Sacerdotisas de la antigua Roma

Vestales, las guardianas del fuego sagrado en Roma

Por norma general, la vida pública en la antigua Roma estaba limitada a los hombres. Sin embargo había un grupo de mujeres que gozaban de un estatus especial: eran las vestales, las guardianas del fuego sagrado de la diosa Vesta.

La escuela de las vestales

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Para los romanos, los ritos religiosos no solo eran una cuestión de fe, sino una vía para garantizar la seguridad del estado a través del favor de los dioses. Existían varios colegios sacerdotales, cada uno con funciones específicas, y la mayoría estaban limitados a los hombres. Entre los pocos cargos religiosos que podían ocupar las mujeres destacaba, por su importancia y exclusividad, el de vestales, las sacerdotisas encargadas de custodiar el fuego sagrado de Vesta.

Como diosa del hogar, Vesta tenía un fuerte papel simbólico, ya que era la protectora de la comunidad. Su fuego simbolizaba el hogar de todos los romanos, es decir, la ciudad y el estado, y se creía que si este se apagaba era el preludio de una gran desgracia. De acuerdo con la tradición fue Numa Pompilio, el segundo rey de Roma, quien instauró las vestales como uno de los colegios sacerdotales; sin embargo, su culto se remonta posiblemente más allá de los orígenes de Roma: según la leyenda la primera vestal fue Rea Silvia, madre de Rómulo y Remo, por lo que probablemente su culto ya estuviera presente en la cultura latina.

Estatua de Vesta

Vesta era la diosa del hogar y una de las divinidades más antiguas de Roma, probablemente anterior incluso a su fundación. Su símbolo, el fuego, representaba el hogar, el calor de la comunidad y la fidelidad familiar. Posteriormente se la identificó con la griega Hestia, aunque su culto en Roma tenía mucha más importancia.

Museo Torlonia

Por el bien del estado

La obligación más importante de las vestales, además de oficiar los ritos en honor de la diosa, era la de custodiar el fuego sagrado que ardía en el templo de Vesta. Puesto que el hecho de que se extinguiera se consideraba el presagio de una desgracia para la ciudad, siempre debía haber una vestal vigilándolo. Si el fuego se apagaba, la sacerdotisa que estuviera al cargo en ese momento era azotada como castigo por su negligencia.

Peor aún que este descuido era el hecho de mantener relaciones sexuales, ya que una de las condiciones que debían cumplir las vestales era la castidad. Este voto tenía un valor ritual ya que, desde el momento en que se convertían en sacerdotisas, dejaban la autoridad de su pater familias y pasaban a ser hijas del estado, por lo que cualquier relación con un ciudadano era considerada incestuosa. El castigo en tal caso era aún más terrible: eran enterradas vivas en una cámara subterránea, ya que estaba prohibido derramar su sangre; y su amante también era ejecutado.

Dejar que el fuego de Vesta se apagara o romper su voto de castidad eran los peores errores que podía cometer una vestal y conllevaba un severo castigo.

Puesto que solo hay diez casos documentados en los doce siglos de historia de Roma, se cree que este castigo raramente era aplicado salvo que, efectivamente, aconteciera una gran desgracia y se atribuyera la culpa a la vestal: solo el pontifex maximus, el sumo sacerdote de todos los colegios de sacerdotes, podía tomar esta decisión y aportando pruebas de que, efectivamente, la vestal había roto sus votos o descuidado sus funciones.

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Las ventajas de ser una vestal

A cambio de estas estrictas normas, las vestales disfrutaban de unos derechos vetados al resto de mujeres romanas. No estaban bajo la autoridad de ningún hombre, podían tener disponer libremente de sus propios bienes y hacer testamento. Su persona era inviolable, disponían de escolta y herirlas era castigado con la muerte. Tenían asientos reservados en los espectáculos públicos y podían participar en las ceremonias oficiales del estado. Su palabra en los juicios se consideraba verdadera por defecto y tenían la autoridad de perdonar a un condenado en determinadas circunstancias; de hecho, el propio Julio César se salvó de terminar en la lista de proscritos del dictador Lucio Cornelio Sila gracias a la intervención de las vestales.

A cambio de estas estrictas normas, las vestales disfrutaban de unos derechos vetados al resto de mujeres romanas.

Finalmente, terminado su sacerdocio podían retirarse si lo deseaban, aunque muchas decidían permanecer en el colegio y conservar su posición y derechos. Si se retiraban eran liberadas de su voto de castidad, momento en el cual recibían una generosa pensión vitalicia y eran libres de decidir su futuro. Podían vivir por su cuenta sin tener que preocuparse por el dinero, al contrario que el resto de mujeres, que debían tener siempre un tutor, ya fuera su marido, padre u otro familiar. También podían casarse, en cuyo caso era el propio pontifex maximus, como padre simbólico de las sacerdotisas, quien se encargaba de concertar el matrimonio con un miembro de la nobleza romana: a pesar de que para los estándares de la época su edad ya era avanzada para dar hijos -pues tenían cerca de 40 años en el momento en que se retiraban-, el matrimonio con una antigua vestal daba un gran prestigio, por lo que no les faltaban pretendientes.

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Treinta años de servicio

La carrera de las vestales se dividía en tres etapas de diez años cada una: la primera como novicias, la segunda como sacerdotisas y la última como instructoras de las nuevas novicias. Generalmente había un número limitado de sacerdotisas, seis para cada una de estas tres etapas de formación, a la cual avanzaban juntas. A la cabeza de ellas estaba la vestalis maxima, que participaba en el Colegio de los Pontífices, una institución formada por los sumos sacerdotes de los diversos colegios sacerdotales, encargados de custodiar los libros sagrados y documentos de estado como los tratados de paz. Debido a su inviolabilidad, los ciudadanos romanos podían confiar sus testamentos a las vestales para asegurarse de que estos no serían destruidos ni modificados.

Las novicias eran seleccionadas personalmente por el pontifex maximus en base a unos estrictos criterios.

Las novicias eran seleccionadas personalmente por el pontifex maximus en base a unos estrictos criterios: debían ser niñas de seis a diez años, hijas de ciudadanos romanos cuyos dos padres estuvieran vivos y no fueran sacerdotes, ni tener una hermana que fuese o hubiera sido vestal anteriormente. Al principio eran seleccionadas entre un grupo de veinte hijas de familias patricias, pero más adelante se amplió a las plebeyas ya que, para una familia noble, ceder a su hija como vestal era renunciar a posibles alianzas matrimoniales. Posteriormente las candidatas elegidas eran llevadas ante la vestalis maxima, desnudadas y examinadas minuciosamente, ya que debían ser perfectas de cuerpo (no tener cicatrices ni lesiones permanentes) y de mente (no ser mudas ni sordas).

Casa de las vestales en el foro romano

La Casa de las Vestales era un complejo situado en el foro romano que incluía el Templo de Vesta, el palacio donde vivían y un patio con el atrio y las piscinas. Hoy en día las ruinas permiten identificar los diversos espacios, como el templo y algunas estructuras del patio.

Si alguna de ellas moría, de forma excepcional se buscaba una nueva candidata para sustituirla. Al tratarse de un caso especial, estas candidatas no tenían que cumplir las condiciones habituales y ni siquiera ser vírgenes. En el caso que debieran reemplazar a una vestal que ya se encontraba en la segunda etapa, era aceptable incluso que se tratara de jóvenes viudas o divorciadas. Sin embargo, mientras durara su sacerdocio, sí debían mantener su voto de castidad al igual que las demás.

A pesar de la gran responsabilidad a la que estaban sometidas y los castigos a los que se enfrentaban si la incumplían, las vestales fueron de lejos el colectivo de mujeres con mayores derechos en la antigua Roma, caracterizada por un sistema patriarcal tremendamente rígido. Aunque no se puede decir que fueran libres, ya que sus derechos iban a la par con el cumplimiento de sus obligaciones, eran de las pocas que disfrutaban de estatus social propio y de un respeto que, en general, los romanos no prodigaban a las mujeres.

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