En el corazón de África

Henry Morton Stanley, el explorador de África

Las tres expediciones de Henry Morton Stanley le otorgaron una popularidad incomparable, aunque su actuación fue cuestionada.

Henry Morton Stanley 2

Foto: Bridgeman / ACI

«Doctor Livingstone, supongo». El escenario de este famoso saludo fue Ujiji, una remota aldea a orillas del lago Tanganica, y su destinatario era David Livingstone, un médico y misionero escocés de 58 años, célebre explorador desaparecido durante meses en el África oriental mientras buscaba las fuentes del Nilo. El hombre que habría pronunciado estas palabras era Henry Morton Stanley, que en aquel momento realizaba su primera expedición de importancia en África y que a la postre acabaría por convertirse en la figura más fascinante, camaleónica y controvertida de la historia de la exploración africana. Con aquella frase y con ese viaje Stanley entró, a los 31 años, en el selecto grupo de los más importantes viajeros africanos y comenzó a labrarse su imagen personal.

Cronología

1841

El 28 de enero nace John Rowlands en Denbigh, Gales. Su madre lo abandonará y sus parientes lo llevarán a un hospicio.

1859

Rowlands va a Nueva Orleans. Según dirá, se hace íntimo de Henry Hope Stanley, de quien toma el nombre y el apellido.

1859-1867

Desempeña diversos trabajos. Tras luchar en los dos bandos de la guerra de Secesión estadounidense, colabora con la prensa.

1871

Dirige su primera expedición africana, financiada por el New York Herald, en busca de Livingstone, con quien traba amistad.

1873-1877

Al frente de una expedición en busca de las fuentes del Nilo, navega por el río Congo hasta su desembocadura.

1879-1884

Colabora en el establecimiento del dominio colonial de Leopoldo II de Bélgica en el Congo abriendo vías de comunicación.

1887-1890

Última expedición, supuestamente para rescatar a Emin Pasha, aislado en Sudán. Retirado en Inglaterra, Stanley fallece en 1904.

Orígenes humildes

Stanley nació en la pequeña población de Denbigh, en Gales, como el primero de los cinco hijos ilegítimos que daría a luz su madre, una criada llamada Betsy Parry. Su partida de nacimiento lo presentaría al mundo como «John Rowlands, bastardo». Se rumoreó que Betsy compró por unas monedas el reconocimiento del niño junto con su apellido a John Rowlands, un conocido borracho de la localidad. Señalada por la vergüenza, Betsy abandonó Denbigh y dejó al niño con su abuelo, carnicero de profesión, y con sus tíos. Ese abandono conmocionó a John, cuya biografía está marcada por los repetidos intentos de ganarse la aceptación de aquella madre ausente a través de sus hazañas.

Al morir su abuelo, cuando John apenas tenía cinco años, sus tíos se apresuraron a enviarlo a un hospicio donde el niño creció junto a huérfanos y mendigos en un ambiente sórdido del que escapó a los dieciséis años. Acogido con desgana de nuevo por su familia, el joven Rowlands desempeñó diversos trabajos como dependiente de una mercería, carnicero, limpiador de ventanas y, finalmente, como revisor de pacas de algodón en el puerto de Liverpool. Fue en este lugar, a través del contacto con los marineros, donde crecieron sus deseos de viajes y aventuras. Un día, el capitán del buque de carga Windermere le ofreció unirse a su tripulación como mozo de cabina, y poco antes de la Navidad de 1858, cuando le faltaba un mes para cumplir dieciocho años, John Rowlands zarpó en dirección a América. Meses después atracaba en los muelles de Nueva Orleans.

Henry Morton Stanley

La fotografía muestra a un decidido Stanley de treinta años, en la época en que protagonizó la expedición en busca de Livinsgstone.

Foto: Granger / Aurimages
botas Henry Stanley

Botas de Stanley conservadas en la Real Sociedad Geográfica Británica.

El sueño americano

Al poco de desembarcar, John conoció a Henry Hope Stanley, un comerciante de algodón para el que empezó a trabajar. Ese encuentro cambió radicalmente su vida. Stanley acabó por encariñarse con Rowlands, lo adoptó y le dio su apellido, aunque murió poco tiempo después sin hacer testamento. Al menos esta es la versión que mantuvo siempre Stanley. Sin embargo, algunos de sus biógrafos, como Tim Jeal, sostienen que, si bien es cierto que Rowlands trabajó para Stanley, nunca fue adoptado e inventó esa historia para conseguir un nuevo apellido en América que ocultase su ilegitimidad. Esta sería la primera de muchas mentiras, medias verdades, exageraciones o inexactitudes que adornan la vida de un Stanley determinado, ya desde su juventud, a prosperar y a alcanzar fama y fortuna.

Tras la muerte (o eso afirmó más tarde Rowlands) de su padre adoptivo, el joven estrenó vida, país y apellido, y encadenó pequeños trabajos en el Sur estadounidense. El estallido de la guerra de Secesión en 1861 lo encontró en Luisiana, y la presión social de sus vecinos lo llevó a alistarse en el ejército confederado. Cayó prisionero en la batalla de Shiloh y recuperó la libertad a cambio de alistarse en el ejército de la Unión; hospitalizado por disentería, desertó a la primera oportunidad.

Tras la guerra civil estadounidense, Stanley se dedicó al periodismo y germinó en él la idea de ser explorador.

Hastiado de su aventura, volvió a Gales donde su madre, casada con otro hombre, se negó a recibirlo ante sus condiciones de pobreza. Sin otra salida, Stanley decidió regresar a América y, después de cambiar su aspecto y falsear su edad para no ser identificado como desertor, volvió a enrolarse en el ejército de la Unión, esta vez como escribiente de navío. En este período devoró libros de exploradores como Burton, Speke o el propio Livingstone, y se reveló su talento para el periodismo. Vendió reportajes sobre la guerra a periódicos locales y germinó en él la idea de alcanzar la fama como explorador.

Tras dejar el ejército, propuso a James Gordon Bennett Jr, propietario del periódico New York Herald, que lo enviase a África a buscar a Livingstone. Bennett rechazó la propuesta debido a la inexperiencia de Stanley, pero, impresionado por su osadía y ambición, le encargó cubrir la guerra entre el Reino Unido y Etiopía. Siguieron diversos viajes como corresponsal al Imperio otomano, Grecia y España, donde debía cubrir los prolegómenos de la tercera guerra carlista. Poco después, Stanley recibió un telegrama en el que Gordon Bennett le pedía que regresara a Nueva York.

Mapa África Stanley

Este mapa, confeccionado hacia 1850, pudo ser uno de los que alimentaron el ansia de aventuras del joven Stanley. Muestra amplias zonas en blanco en el interior de un continente que él contribuiría a cartografiar: confirmó el origen del Nilo y cruzó África de este a oeste siguiendo el curso del río Congo.

Foto: Science Source / Album
sidi mubarak bombay

Sidi Mubarak Bombay, un antiguo esclavo que hablaba varias lenguas, fue guía de Grant, Speke, Livingstone, Stanley y Cameron.

Foto: Bridgeman / ACI

En busca de Livingstone

El Herald y Estados Unidos querían ser los primeros en encontrar a Livingstone y entrevistarlo. En realidad, el doctor Livingstone no estaba perdido. Durante la década de 1850 había explorado el interior de África para evangelizar a los nativos, y durante sus viajes había realizado valiosas aportaciones al conocimiento de aquel continente. Livingstone había descubierto las cataratas Victoria y alcanzado gran celebridad en la Inglaterra victoriana. En 1866 había emprendido una expedición para encontrar el nacimiento del Nilo, y aunque durante años no envió correspondencia ni se supo nada de él, nunca dio señales de estar en apuros. El Herald se apresuró a ofrecerle un socorro que jamás había pedido, porque Bennett olfateó una historia con gran potencial para vender periódicos: el legendario explorador británico era rescatado por un joven intrépido en una empresa financiada por un periódico norteamericano.

Aunque Livingstone nunca dio señales de estar en apuros, el New York Herald y Stanley decidieron «rescatarlo».

Stanley se enfrentaba a su primera expedición de importancia sin saber del «continente oscuro» (como lo llamó en sus relatos) más que lo que había leído en libros de viajes de autores como el propio Livingstone, al que admiraba profundamente. La geografía del África central era entonces casi tan misteriosa para los europeos como lo fue para griegos y romanos siglos antes. Se desconocía la existencia de los grandes lagos, y la posición exacta de las fuentes del Nilo y el Congo sólo respondía a conjeturas. Pero cuando Stanley llegó a Zanzíbar sí halló una certeza: todos sabían que Livingstone vivía en la aldea de Ujiji, a orillas del lago Tanganica.

El 6 de enero de 1871, una comitiva formada por doscientos hombres salía de Zanzíbar encabezada por un Stanley exultante, portando la bandera norteamericana. África se encargó rápidamente de deslucir su avance. La mosca tsé-tsé terminó con sus caballos, sus hombres fueron golpeados por la disentería y la malaria, las guerras entre árabes y bantúes por el control del comercio de marfil le obligaron a desviarse del trayecto inicial y las deserciones se sucedieron pese a la dureza con que las castigó un Stanley obsesionado con el éxito de su misión.

Henry Morton Stanley 3

Recreación idealizada del encuentro entre Livingstone (a la derecha) y Stanley en Ujiji. grabado de 1872, año en que Stanley publicó la crónica de su expedición en busca del miisionero. 

Foto: Granger / Aurimages
Henry Morton Stanley libro

Stanley en una fotografía de la segunda edición de "Cómo encontré a Livingstone", su exitoso libro publicado en 1872.

Foto: Bridgeman / ACI

Compañero de Livingstone

Cada poco tiempo llegaban rumores sobre la muerte de Livingstone, que de ser ciertos habrían dejado a la expedición sin su objetivo, y durante todo el camino atenazaron a Stanley las dudas sobre si Livingstone desearía ser encontrado en caso de estar vivo. Finalmente, el 28 de octubre según el diario de Stanley o el 10 de noviembre según otros testigos de la expedición, una veintena de hombres encabezados por un Stanley enfermo de malaria llegaron a las puertas de Ujiji. Los criados corrieron a avisar a un Livingstone igualmente enfermo de la llegada de esa disminuida (y deslucida) comitiva.

En realidad, aquel «Doctor Livingstone, supongo» con el que Stanley habría saludado a Livingstone al encontrarlo nunca tuvo lugar. En su diario, Stanley anotó: «Vi a un hombre blanco pálido con una gorra azul desteñida con un pico de arco, encaje dorado empañado, chaqueta roja de broma, camisa de tela, pantalones de tweed, cuando lo vi, desmonté», en ningún caso se menciona esa expresión. Stanley, como señala Tim Jeal, era admirador del estilo lacónico de los oficiales británicos que había conocido en Abisinia, e inventó ese saludo para adornar su crónica. Aunque Livingstone recibió con sorpresa la noticia de la expedición en su busca, aceptó de buen grado la ayuda dadas sus precarias condiciones de salud y exiguos suministros.

Cataratas Victoria

Las cataratas Victoria. Livingstone llegó a África en 1841, el año que nació Stanley. En noviembre de 1855 se convirtió en el primer occidental que veía estos imponentes saltos de agua en el curso del río Zambeze.

Foto: Alamy / ACI

Está comprobado que entre los dos hombres se estableció una relación cercana con tintes paternofiliales. Stanley, que no había conocido a su padre, admiró siempre al que consideraba como su referente y en las crónicas que enviaba al Herald describiría a Livingstone de manera idealizada, revestido de un aura de santidad. Livingstone, por su parte apreciaba el arrojo y la curiosidad de su «joven descubridor». Sin embargo, los dos tenían desacuerdos, sobre todo en política: Stanley era conservador y Livingstone liberal. También diferían en la manera de tratar a los nativos: la suavidad de Livingstone contrastaba con la dureza de Stanley, que no vacilaba en disparar contra los que se le interponían. A pesar de esas divergencias pasaron cuatro meses juntos y emprendieron un viaje al norte del lago Tanganica. Ambos descubrieron que el lago no era un afluente del Nilo, como había creído siempre el misionero.

Planearon más viajes juntos, pero Stanley recibió una carta del Herald en la que le señalaba que no podía hacerse cargo de sus gastos y Livingstone se negó a volver a Gran Bretaña. Se despidieron con gran pesar el 14 de marzo de 1872. Mientras la nueva estrella de la exploración africana y el Herald alcanzaban la celebridad, principalmente en Estados Unidos, Livingstone, que había conseguido que el periódico le publicase numerosos alegatos contra la esclavitud en forma de cartas, prosiguió sus exploraciones hasta morir en Zambia un año después. Probablemente Stanley fue el último europeo que lo vio con vida.

Mapa viajes Henry Morton Stanley

Este mapa, que recoge la mayor expedición de Stanley, ilustraba la edición española de "A través del continente oscuro", cuya edición original inglesa data de 1878.

Foto: Alamy / ACI

El hombre del Congo

Tras la muerte de Livingstone, Stanley no tardó en realizar un segundo viaje a África, financiado por su periódico, el neoyorquino Herald, y por el Daily Telegraph de Londres. En esta ocasión se propuso continuar la búsqueda que no había podido concluir Livingstone, quien creía que el río Lualaba era el origen del Nilo. La expedición, mucho mayor que la anterior, fue conducida con mano férrea por un Stanley que alternaba momentos de euforia con episodios de ira y días de ensimismamiento y tristeza. «No fui enviado a este mundo para ser feliz, sino para cumplir un trabajo especial», decía.

En 1877, al cabo de casi tres años de viaje, Stanley había demostrado que el lago Victoria era el segundo lago de agua dulce más grande del mundo y había descendido por el Lualaba, descubriendo que se trataba del tramo superior del rio Congo, a cuya desembocadura en el océano Atlántico llegó al cabo de un viaje de 8.000 kilómetros. Sin embargo, junto a su gran popularidad, Stanley comenzó a acumular abundantes denuncias por su cruel trato a los africanos (pese a la postura antiesclavista que mantenía frente a la opinión pública, Stanley siempre consideró a los africanos como bárbaros y poco civilizados), a las que se sumaron las críticas por parte de los científicos, relacionadas con la ausencia de interés de sus expediciones en cuanto a la biología y la antropología, más allá de la pura exploración geográfica.

Conferencia de Stanley en el Albert Hall

Conferencia de Stanley en el Albert Hall para la Real Sociedad Geográfica Británica. Ilustración publicada en The Graphic. 1890.

Foto: Bridgeman / ACI
Tippu Tib

Tippu Tib era el mayor traficante de esclavos de África Central; su apoyo fue decisivo para que Stanley explorase el río Congo.

Foto: AKG / Album

Stanley volvió a Inglaterra, pero no consiguió despertar el interés de la nación para reanudar sus expediciones por el Congo. Entonces lo contrató el rey Leopoldo de Bélgica, para sentar las bases comerciales de su dominio en la región. Stanley permaneció en el Congo cinco años, construyendo carreteras y fletando vapores por el río. Su férrea determinación frente a las dificultades le hizo ganarse entre sus hombres el apodo de Bula Matari, ««rompedor de rocas». Con esta labor, Stanley abrió el camino a uno de los episodios más sangrientos de la historia africana: la colonización del Congo por el rey de los belgas.

Tras su expedición por el río Congo, junto a su gran popularidad, Stanley comenzó a acumular denuncias por su cruel trato a los africanos.

Tres años después, Stanley llevaría a cabo su última expedición, que resultó ser un fiasco, en busca de Emin Pasha, un gobernador británico en Sudán supuestamente cercado por rebeldes. Después se instaló en Inglaterra, donde se dedicó a escribir y dar conferencias. Al final de su vida pudo disfrutar al fin de la paz conyugal que siempre se le había negado: a sus casi 50 años se casó con Dorothy Tennant y juntos adoptaron un niño. Llegó a ser parlamentario del partido Liberal Unionista y en 1899 fue nombrado caballero por la Corona, convirtiéndose en sir Henry Morton Stanley.

Sus últimos años los pasó limitado por una salud deteriorada tras sus viajes africanos. Murió en su casa de Pirbright, donde fue enterrado. El desastroso rescate de Emin Pasha y una opinión pública que nunca acabó de aceptarlo por su carácter polémico impidieron que, como deseaba, sus restos reposaran con honores cerca de los de Livingstone, en la abadía de Westminster. Su lápida dice: «Henry Morton Stanley-Bula Matari. 1841, 1904».

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batalla de Magdala

Los días 10 y 11 de abril de 1868, las fuerzas británicas batieron a las etíopes que defendían la montaña-fortaleza de Magdala.

Foto: AKG / Album

Corresponsal de guerra

En 1867, Stanley consiguió que el Missouri Democrat lo enviara como corresponsal para cubrir las guerras indias en Nebraska. Sus vívidas descripciones de la campaña del general Hanckok le ganaron cierta reputación y le permitieron convencer a James Gordon Bennett Jr, propietario del New York Herald, de que lo enviase a África para cubrir la campaña británica contra el emperador etíope Teodoro II. Allí dio la medida de su capacidad: sobornó a un importante empleado de telégrafos, lo que le permitió dar a conocer la derrota y el suicidio del soberano etíope días antes que los otros corresponsales. Aquel éxito le permitió convencer a Bennett de que encontrar a Livingstone sería una exclusiva histórica.

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Henry Morton Stanley 4

Stanley con su joven sirviente Kalulu, que desertó durante la expedición de 1874-1877, pero fue capturado y murió ahogado durante el descenso por el Congo.

FOTO: Everett Collection / Bridgeman / ACI

Stanley y los africanos

La relación de Stanley con los nativos estuvo marcada por la dureza. Muchos relatos atestiguan el rastro de muerte que dejaban sus expediciones y la fama de «gatillo fácil» de su líder. Si bien Stanley realizó abundantes alegatos contra la esclavitud en sus crónicas, no tuvo problemas en llegar a acuerdos comerciales con Tippu Tib, el mayor traficante de esclavos de Zanzíbar. Las acusaciones de brutalidad dirigidas a Stanley por la prensa estadounidense arreciaron tras la expedición de rescate de Emin Pasha, que Stanley intentó justificar desde el punto de vista etnográfico a través de la divulgación de la existencia de los pigmeos, a los que calificó como «extremadamente bajos, degradados, casi bestiales».

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Lago Tanganica

Lago Tanganica

Foto: Shutterstock
Livingstone y Stanley

Livingstone y Stanley navegan desde Ujiji hasta el río Rusizi. The Graphic. 1872.

Foto: Bridgeman / ACI
Salacot de Stanley

Salacot de Stanley, conservado en la Real Sociedad Geográfica, Londres.

Foto: Bridgeman / ACI

En aguas del lago Tanganica

Después de su encuentro, Livingstone y Stanley decidieron explorar el norte del lago Tanganica, que se suponía desaguaba en el río Rusizi, que quizá fuese el tramo superior del Nilo. Salieron de Ujiji el 16 de noviembre de 1871, y el 28 descubrieron que, en realidad, el Rusizi desembocaba en el lago, con lo que éste no podía ser la fuente del Nilo, y volvieron a Ujiji, adonde llegaron el 13 de diciembre.

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Stanley bosque de Ituri

Stanley cruza un claro del gran bosque de Ituri durante su viaje en busca de Emin Pasha. Grabado de su libro "En el África más oscura". 1890.

Foto: UIG / Album
Stanley expedición

El teniente Stairs, uno de los hombres de Stanley, es herido por una flecha envenenada en agosto de 1887, en el curso de la expedición.

Foto: UIG / Album

En busca de Emin Pasha

La última expedición de Stanley fue el rescate de Emin Pasha, un médico y aventurero que era el gobernador británico de la región de Equatoria, al sur de Sudán. En 1884 quedó aislado ante el avance del movimiento mahdista, cuyo objetivo era expulsar a egipcios e ingleses de Sudán. William Mackinnon, fundador de la Compañía Británica de África Oriental, vio en el rescate de Emin Pasha una forma de abrir la zona al comercio británico, para lo que financió una expedición y ofreció su dirección a Stanley, que partió en 1887. Pero cuando el explorador encontró a Pasha en 1888, éste dijo no necesitar ningún rescate y se negó a marcharse, aunque al fin aceptó; llegaron a la costa en diciembre de 1890. Aquella expedición resultó desastrosa. Murieron más de 200 expedicionarios y los hombres de Stanley asesinaron a miles de africanos. Además, la columna esparció la enfermedad del sueño a su paso, lo que acarreó a Stanley numerosas críticas en Gran Bretaña.

Este artículo pertenece al número 199 de la revista Historia National Geographic.

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