La muerte silenciosa

La tragedia de los gases de la muerte durante la Gran Guerra

Durante la Primera Guerra Mundial, el uso de armas químicas para debilitar y acabar con el enemigo cambió el modo de entender la guerra. Fritz Haber, una de las mentes pensantes tras la proliferación de estos gases, aseguró que serían elementos que siempre deberían ser tenidos en cuenta en conflicto. Hoy su uso en el campo de batalla está prohibido.

Soldados australianos con máscaras antigás en los alrededores de Ypres.

Foto: Frank Hurley / CC.

El 29 de abril de 1997 entró en vigor la Convención sobre las Armas Químicas. Sin embargo, el empleo de sustancias químicas y material biológico como herramientas de guerra es tan antiguo como los propios conflictos armados en los que se ha visto involucrado el ser humano desde épocas prehistóricas.

No obstante, el gran desarrollo de esta modalidad bélica tiene su origen en el auge de la industria química en Centroeuropa durante el siglo XIX. Concretamente en la industria alemana, dominada por las llamadas “tres grandes”, BASF, Hoechst y Bayer, que invirtieron gran parte de sus recursos en la búsqueda de nuevos compuestos sintéticos derivados de los colorantes.

Precisamente, en plena I Guerra Mundial, en agosto de 1916, estas tres compañías firmaron una alianza denominada “Comunidad de Intereses de la Industria de los Tintes”, que se constituyó en una pieza clave de la guerra química con gases neumotóxicos y vesicantes durante el desarrollo de la contienda bélica.

Todo ello a pesar de que el uso de “gases asfixiantes y deletéreos” estaba prohibido por la Conferencia Internacional de Paz de La Haya de 1899 y la posterior Convención de La Haya de 1907. El empleo de estas armas químicas durante la Primera Guerra Mundial fue una práctica generalizada y abusiva por parte de ambos bandos. Los franceses fueron los primeros en usarlos, al utilizar bromoacetato de etilo, una sustancia lacrimógena, para forzar a las tropas alemanas a salir de sus búnkeres en 1914, aunque su efecto era prácticamente nulo, al emplearse al aire libre.

Juego bélico sucio, fruto del azar

Por el contrario, la implicación de Alemania en este juego bélico sucio fue consecuencia del azar. Al quedarse el ejército alemán sin el suministro de los nitratos chilenos para la fabricación de pólvora y explosivos por el bloqueo marítimo británico, el Departamento de Materias Primas del Ministerio de la Guerra enroló al científico Fritz Haber, en aquel momento director del Instituto Kaiser Wilhelm de Física, Química y Electroquímica de Berlín, para solucionar el problema.

Fritz Haber en el laboratorio de BASF alrededor de 1914.

Fritz Haber en el laboratorio de BASF alrededor de 1914.

Foto: CC.

De esta forma, Haber organizó y dirigió, entre 1915 y 1917, el Departamento de Guerra Química del Ministerio de la Guerra del Reich prusiano, y en sus laboratorios se desarrollaron las primeras armas de destrucción masiva conocidas, como una alternativa a la preocupante escasez de armas convencionales para el ejército alemán. El primer gas utilizado fue el clorosulfonato de o-dianisidina, sin apenas eficacia, y posteriormente el cloro, ensayado contra las tropas francesas el 22 de abril de 1915 en Ypres.

El primer ataque químico de la historia de la guerra

Este primer ataque químico de la historia de la guerra ocasionó 5.000 muertos y 15.000 afectados. A partir de este momento, la industria química multiplicó su influencia en los ámbitos militares y Haber incorporó a su Instituto más de 1.500 trabajadores, 150 de ellos científicos.

Dadas las dificultades del uso del cloro por la dependencia de la climatología, en el Instituto de Haber se comenzó a investigar el fosgeno (denominado D-Stoff por los alemanes), un gas más tóxico, menos reactivo y con un periodo de latencia mucho más lento, que se empleó por primera vez contra los británicos el 19 de diciembre de 1915 en Wieltje. El fosgeno, junto a difosgeno, también permitía su uso en proyectiles de largo alcance, denominados “Cruz Verde” por su marca específica, evitando así el problema derivado del uso de las bombonas.

En los laboratorios de Haber también se gestó el empleo de los primeros gases venenosos, entre ellos el gas mostaza, que tan funestas consecuencias ocasionó en el campo de batalla.

Aunque sintetizada por primera vez en 1822, la fabricación de iperita pura mejoró notablemente en 1886, gracias a la reacción de tiodiglicol con tricloruro de fósforo. Precisamente, el tiodiglicol era una sustancia disponible en enormes cantidades en las empresas de tintes alemanas, por lo que la iperita se fabricó con gran facilidad en las compañías BASF y Bayer.

La iperita realmente no es un gas, sino un líquido que, al contactar con la piel, y tras un periodo de latencia de varias horas, ocasiona lesiones ampollosas de muy mala evolución y cura, sobre todo en zonas húmedas, como pliegues, axilas, genitales, ojos y tracto respiratorio cuando es aspirada.

Los alemanes la utilizaron por primera vez en los preludios de la tercera batalla de Ypres (de ahí el nombre de iperita), el 12 de julio de 1917, mediante unos proyectiles marcados con una “Cruz Amarilla”. Durante las siguientes seis semanas, este veneno ocasionó 20.000 bajas en las tropas británicas. Esta sustancia, debido a su persistencia en el terreno, también se usó con frecuencia para “impregnar” zonas que no interesaba ocupar físicamente.

Hitler, víctima de la iperita

Se estima que durante la Primera Guerra Mundial se utilizaron unas 12.000 toneladas de iperita, y entre los afectados por esta sustancia se habría encontrado el propio Adolf Hitler, según recoge en su libro Mein Kampf. Pero como la perversión en el uso de estos agentes parece que no conoció límites durante el transcurso de la Gran Guerra, se desarrollaron auténticos manuales de guerra química.

Soldados franceses saliendo de su refugio con mascaras de gas durante la Primera Guerra Mundial.

Soldados franceses saliendo de su refugio con mascaras de gas durante la Primera Guerra Mundial.

Foto: Cordon Press.

En ellos se recomendaba el uso secuencial de diferentes agentes. Primero, por ejemplo, se lanzaban proyectiles “Cruz Azul” con sustancias que inducían estornudos y vómitos (difenilcloroarsina o Clark I, difenilcianoarsina o Clark II) con el objetivo de forzar a los combatientes a quitarse las máscaras antigás (vulgarmente llamados agentes “rompe-máscaras”). Y después proyectiles “Cruz Verde” (fosgeno) o “Cruz Amarilla” (iperita) para multiplicar las bajas.

Se ha estimado que el número de bajas durante la Primera Guerra Mundial por el uso de armas químicas fue de 1.300.000, de las que unas 91.000 fueron mortales (un 80% por fosgeno). Entre ellas también cabe mencionar las propias bajas alemanas debidas al uso por parte de las tropas enemigas de las sustancias que ellos mismos desarrollaron: 200.000 bajas y 9.000 víctimas mortales.

Gases tóxicos, una forma superior de matar

Justo el año que finalizó la Gran Guerra, Fritz Haber fue galardonado con el Premio Nobel de Química por la síntesis del amoniaco, descubrimiento de vital importancia para el desarrollo de la Humanidad. Así pues, en Haber se recrea una extraña paradoja de la historia de la ciencia, pues sus hallazgos salvaron y cercenaron cientos de miles de vidas, incluida la de su propia esposa, Clara Immerwahr, primera mujer en doctorarse en Química por la Universidad de Breslau, quien, tras una discusión por los programas de guerra tóxica de su marido, se suicidó.

A pesar de esta enorme cantidad de víctimas, en el discurso leído durante la ceremonia de entrega del Premio Nobel, el “padre de la guerra química” dijo: “En ninguna guerra venidera los militares podrán ignorar los gases tóxicos. Son una forma superior de matar”.

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*Francisco López-Muñoz es profesor de Farmacología y Vicerrector de Investigación y Ciencia en la Universidad Camilo José Cela. Por su parte, Alejandro Romero Martínez es profesor de Toxicología en la Universidad Complutense de Madrid. Esta nota apareció originalmente en The Conversation y se publica aquí bajo una licencia de Creative Commons.

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