Antiguo Egipto

Tráfico de momias, entre el espectáculo y la ciencia

Usadas como medicina durante mucho tiempo, las momias egipcias se convirtieron, durante los siglos XVIII y XIX, en objeto de morbosa curiosidad y, posteriormente, en objeto de estudio.

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FOTO: Bridgeman / ACI

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El estudio de una momia

El doctor Fouquet examina la momia desvendada de la sacerdotisa de Amón Ta Uza Re, hallada en el escondrijo de Deir el-Bahari, junto a Gaston Maspero y varios miembros de la Sociedad franco-egipcia. El acontecimiento tiene lugar ante la atenta mirada de algunas damas y del marqués de Reversaux, sentado a los pies de la improvisada camilla. Óleo por Paul Dominique Philippoteaux. 1891. 

FOTO: Sylvain Grandadam / Age Fotostock

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Las piramides de Gizeh

Las tumbas monumentales erigidas por Keops, Kefrén y Micerino, faraones de la dinastía IV, en la llanura de Gizeh, son la imagen emblemática de Egipto. Sin embargo, en su interior no se hallaron las momias de sus propietarios. 

FOTO: Prisma / Album

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Momia a punto de ser fotografiada

Un arqueólogo prepara la fotografía de una momia en un museo. Grabado coloreado. Siglo XIX. 

FOTO: Berizzi / RMN-Grand Palais

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Momias en venta

La morbosa fascinación europea por las momias egipcias hizo que muchos visitantes estuvieran dispuestos a llevarse una de recuerdo. El aristócrata francés Ferdinand de Geramb escribió en 1833: «Apenas sería respetable, al volver de Egipto, presentarse sin una momia en una mano y un cocodrilo en la otra». Vendedor de momias. Fotografía tomada hacia 1877. 

FOTO: Prisma / Album

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Las momias, estrellas de los museos

Todo gran museo arqueológico europeo que se preciara debía contar con una buena colección de momias. La de la imagen –perteneciente a una mujer de entre 20 y 35 años que vivió durante el Tercer Período Intermedio– se conserva en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid y es una de las tres momias egipcias a las que en 2016 se realizó un TAC. Tanto ella como los cartonajes que la cubren –que no corresponden a esta momia– fueron adquiridos por Eduard Toda, cónsul español en El Cairo entre 1884 y 1886. 

FOTO: BNF

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La primera momia estudiada

 Este dibujo recrea la momia estudiada por Benoît de Maillet, en septiembre de 1698, ante un grupo de viajeros franceses. Descripción de Egipto. Obra editada por Jean-Baptiste Le Mascrier, en 1735.

FOTO: DEA / Album

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Ritual de la apertura de la boca

Unos sacerdotes preparan dos cuerpos momificados en sus ataúdes para este ritual funerario, que les devolverá los sentidos para su vida en el Más Allá. Museo Arqueológico Nacional, Florencia. 

FOTO: AKG / Album

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Tarro de 'mumia'

En 1657, el Diccionario físico definía así la mumia: «Mumia, una cosa como la resina que se vende en las boticas; algunos a rman que se extrae de las antiguas tumbas». Frasco en el Museo de Historia Cultural de Heidelberg.

FOTO: Kenneth Garrett / Getty Images

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Las momias doradas de Bahariya

En este oasis egipcio, a 400 kilómetros de El Cairo, se descubrió en 1996 un cementerio con la mayor concentración de momias intactas del antiguo Egipto, casi todas datadas en el período grecorromano. El lugar recibió el nombre de Valle de las Momias de Oro, porque la mayoría estaban ataviadas con cartonajes y máscaras cubiertas con finas capas de oro sobre estuco. La de la imagen es una de las 43 momias halladas en la tumba 54 de Bahariya, que contenía las momias más interesantes de la necrópolis. 

FOTO: Bridgeman / ACI

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El escondrijo de momias

Las momias descubiertas en el escondrijo o cachette de Deir el-Bahari son llevadas al barco que las trasladará a El Cairo. Grabado. Siglo XIX.

FOTO: Bridgeman / ACI

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El rey Merenre

Estatua de cobre del faraón Merenre I, de la dinastía VI, cuya posible momia fue descubierta en su pirámide en 1880. Museo Egipcio, El Cairo.

FOTO: RMN-Grand Palais

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Examen científico

Esta foto anónima muestra el estudio científico de una momia, que ya ha sido totalmente desvendada, en algún momento del siglo XIX. Fue a finales de este siglo, en 1892, cuando los científicos empezaron a ser conscientes de la información que se podía obtener de una momia. Era el nacimiento de la paleopatología moderna. 

FOTO: Scala, Firenze

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'Momia' Pettigrew

Durante años, Thomas Pettigrew desenvolvió docenas de momias. Fue el primero en observar que las técnicas de momificación fueron variando a lo largo de la historia de Egipto. Retrato por Ann W. Skelton. 1839. 

FOTO: DEA / Scala, Firenze

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Momias en el museo

Los grandes museos europeos empezaron a atesorar importantes colecciones de arte egipcio durante los siglos XVIII y XIX. El museo egipcio más antiguo es el de Turín, inaugurado en 1824. Este óleo muestra una de sus salas en 1881, con varias momias en vitrinas. 

FOTO: AKG / Album

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Turistas en Egipto

Hacia 1870, Egipto se había convertido en un destino de moda para pasar las vacaciones de invierno entre los europeos, sobre todo los británicos. En la imagen, grupo de turistas del siglo XIX montados en camellos delante de la esfinge de Gizeh. Década de 1880.

Las momias egipcias han resultado siempre extrañamente fascinantes, como la momia de Tutankhamón, cuya dentuda expresión se hizo visible tras perder la dignidad protectora de sus vendas, sarcófagos y ataúdes, o como la abrumadora cantidad (cientos de miles) de animales embalsamados que fueron enterrados en las catacumbas de época grecorromana. Poder mirar a la cara a alguien fallecido hace más de tres mil años, y que de algún modo dejó su huella en la historia, produce un peculiar placer morboso, al igual que contemplar una momia de gato primo- rosamente vendada e imaginar la de ratones que pudo haber llegado a cazar antes de ser sacrificado y ofrendado a Bastet, la diosa cuyas características encarnaba. Dada su abundancia y su paradójico atractivo, las momias se convirtieron en uno de los recuerdos favoritos que viajeros y turistas decimonónicos se llevaban a casa, antes de que los investigadores descubrieran la gran cantidad de información que se puede obtener de su estudio.

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En realidad, antes de convertirse en souvenir para coleccionistas, las momias fueron durante muchos siglos medicina imprescindible en todas las boticas europeas que se preciaran. Todo empezó porque los médicos griegos Dioscórides y Galeno recomendaron en sus tratados un producto casi milagroso que servía para curar un sinfín de afecciones de distinto tipo: desde abscesos a erupciones, pasando por fracturas, epilepsias o vértigos, todo lo curaba la mumia, el nombre que los persas daban al producto que hoy conocemos como "betún".

Dada su amplia demanda, con el paso de los siglos los afloramientos naturales de mumia acabaron por secarse, así que, reacios a dejar morir el negocio de un producto que les proporcionaba pingües beneficios –los precios que alcanzaba la mumia eran muy elevados–, los diligentes mercaderes orientales se lanzaron como locos a conseguir otras fuentes de materia prima. Y la encontraron en los cuerpos embalsamados que durante tres mil años se habían estado produciendo a orillas del Nilo. Cuando se secaban, las resinas, aceites y productos aromáticos con los que se cubrían –e incluso inundaban– los cadáveres durante la momificación no sólo tenían la misma consistencia y color que la mumia original, sino un olor más fragante y agradable. Así fue como algo que los antiguos egipcios llamaban sah acabó recibiendo el nombre de un extraño producto medicinal procedente de Persia.

Una medicina discutida

No siempre era sencillo conseguir una momia, de modo que los mercaderes orientales menos escrupulosos decidieron fabricar sus propias "momias", lo que ocasionó un descenso en la calidad que fue percibido por los boticarios occidentales. Se estableció entonces una distinción entre mumia primaria, mumia vera o secundaria y la mumia falsa. El problema es que, como denunció Guy de La Fontaine en 1564 tras su viaje a Alejandría para procurarse el producto, en muchos casos las mumias no eran sino cadáveres modernos a los que se trataba para que parecieran momias antiguas.

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Como ha destacado E. García Marrasé en un reciente estudio, el dominico español fray Luis Urreta ofrece en su Historia de los reynos de la Ethiopía (1610) una pormenorizada descripción del proceso. Éste consistía en purgar numerosas veces a un moro cautivo para después cortarle la cabeza cuando estaba dormido. Luego era colgado por los pies y dejaban que se desangrara mientras lo acuchillaban. Cuando el cadáver estaba exangüe, sus heridas y orificios se rellenaban con una mezcla de especias, tras lo cual se descolgaba el cuerpo, se envolvía en heno y se enterraba durante quince días, siendo después exhumado y expuesto al sol un día entero. Así la carne quedaba convertida en un bálsamo mejor que el de las momias antiguas, pues al decir del clérigo era más limpia y producía mayor efecto.

No obstante, no todo el mundo cantaba las excelencias de la mumia como medicina. Ya en 1582, el francés Ambroise Paré escribía en su Discours de la momie que "el efecto de esta malévola droga es tal que no sólo no mejora nada a los enfermos, como he visto numerosas veces por propia experiencia en aquellos a los que se les hace tomarla, sino que les causa un gran dolor en el estómago, con apestosidad en la boca, grandes vómitos, que son origen de alteraciones en la sangre y más la hace salir de los vasos que la detiene". Esta corriente contraria al supuesto medicamento acabó sumándose a los primeros atisbos de curiosidad sobre las momias como objetos.

Las momias dan mala suerte

Más complicado resulta saber cuándo empezó el afán por llevarse momias de recuerdo a Europa. Seguramente, algún griego o romano de vacaciones en Egipto ya se fue a casa con una momia de halcón u otro animal momificado; pero desde entonces hasta el siglo XIX parece que el interés por las momias como souvenir menguó bastante debido a la mala suerte que parecían causar. En su deseo por controlar el negocio, las autoridades otomanas impusieron leyes que impedían la exportación de las preciadas mumias; pero siempre había algún avispado dispuesto a intentarlo. En el siglo XVI, Jean Bodin cuenta la historia de Octavio Fagnola, un cristiano converso al islam que saqueó un montón de tumbas, al parecer en Gizeh, hasta que encontró un cadáver sin vísceras, envuelto en una piel de buey y con un escarabeo del corazón –un amuleto que tenía la función de proteger el corazón del difunto–. Sin muchos problemas, la momia fue introducida en un barco con rumbo a Italia, pero a medio camino unos fuertes vientos obligaron al capitán a arriar las velas y a deshacerse de parte de las mercancías. Atemorizado por lo que parecía un riesgo inminente de naufragio, Fagnola aprovechó la oscuridad de la noche para deshacerse del cuerpo del delito, nunca mejor dicho. Y es que, como comenta el italiano, todo el mundo sabe que "los cadáveres de los egipcios siempre promueven tempestades". ¿Se trata quizá de una idea fomentada por los propios egipcios con la intención de que el miedo limitase el contrabando de momias? Es posible, pero parece más factible que esta supuesta mala suerte derivara de un hecho histórico ocurrido antes que la procelosa historia de Fagnola.

A finales del siglo XVI, la Cristiandad y el Imperio otomano se disputaban el control del Mediterráneo. La tensión fue en aumento hasta que Liga Santa y la armada turca se enfrentaron en la batalla de Lepanto, en 1571. La victoria cristiana fue completa y entre los corrillos de los animados puertos del Mediterráneo no tardó en correr la noticia de que los turcos habían embarcado una momia en una de sus naves con el fin de atraer la buena fortuna. Dado que perdieron el combate, no es de extrañar que a partir de entonces los cristianos creyeran que embarcar una momia era señal segura de desastre marítimo y que empezaran a surgir por doquier historias que lo corroboraban.

Primeros estudios de momias

El primer "análisis" de una momia tuvo lugar en 1698, cuando Benoît de Maillet, el cónsul francés en El Cairo, desvendó una y tomó nota de algunos de los objetos aparecidos. Pero el primer estudio serio de una momia lo realizó un boticario alemán llamado Christian Hertzog, quien en 1718 desvendó una y tomó notas de todo el proceso, que luego publicó. Su ejemplo lo siguió en Londres en 1792 su compatriota Johann Friedrich Blumenbach; aunque no sería hasta el siglo XIX cuando el interés por las momias comenzó a crecer en todos los niveles de la sociedad. En 1825, el médico Augustus Bozzi Granville publicó el resultado de su estudio de una momia. En 1828, el historiador William Osburn analizó otra con ayuda de un equipo de químicos y anatomistas. Ambos siguieron el camino abierto por Giovanni Battista Belzoni que, como complemento a su exposición de los relieves de la tumba de Seti I –que había descubierto en 1817–, en 1821 desvendó una momia ante un grupo de médicos, para lo cual contó con la ayuda de su amigo Thomas Pettigrew, que era cirujano. Fue éste quien poco después convertiría el desvendado de momias en un espectáculo público.

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Pettigrew –que acabó recibiendo el apodo de "Momia" Pettigrew– asistió a la apertura de tres momias con Belzoni, pero su primer intento en solitario tuvo lugar de forma privada con una momia que consiguió en una subasta. Habiéndose convertido con ello en tan experto como el que más –algo a lo que sin duda contribuyeron sus conocimientos de anatomía– decidió organizar una serie de charlas sobre la cuestión. El plato fuerte de sus conferencias se servía a los postres en forma de desvendado de una momia, de las que, como vemos, no era difícil conseguir ejemplares. En total impartió una docena de charlas en 1833 a los asombrados londinenses que, entre asqueados y seducidos, desde el patio de butacas veían surgir el rostro amojamado de un egipcio milenario. Por suerte, ya que después de todo era un científico, Pettigrew tomaba notas de los detalles del desvendado y con este notable fondo documental escribió el primer tratado científico sobre la materia: Historia de las momias egipcias y un informe sobre el culto y embalsamamiento de animales sagrados; con menciones sobre las ceremonias funerarias de diferentes naciones, y observaciones sobre las momias de las islas Canarias, los antiguos peruanos, los sacerdotes birmanos, etc., publicado un año después de sus charlas. Pettigrew quería crear una ciencia de las momias, y no cabe duda de que su ejemplo cundió: ese mismo año, John Davison desvendó dos momias en la Royal Institution y luego publicó un detallado informe, algo que había empezado a convertirse en imprescindible.

El largo camino hasta la ciencia

La llama había prendido y, siguiendo el éxito de Pettigrew, desvendar una momia se convirtió en el juego estrella de numerosas fiestas entre la gente bien de Londres. Incluso se imprimían tarjetones para invitar al evento, como el que tuvo lugar el lunes 10 de junio de 1850 en el número 144 de Piccadilly, a las dos y media, en casa de lord Londesborough, que tuvo como "oficiante" a Samuel Birch, conservador del Museo Británico. Birch se convirtió en el sucesor de Pettigrew, y durante los años siguientes estudió numerosas momias, como las que trajo el príncipe de Gales de un viaje a Egipto en 1868. Pero en sus publicaciones, Birch prestaba mas atención a ataúdes e inscripciones que a los cuerpos momificados.

En 1880 se descubrió en Deir el-Bahari un primer escondrijo de momias reales del Imperio Nuevo (TT320), al que siguió en 1898 la tumba de Amnehotep II (KV35) en el Valle de los Reyes, también convertida en escondrijo de momias reales. El trato que recibieron las momias de personajes como Tutmosis III o Ramsés II fue, sin duda, respetuoso según los cánones de la época; pero lo cierto es que por parte de los egiptólogos, excepto desvendarlas para encontrar objetos entre sus vendas, poco más se hizo. Por fortuna, a principios del siglo XX Grafton Elliot Smith, que trabajaba como anatomista en la Escuela de Medicina de El Cairo, estudió y fotografió las momias reales, y años después publicó un libro que todavía se utiliza como referencia: Catalogue of the Royal Mummies in the Museum of Cairo (1912). Sus estudios osteométricos le llevaron a darse cuenta de que era más que probable que las etiquetas y los nombres escritos en las vendas de varias de las momias estuvieran equivocados. Al parecer, los sacerdotes de la dinastía XXI que escondieron las momias reales para salvarlas de un más que probable expolio no pusieron en la tarea toda la atención debida.

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El estudio de las momias estaba a punto de dar un vuelco. Si bien en 1903 Mark Twain aún bromeaba diciendo que eran perfectas para calentar las calderas de las locomotoras de los trenes egipcios, en 1908 Margaret Murray organizó en Manchester un grupo pluridisciplinar para estudiar científicamente dos grupos de momias. La vía quedaba por fin abierta para que las momias fueran consideradas como lo que son: importantes fuentes de información histórica; pero lentamente, porque aún en 1900 un brazo momificado hallado en la tumba del faraón Djer acabó en la basura tras ser fotografiado.

Para saber más

Momias: la derrota de la muerte en el antiguo Egipto. José Miguel Parra. Crítica, Barcelona, 2015.

Momias de Egipto. Bob Brier. Edhasa, Barcelona, 1996.

"Mercaderes de momias". Elisabet García Marrasé. Comercio y Cultura en la Edad Moderna. Univ. de Sevilla, 2015.

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