El inicio del shogunato Tokugawa

Sekigahara, la batalla que unificó Japón

En octubre del año 1600, Ieyasu Tokugawa logró someter a su autoridad a la mayoría de los señores de la guerra que gobernaban Japón. Su decisiva victoria en la batalla de Sekigahara le permitió unificar el país e inaugurar uno de los periodos de paz más largos de la historia japonesa.

* Este artículo utiliza la onomástica occidental (nombre+apellido) en vez de la original japonesa (apellido+nombre). Ejemplo: Ieyasu (nombre) Tokugawa (apellido).

Batalla de Sekigahara

Foto: Museo de Historia de Gifu

El 21 de octubre del año 1600, dos grandes ejércitos chocaron en Sekigahara, cerca de la capital imperial de Kioto. Esa batalla, que debía servir para determinar cuál de los dos grandes clanes de Japón -los Toyotomi y los Tokugawa- se hacía con la autoridad sobre todos los señores de la guerra del país, tendría repercusiones mucho más profundas y pasaría a la posteridad como la más decisiva de la historia de Japón: con ella daría inicio el periodo Edo -también llamado shogunato Tokugawa-, una época de más de 250 años de paz casi ininterrumpida que representó el apogeo del Japón feudal.

La batalla de Sekigahara ha pasado a la posteridad como la más decisiva de la historia de Japón.

Fue la culminación de un largo proceso de unificación que habían iniciado dos grandes señores feudales (daimyô) de entre los muchos que gobernaban un país dividido: Nobunaga Oda y Hideyoshi Toyotomi, que murieron sin ver terminada su labor. Fue Ieyasu Tokugawa, el daimyô más poderoso del país tras la muerte de los dos anteriores, quien recogió el fruto de sus esfuerzos y sometió casi todo Japón a su autoridad. Un poema refleja este proceso con los versos: “Nobunaga recogió el arroz / Hideyoshi amasó la torta / y Tokugawa se la comió sentado”. A pesar de la verdad que hay en el poema -que los dos primeros hicieron el trabajo más arduo-, Tokugawa también tuvo que pelear para hacerse finalmente con el poder.

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La batalla decisiva

Desde su base en Edo (actual Tokio), Tokugawa obtuvo la lealtad de varios daimyôs a través de su prestigio personal, el poder de su ejército y calculadas alianzas matrimoniales. Eso despertó los recelos de Mitsunari Ishida, uno de los regentes que gobernaban en nombre del hijo de Hideyoshi Toyotomi, aún menor de edad: en agosto de 1599 envió a Tokugawa una carta acusándolo de varias acciones que consideraba indignas, lo que este interpretó como una declaración de guerra. Rápidamente, la mayoría de daimyôs del país se posicionaron en dos bandos: el “ejército del este”, liderado por Tokugawa, y el “ejército del oeste”, que comandaba Ishida en nombre de los Toyotomi.

Ambos bandos se enfrentaron durante más de un año hasta que, el 21 de octubre de 1600, se encontraron en Sekigahara, a un día de camino al este de Kioto. Más que de dos ejércitos, sería correcto hablar de varios contingentes al mando de diversos señores de la guerra unidos por vínculos de lealtad y respeto tan complicados como frágiles: este fue un factor decisivo en la batalla, puesto que varios de los señores que supuestamente debían combatir por Ishida decidieron cambiar de bando o no entrar en batalla, ya fuera por viejas rencillas entre ellos o por los beneficios que les había prometido Tokugawa si lo apoyaban a él o simplemente se mantenían al margen.

Batalla de Sekigahara formación

Disposición de las tropas del ejército de Tokugawa (rojo) y de Ishida (azul) al inicio de la batalla. Las unidades en amarillo habían acordado un cambio de bando con Tokugawa que resultó decisivo.

Imagen: Rage against (CC) https://bit.ly/356QdzT

Inicialmente las condiciones parecían favorables a Ishida: no solo contaba con más soldados, sino que algunos de sus supuestos aliados se encontraban en la retaguardia o en los flancos de las tropas de Tokugawa, facilitando un movimiento de pinza. Sin embargo, al empezar la batalla solo parte de estos entraron en combate: algunos no lo respetaban como comandante y se negaron a recibir órdenes de él, mientras que otros se habían aliado en secreto con su adversario.

Dos cambios de bando en particular fueron decisivos: el de Hideaki Kobayakawa, que desde una posición elevada cubría el flanco derecho del ejército de Ishida, y el de Hiroie Kikkawa, cuyas tropas se encontraban en la retaguardia enemiga y tenían que ser decisivas para acorralar al ejército del este. Ambos habían intercambiado mensajes con Tokugawa, quien les había prometido un puesto de poder. Kikkawa le cubrió la retaguardia en vez de atacarle, mientras que Kobayakawa en un principio se limitó a mantener sus fuerzas al margen, hasta que Tokugawa decidió obligarle a elegir bando ordenando disparar cerca de su posición.

Inicialmente las condiciones parecían favorables a Ishida, pero las traiciones y la falta de coordinación entre sus generales causaron su derrota.

En ese momento Kobayakawa decidió apostar por Tokugawa y ordenó el ataque contra el ejército del oeste. Su cambio de bando arrastró a otros generales, que también cargaron contra las tropas de Ishida; al extenderse el rumor de la traición, la desconfianza entre las diversas unidades impidió cualquier resistencia coordinada, precipitando su derrota definitiva. Ishida y sus principales generales fueron capturados y decapitados como un aviso a quienes pensaran seguir plantando cara a Tokugawa.

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El comienzo de una nueva era

El resultado de la batalla de Sekigahara tuvo consecuencias mucho más importantes de las esperadas: la derrota y ejecución de Ishida hizo que la gran mayoría de daimyôs del país se sometieran a la autoridad de los Tokugawa, especialmente cuando en 1603 el emperador nombró shôgun a Ieyasu. Este cargo le concedía un poder de gobierno absoluto, ya que la figura imperial había quedado relegada a un plano simbólico y religioso.

El nombramiento permitió a Tokugawa lograr lo que Oda y Toyotomi no habían conseguido: la unificación de Japón bajo una sola autoridad, ya que lo situaba por encima de todos los demás daimyôs. Sin embargo, Ieyasu sabía lo frágiles que eran los vínculos de lealtad y puso en marcha una serie de reformas para asegurarse el control sobre esos señores feudales acostumbrados a gobernar sus territorios con una autonomía casi total.

El nombramiento como shôgun permitió a Tokugawa lograr lo que Oda y Toyotomi no habían conseguido: la unificación de Japón bajo una sola autoridad.

Dos medidas en particular resultaron clave. La primera fue la redistribución de los feudos para premiar a aquellos que le habían apoyado y desplazar a quienes habían combatido contra él. La segunda y posiblemente la más efectiva fue establecer un protocolo llamado sankin-kôtai (servicio alterno): los daimyô estaban obligados a residir en Edo en años alternos y, al regresar a sus territorios, debían dejar a su esposa e hijos como rehenes para asegurar su lealtad al shôgun.

El fin de las guerras civiles permitió inaugurar un periodo de prosperidad que a menudo es considerada la época dorada del Japón feudal: la unificación del país y la paz casi continuada -salvo algunas revueltas ocasionales- favoreció el comercio y el desarrollo del artesanado. El shogunato Tokugawa gobernó Japón durante más de 250 años en los que se mantuvo prácticamente aislado del resto del mundo, hasta que la Restauración Meiji lo hizo entrar, de forma repentina y para muchos traumática, en el mundo moderno.

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