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Jueves 1 de octubre de 2020
Carme Mayans
Carme Mayans
Redactora de Historia National Geographic

Miles de años de amor a las mascotas

Reina la tristeza en el palacio del faraón. Las mujeres se mesan los cabellos y arrojan cenizas sobre sus cabezas, el monarca está triste y abatido. Ha perdido a un querido amigo. Ahora, deberá esperar a que éste sea momificado y trasladado a una tumba especialmente preparada para él, donde descansará para toda la eternidad. Pero ¿de quién se trata? ¿quién es este amigo tan amado cuya pérdida apena tanto al faraón? Pues no es ni un hermano ni un familiar cercano, ni tan solo es humano. Se trata de Abutiu, su querido perro, tan querido por su amo como lo son los perros actuales por sus orgullosos propietarios.

Esta historia es real. Tal vez no sucedió exactamente así, pero sabemos que Abutiu (que significa “con orejas puntiagudas”) existió y fue un perro lebrel que vivió en Egipto durante la dinastía VI (2305-2118 a.C.). El animal fue la mascota de un faraón desconocido, que le obsequió con un elaborado entierro en la necrópolis de Gizeh. La tumba de Abutiu fue descubierta por el arqueólogo George A. Resiner en 1935. Una inscripción allí grabada dejaba constancia del amor del rey por su peludo amigo: “El perro que era el guardia de Su Majestad, Abuwtiyuw es su nombre. Su Majestad ordenó que fuera enterrado [ceremonialmente], que se le diera un ataúd del tesoro real, lino fino en gran cantidad, [y] incienso. Su Majestad [también] dio ungüento perfumado, y [ordenó] que una tumba sea construida para él por las cuadrillas de albañiles. Su Majestad hizo esto por él para que él [el perro] pueda ser honrado [ante el gran dios, Anubis]”.

Abutiu es la primera mascota de la que tenemos constancia y de la que conocemos el nombre, pero su historia nos recuerda la importancia que desde tiempos inmemoriales ha tenido para el ser humano la compañía de ciertos animales, a los que ha considerado como miembros de pleno derecho de su propia familia. Perros y gatos fueron los favoritos de los antiguos egipcios, que los cuidaron en la vida y los honraron en la muerte. Como el príncipe Tutmosis, hijo de Amenhotep III, que hizo preparar un bello ataúd para su gata Tamit. También hubo mascotas más exóticas, como la gacela de la princesa Isitemkheb, que a su muerte fue cuidadosamente vendada, adornada con varios collares y dispuesta en un sarcófago de madera de sicomoro con la forma del animal.

Pero no cabe duda de que los monos (en egipcio, ky) estuvieron entre los preferidos por su capacidad de divertir a sus amos con sus acrobacias y ocurrencias. De hecho, estos animales fueron muy apreciados en Egipto hasta época romana. Un reciente estudio ha descubierto que en una necrópolis de animales en la ciudad de Berenice, junto al mar Rojo, se había enterrado a algunos monos rhesus y macacos de Bonet procedentes de la lejana India. Fueron dispuestos en sus tumbas con sumo cuidado, casi con amor, lo que demuestra el cariño que sus dueños sentían por ellos.

Aunque no sólo fueron los egipcios. Griegos y romanos también amaron a sus mascotas, sobre todo a sus perros. No hay más que ver las representaciones de estos animales en pinturas y mosaicos, adornados con hermosos collares. Incluso algunos autores hablan de cuál es el tipo de nombre más adecuado para un perro. Por ejemplo, el griego Jenofonte da 57 nombres apropiados para perros en su obra Cinegético, ninguno más largo de dos sílabas. Plinio también recomienda dar a los perros nombres cortos. Como el gaditano Columela, que en De re rustica propone además que los nombres se refieran a alguna característica del animal. Tal vez los propietarios de los pequeños perros descubiertos en la necrópolis romana de Llanos del Pretorio, en Córdoba, siguieron alguna de estas normas para dar nombre a sus queridas mascotas.

 

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