Un enigma histórico

El salón de ámbar del zar Pedro I que se esfumó tras un bombardeo

Robada por los nazis de un palacio de San Petersburgo, la legendaria Cámara de Ámbar que fue mandada construir por Federico Guillermo I de Prusia, y que después regaló al zar de Rusia Pedro I, fue llevada a Kaliningrado, donde su rastro se perdería para siempre en 1944.

Reconstrucción de la Cámara de Ámbar realizada en el año 2003.

Foto: Giggel / CC BY 3.0

Siete décadas después de su desaparición, no dejan de surgir teorías sobre el paradero de la Cámara de Ámbardel palacio de Catalina en San Petersburgo. Perdida su pista tras los bombardeos aliados al final de la segunda guerra mundial, las últimas hipótesis la sitúan en un tren sepultado, en un búnker en Polonia o en un castillo checo. No es de extrañar este empeño en buscarla: el valor de la sala podría alcanzar los 450 millones de euros.

El origen de la Cámara de Ámbar se remonta a 1701, cuando Federico I de Prusia encargó construir una lujosa sala en el palacio real de Berlín con las paredes y el mobiliario revestidos de ámbar, un material que valía entonces doce veces más que el oro. En su construcción, en la que se tardó ocho años, se emplearon cien mil piezas de ámbar para cubrir una superficie de 36 metros cuadrados.

Regalo para el zar

Esta joya gigante llamó la atención del zar Pedro I el Grande, que quedó prendado de ella durante una visita a Berlín a fin de forjar con Prusia una alianza militar contra Suecia. En 1717, Federico Guillermo I de Prusia selló este acuerdo regalando la lujosa sala a su nuevo aliado. La sala fue desmontada y empaquetada para su traslado –primero por mar y después por tierra, en 18 trineos tirados por caballos– hasta San Petersburgo, la capital-escaparate que Pedro acababa de fundar a orillas del Báltico. Una vez allí, se decidió instalarla en el palacio de Catalina de la vecina Tsárskoye Seló, residencia de verano de los zares.

Esta joya gigante llamó la atención del zar Pedro I el Grande, que quedó prendado de ella durante una visita a Berlín.

Cuadro de Pedro I de Rusia expuesto en el Palacio Arkhangelskoye (Moscú).

Foto: PD

Allí se le añadieron 48 metros cuadrados de paneles de ámbar y su decoración se enriqueció con nuevos mosaicos. Al finalizar su última remodelación, en 1770, seis toneladas de paneles de ámbar, abundante pan de oro, innumerables gemas, 24 espejos y un suelo de maderas preciosas envolvían una sala de 96 metros cuadrados que albergaba setenta objetos también de ámbar. Durante los dos siglos siguientes, la Cámara de Ámbar se convirtió en una de las joyas de la corona de los zares y sobrevivió intacta a siete restauraciones, e incluso a la Revolución de 1917.

Para saber más

Una imagen exaltante del asalto al palacio de Invierno, obra de Nikolai Kochergin, que lo presenta como una lucha heroica del pueblo. Galería Regional de Arte,  Cheliabinsk.

La revolución rusa de 1917

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Botín de guerra

Durante la segunda guerra mundial, San Petersburgo –rebautizada primero como Petrogrado y más tarde como Leningrado– fue sometida por los nazis a uno de los asedios más crueles de la historia, que duró 900 días y en el que murieron más de un millón de civiles. La urbe no cayó, pero sí lo hizo en 1941 Tsárskoye Seló, situado a una treintena de kilómetros de la antigua capital imperial.

Debido a sus dimensiones y fragilidad, la Cámara de Ámbar no pudo ser evacuada por los soviéticos para ponerla a salvo, como sí lo fueron sus muebles y otros 20.000 objetos del palacio. En un vano intento de salvarla del expolio nazi, las autoridades soviéticas cubrieron sus paredes con papel pintado, sobre el que se colocó una capa de algodón y tablas de madera, además de tapices y mantas. Pero los alemanes tardaron poco en encontrarla, y apenas 36 horas en desmontarla y empaquetarla en una operación supervisada por el experto en arte –y en ámbar– Alfred Rohde. Por orden expresa de Adolf Hitler, la sala debía regresar a "su verdadero hogar", el Reich alemán.

En un vano intento de salvarla del expolio nazi, las autoridades soviéticas cubrieron las paredes de la Cámara de Ámbar con papel pintado.

La Cámara de Ámbar en el palacio de Catalina, en 1917 (autocromo).

Foto: PD

A los pocos días, los plafones llegaban al museo del simbólico castillo de Königsberg (hoy el enclave ruso de Kaliningrado), donde había sido coronado el primer rey de Prusia, Federico I. Allí, Rohde había reunido una inmensa colección de arte. La cámara, reconstruida de nuevo, permaneció expuesta hasta que los ataques aéreos aliados empezaron a devastar la ciudad en 1944.

La Cámara de Ámbar fue vista por última vez en verano de ese mismo año y nadie sabe –o no ha querido revelar– qué sucedió con ella después de ser embalada en la bodega de un restaurante del castillo, mientras Königsberg se desmoronaba bajo las bombas aliadas. Cuando los soldados del Ejército Rojo tomaron la ciudad, en abril de 1945, no hallaron ni rastro de la sala entre las ruinas del castillo. Rohde, que se negó a ser evacuado y permaneció con su mujer junto a la colección hasta la entrada de los soviéticos, tampoco contó nada. A finales de ese año, el matrimonio moriría en extrañas circunstancias sin revelar el paradero de la habitación, si es que lo conocían.

Para saber más

Soldados soviéticos levantan una bandera desde un balcón con la Puerta de Brandenburgo al fondo. Foto: Cordon

La batalla de Berlín durante la Segunda Guerra Mundial

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Búsqueda sin premio

Aunque algunos investigadores han dado por seguro que la Cámara de Ámbar fue destruida en los bombardeos o tras el asalto final a la ciudad por las tropas soviéticas, no pocas opiniones apuestan por que los nazis lograron evacuarla a tiempo a un lugar seguro. Durante los últimos setenta años, la sala ha sido buscada por cientos de personas en media docena de países y se han planteado numerosas hipótesis sobre su destino final.

Durante los últimos setenta años, la Cámara de Ámbar ha sido buscada por cientos de personas.

Detalle de una de las esquinas de la versión reconstruida de la Cámara de Ámbar.

Foto: PD

Según una teoría, los componentes de la sala fueron empaquetados en cajas y embarcados en un navío que poco después de zarpar de Königsberg habría sido hundido por los aliados. En este caso se habría perdido para siempre. Entre los que creen que sobrevivió a la guerra, los hay que no la buscan muy lejos: creen que podría seguir bajo las ruinas de la fortaleza, en la actual Kaliningrado. Otras hipótesis y testimonios más o menos consistentes la han situado en diversos escondites del botín amasado por los nazis: redes de túneles secretos, búnkeres soterrados o viejas minas y cuevas en Alemania, Polonia, Austria, la República Checa o Dinamarca.

Una obra de arte frágil

En todos estos supuestos, el tiempo juega en contra de la conservación de la Cámara de Ámbar que, en ausencia de las condiciones adecuadas, podría haber quedado reducida a escombros. Según el experto en ámbar Alexander Shedrinksy: "Si se encuentra escondida en alguna parte, es muy probable que sea en un lugar subterráneo y húmedo, por lo que es casi seguro que se halle en un estado ruinoso". Otras hipótesis asimismo han sugerido que la sala pasó a manos de coleccionistas privados, fue llevada a América del Sur por los nazis, fue expoliada por Estados Unidos o entregada a ellos por parte de la URSS de forma secreta como pago a las ayudas de guerra.

Algunas hipótesis sobre el destino de la Cámara de Ámbar han sugerido que la sala pasó a manos de coleccionistas privados.

Detalle de la reconstrucción de la Cámara de Ámbar.

Foto: PD

En 1979, las autoridades soviéticas decidieron construir una réplica exacta de la sala que se inauguró en 2003, coincidiendo con el tricentenario de la fundación de San Petersburgo.Tres años antes, Alemania había devuelto a Rusia las únicas piezas que se conservan de la Cámara de Ámbar original: un mosaico de jaspe y ágata pulidos y una cómoda revestida de ámbar. Se recuperaron antes de que el hijo de uno de los oficiales que las robaron en Rusia las subastara. Por desgracia, estas piezas no pueden ayudarnos a aclarar el paradero de la Cámara de Ámbar ya que fueron sustraídas en San Petersburgo años antes de la desaparición de la sala.