateniense. Mosaico hallado en la casa de Siminio Estéfano, en Pompeya.

 

Foto: Bridgeman / ACI

Trece años antes, Adriano ya había pasado algún tiempo formándose en Atenas, mientras su tío segundo, el emperador Trajano, manejaba los engranajes del poder en Roma. Su impresión de entonces fue que nada había cambiado desde la época dorada de Pericles, siete siglos atrás, cuando Atenas se hallaba en la cima de su poder y se había levantado el Partenón. Ágiles conversaciones seguían llenando las escuelas filosóficas, y los jóvenes seguían adiestrando sus músculos sobre la arena de las palestras. Todo ello transportó al futuro emperador a la época en la que Sócrates se ofuscaba en la palestra al atisbar la belleza del hermoso Cármides a través de su túnica entreabierta, antes de empezar con el joven un famoso diálogo sobre la virtud (diálogo recogido por Platón y que el joven Adriano podía leer en su edición de los textos de este autor).

En suma, el tempestuoso corazón de Adriano, saturado de lecturas clásicas –no en vano le llamaban graeculus, «el grieguito»–, había proyectado su visión idealizada de la Grecia clásica sobre la realidad más decadente de su época. Pero también es verdad que los atenienses siempre habían procurado agradarle y por ello le habían concedido la ciudadanía y hasta lo habían proclamado arconte (gobernante) en el año 112.

La Acrópolis de Atenas

La Acrópolis de Atenas

Adriano se había formado en Atenas, a la que consideraba cuna del mundo clásico. En la imagen, vista aérea de la colina de la Acrópolis.

 

Foto: Michele Falzone / AWL Images

El proyecto del Olimpeion

En su primera visita, Adriano tuvo ocasión de admirar los monumentos de la Acrópolis, cuyo mármol brillante aún se elevaba hacia el cielo sereno, habitado por los dioses. Pero su corazón quería dejar su impronta en una ciudad que ya consideraba su hogar espiritual. Para ello, Adriano, siendo ya emperador, se propuso un reto monumental. Su mirada se posó sobre la llanura del río Iliso: allí permanecía inacabado el Olimpeion, un templo consagrado a Zeus Olímpico cuya construcción llevaba ya seis siglos de retraso.

Las chozas que se agolpaban junto a sus piedras eran un signo del largo período de postración en que se había sumido la ciudad desde la época clásica. Estaba claro que en ese barrio había que disponerlo y construirlo casi todo, así que Adriano supo cómo podía convertir una ciudad ya admirable en una urbe realmente perfecta. Y sin que la piqueta tuviera que rozar el alma eterna de la Acrópolis.

La torre de los Vientos

La torre de los Vientos

En el ágora romana de Atenas se alza este curioso monumento, conocido como Torre de los Vientos o Reloj de Andrónico de Cirro. El edificio, erigido en el siglo I a.C., contenía en su interior una clepsidra o reloj de agua. 

 

Foto: K. Volha / Alamy / ACI
Una estatua del dios Zeus

Una estatua del dios Zeus

La intención de Adriano era crear, para su Olimpeion, una estatua de Zeus tan magnífica como la que albergaba el templo de este dios en Olimpia, recreada en el grabado sobre estas líneas.

 

Foto: AKG / Album

Y si el Partenón era perfecto, el Olimpeion iba a ser más esplendoroso e inmenso. Las más de cien columnas corintias del templo, con sus desbordantes hojas de acanto –un adorno que no tenían las columnas dóricas del Partenón–, debían convertirse en símbolo de la regeneración de Grecia que propiciaba el emperador, quien por algo se consideraba más que un mero «Pericles romano». Además, el Olimpieion sería el centro neurálgico de un ensanche conocido como Hadrianópolis (la «ciudad de Adriano»), que se extendería a lo largo del Iliso y acabaría acogiendo a casi la misma población que la vieja Atenas fundada por el rey Teseo. Enseguida, las élites locales, contagiadas por el entusiasmo constructivo del emperador, unieron sus fuerzas y pusieron manos a la obra: la ciudad iba a sentir otra vez esa exaltación jubilosa de las grandes empresas de antaño, como cuando era la cabeza de un próspero imperio en el Egeo.

Así, tan sólo unos años más tarde, en 132, tuvo lugar la consagración del Olimpeion en el curso de una gran fiesta y en presencia de enviados de todas las ciudades griegas. En esa solemne ocasión, Adriano ocupó un puesto de honor bajo el pórtico del templo, mientras el sofista Polemón de Esmirna iba desgranando en su discurso inaugural los títulos honoríficos que Atenas había otorgado al soberano: Evérgeta («benefactor»), Olímpico (como Zeus, padre de los dioses) y Filoheleno («amigo de los griegos»). Con todo, en el interior del templo los escultores todavía trabajaban en la inmensa estatua criselefantina –hecha de oro y marfil– en honor de Zeus, junto a la cual aparecían acabadas las más discretas del propio Adriano. También se podía ver en una cesta una pitón india auténtica, que iba a ser consagrada en recuerdo de Erictonio, el rey mítico de Atenas que tuvo cuerpo de ofidio y cuyo nombre significaba «nacido de la tierra».

Cabeza de Adriano. Museo Arqueológico Nacional, Atenas.

Cabeza de Adriano. Museo Arqueológico Nacional, Atenas.

Cabeza de Adriano. Museo Arqueológico Nacional, Atenas.

Foto: DEA / Album

Reunión de todos los griegos

Mientras tanto, no lejos del Olimpeion y en otro santuario dedicado a Zeus Panhellenios («de todos los griegos»), se celebró una reunión en la que se empezaron a discutirlos problemas, sobre todo económicos, que afectaban a las ciudades griegas del Mediterráneo. Esa reunión sólo había podido materializarse tras espinosas negociaciones preliminares, quizás iniciadas en la visita anterior que Adriano hizo a Grecia y a Asia Menor en el año 128.

Las ciudades griegas eran celosas de sus instituciones y tradiciones particulares, y, además, alimentaban antiguos rencores contra la Atenas imperialista del pasado. Pero la razón y el entusiasmo del propio Adriano se impusieron poco a poco, y ese fue el comienzo del gran proyecto común que significó el Panhellenion: una federación que incluía a todas ciudades griegas con asambleas regulares cada año y la celebración de unos juegos panhelénicos al modo de las Panateneas, las grandes fiestas atenienses de época clásica.

Templo de Zeus Olímpico

Templo de Zeus Olímpico

Adriano quiso convertir este templo, que se yergue entre dos colinas de Atenas, la Acrópolis y el monte Licabeto, en el más magnífico de Grecia. En la imagen, las colosales 16 columnas corintias, de 17 metros de alto, que aún hoy siguen en pie.

 

Foto: Hercules Milas / Alamy / ACI
A los pies de la Acrópolis

A los pies de la Acrópolis

Entre los actuales barrios de Monastiraki y Plakka, en Atenas, al norte del Ágora romana y a los pies de la Acrópolis, se alzan los restos de la fastuosa biblioteca de 122 metros de largo por 82 de ancho que el emperador Adriano hizo erigir en la ciudad en el año 132. 

 

Foto: Milan Gonda / AGE Fotostock

Adriano también quiso potenciar Atenas como importante centro de estudios. Por ello es sintomático que, al lado del ágora o mercado de época romana, Adriano mandase construir una nueva biblioteca, la más grande que jamás tuvo Atenas. En ella todo parecía pensado para contribuir a la meditación y al estudio: sus exedras, espacios semicirculares con cómodos asientos para los seminarios; las columnas de mármol de Frigia que sustentaban las galerías superiores donde se guardaban los libros; el patio porticado con jardines y un amplio estanque central donde se podía leer con tranquilidad... Así, quien viniera al mercado y necesitase algo más que pan en esta vida, sólo tendría que atravesar un propileo o puerta flanqueado por cuatro columnas corintias de mármol de Caristo y maravillarse ante el alabastro y el oro que adornaban las estancias, decoradas también con preciadas obras de arte. Ese éxtasis previo preparaba el alma para entregarse a nuevas y estimulantes aventuras intelectuales.

Adriano en el ágora griega

Adriano en el ágora griega

Esta escultura de Adriano, de la que sólo se conserva el cuerpo, muestra al emperador vestido con una armadura bellamente decorada. Se expone en el Ágora ateniense. 

 

Foto: Bridgeman / ACI

Revitalizar Atenas

Antes de Adriano, algunos romanos habían acudido a Atenas para estudiar y formarse. La mayoría, sin embargo, se había contentado con admirar sus monumentos o llevarse algún «recuerdo» (un friso, una columna), sin ni siquiera sentir inquietud por la creciente penuria de sus habitantes. Es cierto que las exuberantes construcciones y las demás fundaciones de Adriano no constituían para algunos más que un gesto extravagante de optimismo ante una decadencia casi irreversible; el Panhellenion, por ejemplo, no tuvo mucha actividad tras la muerte del emperador.

Sin embargo, Adriano consiguió algo más que revitalizar Atenas: al promover la vinculación cultural de la ciudad con el legado del siglo V a.C. –la era dorada de Pericles, de Fidias, de Sócrates y de tantos otros genios– la convirtió en el verdadero centro espiritual de todo el mundo heleno y, más allá de eso, en el símbolo eterno de la cultura clásica, como la seguimos viendo en nuestros días.

Biblioteca de Adriano

Biblioteca de Adriano

En el año 267, los hérulos atacaron Atenas y destruyeron la biblioteca. Más tarde, el recinto fue convertido en una iglesia y luego en la residencia del gobernador otomano, hasta que ya en el siglo XX se llevaron a cabo las primeras excavaciones arqueológicas.

 

Foto: Milan Gonda / AGE Fotostock

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Herodes Ático, el colaborador

Hérodes Ático

Hérodes Ático

Amigo y colaborador de Adriano, este retórico, político griego y rico mecenas adoptó un nombre romano: Lucio Vibulio Hiparco Tiberio Claudio Ático Herodes. Busto en el Museo del Louvre.

 

Foto: RMN - Grand Palais

Adriano no habría podido llevar a cabo sus proyectos urbanísticos en Atenas si no hubiera contado con la ayuda entusiasta de miembros de la aristocracia local como Herodes Ático, quien había nacido en una familia inmensamente rica (descendiente, según se decía, del general Milcíades, el vencedor de los persas en Maratón) y fue, además, un gran intelectual.

Herodes Ático financió numerosas obras públicas por toda Grecia. Sólo en Atenas, por poner un ejemplo, subvencionó la construcción del estadio Panatenaico, también conocido como Kallimármaro («de bello mármol»), además del impresionante odeón que se encuentra en las laderas de la Acrópolis y hoy acoge en verano los espectáculos del Festival Helénico de Atenas y Epidauro.

Odeón de Herodes

Odeón de Herodes

Odeón de Herodes. A los pies de la Acrópolis, cerca del teatro de Dioniso, se alza el Odeón que Hérodes Ático levantó en el año 161.

 

Foto: Alamy / ACI

El arco de Adriano

Junto a la actual avenida de la Reina Amalia, en Atenas, se vislumbra un arco romano de unos veinte metros de altura. Está construido con mármol del monte Pentélico (el mismo que se usó en el Partenón) y los sillares están unidos por abrazaderas, sin cemento ni mortero. A cada lado de la apertura central, casi borradas por la contaminación, se pueden leer dos inscripciones: «Ésta es Atenas, la antigua ciudad de Teseo» (cara noroeste) y «Ésta es la ciudad de Adriano y no de Teseo» (cara sureste). Los textos indican que se trata de la puerta de entrada a Hadrianópolis, el ensanche de Atenas construido por Adriano. Teniendo en cuenta que el arco nunca ha estado protegido, es un verdadero milagro que se haya conservado hasta nuestros días.

Arco de Adriano. Grabado del monumento tal como podía verse en el siglo XIX. Emile Thrond. 1867.

Arco de Adriano. Grabado del monumento tal como podía verse en el siglo XIX. Emile Thrond. 1867.

Arco de Adriano. Grabado del monumento tal como podía verse en el siglo XIX. Emile Thrond. 1867.

Foto: Biblioteca Ambrosiana / Scala / Firenze

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Este artículo pertenece al número 194 de la revista Historia National Geographic.