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Estatuas y fuentes alrededor del jardín del Palacio de Versalles, en las afueras de París, Francia.

Foto: Istock
Estatuas y fuentes alrededor del jardín del Palacio de Versalles, en las afueras de París, Francia.

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Episodio 37

Versalles, un día en la corte de Luis XIV, el Rey Sol

Luis XIV convirtió el palacio de Versalles en el centro de poder de Francia. El día a día del rey era un ritual perfectamente planificado que señalaba la importancia de cada cortesano según su proximidad al monarca. En tiempos de Luis XIV, el palacio de Versalles se organizaba en una serie de espacios en los que tenían lugar las actividades cotidianas de la corte, siempre al ritmo que imponía la voluntad del soberano.

Luis XIV convirtió el palacio de Versalles en el centro de poder de Francia. El día a día del rey era un ritual perfectamente planificado que señalaba la importancia de cada cortesano según su proximidad al monarca. En tiempos de Luis XIV, el palacio de Versalles se organizaba en una serie de espacios en los que tenían lugar las actividades cotidianas de la corte, siempre al ritmo que imponía la voluntad del soberano.

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En 1682, al establecer la corte y el gobierno en Versalles, Luis XIV tomó una decisión fundamental en su reinado: por primera vez en Francia, el ejercicio del poder se identificó con un lugar, Versalles, que de algún modo pasó a ser la segunda capital del país. El palacio, relativamente nuevo, se convirtió en el punto de mira de toda Europa. Abierto de par en par al público, ofrecía a los numerosos visitantes franceses y extranjeros que se apiñaban allí un compendio de la habilidad de los artesanos y los artistas protegidos y empleados por el rey, un escaparate de la riqueza de Francia –desde los mármoles procedentes de las canteras del reino hasta las obras de arte que formaban las colecciones reales–, y una prueba palpable de la gloria de aquel que se imponía como el mayor soberano de Europa.

En ese momento, Versalles se encontraba en pleno proceso de acondicionamiento. Las obras se centraban en el palacio, cuyo cuerpo central, reservado a los soberanos y a la familia real, y el ala sur, llamada también de los Príncipes, estaban a punto de terminarse, mientras que las obras del ala norte se iniciarían en 1684. Asimismo se construyeron numerosas dependencias para que los distintos servicios de la corte y los órganos de gobierno pudieran permanecer allí durante todo el año: las alas de los ministros, las dos caballerizas reales, el Gran Común, la Torre del Agua, el huerto del rey. Los jardines fueron objeto de notables remodelaciones, dando relieve a la Gran Perspectiva, el eje este-oeste que atraviesa todo el lugar. Más allá de los jardines, el Pequeño Parque se organizaba alrededor del Gran Canal, mientras que el Gran Parque, rodeado de muros, constituía una inmensa reserva de caza de más de diez mil hectáreas. En ese marco transcurría la jornada del rey, en torno al cual gravitaban todos los cortesanos como los planetas alrededor del sol.

El rey se levanta

La jornada de Luis XIV se encontraba estrictamente planificada desde que se levantaba por la mañana hasta que se acostaba por la noche. El duque de Saint-Simon lo resumió en una frase famosa: «Con un almanaque y un reloj podríamos decir, a trescientas leguas de distancia, con exactitud, lo que está haciendo» el rey.

La jornada empezaba a las ocho y media; el primer ayuda de cámara real se acercaba al lecho del monarca y pronunciaba la famosa fórmula: «Señor, es la hora». Así daba inicio el lever du roi, la ceremonia, de una hora de duración, en la que el soberano salía de la cama, se aseaba, hacía que lo vistieran y lo peinaran y realizaba sus plegarias diarias. Decenas de cortesanos se apelotonaban en las antecámaras a la espera de que se les permitiera entrar en la habitación real. Las diferencias de rango marcaban el orden de acceso a la estancia: primero los príncipes e íntimos del rey, luego los ministros, a continuación los demás cortesanos. En total había seis «entradas». Era la oportunidad para obtener un favor del soberano o comunicarle una información. Algunos obtenían incluso una autorización especial para entrar antes que los demás, mientras el rey estaba sentado en el retrete, la chaise percée. La operación duraba media hora, aunque un testimonio aclaraba que el rey lo hacía «más por ceremonia que por necesidad».

A la salida del lever, el rey se dirigía normalmente a la capilla del palacio, que se encuentra a la entrada del ala norte. Este acto cortesano era muy importante, ya que ponía de manifiesto la devoción pública del Rey Cristianísimo y permitía a cualquiera situarse en el recorrido del rey o en la capilla para ver al soberano y hacerse ver por él. Para llegar a la capilla, el rey tomaba la Gran Galería, ubicada detrás de su habitación, y a continuación las distintas salas del Gran Apartamento.

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La misa del rey

La Capilla Real es una capilla palatina, es decir, de dos niveles. El superior corresponde a la primera planta del palacio: allí se encuentra la Tribuna Real, desde la cual el rey, arrodillado, asistía a la misa diaria. Se trataba de una misa en voz baja, durante la cual la Música de la Capilla –el conjunto de músicos del rey– ejecutaba uno o más motetes. Esta ceremonia duraba una media hora.

Cinco veces al año, en ciertas festividades especiales, el soberano comulgaba. Descendía entonces a la planta baja para asistir a la misa desde el coro, sobre un reclinatorio especialmente instalado a tal efecto. Esos días, al salir de la capilla, el rey realizaba la ceremonia de tocar las escrófulas: procedentes de las provincias y del extranjero, un gran número de enfermos aquejados de escrófula –una forma de tuberculosis ganglionar – se arrodillaban al paso del soberano, que les tocaba la cara uno por uno mientras pronunciaba la fórmula: «El rey te toca, Dios te cura».

Al regresar de la misa, o bien inmediatamente después del lever –la misa se celebraba entonces más tarde–, el rey se instalaba en el Gabinete del Consejo, pieza contigua al Salón del Rey (convertido en dormitorio en 1701). Luis XIV presidía el Consejo cada día. Los ministros se sentaban alrededor de la mesa y tomaban la palabra, por turnos, para dar su opinión sobre los distintos puntos de la orden del día. El rey hablaba en último lugar, para arbitrar y tomar las decisiones. A partir de 1686, el rey solía almorzar en su habitación. Comía en una mesa cuadrada, según el ritual denominado del «Pequeño Cubierto»: la comida incluía sólo tres servicios de seis platos cada uno, pero se tomaba en público, con las puertas de la habitación abiertas.

Si el Consejo no se reanudaba por la tarde, el rey tenía entonces libertad para pasear por sus jardines, donde podía admirar las creaciones de su jardinero real, Le Nôtre, y de su arquitecto Hardouin-Mansart. Luis XIV redactó de su puño y letra la Manera de mostrar los jardines de Versalles, un itinerario de visita que permitía recorrer lo esencial: parterres, senderos, perspectivas y bosquecillos. También admiraba las innumerables esculturas que él mismo hacía colocar y cambiar según sus caprichos: al final de su reinado, había casi doscientas en los jardines de Versalles. El soberano también podía ir a cazar, dentro del espacio del Gran Parque y a veces en los bosques colindantes. Estos momentos de diversión, a los que el rey invitaba a los cortesanos que gozaban de su favor, eran muy solicitados, no en vano en la corte todo se medía en función de la proximidad que cada uno mantenía con el soberano.

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El Versalles más íntimo

Si el rey no estaba de humor para salir al exterior, o si el tiempo o la salud no se lo permitían, podía refugiarse en su Apartamento Interior, o «apartamento de coleccionista». Ampliado de nuevo en 1693, este espacio privado, situado más allá del Gabinete del Consejo, ocupaba quince habitaciones. Albergaba innumerables obras de arte, que formaban parte de las colecciones reales, pero que se dedicaban al deleite personal del soberano. Allí se encontraban numerosos cuadros –entre ellos la famosa Gioconda de Leonardo da Vinci–, piedras preciosas –o jarrones de piedras duras–, pequeñas esculturas de plata y de bronce, manuscritos ilustrados, medallas...

A partir de 1683, por las tardes el rey iba a ver a su esposa secreta, Madame de Maintenon. En el reducido espacio del aposento de ésta, recibía a los ministros para sesiones de trabajo dedicadas a preparar el Consejo.

Por entonces el rey empezó a recibir regularmente, varias veces por semana, a los miembros de su corte en unas fiestas que tenían como escenario las salas del Gran Apartamento de Versalles –la parte del palacio más accesible al público y que, durante el día, podía ser recorrida con libertad por los visitantes de Versalles, deseosos de descubrir las condiciones de vida del monarca francés y la riqueza de las colecciones reales de obras de arte–. Durante estas veladas –llamadas soirées d’appartement–, el Gran Apartamento quedaba reservado al rey y a sus invitados, que compartían con él, de manera relativamente informal, momentos de diversión que se consideraban privilegios. Así, era posible jugar al billar y a toda clase de juegos de sociedad y de azar, pero también participar en conversaciones, escuchar música, bailar o saborear un dulce. Estas fiestas se instituyeron para manifestar la nueva posición que ocupaba Versalles como residencia habitual del soberano y sede del poder: permitían al rey estrechar sus vínculos con la élite aristocrática, superando la desconfianza que provocó la revuelta nobiliaria de la Fronda, a inicios de su reinado.

Las otras noches de la semana se dedicaban a la comedia, francesa o italiana, o a la tragedia, más a menudo teatral que lírica. Durante el carnaval se organizaban también numerosos bailes de disfraces, en el Gran Apartamento o en las habitaciones de algún miembro de la familia real, siempre que fueran lo bastante espaciosas para recibir a una numerosa compañía.

A partir de 1683, hacia las diez de la noche, el rey se dirigía a la primera antecámara de sus aposentos para la cena, el souper, que se solía servir según el protocolo del «Gran Cubierto», esto es, con cinco servicios sucesivos. Algunos miembros de la familia real podían tomar asiento en la mesa del rey. La abundancia de los platos indicaba la opulencia real y la buena salud del reino. Como la misa del rey, este acto cortesano era público, pero, a causa del tamaño de la habitación, no siempre estaba garantizado poder asistir a él y ver comer al rey. La ceremonia, que se celebraba con acompañamiento musical, podía durar tres cuartos de hora.

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El final de la jornada

La jornada versallesca de Luis XIV terminaba siempre con la ceremonia del coucher du roi, el acto de irse a la cama, que se desarrollaba, del mismo modo que la de la mañana, en la habitación del soberano. Más sencilla que el lever, no implica entradas sucesivas, sino que permitía que el rey distinguiera a algún cortesano y le concediera un honor ocasional, por ejemplo el privilegio de sostener el candelabro mientras él se desvestía.

De esta manera, el Versalles de Luis XIV se impuso como un universo moldeado por el soberano, alrededor del cual y en función del cual se organizaba la vida de la corte. Lejos de ser sólo un sistema político formado por cortesanos sometidos, Versalles era el teatro de una brillante civilización cortesana, destinada a destacar en Francia, pero también, gracias a los numerosos visitantes extranjeros y a los embajadores, en toda Europa. Las soirées d’appartement constituían un símbolo de este nuevo arte de vivir: representaban sin duda un momento privilegiado de la cortesía y la politesse francesas, desplegadas en toda su plenitud en un escenario concebido y realizado por los mejores artistas del reino.

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