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Tenis en el Renacimiento
Tenis en el Renacimiento

Episodio 19

El tenis, el deporte de moda en el Renacimiento

Practicado ya en la Edad Media, el juego de pelota con raquetas hizo furor en la Europa de los siglos XV al XVII. En el siglo XVI, los aristócratas cambiaron la mano por la raqueta con el objetivo, entre otras cosas, de evitar las lesiones y heridas causadas por los golpes de la pelota.

Practicado ya en la Edad Media, el juego de pelota con raquetas hizo furor en la Europa de los siglos XV al XVII. En el siglo XVI, los aristócratas cambiaron la mano por la raqueta con el objetivo, entre otras cosas, de evitar las lesiones y heridas causadas por los golpes de la pelota.

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Hoy día, el origen del tenis se asocia con las campiñas inglesas, los campos de hierba perfectamente trazados y la clase aristocrática británica que hizo de ese deporte uno de sus entretenimientos preferidos desde finales del siglo XIX. En efecto, el tenis tal como hoy lo conocemos nació en 1874, con la publicación del primer reglamento obra del galés Walter Clopton Wingfield.

Pero este tenis moderno no es más que un avatar en una historia mucho más antigua, cuyos hilos se remontan a la Francia de los siglos XII y XIII. De hecho, el término tenis es de origen francés: deriva de tenez, «tened», lo que decía el jugador a su oponente cuando lanzaba el servicio. En la Edad Media, el jeu de paume, como se lo denominaba en Francia, tenía características muy diferentes a las del tenis actual. Se jugaba directamente con la mano –de ahí precisamente el término jeu de paume, «juego de palma»–, aunque también se podían usar guantes.

Los partidos solían disputarse al aire libre, utilizando como terreno un prado, una calle, una plaza, el patio de un palacio o bien el foso de un castillo. Los dos campos se separaban por una simple línea (no se usaba todavía la red) y se enfrentaban jugadores individuales o, más comúnmente, equipos de dos o más componentes. Este tipo de «juego largo» o longue paume subsistió durante bastante tiempo, e incluso en la actualidad se sigue practicando de modo muy minoritario. A veces el juego de pelota tomaba formas más primarias, como la de arrojar la pelota sobre el techo de una casa, al modo del frontón.

Un juego de reyes

El jeu de paume fue enormemente popular, como indica el hecho de que en 1397 las autoridades de París consideraran necesario prohibir a los artesanos que jugaran al jeu de paume durante los días laborables; sólo se les permitía hacerlo los domingos. En 1485, un concilio eclesiástico prohibió a los clérigos que jugaran a la palma, «sobre todo en camisa y en público», para no ofender el decoro debido a su estamento.

Quienes sí podían practicarlo con total libertad eran los aristócratas, incluidos los reyes, a veces con consecuencias nefastas. En 1316, Luis X, tras disputar con gran ardor un partido en el bosque de Vincennes, tomó un vaso de agua fría que le provocó un desmayo y murió al poco tiempo; justo lo mismo que le sucedió a Felipe el Hermoso, que murió de repente tras beber un vaso de agua mientras jugaba a la pelota en Burgos. Entre los siglos XV y XVI se produjo una profunda transformación del juego. Por un lado, aunque el juego a mano no desapareció, se popularizó el uso de raquetas. Hacia 1530, Juan Luis Vives imaginaba un diálogo en el que un español que vuelve de París explica a un compatriota que los franceses «rara vez juegan con la palma». «Pero entonces, ¿cómo golpean la pelota? ¿con el puño?», pregunta el otro, a lo que el primero responde: «No, con una raqueta». Algunas raquetas se hacían con pergamino, pero las más usuales eran las elaboradas a base de cuerdas de cáñamo o tripa. Al mismo tiempo, se codificaron las reglas de juego, que han sobrevivido con ciertas variaciones en el actual tenis. Los puntos para ganar un juego se contaban por 15, 30, 45, luego se obtenía una «ventaja», se empataba «a dos» (el actual término inglés deuce viene del francés à deux), cada manga tenía seis juegos, etcétera. La pelota debía pasar por encima de una cuerda que separaba ambos campos, de la que se colgaban campanillas que sonaban cuando la bola pasaba por debajo, hasta que finalmente se puso una red que retenía la pelota, como en el tenis actual.

El terreno de juego también cambió. En vez del campo abierto típico del «juego largo», se buscaron superficies delimitadas por muros, de modo que se podía aprovechar el rebote de la pelota; surgió así el llamado «juego corto». Asimismo, se habilitó una zona para los espectadores, la galería, e incluso se cubrió todo el espacio con un techo. Estas pistas cubiertas, de dimensiones variables –podían alcanzar los 30 metros de longitud–, se hicieron habituales en todas las ciudades europeas. En Francia se las llamaba jeu de paume (como la sala de Versalles en la que tuvo lugar el célebre juramento durante la Revolución francesa) o tripot (del verbo triper, rebotar); en los reinos de la península Ibérica se las llamaba trinquete.

La pasión de los franceses

En los siglos XVI y XVII, el jeu de paume vivió una edad de oro, sobre todo en Francia. Los extranjeros se asombraban por la afición que había a este deporte. «Los franceses gustan mucho de este juego y se ejercitan en él con una gracia y una ligereza maravillosas», decía uno. Otro afirmaba que los franceses nacen «con una raqueta en la mano» y jugaban hasta las mujeres y los niños. Según otro, tan sólo en París había 250 pistas, cifra que un embajador italiano elevaba a 1.800 en todo el reino. En cambio, en 1614 sólo había catorce en Londres.

El jeu de paume era recomendado por sus beneficios para la salud. Según un libro publicado en 1668 «el ejercicio de una partida de jeu de paume calienta el cuerpo y las extremidades, purga los estados de ánimo superfluos, fortalece las facultades naturales, aligera y da la bienvenida a la mente; de modo que el hombre que sabe cómo elegir un juego de ejercicio honesto y lo usa sabiamente beneficia tanto su salud física como la vivacidad de su mente». Pero también era una competición en la que lo importante era ganar, lo que hacía que los jugadores se exaltaran más de la cuenta.

El libro antes citado advertía: «Todas las personas que querrán jugar serán honestamente admitidas, con tal de que se comprometan a no jurar ni blasfemar el nombre de Dios». Además, había dinero de por medio, pues era habitual que los jugadores cruzaran apuestas –el dinero se colocaba debajo de la red–, al igual que los espectadores. De hecho, en los trinquetes a menudo se jugaba también a cartas o dados, lo que hacía que el deporte tuviera muy mala fama entre los moralistas. Para los propietarios de las salas era un muy buen negocio: no sólo alquilaban las pistas, las pelotas y las raquetas, sino que también proporcionaban vino y comida para los banquetes que a menudo se celebraban tras el partido.

Estrellas del tenis

La expectación que levantaba el jeu de paume hizo que algunos jugadores se convirtieran en auténticas vedettes. En el siglo XVI, el duque de Nemours, gran aristócrata, militar brillante y excelente bailarín, consiguió gran fama además como tenista, en particular por su golpe de revés. Apuesto y con fama de don Juan, lograba que las damas abandonaran la misa a la mitad para ir a verlo jugar a la pelota, según cuenta Brantôme. Más tarde aparecieron tenistas que eran casi profesionales y crearon una leyenda propia, como el marqués de Rivarole, que a finales del siglo XVII era capaz de derrotar a los más afamados jugadores franceses con una pata de palo, resultado de una herida de guerra. Desde el siglo XVIII, este tipo de tenis en sala cerrada entró en relativa decadencia, especialmente en Francia. En Inglaterra, en cambio, se mantuvo –de hecho, se mantiene todavía– bajo la denominación de real tennis e inspiró el lawn-tennis, o tenis de campo, que desde los tiempos de Wingfield ha conquistado a millones de aficionados de todo el mundo.

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