Sangre, hierro y romanticismo

La unificación alemana y el nacimiento del Segundo Reich

Bajo la influencia del pensamiento romántico, el siglo XIX vio el nacimiento de diversos estados que aspiraban a unir a sus respectivas naciones. Uno de estos fue Alemania, que de una miríada de pequeñas soberanías se convirtió en un poderoso imperio.

Germania Philipp Veit

Foto: CC

Una popular frase apócrifa, atribuída a diversos políticos de la Guerra Fría, decía: “Me gusta tanto Alemania que prefiero que haya dos”. Esa persona que nunca existió habría estado muy complacida a comienzos del siglo XIX, cuando había no una sino cientos de Alemanias: la abdicación del emperador Francisco II de Habsburgo-Lorena en 1806 puso fin oficialmente al Sacro Imperio Romano Germánico, que había mantenido como mínimo la ilusión de una unidad alemana a lo largo de casi ocho siglos y medio, y dejó el espacio germano dividido en más de 1800 territorios que iban desde grandes reinos hasta ciudades autónomas.

Las dos Alemanias: Austria y Prusia

El XIX fue el siglo del pensamiento romántico, bajo el influjo del cual diversas naciones aspiraron a convertirse en un único país. Alemania fue una de ellas, pero la cuestión era cómo: aunque compartieran una lengua y hasta cierto punto un bagaje cultural común, existían grandes diferencias entre ellas. Austria y Prusia, los dos estados germánicos más poderosos tras la desintegración del Sacro Imperio, y por ende los únicos en condiciones de liderar el camino hacia la unidad, eran muy diferentes y se convirtieron en rivales feroces.

Austria era un imperio plurinacional y conservador, cuyos súbditos eran en buena parte católicos; Prusia en cambio era un reino mayoritariamente protestante, burgués y algo más liberal, aunque igualmente autoritario. La élite prusiana abogaba por la creación de una Gran Alemania que uniera -bajo su liderazgo, naturalmente- todos los territorios de cultura germana; algo a lo que se oponía la corte austríaca, puesto que suponía renunciar a buena parte de sus territorios y terminar probablemente en un lugar secundario respecto a Prusia.

Austria y Prusia eran los dos estados germánicos más poderosos tras la desintegración del Sacro Imperio y se convirtieron en rivales feroces.

Prusia tenía buenos motivos para desear la unidad más que Austria: su industria y comercio podían beneficiarse enormemente de la exportación de productos y materias primeras. Un primer paso en ese sentido fue la creación en 1815 de la Confederación Germánica, formada por 39 estados incluyendo a Austria y a Prusia. Aunque sus miembros mantenían su independencia, el objetivo era avanzar hacia una unidad mercantil y política, pero la rivalidad austro-prusiana lo impidió y finalmente se disolvió en 1848.

Franscisco II de Habsburgo-Lorena

Franscisco II de Habsburgo-Lorena

Franscisco de Habsburgo-Lorena (1768-1835) fue el último emperador del Sacro Imperio Romano Germánico (como Francisco II) y primer emperador de Austria (como Francisco I). El Imperio Austríaco heredó la legitimidad de la casa Habsburgo, que reinaría aún más de un siglo. Óleo anónimo pintado en 1792.

Foto: Castillo de Trakošćan, Croacia

Liberalismo y revolución

El año 1848 trajo una ola de revoluciones liberales en diversos países de Europa, en cada uno motivado por sus propios motivos, pero con dos denominadores comunes: el choque entre el Antiguo Régimen y las nuevas corrientes democráticas nacidas de la Revolución Francesa, y la lucha de poder entre las viejas élites artistocráticas y la burguesía industrial en ascenso.

En el caso de los estados alemanes la razón principal era el descontento, entre las clases populares y medias, con las viejas estructuras de poder autocráticas heredadas del Sacro Imperio, que les impedían el ascenso social. Las protestas fueron especialmente intensas en estados del oeste alemán, donde los revolucionarios aspiraban a establecer regímenes democráticos y obtuvieron algunas victorias, como la creación de parlamentos y el derecho al voto. Pero la heterogeneidad de sus miembros, que había sido al principio su gran fuerza, propició pronto su división y derrota.

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Las revoluciones de 1848 coincidieron con un fortalecimiento de Prusia respecto a Austria, a la cual le había surgido una nueva preocupación: las tensiones en Lombardía y Véneto con el Reino de Cerdeña, que aspiraba a su vez a formar un estado italiano y encontró un aliado en Prusia, puesto que a ambos les interesaba debilitar al Imperio Austríaco en su propio beneficio. Esta situación transfirió a la monarquía prusiana todo el liderazgo de la unificación alemana, mientras la corona austríaca pugnaba por mantener unido su imperio multinacional.

“Hierro y sangre”

En enero de 1861, el príncipe Guillermo de Hohenzollern sucedió a su hermano como rey de Prusia después de tres años ocupando el cargo de regente. Guillermo I era un hombre conservador y criado en la disciplina militar, pero estaba abierto a ciertas reformas controladas para rebajar la tensión. Después de los episodios revolucionarios, Prusia se había dotado de un parlamento -el Landtag- de mayoría liberal, con el cual la monarquía mantenía un delicado equilibrio.

Guillermo I de Alemania

Guillermo I de Alemania

Guillermo I, último rey de Prusia y primer emperador de Alemania, en una fotografía de 1884. De formación militar, fue un monarca que demostró más interés por la guerra que por la política, que delegó en gran medida en su canciller, Otto von Bismarck.

Foto: Kabinett-Fotografie
Retrato de Otto von Bismarck

Retrato de Otto von Bismarck

"Retrato de Otto Eduard Leopold von Bismarck", óleo de Franz von Lenbach. A pesar de su carácter autoritario, que en ocasiones empleaba contra el propio monarca, Bismarck fue un hábil diplomático y se le considera uno de los máximos artífices de la unificación alemana.

Foto: Walters Art Museum, Baltimore, EE.UU.

Para reafirmar su poder frente al Landtag, Guillermo propuso como primer ministro al general Otto von Bismarck, miembro de una aristocrática familia sajona. A diferencia del rey, que mantenía un perfil educado y correcto, Bismarck era un hombre abiertamiente autoritario, ferozmente antiliberal y luterano convencido, que creía ciegamente en el papel preminente de Prusia y en que la unidad alemana solo podía lograrse mediante las armas. Así queda reflejado en su famoso discurso ante el Landtag, pocos días después de tomar posesión del cargo, que ha pasado a la historia con el título no oficial de “Hierro y sangre”:

Alemania no busca el liberalismo de Prusia, sino su poder. Baviera, Wurttemberg, Baden pueden disfrutar del liberalismo, y nadie les asignará el papel de Prusia. Prusia tiene que unirse y concentrar su poder para el momento oportuno, que ya ha pasado de largo varias veces. […] Las grandes cuestiones de la época no las decidirán ni los discursos ni los acuerdos por mayoría -ese fue el gran error en 1848 y en 1849-, sino el hierro y la sangre”.

Bismarck puso en práctica su discurso en los años siguientes: tres guerras -contra Dinamarca en 1864, contra Austria en 1866 y contra Francia en 1870- transfirieron a Prusia la autoridad sobre muchos territorios de habla alemana, debilitando al Imperio Austríaco y provocando la caída del Segundo Imperio Francés, sus grandes rivales. Austria se vio aún más debilitada por la pérdida, en favor de Italia, de la Lombardía en 1859 y del Véneto en 1866.

Trajes Bismarck

Trajes Bismarck

Esta ilustración de 1867, titulada "Los disfraces de nuestro maestro de la corte", satiriza el poder casi absoluto de Bismarck mostrando sus diferentes "trajes" según la ocasión: general, ministro, canciller, diplomático, presidente... incluso cazador.

Foto: Bismarck-Album des Kladderadatsch (CC)

El Segundo Reich

El momento era propicio para consolidar el poder de Prusia y para cristalizar esa unificación a la que el romanticismo alemán aspiraba. Un primer paso fue la creación en 1867 de la Confederación Alemana del Norte, que sustituía a la antigua Confederación Germánica y, que al contrario que esta, podía funcionar como un verdadero estado, con un parlamento nacional -el Reichstag- con amplias competencias legislativas y un Consejo Federal formado por representantes de todos los estados constituyentes. Aunque legalmente era una confederación de estados iguales, otorgaba grandes poderes a la figura del canciller -el propio Bismarck, que pasaría a la historia como “el canciller de hierro”- y, por lo tanto, daba el liderazgo de facto a Prusia.

La aplastante victoria contra Napoleón III en la Guerra franco-prusiana de 1870 dio el impulso final. Bismarck, aprovechando el vigor que ese triunfo daba al nacionalismo alemán, pactó con los representantes de varios estados de la Confederación la concesión de mayores ventajas si accedían a completar la unificación formalmente y a proclamar al rey Guillermo como kaiser, Emperador de Alemania. En diciembre de ese año el Reichstag aprobó otorgar dicho título al monarca.

La proclamación del Imperio Alemán

La proclamación del Imperio Alemán

"La proclamación del Imperio Alemán", óleo pintado en 1885 por Alfred von Werner. Bismarck-Museum Friedrichsruh, Aumühle, Alemania.

Foto: Bismarck-Museum Friedrichsruh

El escenario para la coronación no podía ser mejor: la Galería de los Espejos del Palacio de Versalles, la morada de los grandes reyes franceses en el apogeo de su poder. La fecha escogida tampoco fue casual: el 18 de enero de 1871, el mismo día en el que, en 1701, su antepasado Federico I había sido coronado rey de Prusia, iniciando la historia de la nación que ahora guiaba a la nueva Alemania. La Confederación desapareció para dar lugar al Segundo Imperio alemán, asumiendo que el Primero había sido el Sacro Imperio Romano Germánico, del que se consideraba heredero.

El nuevo imperio no nacía exento de problemas. El principal fue la llamada Kulturkampf (“lucha cultural”), una consecuencia de la unificación de territorios política y religiosamente diversos. Bismarck era de un anticatolicismo ferviente y partidario del centralismo, algo que chocaba con la población católica y con las aspiraciones de autonomía de los representantes de los distintos territorios. La posición del canciller se vio muy debilitada cuando el nieto del emperador, Guillermo II, tomó las tiendas del estado en 1888. El nuevo kaiser tenía unos proyectos para el país que diferían completamente de los de Bismarck, especialmente en política exterior, y finalmente le forzó a dimitir dos años después. El Segundo Reich aún perdudaría hasta 1918, cuando la derrota en la Primera Guerra Mundial forzó su transformación en la frágil República de Weimar.