Placer y lujo en la Roma imperial

Las termas de Caracalla

A principios del siglo III d.C. los emperadores de la dinastía de los Severos proyectaron unas termas públicas de dimensiones desconocidas hasta entonces, abiertas a la plebe y dotadas de todas las comodidades

Caracalla

Caracalla

Las termas de Caracalla por L. Alma-Tadema (1899). La escena se sitúa frente a la gran piscina o natatio

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Cada día centenares de ciudadanos, hombres y mujeres, se dirigían a las espléndidas termas que el emperador Caracalla había construido para el disfrute y el ocio del pueblo romano. Muchos jóvenes pasaban allí el día ejercitándose en la palestra, mientras que los mayores disfrutaban de los baños fríos y calientes. Luego podían entregarse a una charla distendida o acudían a las bibliotecas a cultivar su espíritu. Las mujeres participaban de los mismos placeres y encontraban tiempo para visitar las tiendas que ofrecían al comprador los productos traídos desde los últimos confines del Imperio. 

Porque a principios del siglo III d.C. las termas de Caracalla, como las demás que existían en Roma y en otras ciudades imperiales, eran mucho más que un simple lugar de baño. Accesibles a todos los ciudadanos, las termas encarnaban el ideal de vida de los romanos, su búsqueda del equilibrio entre el cuidado del cuerpo y el ejercicio físico, por un lado, y las inquietudes intelectuales y el gusto de la conversación, por el otro; no en vano recordamos aún el celebrado aforismo de Juvenal, Orandum est ut sit mens sana in corpore sano («hay que pedir que haya una mente sana en un cuerpo también sano»). Las ruinas de las termas de Caracalla, todavía imponentes pese a los estragos del tiempo, permiten adentrarnos en un mundo refinado que hacía del ocio un verdadero arte

UNA TRADICIÓN ROMANA 

Los baños públicos existían en Roma desde el siglo II a.C. Al principio fueron muy modestos. Estaban regentados por empresarios privados (balneator) y se entraba pagando una pequeña cantidad. Estas instalaciones tenían pocas habitaciones, mal ventiladas e iluminadas, y se caldeaban con braseros, utilizando bañeras que se llenaban con el agua calentada previamente. Un avance decisivo para que los baños fueran más amplios y a la vez más salubres lo supuso la invención del hipocausto, una cámara subterránea por donde se hacía circular el calor procedente del praefurnium u horno. Gracias a ello los baños se multiplicaron y ganaron en calidad, hasta el punto de que se contaban por centenares a finales del Imperio. 

Las primeras termas públicas, edificios de gran envergadura, dotadas de todos los refinamientos y de entrada gratuita, fueron las que Marco Agripa mandó construir en el Campo de Marte, en la época de Augusto, el primer emperador. Las siguieron las de Nerón, Tito y Trajano; las tres fueron las preferidas por las clases altas de la ciudad. Y a finales del siglo III se erigieron las mayores termas de toda la historia de Roma, las de Diocleciano

Bust of Caracalla (Rome, Capitoline Museums)

Bust of Caracalla (Rome, Capitoline Museums)

El emperador Caracalla. El busto de pórfido se añadió posteriormente. Museos Capitolinos, Roma

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Cuando este último emperador construyó sus fabulosos baños, hacía ochenta años que había concluido la construcción de las termas de Caracalla. Erigidas entre los años 211 y 216, ocupan un lugar de privilegio, no sólo por ser unas de las mejor conservadas hoy en día sino también por el carácter «popular» que tuvieron. Pese a su nombre, su verdadero impulsor no fue el emperador Caracalla, sino el padre de éste, Septimio Severo. Nacido en África, este senador y destacado militar había fundado la dinastía imperial que lleva su nombre al imponerse en el año 193 d.C., al frente de sus legiones danubianas, a los otros aspirantes al trono imperial, después de varios años de guerras. Sustentó su poder en el ejército y en las clases más desfavorecidas, sobre todo en la turbulenta plebe romana. 

Constantemente ocupado en campañas militares, el nuevo emperador no residió mucho tiempo en la ciudad de Roma, pero se cuidó de restaurar los monumentos antiguos y erigir otros nuevos. Algunos fueron honoríficos, como el arco que le dedicaron el Senado y el pueblo en el foro; otros fueron pensados en su propio beneficio, como la ampliación del palacio imperial en la colina del Palatino; y otros sirvieron para engalanar la ciudad, como el singular Septizodium, la gran fuente monumental que acogía al viajero que llegaba a Roma por la vía Apia. Para contentar a la plebe y mantener su apoyo, Septimio Severo ideó otro gran proyecto: el de unas termas abiertas al pueblo, de dimensiones no vistas hasta la fecha y dotadas de todas las comodidades. 

LAS TERMAS ANTONINIANAS 

Sin embargo, las obras sólo se realizarían bajo el reinado de su hijo Caracalla; de ahí su denominación oficial de Termas Antoninianas, por el verdadero nombre del emperador, Marco Aurelio Antonino Basiano. Se localizaron al sudoeste de la ciudad, fuera de los Muros Servianos, cerca de la importante vía Apia que comunicaba la Urbs con el sur de Italia. Allí, en las estribaciones meridionales del Aventino, ya existían edificaciones previas, que fueron demolidas o soterradas. 

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El caldarium de las termas de Caracalla se encontraba en la parte posterior, frente al espacio de jardines, tal como vemos en la imagen. Estaba cubierto por una cu´pula de 34 m de dia´metro, sostenida en ocho grandes pilares entre los que estaban los ban~os

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Hubo que remover mucha tierra para allanar la zona, mientras que el transporte de materiales se facilitó por la apertura de la vía Nova, paralela a la Apia. Las obras dieron comienzo con la cimentación y la construcción de una enorme red de galerías subterráneas, donde se situaron las infraestructuras del complejo.

Con una superficie de 220 por 114 metros, la planta del proyecto de los Severos se ajustaba al esquema que ya se había empleado en las termas de Nerón,Tito y Trajano: a izquierda y derecha de un eje central –y de forma idéntica en cada lado– se distribuía una serie de estancias. La diferencia, en este caso, residía en que los baños se construyeron a escala colosal, superando todo lo que se había visto hasta entonces, sobre todo en la elevación de las bóvedas y en una lujosa decoración pensada hasta el último detalle. 

DEL VESTUARIO AL GIMNASIO 

Para hacerse una idea de cómo era el interior de las termas, nada mejor que seguir el itinerario que recorrería cualquier visitante en su época de actividad. Generalmente se abrían hacia mediodía y se cerraban al atardecer, para que legiones de esclavos realizaran las imprescindibles tareas de limpieza y acondicionamiento. Los bañistas acudían solos o bien, en el caso de los ciudadanos pudientes, acompañados por sus sirvientes para ser atendidos en todo momento. Se entraba por ocho grandes puertas. Seis de ellas daban acceso directo a las palestras, mientras que las dos puertas principales comunicaban con sendos vestíbulos, entre los cuales se ubicaba la gran piscina, la natatio a cielo abierto, que podía contemplarse desde este lugar a través del espacio que dejaban cuatro grandes columnas. 

Fresco of Dionysus from triclinium ceiling of home incorporated into Baths of Caracalla

Fresco of Dionysus from triclinium ceiling of home incorporated into Baths of Caracalla

El dios Dionisio en un fresco procedente de las termas de Caracalla. Museo Nacional Romano, Roma.

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Desde el vestíbulo se pasaba al apodyterium, o vestuario, donde el visitante se desnudaba, dejando el cuidado de la ropa a los capsarii, a cambio de una pequeña cantidad a modo de propina. Luego se ponía una corta túnica y se calzaba unas sandalias. De ahí pasaba al gimnasio o palaestra, un espacio abierto con pórticos en tres de sus lados, sostenido por ricas columnas de giallo antico, un apreciado mármol amarillo procedente de la actual Tunicia. El suelo de la palestra estaba cubierto por finos mosaicos policromos. 

Muchos empezaban haciendo ejercicios físicos allí: deportes como la carrera, el levantamiento de halteras o la lucha, dirigidos por los exercitatores, en algunos de los cuales participaban también las mujeres. Los escritores antiguos, como Marcial, nos informan sobre los juegos: el violento harpastum, precedente del moderno rugby, o el trigon, más reposado, consistente en arrojarse la pelota, rellena de arena, desde los vértices de un triángulo pintado sobre la tierra. 

DE LA PALESTRA A LOS BAÑOS 

En uno de los lados mayores del pórtico se abría un gran espacio semicircular cubierto con una bóveda semiesférica. En el otro lado había tres estancias rectangulares, con ábside la central. En uno de los lados menores había otra estancia tripartita, dividida por columnas. En la parte superior de la palestra, a tenor de los restos de grandes bloques caídos cubiertos con mosaicos, podía haber existido una terraza para tomar el sol (apricatio). 

Glass flask MET DP220126

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Frasco de cristal para perfume conservado en el Museo Metropolitano de Arte de Nueva York.
 

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Traspasando una puerta se accedía a un conjunto de cuatro salas comunicadas entre sí. Era allí donde se hallaban propiamente las dependencias termales. Se cree que una de las estancias era el unctorium, la sala para los masajes. En la siguiente se reconoce el tepidarium, sala de ambiente templado en la que los bañistas se detenían a descansar. Las dos siguientes eran los laconica o sudatoria, espacio destinado a los baños de vapor. La comunicación en diagonal entre estas habitaciones tenía como objetivo impedir que se escapara el calor. 

Para mantener este ambiente caldeado, en las paredes se abrieron grandes ventanales por los que entraban los rayos de sol a lo largo del día, lo que se veía favorecido por la orientación de las termas hacia el sur. Para desprender del cuerpo el aceite con el que los bañistas se habían untado previamente, así como la tierra y el sudor, se utilizaba una especie de espátula curva llamada strigillum. A continuación se lavaban con jabón de sosa (aphonitrum). 

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Entrada semicircular a las termas de Caracalla. En época romana su parte superior estaba cubierta con una semicúpula y recubierta de mosaicos.

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Todo ello configuraba la fase de baños cálidos, cuya etapa final se encontraba en el caldarium, una sala circular de 34 metros de diámetro cubierta con una gran cúpula que se apoyaba en ocho pilastras colosales. De ahí se salía al tepidarium central. El recorrido terminaba en el frigidarium o aula basilical, el espacio más amplio de todo el recinto (58 por 24 metros), cubierto a gran altura por una triple bóveda de arista que descargaba su peso en ocho pilastras gigantes situadas en los ángulos. En los extremos se disponían cuatro piscinas, y el conjunto se completaba con un gran labrum o fuente central. 

Todos aquellos que lo quisieran podían tomar un baño en la gran piscina (natatio) a cielo abierto, en caso de que el tiempo lo permitiera. Aquí llegaban los criados con toallas de lana (lintea, sabana) para secar a sus señores, quienes luego pasaban a las salas donde los masajistas (tractatores) tonificaban el cuerpo y donde los unctores y unguentarii aplicaban los aceites y los perfumes.

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La palestra de las termas de Caracalla aparece pavimentada con un mosaico geométrico. Tras hacer ejercicios físicos, los ciudadanos podían zambullirse en la piscina (natatio) y de ahí pasar a las salas donde tomaban los baños termales propiamente dichos.

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Para hacer funcionar este inmenso complejo se requería la infraestructura indispensable en todo edificio termal. Bajo las dependencias abiertas al público existían amplios subterráneos distribuidos en dos niveles. El inferior se destinaba a las canalizaciones necesarias para eliminar las aguas residuales. En el piso superior, una compleja red de galerías albergaba las tuberías de plomo que alimentaban con agua limpia las calderas, las fuentes, las grandes bañeras marmóreas y la monumental natatio. 

Además, estas galerías, de seis metros de ancho, permitían el transporte de todo lo necesario para el funcionamiento de las termas, en especial las toneladas de carbón de leña de coníferas necesario para alimentar los hornos (praefurnia). Estos hornos calentaban el agua de las calderas, generando el aire caliente que pasaba a través de las cámaras subterráneas del hipocausto hasta el suelo de las dependencias, a una temperatura que oscilaba entre 30 y 60ºC. Las paredes también se calentaban mediante tubos cerámicos (tubuli) o tejas adheridas al núcleo del muro (las llamadas tegulae mammatae). 

The Baths of Caracalla by Virgilio Mattoni de la Fuente Spanish

The Baths of Caracalla by Virgilio Mattoni de la Fuente Spanish

Los baños de Caracalla, óleo de Virgilio Mattoni de la Fuente en el que se muestra a un grupo de ciudadanos manteniendo una animada discusión en las termas. 

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El factor humano era asimismo indispensable para el funcionamiento de las termas. Una muchedumbre de esclavos estaban empleados en su mantenimiento, algunos cualificados, como el fornacarius, que tenía a su cargo los hornos, o los aquarii, que se ocupaban de todo lo concerniente a las aguas. Todo el personal estaba bajo el mando del conductor o director, generalmente un empresario, que organizaba el funcionamiento y procuraba todo lo necesario para que nada faltase. Este cargo estaba supeditado a un magistrado, edil o curator termarum, que a su vez respondía ante el prefecto de la ciudad, dado que, en última instancia, las termas pertenecían al Estado romano. 

LAS BIBLIOTECAS Y EL JARDÍN 

Completado el conjunto termal propiamente dicho, poco después los emperadores Heliogábalo y Alejandro Severo, entre los años 218 y 235, procedieron a ampliar el recinto, rodeándolo con un alto muro rectangular: el porticus (337 por 328 metros). La fachada principal de este pórtico quedó configurada por una triple puerta monumental. A sus lados se dispusieron habitaciones en dos niveles, ocupadas, con toda probabilidad, por tiendas diversas.

Los lados menores, idénticos y simétricos, acogieron sendas exedras donde se situaron diversas salas comunicadas entre sí, seguramente gimnasios y salas de estudio. En el lado sur se instaló una cisterna gigantesca con capacidad para 80.000 metros cúbicos de agua. Para abastecer el depósito se construyó un nuevo acueducto, el Aqua Alexandrina, que era en realidad un ramal de uno de los acueductos principales de Roma (el Aqua Marcia). En los ángulos se dispusieron sendas bibliotecas. El interior quedó cubierto con plantaciones de árboles (xistus), paseos, fuentes y estatuas. 

Caracalla   sotterranei

Caracalla sotterranei

Por túneles como el de la imagen se transportaba la leña que mantenía calientes las Termas de Caracalla.

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La construcción de estas termas colosales, obra maestra de la arquitectura antigua, se llevó a cabo en poco tiempo gracias a una abundante mano de obra y a la utilización masiva del ladrillo, cuyos restos son los que pueden verse hoy en día. Pero esto no da idea de cuál era el verdadero aspecto de las termas en su época de actividad. En efecto, todas las paredes estaban recubiertas de losas de piedra o de mármol. Las había de distintos colores y muchas tenían ricas pinturas, mientras que las bóvedas con casetones estaban ornamentadas con estucos. Los suelos estaban cubiertos con hermosos mosaicos, con motivos geométricos y figurados. 

Otros espacios, concretamente los destinados a los baños calientes, tuvieron una solería de opus sectile (mosaico figurado o geométrico formado por piezas de mármol de colores). Allí donde era necesario se erigieron enormes columnas rematadas con espléndidos capiteles corintios, entre cuyas hojas aparecían dioses o héroes. Había asimismo numerosas estatuas, muchas de ellas de tamaño superior al natural. Son bien conocidas las estatuas de Hércules, Flora o el grupo del Castigo de Dirce, pertenecientes a la antigua colección de la familia Farnesio, hoy en el Museo Nacional de Nápoles. No es extraño que las termas de Caracalla fueran consideradas una de las maravillas de Roma y calificadas como Thermae magnificentisimae. 

Athletes mosaics from the Baths of Caracalla 2

Athletes mosaics from the Baths of Caracalla 2

Un par de atletas entrenándose en el lanzamiento de jabalina y disco en un mosaico recuperado por los arqueólogos en las termas de Caracalla. Museos Vaticanos, Roma.

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Su prestigio se mantuvo largo tiempo. Sabemos que se hicieron restauraciones en el Bajo Imperio por Aureliano y Diocleciano, e incluso por el rey ostrogodo Teodorico a principios del siglo VI. Las termas dejaron de funcionar cuando los godos cortaron los acueductos que abastecían la ciudad en el año 537. Desde este momento el edificio empezó a arruinarse, pero no fue abandonado por completo, pues su parte central fue utilizada para albergue de peregrinos durante los siglos VI y VII d.C.

Luego se alternaron los periodos de abandono o de utilización como viviendas, para acabar convirtiéndose en tierras de labor. En el Renacimiento sus ruinas fueron estudiadas por artistas y arquitectos, al tiempo que se recuperaban estatuas y otros objetos preciosos. Desde el siglo XIX, la labor de los arqueólogos permitiría formarse una idea de su aspecto original. 

DEPORTE, OCIO, DIVERSIÓN 

Mucho antes de construirse las termas imperiales, los baños cumplían una importante función en la vida social romana. La visita periódica a las termas servía de excusa para informarse sobre las últimas noticias de Roma y del Imperio. Los magistrados y los senadores se reunían allí para hablar de política, los empresarios para tratar de sus negocios, muchos para buscar favores y recomendaciones, y el pueblo en general para hablar de sus asuntos particulares, ya fueran triviales o serios. Las termas eran para los romanos un lugar de reunión social, a lo que se sumaba el ejercicio físico, heredado de los griegos. 

Baigneuse mosaïque polychrome

Baigneuse mosaïque polychrome

Bañista romana en un mosaico procedente de una domus de Marsella. Museo de Arqueología Mediterránea, Marsella.

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Las mujeres no estaban excluidas. Realizaban el mismo recorrido que los hombres, desde las palestras hasta el calidarium y el frigidarium. Pero a la vez lo prolongaban con un ritual propio al hacer uso de los depiladores (alipilii), utilizados asimismo por los hombres, aplicándose cremas para suavizar la piel. Había también peluqueros dispuestos a hacer los más ostentosos y complicados peinados y a aplicar toda clase de tintes. 

La actividad no terminaba con el baño y los cuidados personales. Como decíamos al principio, había lugares para comer y beber, así como tiendas que ofrecían productos importados de todo el mundo conocido. Se podía, asimismo, acudir a los auditorios de música y declamación, a las salas de lectura pública o a las bibliotecas, o pasear entre la arboleda y los jardines ornados con estatuas y ninfeos. En definitiva, se podía disfrutar de todo lo necesario para, como pedía Juvenal, dar satisfacción al cuerpo y al espíritu.