Personaje clave de la Ilustración

Voltaire, el filósofo que siempre tenía razón

Entre los grandes pensadores de la Ilustración, pocos fueron tan atrevidos como Voltaire. Fue un crítico feroz de todo lo que consideraba equivocado; no dejaba títere con cabeza, obligándole a lo largo de su vida a viajar huyendo de un país a otro continuamente.

Voltaire por Nicolas de Largillière

Imagen: Musée Carnavalet

“No siempre podemos agradar, pero siempre podemos tratar de ser agradables”. Una afirmación que su autor, François-Marie Arouet, más conocido por el seudónimo de Voltaire, no se aplicaba a sí mismo. Al contrario, el que fuera uno de los mayores pensadores ilustrados se caracterizó a lo largo de su agitada vida por exhibir una escasa diplomacia, lo cual lo llevó a huir constantemente de un país a otro.

Una vida errante

Nacido el 21 de noviembre de 1694 en Châtenay-Malabry, en las afueras de París, este hijo de notario decidió dejar sus estudios de derecho para dedicarse a las letras. El motivo, según él, fue que no quería convertirse en un funcionario más, a pesar de lo cual compaginó su actividad literaria con trabajos en oficinas gubernamentales. Una de sus primeras producciones fue una sátira contra el regente del reino, el duque Felipe de Orléans, un atrevimiento que le llevó a la Bastilla durante casi un año.

Voltaire fue encarcelado y exiliado en diversas ocasiones a causa de su carácter transgesor y sus críticas a la nobleza y a la Iglesia.

Al encarcelamiento siguió un periodo de arresto domiciliario en su casa, que dedicó a la producción de poesía y teatro, en los cuales ya se había hecho un nombre antes de dar con sus huesos en la prisión. En esa época adoptó el seudónimo de Voltaire, sobre cuyo origen existen diversas teorías, ninguna de ellas completamente demostrada. Lejos de moderar su carácter, la cárcel y el confinamiento afilaron más su lengua, al darse cuenta de que por mucho éxito que tuviera como literato y aunque los nobles lo invitaran a sus recepciones, a sus ojos sería siempre un plebeyo y no le estaría permitido criticar a los poderosos sin ser castigado por ello.

En 1726, a raíz de una disputa con el caballero Guy Auguste de Rohan -quien se había negado a batirse en duelo con él por ser un plebeyo-, Voltaire fue encarcelado de nuevo y esta vez exiliado a Inglaterra. Sin embargo, este castigo resultó ser una bendición para él, pues encontró al otro lado del Canal nuevos estímulos intelectuales y una mayor libertad de expresión. Cuando volvió a Francia tres años después, su ingenio y su determinación estaban más vivos que nunca.

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En las décadas siguientes Voltaire alternó su vida literaria en Francia con periodos en el extranjero, principalmente Suiza y Prusia, donde fue chambelán del rey Federico el Grande. A su regreso compró una propiedad cerca de la frontera franco-suiza, para poder huir rápidamente del país si se volvía a meter en problemas, lo cual sucedió a menudo. En sus viajes por Europa se relacionó con pensadores de todas las tendencias, pues alardeaba de su tolerancia, aunque no siempre la practicaba ni mucho menos la recibía.

En febrero de 1778, volvió a su París natal para asistir al estreno de su última obra, Irene, a pesar de su delicada salud. Con 83 años a sus espaldas, veía próximo su fin y quería obtener una última satisfacción volviendo triunfalmente a la ciudad que lo había visto nacer y cuya aristocracia y clero le habían forzado a abandonar. Demasiado triunfal, de hecho, pues los numerosos actos y visitas acabaron de minar su salud. Murió el 30 de mayo, sin llegar a ver la Revolución que sus ideas habían contribuido a inspirar; en 1791, sus restos fueron exhumados y enterrados de nuevo en el Panteón, el monumento reservado a los más ilustres personajes de la historia francesa.

Voltaire en la corte de Federico de Prusia

Federico el Grande representó por un tiempo el ideal de soberano ilustrado de Voltaire, ya que el rey prusiano había invitado a su corte a pensadores, artistas y científicos. Sin embargo, el carácter satírico de Voltaire lo enemistó con varios de ellos y con el propio rey, por lo que renunció a su puesto como chambelán.

Crítico con todos

Lo que hizo de Voltaire un personaje tan polémico fueron sus ataques a todos aquellos que consideraba indignos, lo que venía a ser gran parte de la humanidad. No había estamento o credo que se salvara: a los aristócratas los consideraba unos parásitos, a los burgueses unos avariciosos que solo miraban para sí mismos; a los monarcas unos déspotas, a las multitudes una masa ignorante incapaz de construir una alternativa mejor; al poder religioso, una fuente de ignorancia y superstición, al secular, una fuerza opresora que solo pensaba en acaparar cuanto pudiese.

Lo que hizo de Voltaire un personaje tan polémico fueron sus ataques a todos aquellos que consideraba indignos, lo que venía a ser gran parte de la humanidad.

Sus críticas más feroces iban dirigidas contra la religión, que consideraba en la mayoría de sus formas la fuente de toda la ignorancia e intolerancia. Al cristianismo lo consideraba “la religión más ridícula, absurda y sangrienta que ha infectado este mundo” y llegó a pedir al rey prusiano que “extirpara esa infame superstición si quería dejar algún buen legado tras su muerte”. De los judíos decía que eran “gente ignorante y bárbara que ha unido la avaricia más sórdida, la superstición más detestable y el odio más intenso hacia el resto de la gente que les tolera y enriquece”. A Mahoma, sobre quien llegó a escribir una obra de teatro, lo llamó “vendedor de camellos” y “un charlatán que dijo haber hablado con ángeles, subido a los cielos y escrito un libro ininteligible que a cada página hace estremecer al sentido común”.

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En cambio, manifestó un gran aprecio por el hinduismo, que veía como una religión compasiva con todos los seres vivos; y especialmente por el confucianismo, en cuya filosofía de la verdad y la rectitud moral veía un ejemplo que habrían debido seguir todos los gobernantes. Voltaire creía que solo una guía ilustrada y una educación basada en la razón podrían redimir la decadencia moral de Europa; desconfiaba de los estamentos privilegiados, que solo procuraban mantener sus privilegios, y más aún de las masas de gente común, que consideraba peligrosas por su superstición y falta de formación.

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A pesar de sus críticas nada contenidas, fue un ferviente defensor de la tolerancia y los derechos civiles como única base posible para una sociedad moralmente sana. Insistió en que la justicia y las oportunidades debían ser iguales para todos, una creencia arraigada en él desde su primer encarcelamiento, en el que sufrió en sus carnes la discriminación por no ser un noble. La razón y el conocimiento científico debían sustituir a la arbitrariedad y la superstición; y los líderes ilustrados debían usar su poder para garantizar un orden que actuara en el mejor beneficio de todos los miembros de la sociedad sin perjudicar injustamente a ninguno de ellos. Su defensa de una justicia igualitaria caló sobre todo entre los burgueses y los aristócratas ilustrados e inspiró la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en la que se basó el espíritu de la Revolución Francesa.

Voltaire es uno de los autores más importantes en lengua francesa, con una producción que abarca poesía y prosa literarias, obras de teatro, tratados filosóficos, históricos y científicos, y una ingente correspondencia privada.

Su faceta de pensador va a la par con la de escritor. Voltaire es uno de los autores más importantes en lengua francesa, con una producción que abarca poesía y prosa literarias, obras de teatro, tratados filosóficos, históricos y científicos, y una ingente correspondencia privada. Se carteó con personalidades de todo tipo, desde filósofos con quienes mantuvo acaloradas discusiones, hasta la propia emperatriz rusa Catalina la Grande, que representaba su ideal de soberano ilustrado. Voltaire, a pesar de su discurso en favor de la igualdad, nunca creyó en la democracia ni en las cualidades de la gente corriente, como escribió en una carta a la zarina: “No hay casi nada de grandioso que se haya conseguido de no ser por el genio y la firmeza de un solo hombre combatiendo los prejuicios de la multitud”. Una afirmación que sintetiza el pensamiento de un hombre que no solo creía en la razón, sino que además estaba convencido de tenerla.

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