El ascenso del nazismo

30 de enero de 1933. Hitler llega al poder

Adolf Hitler no se convirtió en canciller de la República de Weimar gracias a los votos obtenidos por su partido, sino porque la camarilla conservadora que rodeaba al presidente alemán, Paul von Hindenburg, le entregó el cargo desde el que destruyó la democracia. La Segunda Guerra Mundial empezaría pocos años más tarde. 

1 /33
Lecciones de un fracaso

Foto: Cordon Press

1 / 33

Lecciones de un fracaso

En noviembre de 1923, de manera similar a la Marcha sobre Roma que el año anterior había allanado el camino para que Benito Mussolini tomase el poder en Roma, Adolf Hitler, líder del Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP), y el general Erich Ludendorff –quien, junto con el general Hindenburg, había dirigido Alemania en la Gran Guerra y tras la contienda se había convertido en el emblema del nacionalismo reaccionario alemán– orquestaron un putsch o golpe de Estado que pretendía tomar el poder en esta ciudad, capital del Estado de Baviera, para luego avanzar sobre Berlín, la capital de Alemania. En la imagen un grupo de militantes nazis armados se depliegan en las calles de Múnich.

Los líderes del golpe

Foto: Cordon Press

2 / 33

Los líderes del golpe

Sin embargo la policía y los militares reprimieron el levantamiento rápidamente, y Hitler decidió que no volvería a intentar la conquista del poder por la vía insurreccional, oponiéndose al ejército. A partir de entonces, él y los miembros de la cúpula del NSDAP –los hermanos Otto y Gregor Strasser, Hermann Göring, Rudolf Hess y Julius Streicher– se lanzaron a crear un movimiento de masas. En esta foto tomada durante el juicio que siguió al golpe, se ve a los principales líderes de la insurrección entre ellos Hitler y el general Ludendorff.

Un caudillo mesiánico

Foto: Cordon Press

3 / 33

Caudillo mesiánico

El juicio por el putsch otorgó a Hitler una notoriedad de la que carecía hasta entonces. Condenado a cinco años de prisión, la justicia (encarnada en jueces que simpatizaban con su actuación) le abrió las puertas de la fortaleza de Landsberg, donde estaba encarcelado, al cabo de nueve meses. Mientras gozaba de una confortable estancia en prisión dictó el primer volumen de Mein kampf (Mi lucha), a la vez una autobiografía política con mucho de ficción y un compendio de sus ideas, fruto de una formación autodidacta. Éstas incluían la desigualdad entre razas, naciones e individuos como parte de un orden natural inmutable que exaltaba la “raza aria” como elemento creativo de la humanidad. La unidad natural de la humanidad era el volk, el pueblo; de entre todos ellos, el pueblo alemán, encarnación de la raza aria, era el más grande y gozaba del derecho a imponerse a otros en el marco de una lucha darwiniana entre razas por la existencia. Frontispicio de una edición de Mein kampf (Mi lucha), cuyo primer volumen Hitler dictó mientras estaba encarcelado en Landsberg.

Un encierro dorado

Foto: Cordon Press

4 / 33

Un encierro confortable

Hitler en 1924, prisionero en Landsberg. Junto a él, de izquierda a derecha, aparecen su chófer Emil Maurice; Herman Kriebel, uno de sus lugartenientes; Rudolf Hess, dirigente del NSDAP e incondicional de Hitler, y Friedrich Weber. Todos ellos habían sido condenados a penas de cárcel por participar en el putsch de Múnich el año anterior.

Marxistas y judíos, los enemigos

Foto: Cordon Press

5 / 33

Marxistas y judíos, los enemigos

Según la weltanschauung o cosmovisión de Hitler, los principales enemigos del pueblo alemán eran el marxismo –que para él abarcaba tanto la socialdemocracia como el comunismo– y los judíos. Con su insistencia en el internacionalismo y el conflicto económico, el marxismo sometía la comunidad nacional a intereses ajenos y la desgarraba a través de la lucha de clases. El bolchevismo desenmascarado. Este póster de Waldheim Eberle representa a judíos y comunistas como una tenebrosa figura similar a la muerte que pretende arrasar el mundo mediante las guerras y la lucha obrera.

Propaganda antisemita

Foto: Cordon Press

6 / 33

Propaganda antisemita

Más allá del marxismo, el mayor enemigo de todos era el judío, que para Hitler constituía la encarnación del mal, el elemento corruptor de la raza aria; hoy en día los historiadores siguen debatiendo en qué momento el antisemitismo se convirtió en la convicción más profunda de Hitler. Éste y sus seguidores, como numerosos elementos conservadores, consideraban la República de Weimar un régimen ilegítimo, pues había surgido de la rendición de Alemania en la Gran Guerra no a causa de la derrota militar (como así había sido, en realidad), sino de la «puñalada por la espalda» que marxistas y judíos habían asestado al ejército alentando disturbios sociales en la retaguardia. Un brazo nazi golpea a un estereotipado judío en un cartel de 1928.

Los años Veinte: lejos del poder

Foto: Cordon Press

7 / 33

Los años Veinte: lejos del poder

Los dirigentes del NSDAP buscaron ampliar su espacio abriéndose a alianzas con formaciones derechistas y agrupaciones de veteranos de guerra; el Partido tenía su baluarte en Baviera, y su base estaba en Múnich. Durante casi una década, su éxito fue limitado. Las elecciones generales de mayo de 1924 al Reichstag, el Parlamento alemán, dieron al NSDAP algo más de 1.900.000 votos (el 6,6 %) y 32 escaños –los primeros que obtuvo–, pero en las elecciones anticipadas de diciembre del aquel año se quedaron con poco más de 900.000 sufragios (el 3 %) y 14 diputados. Y es que la República de Weimar, gracias a los créditos que fluyeron de Estados Unidos, disfrutó entre 1925 y 1929 de una mejora de la economía que se tradujo en una mayor estabilidad política y el rechazo del radicalismo: en las elecciones de mayo de 1928, el NSDAP sólo recabó 810.000 votos (el 2,6 %) y no logró sino 12 diputados, quedando como noveno partido del Reichstag. Un grupo de nazis reparten panfletos desde una camioneta durante la campaña electoral de 1924.

La crisis convierte a Hitler en un líder nacional

Foto Cordon Press

8 / 33

La crisis convierte a Hitler en un líder nacional

La tendencia del NSDAP al estancamiento se rompió con la Gran Depresión. La catastrófica crisis económica y social de comienzos de los años Treinta favoreció en Alemania el avance electoral de los dos partidos que rechazaban la democracia liberal por ser incapaz de ofrecer soluciones a una sociedad devastada por el paro y la ruina económica: el Partido Comunista (KPD) y, sobre todo, el NSDAP, que, además, denunciaba que la República de Weimar estaba sometida a los intereses de los vencedores de la primera guerra mundial, los cuales desangraban a Alemania con sus exigencias de pago de las reparaciones de guerra. Hitler da un discurso durante un mitin de su partido en el teatro Neue Welt de Berlín. 

Resultados sorprendentes

Foto: Cordon Press

9 / 33

Resultados sorprendentes

En las elecciones de 1930, el NSDAP multiplicó por ocho sus votos: obtuvo 6,4 millones de sufragios (el 18,25 %) y 107 escaños, convirtiéndose en el segundo partido de Alemania tras el Partido Socialdemócrata (SPD). Las mujeres y los deportistas votan a los socialdemócratas. Cartel electoral de 1930 apelando a los jóvenes. Los programas de formación y ayuda a la juventud fueron uno de los pilares fundamentales del ascenso nazi.

Un gobierno impopular

Foto: Prisma / Album

10 / 33

Un gobierno impopular

La Constitución permitía que el canciller (el jefe del ejecutivo) utilizase decretos ley refrendados por el presidente de la República para gobernar al margen del Reichstag, el Parlamento, donde el sistema electoral proporcional impedía de hecho obtener mayorías absolutas. El impopular canciller Heinrich Brüning, del Partido de Centro (Zentrum), gobernaba de esta forma para recortar prestaciones sociales y aumentar los impuestos, y presionó a Hindenburg –de quien dependían su poder y su continuidad en el cargo– para que se presentase a las elecciones presidenciales que iban a tener lugar en dos vueltas, en marzo y abril de 1932. Cartel electoral del NSDAP que alude a la crisis económica: «Nuestra última esperanza: Hitler».

Un líder de proyección nacional

Foto: Ullstein Bild / Getty Images

11 / 33

Un líder de proyección nacional

Las elecciones confirmaron el ascenso de Hitler, que en la segunda vuelta, en abril, obtuvo 13,4 millones de votos frente a los 19,3 del conservador, monárquico y anciano mariscal Hindenburg (tenía 84 años), que había recibido el apoyo de diferentes partidos –entre ellos, el socialdemócrata– para frenar el ascenso de Hitler. Carteles electorales de Hindenburg («¡Votad a un hombre, no a un partido!») y de Hitler en la plaza de Potsdam, en Berlín.

Papen canciller

Foto: Hulton Archive / Getty Images

12 / 33

Papen canciller

En mayo de 1932, Brüning se vio obligado a renunciar al cargo como resultado de las maniobras del general Kurt von Schleicher y otros miembros del entorno de Hindenburg. Éste lo reemplazó por Franz von Papen, también del Zentrum, un aristócrata que adulaba al presidente y formó un ineficaz ejecutivo conocido despectivamente como el «gobierno de barones» por la presencia de aristócratas en él, y cuyo apoyo parlamentario no era mayor que el de Brüning. Franz von Papen sale de un colegio electoral en Berlín, en julio de 1932.

El más votado, pero lejos del gobierno

Foto: Hulton Archive / Getty Images

13 / 33

El más votado, pero lejos del gobierno

Las elecciones de julio de ese año convirtieron al NSDAP en el primer partido del Reichstag, con 13,7 millones de votos (el 37,3 %) y 230 diputados, pero no le dieron a Hitler la mayoría parlamentaria que esperaba. Papen siguió como canciller con el apoyo de los partidos conservadores, cuyos votos habían disminuido dramáticamente porque sus electores se habían decantado por el NSDAP, espoleados por el temor a la crisis económica y a una revolución marxista; no vano el partido comunista se había convertido en el tercer partido del Reichstag, con 89 diputados, recogiendo parte del voto desencantado del SPD, el segundo partido de la cámara con 133 escaños. Hitler consulta el plan de uno de sus vuelos durante la campaña electoral de julio de 1932. Fue el primer político alemán que se desplazó en avión para intervenir en mítines.

Una democracia gravemente herida

Foto: Ullstein Bild / Getty Images

14 / 33

Una democracia gravemente herida

La República agonizaba. Por una parte, en el Reichstag eran mayoría los representantes de quienes querían destruirla: el NSDAP y los comunistas. Por otra parte, figuras conservadoras como Papen o el intrigante general Schleicher –que era el representante del ejército en las altas esferas de la política y había maniobrado para llevar a Papen a la cancillería– proyectaban sustituirla por un régimen autoritario, derechista y nacionalista. Papen había avanzado por este camino al ejecutar un auténtico golpe de Estado justo antes de los comicios de julio: asumió la jefatura del Gobierno de Prusia (el mayor de los estados alemanes, hasta entonces gobernado por el SPD) con el pretexto de una crisis del orden público y luego intentó disolver el parlamento, pero este lo echó del cargo mediante una moción de censura y Hindenburg tuvo que volver a convocar elecciones para julio de 1932. El 12 de septiembre de 1932, Papen, de pie en el extremo del banco del Gobierno en el Reichstag, pide en vano la palabra para disolver el parlamento dirigiéndose a Göring, que como presidente del parlamento le negó.

Dos intrigantes en la cima del Estado

Foto: SZ Photo / Alamy / ACI

15 / 33

Dos intrigantes en la cima del Estado

Las elecciones, celebradas el 6 de noviembre, supusieron un varapalo para el NSDAP, que perdió dos millones de votos y se quedó en el 33 % de los sufragios. Este retroceso se debió en buena medida al desencanto de muchos electores después de que Hitler, tras las elecciones de julio, hubiera rechazado las ofertas de Papen y Schleicher (entonces ministro de Defensa) para formar parte de un gobierno de la derecha nacionalista como vicecanciller. Pero Hitler sólo quería participar en un ejecutivo de coalición si era canciller, algo a lo que se oponía Hindenburg, que recelaba de los propósitos del «cabo bohemio», como lo había motejado el clasista mariscal. Fue así como, el 3 de diciembre, Hindenburg nombró canciller a Schleicher, cuando éste lo convenció de que volver a confiar la cancillería a Papen, desprestigiado, detestado y carente de apoyo parlamentario, podía suponer el inicio de graves disturbios y hasta de una guerra civil. En el centro de la fotografía aparecen Papen, tocado con bombín, y a su izquierda, Schleicher, a comienzos de septiembre de 1932, durante una concentración del derechista e influyente Stahlhelm. Esta organización paramilitar, forjada por veteranos de la Gran Guerra, era la mayor de Alemania y un grupo de presión muy tenido en cuenta por los partidos nacionalistas. 

Los errores de Schleicher

Foto: Cordon Press

16 / 33

Los errores de Schleicher

Las medidas que Schleicher adoptó para acercarse a los sindicatos no convencieron a éstos y, además, le enajenaron el apoyo de los empresarios, mientras que Hitler y Hugenberg evitaron apoyarlo. En primer lugar, Schleicher recuperó un proyecto de Brüning consistente en asentar a desempleados en grandes fincas endeudadas del este de Alemania, que serían divididas con tal fin; proyecto que ya en su momento había sido tildado de “bolchevismo agrario”. En segundo lugar, se negó a aumentar los aranceles a las importaciones agrícolas, como pedían los grandes propietarios. En tercer lugar, investigó el despilfarro de las ayudas públicas recibidas por los terratenientes en plena crisis económica, y en ese contexto salió a la luz que una finca regalada a Hindenburg por sus amigos industriales en 1928 se había registrado a nombre de su hijo Oskar para evitar el pago de impuestos por la herencia. Schleicher el día de su nombramiento como canciller, su mandato sería el más breve de la República de Weimar, con solo 56 días en el cargo. 

 

Las maquinaciones de Papen

Foto: Cordon Press

17 / 33

Las maquinaciones de Papen

Gracias a la buena disposición de Hindenburg, Papen pudo permanecer en su apartamento del ministerio del Interior tras cesar como canciller, lo que le permitía visitar discretamente al mariscal cruzando los jardines que conectaban ese ministerio con el de Exteriores y la Cancillería, donde Hindenburg residía mientras se reformaba el palacio presidencial. De este modo, Papen podía influir en el jefe del Estado al margen del escrutinio público, e iba a utilizar esta privilegiada posición para desbancar a Schleicher, que le había arrebatado la cancillería. Para ello necesitaba a Hitler, e hizo que, el 4 de enero de 1933, el banquero Kurt von Schröder acogiera una reunión entre aquél y Papen en su casa a las afueras de Colonia. Papen le insistió a Hitler en que Hindenburg no había querido nombrarlo canciller debido a la oposición de Schleicher. Creyera o no a Papen, Hitler debía entenderse con él, ya que Papen tenía acceso privilegiado a Hindenburg; y Papen debía entenderse con Hitler, puesto que el líder del NSDAP tenía la base popular de la que él carecía. Hitler iba a usar en su beneficio la determinación de Papen para expulsar a Schleicher del poder. Papen en su despacho de la Cancillería.

Un partido de capa caída

Foto: Cordon Press

18 / 33

Un partido de capa caída

En diciembre de 1932, el NSDAP estaba en horas bajas. Las sucesivas campañas electorales de aquel año lo habían dejado sin fondos; la negativa de Hitler a entrar en el Gobierno había provocado la marcha de Gregor Strasser, dirigente nacionalsocialista de primera hora que podía liderar una grave escisión (su hermano Otto ya había sido expulsado del Partido por demasiado izquierdista); y las milicias del partido, las brutales SA (siglas de Sturmabteilung, Secciones de Asalto), que sumaban quizás unos dos millones de miembros (20 veces el tamaño del ejército regular, según lo dispuesto en el tratado de Versalles), se revolvían contra sus dirigentes, que no se decidían a tomar un poder que parecía al alcance de la mano, ni por la violencia ni entrando en el Gobierno. En ese momento crítico, la iniciativa de Papen ofreció una nueva oportunidad (la última) a un alicaído Hitler. Hitler con los graduados de la Escuela Imperial de Líderes de las SA en 1932.

El complot fragua

Foto: Cordon Press

19 / 33

El complot fragua

Papen también se aproximó a Hugenberg para que participase en un gobierno de coalición. Hugenberg –magnate de los medios de comunicación, antiizquierdista furibundo y nacionalista virulento– detestaba a Schleicher, pero no se fiaba de Hitler, a quien consideraba alguien sin escrúpulos. Lo conocía bien, porque en 1928-1929 había puesto su prensa al servicio de Hitler en la campaña que el DNVP y el NSDAP hicieron conjuntamente contra la aprobación del plan Young (una renegociación de las reparaciones de guerra alemanas). Y en 1931, confiando en explotar el éxito de Hitler en las urnas para impulsar sus propias ambiciones políticas, Hugenberg había formado el Frente de Harzburg, una alianza entre elementos nacionalistas y conservadores y Hitler para derrocar a Brüning. El propósito de Hitler era aprobar una ley habilitante que le permitiera gobernar sin el Reichstag y también sin depender de los decretos presidenciales, lo que le liberaría de cualquier restricción institucional en el ejercicio del poder. Caricatura de Alfred Hugenberg, líder del DNVP, con una rotativa (la máquina usada para imprimir periódicos) detrás de él.

Papen al rescate: un acuerdo in extremis

Foto: Cordon Press

20 / 33

Papen al rescate: un acuerdo in extremis

Schleicher estaba convencido de que Hitler se encontraba al borde de la desesperación. En una cena para periodistas, dijo de manera extraoficial que confiaba en que terminara dándose cuenta de que su partido se derrumbaba bajo su liderazgo, «al no verlo nunca llegar a una posición de poder». Con una sonrisa condescendiente, hizo caso omiso de la amenaza de los nazis: «Me ocuparé de ellos. Pronto estarán comiendo de mi mano». Mientras tanto, parte de las SA se habían rebelado contra el Partido, aunque Hitler pudo reconducir la situación. Entonces Papen acudió al rescate de su aliado. El día 23 se reunió con Hindenburg, Oskar y Meissner, y planteó que se nombrase canciller a Hitler. Ante la reticencia de Hindenburg, Meissner señaló que era la mejor manera de acabar con el estancamiento, ya que Hitler cargaría con la responsabilidad del gobierno y los conservadores del gabinete lo mantendrían a raya. Papen con Konstantin von Neurath, ministro de exteriores del gobierno de Schleicher. 

 

La renuncia de Schleicher

Foto: Cordon Press

21 / 33

La renuncia de Schleicher

El día 28, Hindenburg anunció a Schleicher que no autorizaba la disolución del Reichstag. Consciente de que se enfrentaría a un voto de censura cuando el Parlamento se reuniera el día 31, Schleicher renunció al cargo. Había supuesto que contaba con el apoyo de Hindenburg y había subestimado las habilidades de su antiguo protegido, pero en cuanto se enteró de las reuniones en la finca de Ribbentrop se dio cuenta de que Papen había urdido una conspiración para derribarlo. Presentó su renuncia la noche del mismo 28. A la mañana siguiente, Papen se reunió con Hindenburg, que aceptó la perspectiva de un gobierno de Hitler con Papen como vicecanciller y apoyado por los conservadores, el Stahlhelm y otros grupos de centro-derecha. Ribbentrop supo por Göring que Hitler aún estaba en el Kaiserhof, y se fijó una reunión entre él y Papen para la mañana siguiente, 29 de enero. Schleicher saliendo de su residencia oficial en febrero de 1933 tras la proclamación de Hitler como canciller por el mariscal Otto von Hindenburg.

Foto: Wikimedia Commons

22 / 33

29 de enero: un día frenético

En la reunión del día 29, Papen anunció a Hitler que Hindenburg parecía dispuesto a aceptar un gobierno con él como canciller y llegaron a un acuerdo sobre la composición del gabinete. Ese mismo día, Papen sostuvo conversaciones con Hugenberg, que se seguía oponiendo a la exigencia de Hitler de convocar nuevas elecciones. Pero cuando Papen le ofreció el ministerio de Economía, un cargo que Hugenberg siempre había codiciado, aceptó participar en el ejecutivo. Para ampliar la base del nuevo gobierno, Papen buscó el respaldo del Stahlhelm, la poderosa organización derechista de veteranos alemanes, e invitó a sus líderes Theodor Duesterberg y Franz Seldte a reunirse con él y con Hugenberg en su apartamento. Hitler estaba satisfecho, Hugenberg estaba provisionalmente con ellos y todos los futuros ministros estaban de acuerdo. Hitler prestaría juramento como canciller a las 11 de la mañana del día 30 de enero. «Uno no se atreve a creerlo todavía», escribió Goebbels en su diario la noche del 29.  Duesterberg se dirige a los miembros del Stahlhelm en el Día del Soldado de 1930. La agrupación de veteranos sería posteriormente integrada en la SA nazi y finalmente disuelta en 1935.

Desacuerdos de último minuto

Foto: Cordon Press

23 / 33

Desacuerdos de último minuto

Las horas pasaron entre rumores de un golpe militar para evitar la formación del nuevo gobierno y tras el que estaría Schleicher, aunque al parecer la intervención militar sólo se hubiera producido en el caso de que finalmente fuese Papen el designado como canciller. Cuando llegó la mañana, una atmósfera expectante envolvía Berlín. Grupos de gente se congregaban en la plaza que separaba el hotel Kaiserhof de la Cancillería. Hacia las 10, Hitler y Hugenberg cruzaron el jardín trasero de la residencia de Papen para hablar por última vez antes de presentarse ante Hindenburg. Hugenberg amenazó con dar marcha atrás, y los esfuerzos de Hitler para asegurarle que no habría cambios en el gabinete fuera cual fuese el resultado en las elecciones no lo convencieron. Hindenburg, impaciente, aguardaba al triunvirato, que volvió a sumergirse en una discusión sobre las elecciones. Hitler intentó tranquilizar a Hugenberg prometiéndole que, al margen de los resultados electorales, sería ministro de Economía y Agricultura: sería «el zar de la economía », expresión que satisfizo la vanidad de Hugenberg pero no acabó con sus protestas.  En la plaza Wilhelm (en primer término) se reunieron los partidarios de Hitler el 30 de enero. A la derecha de la imagen vemos el hotel Kaiserhof, y al otro lado de la calle la cancillería del Reich donde tuvieron lugar las negociaciones de última hora y el nombramiento de Hitler como canciller.

El nombramiento

Foto: Cordon Press

24 / 33

El nombramiento

Hugenberg depuso su beligerancia y, con el acuerdo pendiendo de un hilo, los tres se dirigieron a ver a Hindenburg, quien estaba tan irritado que no ofreció al nuevo gabinete el discurso protocolario de bienvenida. Hitler también rompió el protocolo y pronunció un breve discurso, prometiendo a Hindenburg que mantendría la Constitución de Weimar, que buscaría una mayoría en el Reichstag para que ya no fueran necesarios los decretos de emergencia, que resolvería la crisis económica de Alemania y que restablecería la unidad de un pueblo alemán dividido y pisoteado. Cuando acabó, Hindenburg se limitó a decir: «¡Y ahora, señores, adelante con Dios!». Hindenburg y Hitler, fotografiados el 30 de enero de 1933.

Hitler canciller

Foto: AKG / Album

25 / 33

Hitler canciller

Hitler posa con su gabinete el 30 de enero, después de ser nombrado canciller. Está sentado entre Göring (ministro sin cartera del gobierno y ministro del Interior de Prusia en funciones) y Papen. Detrás, de izquierda a derecha, están Franz Seldte (dirigente del Stahlhelm y ministro de Trabajo), Günter Gereke, Johann Ludwig Schwerin von Krosigk, Wilhelm Frick (del NSDAP, ministro del Interior), Werner von Blomberg y Alfred Hugenberg (el líder del DNVP, ministro de Economía y de Agricultura).

La marcha nocturna: Alemania ha despertado

Foto: Cordon Press

26 / 33

La marcha nocturna: Alemania ha despertado

Cuando las farolas de Berlín empezaron a encenderse aparecieron los primeros miembros de un vasto desfile. Las calles próximas a la Cancillería estaban abarrotadas, con chicos sentados en las ramas de los árboles, bandas tocando y coros improvisados que cantaban canciones nacionalsocialistas como el himno de Horst Wessel. Desde la oscuridad del parque de Tiergarten, entre un atronador retumbar de tambores, empezaron a surgir columnas de SA, de SS, de miembros de las Juventudes Hitlerianas y del Stahlhelm con antorchas en alto, que cruzaban la Puerta de  Brandemburgo y fluían por la avenida Unter den Linden. Batallones de las SA desfilando bajo la Puerta de Brandenburgo la noche del 30 de enero de 1933.

Marcha triunfal

Foto: Cordon Press

27 / 33

Marcha triunfal

El embajador François-Poncet contemplaba «las enormes columnas acompañadas por bandas que tocaban aires marciales al ritmo amortiguado de sus grandes tambores»; impresionado, anotó: «Las antorchas que blandían formaban un río de fuego, un río de ondas constantes e inextinguibles que se extendían por el corazón mismo de la ciudad. De esos grupos de hombres con camisas pardas y botas de cuero que marchaban en perfecta disciplina y alineación y que con voces bien entonadas gritaban canciones de guerra se elevaban un entusiasmo y un dinamismo extraordinarios. Los espectadores, situados a ambos lados de las columnas que marchaban, estallaban en un gran clamor». Miembros de las SA desfilan portando antorchas ante la Cancillería del Reich la noche del 30 de enero de 1933.

Líder de Alemania

Foto: Cordon Press

28 / 33

Líder de Alemania

Durante tres horas, la procesión desfiló bajo las ventanas de la Cancillería, desde donde Hitler saludaba a quienes marchaban ante él. En su diario, Goebbels anotó que aquél era «el surgimiento de una nación. Alemania ha despertado». Desde la Cancillería del Reich, Hitler saluda a sus seguidores la noche del 30 de enero de 1933.

El anciano presidente

Foto: Cordon Press

29 / 33

El anciano presidente

Un poco más allá de donde estaba Hitler, el anciano Hindenburg se erguía en su ventana (iluminada por un foco colocado por la policía) como «una figura heroica, imponente y majestuosa, investido con un toque de la maravilla de antaño. De vez en cuando, marca el ritmo de las marchas militares con su bastón», anotaría Goebbels. Quizás el presidente estaba muy lejos de allí. Según un testigo: «El viejo mariscal los observaba [a quienes desfilaban] desde la ventana como en un sueño, y quienes estaban detrás de él le vieron que hacía señas por encima del hombro. “Ludendorff –dijo el anciano, volviendo a utilizar su áspera voz de mando–, ¡qué bien están desfilando tus hombres, y cuántos prisioneros han capturado!”». 

La persecución de la izquierda

Foto: Album

30 / 33

La persecución de la izquierda

La llegada de Hitler al poder no había sido inevitable. No fueron los votos lo que lo alzó a la cancillería, porque en las elecciones de noviembre, las últimas libres de la República de Weimar, había obtenido un tercio de los sufragios. Justamente cuando retrocedía su popularidad y su partido vivía una grave crisis, fue aupado al poder mediante el acuerdo secreto de un puñado de miembros de la élite política conservadora alemana. Hitler persuadió a Hindenburg de convocar nuevas elecciones para el 5 de marzo, convencido de que le darían la mayoría y podría gobernar sin ataduras. Ante el llamamiento a una huelga general por los comunistas, obtuvo de Hindenburg un decreto «para proteger al pueblo alemán» que le facilitó la persecución de la izquierda. La represión devino feroz después de que el incendio del Reichstag en la noche del 27 de febrero se atribuyera a los comunistas. Ello facilitó la promulgación de un decreto «para la protección de las personas y el Estado» que dio carta blanca a una oleada de violencia criminal de las SA. Las llamas devoran el Reichstag la noche del 27 al 28 de febrero de 1933.

Terror rojo

Foto: Cordon Press

31 / 33

Terror rojo

El supuesto autor del incendio del Reichstag fue un excomunista neerlandés, Marinus van der Lubbe, a quien la fotografía muestra detenido. Se ha dicho que actuó por su cuenta, así como que fue llevado a la escena del crimen por agentes nazis y también que no había pruebas de la implicación de los nazis en el crimen, sino que Hitler simplemente aprovechó el acto independiente de van der Lubbe, que fue ejecutado en enero de 1934. 

 

La República había muerto

foto: SZ Photo / Bridgeman / ACI

32 / 33

La República había muerto

Antes de las elecciones de marzo, miles de miembros de las SA fueron designados policías auxiliares, portando un brazalete blanco que los distinguía como tales. Aunque el NSDAP controlaba el orden público, la prensa y la radio, Hitler no alcanzó la mayoría parlamentaria que buscaba: obtuvo 17,2 millones de votos (el 43,9 %), mientras que, a pesar de la represión, los socialdemócratas recibieron 7,1 millones de sufragios y los comunistas, 4,8 millones. 

El régimen nazi

Foto: Getty Images

33 / 33

El régimen nazi

Pocos días después se abrió el primer campo de concentración, Dachau, y el 23 de marzo el Reichstag aprobó la ley habilitante que Hitler tanto había deseado, y que concedía al gobierno la facultad legislativa. De este modo, ya no necesitaba que Hindenburg refrendara sus decretos y podía prescindir del Parlamento. Hitler se había servido de los mecanismos constitucionales para destruir la Constitución y la democracia. La República había muerto, y así lo certificaron entre abril y junio la creación de la Gestapo (la policía política controlada por el NSDAP), el inicio de la persecución a los judíos, la destitución de los funcionarios no afines al nacionalsocialismo, la supresión de los sindicatos o la disolución del SPD. Había nacido el Tercer Reich.

Este artículo pertenece al número 229 de la revista Historia National Geographic.

Segunda Guerra Mundial: las películas que mejor describen el mayor conflicto de la historia

Para saber más

Charlie Chaplin caracterizado como Adenoid Hynkel en el Gran Dictador.

Las mejores películas sobre la Segunda Guerra Mundial

Leer artículo