Neolítico europeo

Star Carr, una joya del Mesolítico en Inglaterra

Considerado tal vez el yacimiento mesolítico más importante y con mayor riqueza arqueológica de Gran Bretaña, Star Carr sigue escondiendo numerosos secretos que los arqueólogos se afanan en revelar antes de que la desecación de la turba y unos niveles de acidez sin precedentes dañen este insólito lugar de manera irremediable.

Nicky Milner, una de las responsables del proyecto arqueológico, excavando en Star Carr. Foto: Star Carr Archeology Project.

El condado de Yorkshire, en Inglaterra, ha sido durante milenios el guardián de uno de los yacimientos mesolíticos (con este nombre se conoce al período de transición entre el Paleolítico y el Neolítico, que abarca desde 10.000 hasta 5.000 a.C.) mejor conservados del mundo: Star Carr. Datado hacia 9.000 a.C., solo unos pocos siglos después del final de la última Edad del Hielo, Star Carr se ha hecho mundialmente famoso por el hallazgo de todo tipo de objetos perfectamente conservados, como unos singulares tocados hechos con cráneos y astas de ciervo rojo. Junto a esos tocados también se han hallado puntas de arpones y la que se ha definido como la "casa más antigua de Gran Bretaña", una estructura que presenta claras evidencias de trabajo de carpintería.

Los primeros hallazgos

El mérito de este sensacional hallazgo lo debemos a un arqueólogo aficionado local de la Sociedad Arqueológica de Scarborough llamado John Moore, quien, en 1948, tras realizar varias perforaciones en la turba (un material orgánico muy característico de las zonas pantanosas del norte de Europa) del lago Flixton, encontró diez antiguos asentamientos, entre ellos Star Carr. Tras una primera excavación en el yacimiento, Moore exhumó restos de pedernal, hueso y astas de cérvidos. Los hallazgos despertaron el interés de los botánicos Harry Godwin y Roy Clapham, que buscaban un lugar adecuado para llevar a cabo sus estudios sobre el polen antiguo y la vegetación del Paleolítico tardío y del Mesolítico temprano. Por su parte, el propio Godwin se puso en contacto con un colega de la Universidad de Cambridge llamado Grahame Clark, que estaba interesado en estudiar un yacimiento mesolítico que contuviera restos orgánicos en buen estado de conservación.

El mérito del hallazgo lo debemos a John Moore, un arqueólogo aficionado local de la Sociedad Arqueológica de Scarborough, quien, en 1948, tras hacer varias perforaciones en la turba del lago Flixton, halló diez asentamientos, entre ellos Star Carr.

El equipo arqueológico de Star Carr durante los trabajos de excavación.

Foto: Star Carr Archeology Project

Pero a pesar de sus exhaustivos informes sobre las excavaciones realizadas en Star Carr, el descubrimiento de un lago extinto, (el Flixton), el mapeo de sus costas e islas y la publicación de los resultados de sus investigaciones en la revista de Scarborough and District Archaeological Society, el nombre de John Moore es prácticamente desconocido en el ámbito arqueológico. No así el de Grahame Clark. Clark se ganó su excelente reputación como arqueólogo gracias a las excavaciones que hizo en Star Carr entre los años 1949 y 1951, y también gracias al apoyo que recibió del Comité de Investigación Fenland, un organismo multidisciplinar que reunía a arqueólogos, geólogos, botánicos y zoólogos cuyo objetivo era lograr una mejor comprensión de los antiguos ecosistemas.

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Un cementerio de huesos

Las excavaciones de Clark se centraron en un única zanja en la zona del extremo occidental del lago Flixton, en la que Moore ya había encontrado un hueso intacto y que los colonos vikingos habían bautizado en su momento como "Estrella kjær" (Star Carr). Bajo la turba, los arqueólogos descubrieron grandes capas de matorral y una plataforma de factura humana. En su interior, el equipo de investigadores encontró una gran variedad de restos de fauna local como ciervos, corzos, jabalíes, alces, uros (un bóvido salvaje de gran tamaño), pájaros, castores, martas de pino, erizos, liebres y tejones, así como lo que parecían los restos de un lobo (aunque más tarde se dijo que posiblemente se trataba de un perro domesticado).

Las excavaciones de Clark se centraron en un única zanja en la zona del extremo occidental del lago Flixton en la que Moore ya había encontrado un hueso intacto y que los colonos vikingos habían bautizado como Estrella kjær (Star Carr).

Impresionante conjunto de huesos de animales descubiertos durante los trabajos de excavación en Star Carr.

Foto: Star Carr Archeology Project

De hecho, la enorme cantidad de huesos y astas de animales que se hallaron en Star Carr representa el 97% de todo el material de este tipo localizado en Reino Unido hasta el momento. Veintiún tocados de asta de ciervo recuperados llamaron poderosamente la atención de los investigadores sobre todo por la perfección con la que fueron trabajados, lo que llevó a Clark a pensar que estos elementos pudieron haber sido empleados por los cazadores del lugar para acercarse a sus presas, o tal vez por los chamanes en sus danzas rituales. En campañas posteriores, Clark y su equipo exhumaron asimismo una gran cantidad de de artefactos de pedernal como raspadores, que probablemente se usaron para limpiar y preparar pieles de animales, hachas para trabajar la madera y microlitos (pequeños fragmentos de pedernal) que sirvieron como puntas de flechas.

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Un asentamiento enorme

Muy pronto Star Carr saltó a la fama gracias a los sorprendentes hallazgos de Clark. Pero no sería hasta la década de 1980 cuando se llevaron a cabo allí investigaciones más exhaustivas de índole paleoambiental y se excavó una nueva zanja de unos treinta metros de superficie. Entre los años 1975 y 1985, el arqueólogo y fundador de Vale of Pickering Research Trust, Tim Schadla-Hall, dirigió un proyecto de muestreo sistemático que abarcó unos dos kilómetros en pozos excavados alrededor de lo que había sido el lago Flixton, e inició una campaña de excavaciones antes de que se llevase a término la construcción de una planta de procesamiento en la zona de Seamer Carr. Los trabajos revelaron asimismo un hecho preocupante: los depósitos de turba de la costa se estaban secando debido a la acidez del agua subterránea, lo que ponía en peligro la conservación de los depósitos orgánicos del lago Flixton.

Entre los años 1975 y 1985, el arqueólogo Tim Schadla-Hall dirigió un proyecto de muestreo sistemático que abarcó unos dos kilómetros en pozos alrededor de lo que habría sido el lago Flixton.

Microlitos mesolíticos del yacimiento de Star Carr, Yorkshire, Inglaterra, que pueden verse en el Museo Británico de Londres.

Foto: Cordon Press

El equipo arqueológico de Star Carr excava en la turba.

Foto: Star Carr Archeology Project

En esa tesitura, los arqueólogos Nicky Milner y Barry Taylor, de la Universidad de York, y Chantal Conneller, de la Universidad de Manchester, solicitaron una subvención de investigación de los fondos europeos para reemprender los trabajos en Star Carr. Los investigadores argumentaron que la amenaza que se cernía sobre el yacimiento hacía necesaria su inmediata excavación. Así, entre los años 2004 y 2010, se llevaron a cabo nuevas tareas de excavación en las trincheras originales excavadas por Clark con el objetivo de estudiar el alcance de la degradación sufrida en el lugar desde 1950. Posteriormente, la excavación alcanzaría una escala mucho mayor, en una zona que abarcaba la tierra seca justo por encima de la orilla del lago, un área que hasta entonces no se había excavado. Los resultados mostraron a los arqueólogos que en realidad se había subestimado la cantidad de industria lítica de pedernal producida en Star Carr, que resultó ser enorme, y los investigadores también se encontraron con otra inesperada sorpresa: una casa construida con madera.

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Star Carr, ¿un lugar mágico?

Las excavaciones en Star Carr también han puesto de manifiesto que allí se llevaron a cabo actividades muy variadas. El desgaste de las piezas de pedernal encontradas en el yacimiento demuestra que se estas se habían utilizado para cortar las cañas y las plantas de los humedales usados para techar las viviendas. También se localizaron restos de cestería y de alimentos. En el asentamiento se producían también puntas de asta que fueron empleadas como arpones para la pesca y también herramientas de pedernal en forma de puntas de lanzas, flechas o jabalinas para la caza de castores, ciervos o alces, lo que implicaría asimismo la fabricación de mangos de madera. Entre los hallazgos también había alfileres para sujetar la ropa, azadones para cavar, cuñas para partir madera, un remo y herramientas para raspar las pieles que se usaban para hacer ropa, zapatos o refugios parecidos a las actuales tiendas de campaña. Las evidencias óseas halladas ponen de manifiesto la gran variedad de especies animales que se consumían en Star Carr, desde grandes mamíferos, como el oso pardo o el ciervo rojo, a aves y animales más pequeños, como el tejón, la liebre y el castor.

El desgaste de las piezas de pedernal encontradas demuestra que se habían utilizado para cortar las cañas y las plantas de los humedales que se usaron para techar las viviendas.

Panorámica de las excavaciones arqueológicas en Starr Carr.

Foto: Star Carr Archeology Project

Los arqueólogos realizan mediciones sobre el terreno.

Foto: Star Carr Archeology Project

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El actual equipo de arqueólogos no cree, sin embargo, que Star Carr fuera una comunidad sedentaria. Nicky Milner piensa que el yacimiento fue ocupado por diversos grupos humanos durante las distintas estaciones del año y en diferentes períodos de tiempo. Milner afirma que había grupos ocupados de traer el pedernal y otros que ejercitaban sus habilidades con la madera para construir casas o botes. Milner también cree que es posible que Star Carr fuera ocupado con más frecuencia que otros asentamientos y durante un período de tiempo más prolongado tal vez por su significado mágico, un hecho que podrían indicar los tocados de astas de ciervo que allí se han localizado. En definitiva, Star Carr es un yacimiento importante porque nos acerca a la mentalidad de las personas que vivieron allí hace diez mil años y a lo que pudo significar aquel lugar para ellas. Tal vez sintieron un apego emocional y espiritual por el emplazamiento y no un simple deseo de explotar sus recursos y sobrevivir. Quizás eran más parecidos a nosotros de lo que nos podemos imaginar...