Imperialismo y colonialismo

El tratado de Madrid, la frontera americana entre España y Portugal

La división de los territorios de América del Sur entre España y Portugal dio lugar a altercados que acabaron en enfrentamientos entre ambas potencias durante gran parte del período colonial. El Tratado de Madrid, firmado el 13 de enero de 1750, puso fin a estas disputas favoreciendo los intereses de Portugal en perjuicio de los derechos españoles señalados en el Tratado de Tordesillas de 1494.

Mapa geográfico de la mayor parte de la América Meridional que contiene los países por donde debe trazarse la línea divisoria que dividía los dominios de España y Portugal.

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El 13 de enero de 1750 se ponía fin al conflicto armado que venían manteniendo las Coronas de España y Portugal por las posesiones de ultramar en América del Sur mediante la firma de un tratado. El documento, firmado en Madrid por los monarcas Fernando VI de España y Juan V de Portugal, definía los límites entre sus respectivas colonias, y Portugal, basándose en el derecho romano de uti possidetis ita possideatis (quien posee de hecho, debe poseer de derecho), ampliaba considerablemente sus dominios, especialmente en territorio del actual Brasil. El Tratado de Madrid o, como lo han definido algunos historiadores, el Tratado de Permuta, vino a sustituir al Tratado de Tordesillas (firmado el 7 de junio de 1494), que oficialmente había fijado las fronteras entre los dos reinos, aunque nunca se llegó a respetar del todo.

Fernando VI fue el rey de España que firmó el Tratado de Madrid en 1750 junto al monarca portugués Juan V.

Fernando VI fue el rey de España que firmó el Tratado de Madrid en 1750 junto al monarca portugués Juan V.

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Intereses opuestos

La Unión Ibérica, que dio comienzo en 1580, tras la muerte sin sucesor del rey portugués Enrique I, y que duró hasta 1640, fue un período histórico en el que Portugal estuvo bajo el dominio de los monarcas Habsburgo españoles, y aunque los respectivos dominios de ultramar permanecían teóricamente separados, es cierto que tanto los españoles podían entrar sin dificultad en territorios portugueses, como los lusitanos podían hacer lo propio en tierras españolas. Con estas incursiones se obtenían títulos de propiedad (que más tarde fueron respetados por la diplomacia), estableciéndose de esta manera algunas de las futuras fronteras terrestres de Brasil (los portugueses ampliaron sus dominios en muchas regiones del nordeste y norte de Brasil, desde Paraíba hasta Grão-Pará y casi toda la Amazonía). También hubo una gran expansión portuguesa hacia el sur, donde se destruyeron los asentamientos jesuitas españoles en el actual oeste del río Paraná, en el centro de Rio Grande do Sul y en el Mato Grosso.

Los títulos de propiedad tanto de portugueses como de españoles, más tarde fueron respetados por la diplomacia estableciéndose de esta manera algunas de las futuras fronteras terrestres de Brasil en las que los portugueses ampliaron sus dominios.

En el siglo XVII, los planes de Portugal eran extender sus posesiones hasta la desembocadura del río de la Plata, por lo que en 1678 fundaron una colonia en la región para hacer valer sus derechos. En 1679, el gobernador de la capitanía de Río de Janeiro, Manuel de Lobo, partió en compañía de un grupo de mercaderes interesados en expandir sus negocios con el objetivo de fundar el primer asentamiento europeo en el territorio que posteriormente sería Uruguay. Situada frente a la ciudad argentina de Buenos Aires, en la orilla opuesta del río de la Plata, la colonia portuguesa se convirtió en un centro de contrabando de azúcar, tabaco y algodón para comerciantes ingleses y portugueses. Al enterarse de la ocupación portuguesa, el gobernador español movilizó a sus tropas e hizo arrestar a Manuel de Lobo. Las consiguientes protestas de Portugal provocaron la intervención del papa Inocencio XI y que la colonia fuera devuelta a sus dueños en 1683, lo que fue ratificado en los tratados de Lisboa en 1701 y de Utrecht en 1715. Para los españoles, el control del estuario de la Plata y el transporte de la plata desde Perú era esencial para la seguridad de su Imperio, por lo que mantener a salvo aquella zona era un asunto de vital importancia.

Esta obra de Antoine Rivalz titulada "Alegoría de la Paz de Utrecht" (1713) representa el Tratado de Utrecht, firmado entre las coronas española y británica. En él se confirmaba la retirada de los portugueses de los territorios ocupados en la actual Uruguay.

Esta obra de Antoine Rivalz titulada "Alegoría de la Paz de Utrecht" (1713) representa el Tratado de Utrecht, firmado entre las coronas española y británica. En él se confirmaba la retirada de los portugueses de los territorios ocupados en la actual Uruguay.

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Un sagaz negociador

Poner fin a la disputa entre España y Portugal sobre los límites de sus colonias en América del Sur era imperativo para ambas potencias, que renegociaron las fronteras impuestas en el Tratado de Tordesillas. El más destacado de los negociadores portugueses fue Alexandre de Gusmão, un lusitano nacido en Brasil que supo ver la importancia de conseguir para su país las fértiles llanuras de Río Grande do Sul e intercambiarlas por la colonia del Sacramento, en el margen izquierdo del río de la Plata, asegurando de esta manera que Portugal se quedaría con las tierras del Mato Grosso y la ruta fluvial que desembocaba en el Amazonas. Mediante algunos estudios presentados a la Corte española, De Gusmão demostró que mientras Portugal había traspasado la Línea Tordesillas, con los portugueses ocupando parte de la cuenca del Amazonas y el Centro-Oeste de América del Sur, España había traspasado la llamada Línea Zaragoza (que se trazó con la firma del Tratado de Zaragoza, firmado el 2 de abril de 1529) al expandir sus posesiones en Asia, con Filipinas, las Marianas y las Molucas, que habían sido colonias portuguesas. De Gusmão argumentó con éxito que las pérdidas de un reino en una región habían sido compensadas por sus ganancias en otra, y que el principio de división territorial debería ser la ocupación efectiva de la tierra (uti possidetis). Así, a través de una amplia documentación y de una negociación astuta, logró asegurar para Portugal la mayor parte del actual territorio brasileño.

De Gusmão demostró que mientras Portugal había traspasado la Línea Tordesillas, con los portugueses ocupando parte de la cuenca del Amazonas y el centro-oeste de América del Sur, España había traspasado la Línea Zaragoza al expandir sus posesiones en Asia.

Como consecuencia de esta nueva demarcación, las regiones en las que estaban establecidas las Misiones Orientales, que comprendían siete pueblos de las misiones jesuíticas guaraníes o reducciones jesuíticas guaraníes, y que quedaban en la orilla izquierda del río Uruguay, pasaron a formar parte de Portugal. La importancia de aquel hecho residía en que Portugal permitía esclavizar a los indígenas, mientras que en los territorios españoles los indígenas, a priori, eran considerados súbditos de Su Majestad y, por lo tanto, gozaban de su protección. Este cambio de estatus legal provocó que la población indígena se negara a pasar a manos de los portugueses (ese cambió también los convirtió en objeto de la codicia de los bandeirantes, grupos de expedicionarios que partían del Brasil portugués para proveer de esclavos más baratos que los negros africanos a los terratenientes portugueses). Así, entre los años 1752 y 1756 estalló la guerra guaranítica, en la que tuvo un papel relevante el cacique José Tiarajú, líder de los guaraníes. Tiarajú falleció poco antes de la batalla de Caibaté, en la que murieron 1.700 indígenas al enfrentarse contra los ejércitos de España y Portugal que sí defendían la imposición de las nuevas fronteras. Finalmente, en 1761, y con la firma del Tratado de El Pardo, el Tratado de Madrid quedaba abolido para las misiones y éstas pudieron seguir formando parte de España, al tiempo que Portugal retenía la colonia del Sacramento.

El resultado final del Tratado de Madrid y de los otros tratados que le siguieron fue la colonización portuguesa de la zona hasta el siglo XIX. Para la historiografía brasileña, el Tratado de Madrid representa la base histórico-jurídica de la formación territorial del país, ya que fue el primer documento en el que se define con auténtica precisión las fronteras naturales del futuro estado de Brasil.

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