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Templarios, los banqueros de Europa

Foto: iStock
Templarios, los banqueros de Europa

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Episodio 18

Templarios, los banqueros de Europa

La orden del Temple no solo fue famosa por su devoción y el arrojo de sus caballeros en la defensa de Tierra Santa en diversas partes del mundo. Sus finanzas la convirtieron en el mayor poder financiero de la Cristiandad, controlando grandes sumas de capital gracias a donaciones y conquistas.

La orden del Temple no solo fue famosa por su devoción y el arrojo de sus caballeros en la defensa de Tierra Santa en diversas partes del mundo. Sus finanzas la convirtieron en el mayor poder financiero de la Cristiandad, controlando grandes sumas de capital gracias a donaciones y conquistas.

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Uno de los primeros y más graves problemas al que tuvieron que enfrentarse los peregrinos guerreros que conquistaron Jerusalén en julio de 1099 fue la defensa de sus conquistas. En realidad, quienes participaron en la Primera Cruzada no habían tenido en cuenta la posibilidad de asentarse de forma estable en Tierra Santa. Así pues, el día siguiente a la conquista de la Ciudad Santa muchos cruzados se consideraron libres de sus votos y se dispusieron a volver a casa tras haber rezado en el Santo Sepulcro.

Entonces nacieron las órdenes religiosas militares, formadas por laicos que utilizaban las armas en defensa de los cristianos. De todas ellas, la del Temple fue la que adquirió mayor fama. Nació en 1119, cuando un oscuro caballero francés, Hugo de Payns, consiguió que el rey Balduino II de Jerusalén le cediera un ala de la mezquita de al-Aqsa para alojar en ella a los miembros de un nuevo grupo, cuya finalidad principal era mantener limpio de bandidos el camino que conducía de la costa a Jerusalén.

Así nació la Orden, que fue llamada del Temple porque su residencia, la mezquita de al-Aqsa, se levantaba en la explanada del antiguo templo de Salomón.

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Las órdenes religiosas militares fueron muy apreciadas y favorecidas por Balduino II, como lo habían sido por su predecesor, Balduino I. Ambos reyes les otorgaron tierras y diezmos, sentando así las bases del inmenso poder político y económico que ostentarían en el reino. Pero el Temple se distinguió muy pronto por la piedad y el valor de sus miembros, hasta tal punto que cosechó una enorme cantidad de nuevas vocaciones y en sus filas ingresaron personajes destacados de la aristocracia. Además, recibió de todas partes dones y legados testamentarios en dinero y en bienes inmuebles, con lo que se enriqueció rápidamente. Asimismo, la fama de eficiencia y honestidad que los templarios adquirieron en poco tiempo hizo que se les confiaran importantes sumas de dinero, e incluso depósitos financieros públicos para que los custodiasen y gestionasen.

Esta última función del Temple quedó de manifiesto en el asalto que el príncipe Eduardo, primogénito del rey Enrique III de Inglaterra, llevó a cabo el 29 de junio de 1263 contra la tesorería del Temple en Londres. Al frente de un séquito de hombres armados forzó numerosos cofres y se llevó mil libras, un dinero que resultó pertenecer a mercaderes y barones ingleses. Los asentamientos europeos de la Orden también recibieron legados y donaciones, así como privilegios y exenciones fiscales. Estos recursos permitían al Temple ofrecer su caridad, ayuda y protección militar a los peregrinos que se dirigían a Tierra Santa, cuya gratitud se traducía en nuevas donaciones de dinero y tierras una vez regresaban a su país.

Los primeros banqueros

La principal fuente de ingresos de los templarios, al menos al principio, fue su vasto patrimonio territorial. En la segunda mitad del siglo XII se intentó racionalizar el conjunto de las propiedades que, al proceder de legados, se hallaban muy dispersas; para ello fueron necesarias ventas, permutas y compras. En su mayor parte se trataba de tierras que la Orden gestionaba directamente, pero también existían algunas administradas por campesinos que pagaban a los templarios los derechos de señorío. Podría parecer una contradicción que la Orden, nacida con el nombre de Pauperes commilitones Christi («Los pobres caballeros de Cristo»), se hubiera enriquecido. Pero es importante entender que la expresión «pobres de Cristo» no sólo tenía el significado de «pobres» en sentido económico, sino que más bien se refería a la devoción absoluta a Cristo y al hecho de que la vida de los templarios estaba totalmente dedicada a Él. La finalidad última de la Orden no era acumular dinero, sino obtener recursos con los que adquirir todo lo necesario para luchar en Tierra Santa: armas, hombres, caballos, víveres y naves para el transporte ultramarino.

Los templarios reinvertían un tercio de sus ingresos en la defensa de Tierra Santa.

Por esta razón, el ámbito de las actividades financieras era el que más atraía la atención de la Orden. Las «casas» templarias, repartidas por Europa y por Tierra Santa, funcionaban como bases para la circulación de «letras de cambio» que permitían transferir a distancia sumas de dinero sin correr el riesgo de mover físicamente grandes cantidades de metales preciosos. Los templarios fueron, pues, los primeros «banqueros» de Europa y adquirieron cada vez más importancia en el renacimiento del comercio europeo entre los siglos XII y XIII. Éxito económico En una sociedad en la que el dinero no circulaba, era normal que la Iglesia considerase sospechosa, y por lo tanto condenable como fruto de la usura, cualquier ganancia que no se hubiera conseguido con el sudor de la frente. De ahí que censurase los préstamos (considerados usura) e incluso el comercio. Pero en el siglo XIII había que afrontar un desarrollo comercial totalmente nuevo, y las finanzas templarias presentaban ventajas respecto a cambistas y comerciantes, sus competidores laicos: los beneficios se destinaban a un buen fin, la defensa de Tierra Santa, y los intereses de sus préstamos eran muy distintos de los comerciales.

La banca templaria, además de no requerir un interés real, basaba sus beneficios en las ventajas que suponía poder invertir de nuevo las cantidades recibidas en prenda. Su finalidad última eran las responsiones: la reinversión en Oriente de la tercera parte de las cantidades acumuladas en Occidente. Las operaciones financieras llevaron al Temple a gestionar directamente las cuentas de muchos clientes privados, para los cuales realizaban operaciones bancarias; sobre todo se ocupaban de los tesoros reales, cuya custodia se les encargó a menudo. Así lo hicieron Juan sin Tierra y Enrique III en Inglaterra, o Felipe Augusto y San Luis en Francia. En este último país, desde principios del siglo XIII, el formidable recinto del Temple en París se convirtió en la tesorería de la Corona francesa.

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El declive del Temple

Durante la segunda mitad del siglo XIII se produjo un declive gradual de las finanzas de los templarios: las operaciones de la Orden se redujeron a medida que las posiciones latinas en Tierra Santa disminuían hasta su desaparición en 1291, tras la caída de San Juan de Acre, la última gran plaza cruzada. Desde entonces, la existencia del Temple carecía de justificación, hecho al que se sumaba la mala fama de los templarios, acusados de avidez. A pesar de que muchas acusaciones contra la Orden –incluso antes del proceso que acabó con su desaparición– eran fruto de la propaganda, algunos acontecimientos de los últimos años de vida del Temple se prestaban a una interpretación favorable a sus detractores.

Así sucedió, por ejemplo, con la trayectoria de Roger de Flor, hijo de un halconero del emperador Federico II, que ingresó en la Orden y fue expulsado de ella tras ser acusado de apoderarse de algunos bienes durante la caída de Acre, cuando la población de esta ciudad huía de los conquistadores musulmanes. Después se dedicó a la piratería y llegó a dirigir las huestes de los almogávares, mercenarios reclutados en la Corona de Aragón. Al final, el emperador bizantino Miguel IX hizo que lo asesinaran, preocupado por la ambición creciente de aquel antiguo templario.

La codicia del rey

Una vez cayó Acre, los templarios, –los últimos defensores de la ciudad–se trasladaron a la isla de Chipre, pero su papel se encontraba ya muy mermado. En ese contexto, el rey de Francia, Felipe IV el Hermoso, cuya política era extremadamente cara, consideró que había llegado el momento de deshacerse de los templarios para apropiarse de sus bienes y para eliminar una orden que, de hecho, constituía un Estado dentro del Estado francés. La táctica que siguió fue similar a la que ya había empleado con éxito contra el papa Bonifacio VIII: primero se pusieron en circulación graves rumores sobre la moralidad y la ortodoxia de los templarios; después, se obtuvo del pontífice Clemente V, instalado en Aviñón, el permiso para iniciar contra ellos un proceso judicial. Por fin, el papa disolvió la Orden en 1312. El rey de Francia consiguió así lo que quería: la Corona se apropió en parte de los bienes del Temple, mientras que los que se hallaban situados fuera del reino se destinaron a la orden de los Caballeros Hospitalarios de San Juan. En marzo de 1314, en París, los dirigentes del Temple serían quemados en la hoguera.

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