La peste de Atenas

Tucídides ante la plaga

El autor ofreció una descripción ejemplar, en cuanto a historia y saber médico, de la epidemia que asoló Atenas en el siglo V a.C..

Busto de Tucídides.

Foto: CC.

Tucídides se considera el referente para otros muchos relatos sobre epidemias que han ocurrido en la historia desde que en el año 430 a C. una plaga asoló la ciudad de Atenas con él como testigo presencial. Por supuesto, es referente en el De rerum natura del poeta y filósofo romano Lucrecio, y con más fama en el Decamerón del florentino Boccaccio y en el Diario de un año de la peste del escritor inglés Daniel Defoe, cuyo título hace referencia a los dramáticos sucesos ocurridos en Londres en 1665; también es referente en La peste del escritor francés Albert Camus o en el más reciente Ensayo sobre la ceguera del portugués José Saramago. En definitiva, Tucídides marcó la pauta a seguir en el estudio y la descripción de una plaga.

Tucídides marcó la pauta a seguir en el estudio y la descripción de una plaga.

Lo primero que sorprende al lector es que Tucídides nunca emplea la expresión «plaga», y se decanta por utilizar otros vocablos como padecimiento, enfermedad o sufrimiento. Pero no es el concepto lo que más le interesa, sino la descripción de los síntomas de la epidemia, que conoce y describe muy bien porque él mismo se contagió y durante algunos días estuvo retirado en casa, en una especie de confinamiento que hoy nos resulta bastante familiar.


Buena parte del libro segundo de su Historia de la guerra del Peloponeso está dedicado a la descripción de la enfermedad, sus orígenes en algún lugar remoto del mar Negro, o más allá, en Asia Central, de donde luego surgirían las famosas pandemias de peste de la Antigüedad Tardía y la Edad Media (las de los siglos VI y XIV), su forma de contagio, sus efectos en el individuo que la sufre y en la sociedad que se siente mortificada por su presencia. Fueron cuatro años muy duros para Atenas (los que van de 430 a 426 a.C.) y más de cien mil los muertos en la ciudad, se calcula que un tercio del total de sus habitantes. De hecho, sabemos que pereció una tercera parte de los hoplitas con que contaba la guarnición ateniense.

Atenas

La sagrada colina de Atenas, la Acrópolis, fue testigo como Tucídides de la terrible epidemia que asoló la ciudad durante la guerra del Peloponeso. Una plaga que acabó con la vida de un gran número de atenienses.

Foto: Milan Chudoba / Getty Images

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Pero ¿de qué enfermedad hablaba Tucídides? Aquí el dictamen procede de los médicos, grandes aficionados a la descripción de este historiador, que han sometido a los más rigurosos diagnósticos. En los últimos cien año, más de doscientos trabajos han buscado saber de qué epidemia hablaba. Como es la única fuente fiable sobre la enfermedad (hay otras tardías como la del romano Plutarco, que escribió quinientos años después de los hechos, pero no son tan fidedignas), se ha tenido que ajustar el cuadro clínico de las diferencias de una enfermedad respecto a otra. Tucídides, además, empleaba términos médicos con cierta precisión, sacados probablemente de su contemporáneo Hipócrates.

Tucídides describe muy bien los síntomas de la epidemia porque él mismo se contagió y permaneció retirado en casa durante unos días.

Por eso el debate entre infectólogos se centra en la evolución del exantema, (una erupción cutánea generalizada) y aquí aparecen las diversas opciones. Para unos está claro que es un caso de tifus epidémico; otros, apoyados en análisis de ADN, consideran que está más cerca de ser fiebre tifoidea. Las otras propuestas, viruela, sarampión, peste bubónica o ántrax, tienen menos recorrido. Y aun así nos gusta llamarla la «peste de Atenas», pero en el sentido que desde la Edad Media damos al concepto latino de pestilencia: una enfermedad contagiosa por vía respiratoria.

Tucídides aún provoca vivas polémicas, por la calidad de su trabajo histórico y por su precisión del saber médico griego de época clásica. Su dramática descripción de la epidemia ha sido un ejemplo durante veinticinco siglos. No se puede pedir más de un autor.

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Este artículo pertenece al número 198 de la revista Historia National Geographic.

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