El cruzado blanco

Ungern von Sternberg, el barón loco de la Guerra Civil rusa

En una época marcada por el caos y la lucha ideológica este noble alemán se puso a la cabeza de un ejército de nómadas asiáticos para crear su propio imperio en las estepas del Extremo Oriente.

Foto: CC

En el convulso período que siguió a la caída del Zar y el fin de la Primera Guerra Mundial un soldado ruso se convirtió en leyenda. A la cabeza de una horde de bárbaros jinetes se hizo con un pequeño reino en el extremo oriental de Rusia, llegando a conquistar toda Mongolia antes de ser derrotado y ejecutado por los bolcheviques.

Roman Ungern von Sternberg nació en una familia noble de Estonia, que por aquél entonces formaba parte del inmenso Imperio Ruso del zar Alejandro III. El joven aristócrata mostró desde su más tierna infancia que no era un chico como los demás, pues disfrutaba torturando animales. Su sadismo alcanzaba tales niveles que inclusoen una ocasión intentó estrangular al búho de su primo para gastarle una broma. Su mala fama pronto fue la comidilla de la zona, hasta el extremo de que los padres prohibían a sus hijos jugar con él por considerarlo una mala influencia.

Un joven conflictivo

Durante sus años de formación tampoco demostró ser un buen estudiante. Su falta de disciplina fue tal que en 1905 se le expulsó de la escuela naval en la que lo habían inscrito sus atribulados padres. Viéndose libre de obligaciones, se alistó al ejército para luchar en la guerra ruso-japonesa (1904-1905). Sin embargo, las pésimas comunicaciones y las condiciones extremas del territorio le impidieron llegar a tiempo al lejano frente antes de que terminara la contienda. Por ello, decidió enrolarse al año siguiente en la prestigiosa academia militar Pavlov, donde sobresalió como jinete.

Roman vestido de cosaco en 1893.

Foto: Wikimedia Commons

Tras su ingreso en la academia militar, Von Ungern empezó a destacar como jefe de caballería.

Foto: Wikimedia Commons

Sin embargo la arrogante personalidad de Ungern von Sternberg chocaba con sus compañeros o instructores. Los despreciaba si eran plebeyos o los acusaba de traidores si defendían la modernización de Rusia y la introducción de la democracia. La quema de la mansión de sus padres durante una de las numerosas revoluciones que sacudían al país lo acabó de convencer de la validez de sus ideales, por lo que se alineó con los sectores más conservadores del ejército.

Desde su punto de vista, era en los pueblos tribales del interior de Asia donde residía la mayor esperanza del zar y la nobleza, pues se trataba de gentes atrasadas que no habían sido corrompidas por la ideología obrera y el liberalismo que según él infestaban las ciudades del imperio.

Cosacos de la región de Kubán en el Cáucaso

Foto: Wikimedia Commons

Así en 1913 pidió que su primer destino fuera en Siberia, donde trabó excelentes relaciones con los mongoles, a quiénes ayudó en su lucha para sacudirse el yugo de la moribunda dinastía china Qing. Fue en esa época cuando empezó a adoptar algunas creencias budistas, animado por la veneración que le profesaban algunos asiáticos que veían él una reencarnación de Gengis Khan.

Llamada a filas

Con el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) Von Sternberg fue incorporado como oficial en un regimiento cosaco para combatir contra alemanes y austríacos. En las llanuras del frente oriental, el barón y sus hombres se dedicaron a hacer lo que mejor sabían, realizando incursiones y sembrando el terror en la retaguardia del enemigo.

Aunque Roman se distinguió en estas razias y fue condecorado en numerosas ocasiones, seguía siendo un pendenciero y fue encarcelado durante dos meses tras golpear a un oficial superior durante una de sus borracheras.

Caballería rusa en un póster propagandístico de la Primera Guerra Mundial.

Foto: Cordon Press

Ya en libertad, el alto mando decidió enviarle al brutal frente del Cáucaso, donde los rusos combatían a los turcos en las montañas. Allí conoció al atamán cosaco Grigori Semiónov, con quien trabó una estrecha amistad al compartir ambos una visión del mundo prácticamente medieval.

Mientras tanto la Gran Guerra había ido de mal en peor para el Zar, y tras numerosas derrotas su hambriento pueblo lo destronó para dar paso una república burguesa liderada por Aleksándr Kérenski. Pero la lealtad del barón y Semiónov estaba con el monarca así que decidieron desertar y encaminarse a Siberia para iniciar una contrarrevolución.

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Manchuria

Las vastas estepas del este de Rusia eran una región anárquica y poco controlada por el gobierno central. Allí los monárquicos habían organizado un nuevo ejército para combatir a Kerenski primero y luego a los comunistas de Lenin. Así, Roman y su amigo se unieron a estos rusos conocidos como 'blancos' (por oposición a los 'rojos') pero pronto descubrieron que se los despreciaba por su origen alemán y cosaco.

Soldados blancos junto a una remesa de tanques enviados por los aliados.

Foto: Wikimedia Commons

Decididos a no quedar relegados durante la Guerra Civil que ya empezaba, los dos compañeros reunieron un grupo de jinetes y se dirigieron hacia el Océano Pacífico para crear su propio reino en el extremo más alejado de Rusia.

A finales de 1917 llegaron a la región de Manchuria, al norte de Corea, una rica zona minera por la que combatían rusos, chinos y japoneses. Su primera víctima fueron los comités revolucionarios que controlaban el ferrocarril transiberiano, a quienes reprimieron con dureza antes de alinearse con los japoneses a cambio de armas y suministros.

Señor de la guerra

Al mando ahora de una temible hueste de caballería apodada por sus enemigos como “la División Salvaje”, Von Ungern recorría la estepa saqueando trenes y pueblos al oeste del lago Baikal. Este ejército era una mezcla multicultural de mongoles, cosacos, chinos y mercenarios japoneses que sembraban el terror entre comunistas, judíos y algún que otro destacamento de soldados blancos.

Convertido ahora en un importante caudillo asiático, Roman se casó con la hija del gobernador de Manchuria, la princesa Ji, a quien usó para atraerse a los jefes tribales y la nobleza china.

La caballería bolchevique ataca un convoy blanco en las estepas de Siberia. Nikolai Samokish 1938.

Foto: Cordnon Press

En medio del frío invierno el ejército rojo persiguió sin descanso a Von Ungern y los otros generales zaristas. 

Foto: Wikimedia Commons

El asesinato del Zar y su familia unido a la derrota de los blancos obligó al barón a replantearse sus perspectivas, pues el ejército rojo de Lenin no tardaría en llegar a Manchuria y debía encontrar algún lugar donde esconderse. Descartando pasarse a los japoneses como había hecho Semiónov, Von Sternberg puso sus miras en la extensa Mongolia, donde ya se había producido una revuelta contra la dominación china en 1911.

Este sentimiento nacionalista unido a sus experiencias de juventud animó a Roman a invadir el país a la cabeza de sus huestes, con las que pretendía expulsar a los odiados chinos y crear un nuevo estado encabezado por Bogd Khan, un monje tibetano que sería poco más que un títere en sus manos.

El nuevo Gengis Khan

El 1 de octubre de 1920, Von Sternberg cruzaba la frontera de Mongolia y se abalanzaba contra la capital (Urga, hoy Ulán Bator). Sin embargo este primer ataque terminó en un sangriento fracaso, pues los chinos se habían atrincherado y repelieron a la horda bárbara a fusilazos.

Sin desanimarse por este revés, Ungern von Sternberg decidió realizar una gira por la región, captando a las tribus con su carisma y la promesa de alcanzar la ansiada independencia. Reforzado ahora por miles de mongoles, el barón cayó de nuevo sobre Urga, que había sido fortificada por su guarnición con líneas de trincheras y ametralladoras.

Urga era uno de los pocos asentamientos permanentes de Mongolia y su centro político y económico. Grabado de 1891.

Foto: Wikimedia Commons

Para aterrorizar al enemigo von Ungern rodeó la ciudad con miles de hogueras durante la noche, dando la impresión que su ejército de apenas 1.450 hombres superaba en número a los 7.000 defensores. Con las primeras luces del alba el barón atacó.

Creyéndose la reencarnación de Gengis Khan, el barón pretendía levantar un nuevo imperio mongol que acabara con los comunistas a sangre y fuego

Tras pasar toda la noche en vela y con el miedo en el cuerpo, los chinos no opusieron más que una débil resistencia. La caballería se lanzó al galope contra las trincheras, superando a los defensores, volando las puertas de la muralla con explosivos y entrando en tromba en la capital.

El saqueo se alargó durante tres días. Urga era un importante puesto comercial lleno de almacenes que fueron desvalijados o incendiados mientras el barón ordenaba la ejecución de todos los judíos de la ciudad.

Un reinado efímero

Con la entronización de Bogd culminaba la liberación de Mongolia. El nuevo gobierno emprendió con ilusión la tarea de reconstruir el país tras años de guerras e incursiones. Desde la sombra, Von Sternberg dirigía una feroz represión contra todos los que se opusieran al nuevo régimen, y se calcula que cerca de 846 personas fueron asesinadas por la policía secreta del coronel Leonid Sipailo.

El Bogd Khan ya había sido rey de Mongolia durante la revuelta de 1911, por lo que era el candidato ideal para encabezar el nuevo gobierno.

Foto: Wikimedia Commons

La creación del nuevo país fue vista con malos ojos por Moscú, pues una Mongolia independiente bajo el poder de un destacado cabecilla blanco representaba un grave peligro para su frontera sur. Determinado a aplastar al joven estado antes de que fuera demasiado fuerte, Lenin reunió un poderoso ejército equipado con blindados, aviones, y numerosos mongoles liderados por Süjbaatar, un comunista convencido que ya había luchado en la guerra de independencia de 1911.

La división salvaje instauró un régimen de terror que mantuvo a von Ungern en el poder por un tiempo, solo en Urga ejecutó a 120 personas.

Foto: Wikimedia Commons

En junio de 1921, el ejército rojo invadió Mongolia barriendo al débil ejército mongol y entrando triunfalmente en Urga ante la indiferencia de la mayoría de la población. Roman se negó a abandonar la lucha para refugiarse en Manchuria y, tras sobrevivir a un motín de sus tropas, fue capturado y ejecutado el 15 de septiembre de ese mismo año.

Tras la muerte del barón, Mongolia se convirtió en una república satélite de Rusia dirigida por Süjbaatar hasta independizarse en 1991 tras la caída de la URRSS.

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