Maestro de tolerancia

Voltaire

A través de su vida y sus escritos, Voltaire encarnó la lucha de la Ilustración contra los abusos del poder y a favor de una sociedad basada en el principio de la tolerancia

Voltaire

Foto: Bridgeman / aci

Si Marcel Proust unió su nombre a la evocación del pasado, Voltaire lo hizo al concepto de tolerancia. Quizás éste sea, en última instancia, el gran mérito del autor de Ferney: el de haber establecido esta conexión inmediata, este «meme» instantáneo e indeleble, entre su figura y unos ideales de amor y respeto por el prójimo.

Cronología

Combates de un filósofo

1749

Parte a Berlín y se quedará en la corte de Federico II de Prusia hasta 1753.

1761-1765

Lanza sucesivas campañas de denuncia por los casos de Calas, La Barre y Servien.

1778

Fallece en París; había llegado meses antes para recibir un homenaje público.

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Hasta 1749, el año en que partió a Prusia, Voltaire trató de congraciarse con el rey, pero éste siempre lo vio
con recelo. Retrato por F. H. Drouais. Versalles.

Foto: Gerard Blot / rmn-grand palais

François-Marie Arouet nació en París en el año 1694, y desde muy joven destacó por su capacidad poética y por su facilidad para crear versos y frases ingeniosas. Tomó el sobrenombre de Voltaire (un acróstico de su nombre de pila) y lo transformó poco a poco en un sinónimo de arma literaria, hasta el extremo de que al poco tiempo lo volteriano era sinónimo de irreverente, combativo y casi subversivo. No obstante, sus principios discurrieron en los ambientes galantes de la corte francesa, y aunque trató de complacer primero al Regente, el duque de Orleans, y después a Luis XV, su tendencia natural a la ironía, cuando no al sarcasmo, siempre le causó problemas entre los más poderosos.

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Voltaire en Ferney. Nada más levantarse, mientras se ponía los pantalones, el filósofo empezaba a dictar una carta o un panfleto a su secretario. Óleo por Jean Huber. 1773. Fundación Voltaire, Oxford.

Foto: Bridgeman / aci

El irreverente

Por unos versos irrespetuosos, acabó encerrado en la Bastilla durante todo un año, y cuando consiguió la libertad se exilió en Inglaterra, donde escribió las Cartas filosóficas (también conocidas como Cartas inglesas), en las que criticaba con dureza al gobierno, al clero y a la intelectualidad francesa, obtusamente cartesiana. Fue un auténtico manifiesto contra su patria y contra los prohombres de su tierra, que lo obligó a exiliarse en Cirey, donde se alojó en el castillo del marido de su amante, la marquesa Du Châtelet, y se consagró plenamente al estudio dela obra de Newton.

En los años en que Luis XV gozó de gran popularidad, sobre todo después de la victoria francesa en la batalla de Fontenoy (1745), Voltaire dedicó al monarca un Panegírico tan zalamero y grandilocuente que el mismo rey lo ignoró, desconfiando de palabras tan lisonjeras. Quizá por ello, al poco, en su cuento Zadig Voltaire criticó con dureza a la corte de Versalles, su corrupción y la debilidad de los poderosos ante los halagos, y cargó en general contra la riqueza, que vuelve a los seres humanos avaros y crueles.

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La cena de los filósofos, por Jean Huber. 1772-1773. Fundación Voltaire, Oxford. En ferney, Voltaire recibía continuamente visitantes con los que le gustaba conversar largamente. El óleo sobre estas líneas representa un encuentro imaginario de Voltaire,
en Ferney, con otros philosophes amigos suyos, entre ellos Diderot (a la derecha, sin peluca), que en realidad nunca fue a Ferney, y D’Alembert (el segundo por la izquierda).

Foto: Bridgeman / ACI

Ante la frialdad de la Corona, Voltaire dio un paso del que se arrepentiría toda su vida: aceptó la propuesta de Federico de Prusia y se trasladó a su corte de Potsdam, en el corazón de Prusia. «Un loco menos en mi corte y uno más en la de Federico», comentó displicentemente Luis XV cuando le informaron. Fue el inicio de un destierro que duró casi toda la vida de Voltaire.

Voltaire estuvo casi toda su vida desterrado

Podría decirse que Voltaire fue un apátrida, si no fuese porque su patria fue siempre la lengua, y en aquellos momentos en el castillo de Sanssouci, sede de la corte del monarca prusiano, sólo se hablaba francés. El joven rey componía sus versos siguiendo a Racine y Corneille, que Voltaire le corregía meticulosamente (limpiaba la ropa sucia del rey, decía a sus colegas, sin poder contener su lengua). Pero pronto descubrió que si Luis XV era sensible a los halagos, Federico el Grande aún lo era más, y que aquella corte, donde se había reunido a filósofos y matemáticos de cierto renombre –entre ellos, los franceses Maupertuis, La Mettrie y el marqués de Argens–, era también un auténtico nido de envidias. El despotismo ilustrado en su estado más puro.

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Ejecución de calas en la rueda. grabado inglés de 1780. A pesar de casos tan espeluznantes como el de la familia Calas, durante el siglo XVIII en Francia se redujo de manera considerable el uso de la tortura. En el período 1750-1780, sobre un total de 6.000 juzgados por el tribunal de Rennes, sólo once fueron sometidos a tortura. Las campañas de Voltaire y otros ilustrados contribuyeron a esta reducción.

Foto: Alamy / ACI

El escándalo Calas

Durante su estancia en Prusia, su relación con Federico el Grande se deterioró de tal modo que incluso llegó a temer por su vida. Cuando consiguió escapar de la corte alemana se refugió en el País de Gex, una tierra franca entre Francia y Suiza. Como un monarca de su pequeño reino, llevó a cabo allí su sueño ilustrado, promoviendo el progreso y bienestar del pueblo de Ferney. Voltaire había vencido a todos, y su fama de garante de la justicia y de la libertad fue creciendo de tal forma que, al poco, ya era como conocido como Le roi Voltaire.

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Jean Calas. Este comerciante de Toulouse fue víctima del odio de sus paisanos contra los protestantes.

Foto: Scala, Firenze.

Desde esta posición recibió, con espanto e indignación, el proceso contra la familia Calas. Jean Calas era un próspero comerciante de telas de Toulouse, la ciudad más clerical de Francia. Era protestante y tenía cuatro hijos y dos hijas. La noche del 13 de octubre de 1761, el hijo mayor apareció ahorcado en la tienda familiar de ropa. El magistrado que instruyó el caso, dejándose influenciar por el ambiente antiprotestante de Toulouse, concluyó que se trataba de un asesinato, y acusó a la familia de haberlo matado para evitar que se convirtiera al catolicismo, como había hecho uno de sus otros hijos. Destacando algunas incoherencias en la declaración de los Calas, que intentaba disimular el suicidio de su hijo para así poder darle un entierro digno, la justicia decidió que el padre, la madre y su hijo debían ser ejecutados. Al final, la sentencia se aplicó sólo al progenitor, que fue descoyuntado en la rueda, expuesto por dos horas y posteriormente estrangulado y quemado en la hoguera.

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Cesare Beccaria. Retrato. Casa museo Cesare Beccaria, Milán. El libro De los delitos y las penas (1764), del milanés Cesare Beccaria, fue recibido en Francia con entusiasmo. Voltaire resumió sus tesis en su Comentario sobre «De los delitos y las penas» por un abogado de provincias, en el que demostraba la inutilidad de la pena de muerte y la necesidad de una reforma de la justicia que garantizara los derechos de los acusados.

Foto: fine art / album

Voltaire asistió espantado al proceso. Empezó a recabar información y realizó una colecta entre sus amigos y conocidos para ayudar a la viuda. Diderot escribía a su amiga Sophie Volland: «Es Voltaire quien ha escrito a favor de la pobre familia. ¡Oh amiga mía! ¡Qué maravilloso despliegue de la inteligencia! […]. Si Cristo existe, os aseguro que Voltaire se salvará!».

A principios de 1763, Voltaire publicó su Tratado sobre la tolerancia, que se inicia con la desgraciada historia de Jean Calas. Para Voltaire, la tolerancia es la columna vertebral de una sociedad civilizada. Por eso en este ensayo, con su estilo directo e ingenioso, propone al lector replantearse la idea tradicional de que la tolerancia era peligrosa para una nación porque propiciaba las guerras civiles. Voltaire sostiene que más bien sucede lo contrario: la intolerancia es el germen de las más grandes desgracias, como las guerras de religión francesas del siglo XVI («nueve guerras civiles llenaron Francia de matanzas»). Según Voltaire, cuantas más sectas albergue una nación mucho mejor, porque entre ellas se debilitarán y sus seguidores se acabarán volviendo tan mansos como corderos. Para Voltaire, la tolerancia es un derecho natural y humano, cuyo principio básico es no hacer al prójimo lo que no desearías que te hiciesen a ti mismo.

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El odiado Versalles. «La etiqueta de la grandeza, / cuando nada ocupa ni interesa, / deja un espantoso vacío en el corazón», escribió Voltaire para criticar la vida de corte. En la imagen, el Pequeño Trianón.

Foto: Bertrand Rieger / gtres

El canto a la tolerancia

En el Tratado sobre la tolerancia, Voltaire pone en juego toda su artillería retórica. Aparecen el historiador, el filósofo de las religiones, el poeta conmovedor, el provocador panfletario y el sarcástico burlón que escribe en el capítulo V: «Hubo un tiempo en que se creyó obligatorio promulgar decretos contra los que enseñaban una doctrina contraria a las categorías de Aristóteles, al horror al vacío […]. Tenemos en Europa más de cien volúmenes de jurisprudencia sobre la brujería y sobre la manera de distinguir los falsos brujos de los verdaderos. La excomunión de los saltamontes y de los insectos nocivos para las cosechas ha sido empleada profusamente y todavía subsiste en algunos ritos. La costumbre ha caducado; se deja en paz a Aristóteles, a los brujos y a los saltamontes».

Voltaire pone en juego toda su artillería retórica en el Tratado sobre la tolerancia.

Resulta difícil leer la prosa volteriana, tan persuasiva y al mismo tiempo emotiva, y no pensar que cualquiera podría ser la siguiente víctima de un Estado ciego y cruel, intolerante y monstruoso. Voltaire se erigió en el defensor de los Calas, y a éstos les siguieron muchos otros nombres, como Sirven –un protestante que fue condenado a muerte por contumacia en 1764 por haber matado supuestamente a su hija pequeña–, el caballero de La Barre –decapitado en 1766, a los 19 años, por haber blasfemado en público– y el marqués de Lally-Tollendal, acusado de traición por su actuación en la guerra contra Gran Bretaña y decapitado en 1766. Y no sólo franceses: Voltaire intentó en vano salvar la vida del almirante británico Byng, fusilado por las autoridades de su país por no haber sabido impedir la caída de Menorca en manos de los franceses. Voltaire se dirige al lector como su igual y se muestra especialmente moderno en su forma de interpelarlo, hasta el extremo de que, según algunos investigadores, Voltaire crea en este momento la opinión pública moderna. Con sus escritos impulsa un estado de opinión general que, de manera inopinada, pone contra las cuerdas a todo un Estado.

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Voltaire en el panteón. La estatua realizada por Jean-Antoine Houdon hacia 1810 se alza ante la urna con los restos del filósofo en la cripta del Panteón de París.

Foto: Bertrand Gardel / gtres

En esa lista de gentilhombres perseguidos, sin duda se incluye él mismo, y cuando se refiere a una monarquía indiferente, a una nobleza parásita, a una sociedad egoísta y frívola, acostumbrada a aceptar las sentencias judiciales más crueles con indiferencia, piensa en su vida de proscrito y las veces en que estuvo a un paso de ser capturado y encerrado. Y advierte: «El derecho de la intolerancia es, por lo tanto, absurdo y bárbaro: es el derecho de los tigres, y es mucho más horrible, porque los tigres sólo matan para comer, y nosotros nos hemos exterminado por unos párrafos».

El triunfo de Voltaire

El ensayo se cierra con una «Oración a Dios», de una intensa fuerza poética. Si los capítulos precedentes tienen un estilo directo, casi periodístico, en este último aparece el Voltaire más lírico y comprometido: «¡Ojalá todos los hombres se acuerden de que son hermanos! ¡Que odien la tiranía ejercida sobre sus almas como odian el latrocinio que arrebata a la fuerza el fruto del trabajo y de la industria pacífica! Si los azotes de la guerra son inevitables, no nos odiemos, no nos destrocemos unos a otros en el seno de la paz y empleemos el instante de nuestra existencia en bendecir por igual, en mil lenguas diversas, desde Siam a California, tu bondad que nos ha concedido ese instante».

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Palacio de Sanssouci. En la biblioteca de su palacio de Potsdam, Federico II guardaba muchos libros franceses, entre ellos los de su invitado Voltaire.

Foto: Shutterstock

El Tratado sobre la tolerancia fue puesto en el Índice de Libros Prohibidos de la Iglesia católica el 3 de febrero de 1766. No obstante, la influencia de Voltaire fue tan poderosa que, según el historiador Jean de Viguerie, a partir de 1770 «todo el mundo es tolerante, o pretende serlo».

En febrero del año 1778, Voltaire regresó a París tras casi cuarenta años de exilio. Con la excusa del estreno de su tragedia Irene, dio el paso, siempre peligroso para él, de entrar en Francia. Luis XVI lo ignoró, y Voltaire triunfó en la escena francesa con una obra floja, pero que de alguna manera simbolizaba tantos años de destierro y persecución. El público lo ovacionó: «¡Viva el Sófocles francés!», «¡Viva nuestro Homero!». Fuera del teatro, una multitud enardecida lo esperaba al grito de «¡Viva el defensor de los Calas!» Este es el verdadero gran triunfo de las Luces y la gran gloria de Voltaire: unir su nombre para siempre a la lucha por la libertad.

Este artículo pertenece al número 202 de la revista Historia National Geographic.

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Voltaire, el filósofo que siempre tenía razón

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