Científicos universales

Severo Ochoa, el padre de la Biología molecular

Las aportaciones del científico español Severo Ochoa al estudio de la Biología molecular y la Genética marcarían un antes y un después en el estudio de estas disciplinas. Gracias a sus investigaciones y descubrimientos acerca del funcionamiento del ADN, Severo Ochoa fue galardonado con el Premio Nobel de Medicina en 1959, siendo el segundo científico español en conseguir tan importante logro.

FotografÍa de Severo Ochoa tomada el 29 de septiembre de 1959.

Foto: PD

Calificado como el "bioquímico de los bioquímicos" por su discípulo Santiago Grisolía, el científico español Severo Ochoa es mundialmente reconocido por su impagable aportación a la ciencia. De hecho, su trabajo de investigación constituye uno de los hitos fundamentales de la actual genética molecular. Nacido el 24 de septiembre de 1905 en la localidad asturiana de Luarca, el científico español consiguió explicar uno de los procesos más complejos de la Biología humana: logró traducir el mecanismo de la síntesis biológica del ácido ribonucleico (ARN) y del ácido desoxirribonucleico (ADN).

En la primera mitad del siglo XX, la Biología molecular se encontraba aún en sus inicios, pero Severo Ochoa, con su curiosidad insaciable y una mente capaz de comprender aspectos de la ciencia aún por descubrir, logró impulsar su desarrollo. El científico es el segundo y último Premio Nobel de Medicina español, galardón que le fue concedido en 1959 en un momento en el que, debido a la situación política de España, Ochoa vivía en Nueva York, desde donde llevaba a cabo sus investigaciones.

Vocación por la investigación

La vocación de Severo Ochoa por la Biología venía de lejos y estuvo muy influenciada por la obra del primer galardonado con el premio Nobel de Medicina español de la historia, el neurólogo Santiago Ramón y Cajal. En 1928, Severo Ochoa se licenció por la Universidad Complutense de Madrid y gracias a su publicación acerca de la creatinina (un compuesto orgánico generado a partir de la degradación de la creatina que desecha el metabolismo), en 1929 fue merecedor de una invitación para unirse al equipo investigador del laboratorio del fisiólogo alemán Otto Meyerhof en el Instituto de Biología Kaiser Wilhelm, que en la actualidad es el mundialmente conocido Instituto Max Planck, con sede en Berlín.

En 1929, Severo Ochoa consiguió una invitación para unirse al laboratorio del fisiólogo alemán Otto Meyerhof, que actualmente es el mundialmente conocido Instituto Max Planck, con sede en Berlín.

FotografÍa de Severo Ochoa tomada en su laboratorio en 1950.

Foto: PD

En 1930, Severo Ochoa regresó a Madrid para finalizar su tesis doctoral. Un año después, en 1931, se casó con Carmen García Cobián y fue nombrado profesor ayudante del médico y político español Juan Negrín, quien acabaría siendo su principal apoyo ante la Junta de Ampliación de Estudios para completar su formación posdoctoral. En el transcurso de sus investigaciones, Severo Ochoa realizó una estancia en el London National Institute for Medical Research, donde trabajó con el fisiólogo inglés sir Henry Dale en el estudio de la vitamina B1, y en 1932 llevó a cabo sus primeros estudios de importancia sobre enzimología (una disciplina bioquímica que se centra en el estudio y caracterización de las enzimas) en el Instituto Nacional para la Investigación Médica de Londres. Asimismo, en 1935 fue invitado por el profesor Carlos Jiménez Díaz para asumir la dirección del departamento de Fisiología del Instituto de Investigaciones Médicas de la Ciudad Universitaria de Madrid.

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Un exiliado científico, no político

Con el estallido de la Guerra Civil española en 1936, Severo Ochoa y su esposa tuvieron que marchar a un lugar más propicio para sus trabajos de investigación. Alemania sería el primer destino escogido por el matrimonio. Allí, Ochoa fue nombrado asistente de investigación invitado en el Laboratorio de Meyerhof de Heidelberg, donde estudió las enzimas de ciertos pasos de la glucolisis (proceso mediante el cual las células descomponen parcialmente la glucosa) y de las fermentaciones. Pero su estancia en el país germano duraría poco. Cuando los nazis llegaron al poder, el científico decidió marcharse. En 1937, los Ochoa se trasladaron a Plymouth (Inglaterra) donde, en el Laboratorio de Rudolph Peters de la Universidad de Oxford, el científico se dedicó al estudio de la función biológica de la tiamina (vitamina B1) y de otros aspectos enzimáticos del metabolismo oxidativo.

Con el estallido de la Guerra Civil española en 1936, Severo Ochoa y su esposa tuvieron que huir hacia un lugar más propicio para sus trabajos de investigación.

Fotografía de Severo Ochoa y su esposa Carmen García Cobián tomada en Suecia en el año 1959.

Foto: PD

Pero aquel fecundo período de investigación se vería muy pronto truncado de nuevo por el estallido de la Segunda Guerra Mundial, y Severo Ochoa y su esposa se vieron obligados a cruzar el Atlántico y emigrar a Estados Unidos. Ochoa trabajó primero en el Departamento de Farmacología de la Escuela de Medicina de la Universidad de Washington y después, en la Universidad de Nueva York, donde permanecería gran parte de su vida y tendrían lugar la mayor parte de sus descubrimientos científicos. Animado por su esposa, Ochoa empezó a investigar por su cuenta mientras llevaba a cabo su labor como investigador asociado en la Facultad de Medicina. En aquel momento empezó a barajar la posibilidad de solicitar la nacionalidad norteamericana, convencido de los beneficios laborales que podría reportarle aquella decisión. Finalmente, en 1956, al matrimonio le fue concedida la ciudadania estadounidense, aunque Severo siempre se cuidó de afirmar que se consideraba "un exiliado científico, no político".

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Nobel y retirada

La década de los cincuenta del siglo XX fueron unos años en los que la Bioquímica experimentó una revolución muy importante a nivel molecular, hasta el punto de que, en 1953, los bioquímicos James Watson y Francis Crick propusieron un modelo en forma de doble hélice que explicaba la estructura molecular del ADN. En 1955, Severo Ochoa descubrió y aisló una enzima de una célula bacteriana de Escherichia coli a la que él llamó polinucleótido-fosforilasa, y que más tarde sería conocida como ARN-polimerasa (un conjunto de enzimas implicadas en la síntesis del ARN mensajero o transcripción del ADN). Un año más tarde, el bioquímico norteamericano y discípulo de Severo Ochoa, Arthur Kornberg, demostró que la síntesis de ADN también requiere de otra enzima polimerasa que es específica para esta cadena. Gracias a todos estos hallazgos, ambos científicos recibieron y compartieron el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en el año 1959.

En 1955, Severo Ochoa descubrió y aisló una enzima de una célula bacteriana de Escherichia coli a la que él llamó polinucleótido-fosforilasa.

Imagen de la doble hélice de la molécula de ADN.

Foto: iStock

Severo Ochoa continuó con sus investigaciones sobre el mecanismo molecular de la lectura del mensaje genético, y en 1971 fue nombrado director del Laboratorio de Biología Molecular de la Universidad Autónoma de Madrid. En la década de 1980, el laureado científico regresó a España para dirigir un grupo de investigación en biosíntesis de proteínas en el Instituto de Biología Molecular de Madrid, mientras, al mismo tiempo, lideraba otro equipo en el Roche Institute of Molecular Biology de Nueva Jersey (Estados Unidos). Al final, en 1985 Severo Ochoa fijó definitivamente su residencia en nuestro país.

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En mayo de 1986 murió su esposa Carmen, lo que supuso para Ochoa un durísimo golpe que lo sumiría en una profunda depresión. Desde ese momento, el científico decidió no volver a publicar ningún trabajo de investigación, lo que puso punto final a su brillante carrera. A partir de entonces se dedicó a impartir conferencias, a ofrecer entrevistas y a relacionarse con los estudiantes del Centro de Biología Molecular de Madrid. Al final de su vida, en junio de 1993, Severo Ochoa presentó en Madrid su biografía titulada La emoción de descubrir, escrita por el periodista Mariano Gómez-Santos, y poco tiempo después, en el mes de noviembre de aquel mismo año, uno de los más importantes científicos españoles de todos los tiempos moría en Madrid como consecuencia de una neumonía, a la edad de 88 años.