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Caballo de Troya

Foto: iStock
Caballo de Troya

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Curiosidades de la Historia: Episodio 50

Troya, la vida en una ciudad legendaria

Emplazada en el estratégico estrecho de los Dardanelos, la legendaria Troya se convirtió en una próspera ciudad en la órbita del Imperio hitita, envidiada por sus riquezas. De hecho, desde que Heinrich Schliemann emprendió en 1870 sus célebres excavaciones en la colina de Hissarlik (Turquía), el estudio de las ruinas de Troya ha estado siempre mediatizado por una especie de «síndrome de la Ilíada», esto es, por el empeño en encontrar las huellas exactas de lo que relató Homero en su gran poema épico.

Emplazada en el estratégico estrecho de los Dardanelos, la legendaria Troya se convirtió en una próspera ciudad en la órbita del Imperio hitita, envidiada por sus riquezas. De hecho, desde que Heinrich Schliemann emprendió en 1870 sus célebres excavaciones en la colina de Hissarlik (Turquía), el estudio de las ruinas de Troya ha estado siempre mediatizado por una especie de «síndrome de la Ilíada», esto es, por el empeño en encontrar las huellas exactas de lo que relató Homero en su gran poema épico.

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Desde que Heinrich Schliemann emprendió en 1870 sus célebres excavaciones en la colina de Hissarlik (Turquía), el estudio de las ruinas de Troya ha estado siempre mediatizado por una especie de «síndrome de la Ilíada», esto es, por el empeño en encontrar las huellas exactas de lo que relató Homero en su gran poema épico. Durante mucho tiempo esto condujo al error de pensar que Troya era una ciudad griega, y fueron muchos los arqueólogos que se esforzaron por relacionarla con las culturas del Egeo, con las que sin duda mantuvo contactos comerciales. Sin embargo, las más recientes investigaciones han demostrado que Troya estaba mucho más vinculada con Asia Menor y, en particular, con los hititas, el gran imperio que surgió en el interior de la península de Anatolia entre los siglos XVIII y XII a.C.

Así lo probó el hallazgo en Hattusa, la capital hitita, entre los documentos del archivo imperial, de un documento conocido como Tratado de Alaksandu: un pacto de vasallaje suscrito entre un soberano de Wilusa llamado Alaksandu y el rey hitita Muwatalli II, en el año 1290 a.C. Wilusa parece ser el nombre hitita de Troya, lo que explica que los griegos la llamaran también Ilión, de donde procede precisamente el título de la Ilíada. La guerra de Troya se convertía, así, en un conflicto entre las ciudades griegas y una fortaleza hitita.

La «escarpada Troya» de la Ilíada se alzaba sobre el abrupto espolón que forma la colina de Hissarlik, una meseta de piedra caliza de 37 metros de altura con una superficie de unos 150 por 200 metros, situada seis kilómetros al este de la costa del mar Egeo y 4,5 kilómetros al sur del estrecho de los Dardanelos. Los arqueólogos han constatado que en el yacimiento se superponen hasta nueve ciudades de distintas épocas que abarcan los restos de más de tres mil años de historia continuada. El estrato denominado Troya VI (que tiene su continuidad en Troya VIi), datado aproximadamente entre los años 1700 y 1180 a.C., es uno de los candidatos a ser considerado como el escenario de los acontecimientos relatados en la Ilíada.

En general, Troya VI responde a lo que cabe esperar de una ciudad de la Edad del Bronce de la península de Anatolia. Constaba de dos partes fundamentales: en lo alto de la meseta se alzaba la ciudadela, centro administrativo y religioso, protegida por una gran muralla de piedra; mientras que por la vertiente sur de la colina se extendía la ciudad baja, resguardada por un largo foso que circunvalaba toda la extensión. Tras el foso se alzaba una muralla de adobe en la que sabemos que se abrían al menos cinco puertas monumentales, bien defendidas por torres de vigilancia, como las famosas puertas Esceas, mencionadas por Homero.

La vida en la ciudad

Los arqueólogos han comprobado que la ciudad baja se desarrolló precisamente en la época de Troya VI, con calles pavimentadas y canales de drenaje, lo que indicaría un aumento de la población justamente en este momento. Se ha calculado que en las aproximadamente veinte hectáreas de la ciudad podrían vivir entre 7.000 y 10.000 habitantes. Tal densidad de población se explica por el auge económico de la ciudad, que aprovechó su posición estratégica dentro del sistema comercial del II milenio a.C. para convertirse en un importante centro de redistribución de bienes. A través de su puerto en la bahía de Besik, Troya comerció, por ejemplo, con caballos originarios de las estepas del norte del mar Negro y de la Anatolia central, ámbar del Báltico, cornalina de la Cólquide y cobre de los Balcanes y de Asia Central. Este papel como eje comercial es clave para entender el trasfondo histórico de la guerra de Troya, pues explicaría por qué se formó una liga de ciudades griegas tan importante: para asegurarse el control del paso de los Dardanelos y del comercio entre el mar Negro y el Egeo.

Las viviendas de la ciudad baja tenían techos planos, en los que se podían secar frutas y legumbres, y contaban con un área pavimentada en el patio, probablemente para trillar. Los productos se almacenaban en grandes vasijas colocadas bajo tierra. El grueso de la población debió de dedicarse a tareas artesanales, como la fabricación de cerámica a torno, sobre todo vajillas con decoración geométrica. La gran presencia de útiles para hilar y tejer, como pesos de telar, indica que los textiles troyanos (de lana y lino principalmente) tuvieron que ser muy apreciados por los comerciantes. Los troyanos también fabricaron el valioso tinte púrpura que se obtiene de la concha marina llamada múrex y que servía para teñir los tejidos, las pieles curtidas y objetos de hueso o marfil. También había numerosos talleres dedicados a la metalurgia, en los que se fabricaban objetos de bronce, hierro, plata y oro.

Caballos y dioses

Parte de la población se dedicaba a la agricultura y el pastoreo, que constituirían las principales fuentes de alimento, seguidas de la pesca y la recolección de moluscos. Además, en el yacimiento se han encontrado inmensas cantidades de huesos de caballo. El II milenio a.C. es la edad de oro de los carros de combate tirados por caballos, y parece que los troyanos se especializaron en la doma de caballos salvajes para su posterior uso militar, especialmente por el ejército hitita. Cabe recordar que, en la conocida batalla de Qadesh contra los egipcios, hacia 1270 a.C., el contingente hitita estaba formado por casi cuatro mil carros de guerra. No es, pues, casualidad que el principal epíteto de los troyanos en la Ilíada sea el de «domadores de caballos», ni que se diga que Príamo poseía unas grandes caballerizas reales en la ciudad o que Andrómaca alimentara mejor a los caballos de Héctor, a los que daba grano y vino, que a su propio esposo. En el yacimiento se han descubierto también vestigios de la vida religiosa de los troyanos, como ciertas tumbas en forma de casa en las que se veneraba a deidades como el dios Appaulinas, quizás el nombre hitita del Apolo griego. Igualmente, en las puertas de la ciudadela troyana se han encontrado 17 grandes estelas de piedra que, según los investigadores, son típicas del culto anatólico a las rocas, en las que se creía que residían dioses y espíritus.

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Los nobles en palacio

La ciudadela de Troya VI, que en la Ilíada es llamada Pérgamo, debió de ser un gran complejo con construcciones de más de un piso de altura. Posiblemente combinaba las funciones de templo, palacio, tesorería y archivo, y seguía el modelo del palacio megaron que se encuentra en la Anatolia hitita, la Creta minoica y la Grecia micénica, con una serie de edificios y estancias dispuestos en torno a un gran salón central. La ciudadela estaba rodeada por una enorme muralla, la misma, cabe imaginar, desde la que el legendario rey Príamo contemplaba la batalla en la que su hijo Héctor comandaba las tropas. Contaba, además, con una red de túneles que garantizaban el suministro de agua de un manantial subterráneo. Allí vivían la familia real y el resto de familias nobles, en edificios grandes y suntuosos, pero que contaban con una decoración más bien austera, pues no se han encontrado frescos ni objetos demasiado lujosos.

La aristocracia practicaba la poligamia, como Príamo, quien según la Ilíada tuvo cincuenta hijos y doce hijas de distintas mujeres, si bien su primera esposa, Hécuba, era la que ostentaba el rango de reina. Dentro de la élite se incluían también las familias de grandes comerciantes, que ejercían funciones diplomáticas y ocupaban los cuadros de mando en el ejército. Por su parte, los demás habitantes de Troya compondrían el grueso de las tropas de infantería, con numerosos arqueros y honderos, reforzados con un buen número de carros de combate que sólo los más pudientes podrían costearse.

La arqueología ha demostrado que Troya VI tuvo un final traumático. Hacia el año 1250 a.C., la ciudad quedó devastada por un desastre natural, seguramente un terremoto, pero fue reconstruida rápidamente por los mismos habitantes; de ahí que, recientemente, muchos investigadores prefieran hablar del siguiente estadio como Troya VIi, pues existe una clara continuidad cultural con Troya VI.

El final de Troya

El asentamiento de Troya VIi encontró también un trágico fin hacia el año 1180 a.C. En torno a esta fecha se han datado restos de edificios destruidos por fuego y huesos humanos fosilizados, así como una gran cantidad de proyectiles de catapulta. Ello indicaría que la población sufrió un ataque exterior, esto es, una guerra. ¿Fue ésta la gran guerra narrada por Homero? Sin duda, Troya fue un enclave estratégico para las rutas comerciales hititas, lo que pudo haber despertado recelos entre los griegos micénicos, aunque actualmente es imposible asegurar que tuviera lugar el conflicto narrado en la Ilíada.

En cualquier caso, tras la última destrucción, la población entró en decadencia y cuando Alejandro Magno, hacia el año 334 a.C., cruzó el Helesponto y llegó a Troya, tan sólo encontró restos de la antigua ciudad y un único templo en pie, en el que llevó a cabo sacrificios en honor de Atenea y de los héroes de la Ilíada. Bajo sus auspicios, sobre las ruinas se erigió una nueva ciudad que sobreviviría hasta el siglo VI d.C., cuando fue definitivamente abandonada. Con la llegada del Imperio turco, la colina donde una vez estuvo Troya pasó a llamarse Hissarlik, «el lugar de la fortaleza», pero, dado que había muchas otras colinas parecidas y todo estaba cubierto de vegetación, la ubicación exacta de la ciudadela troyana cayó en el olvido hasta que Heinrich Schliemann la sacó de nuevo a la luz.

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