Asturias

Los reyes de Oviedo en el siglo IX

Tras ascender al trono de Asturias en el año 791, Alfonso II estableció su capital en Oviedo y la convirtió en una espléndida corte siguiendo el modelo de su contemporáneo Carlomagno

iglesia de Santa María del Naranco

Foro: Reinhard Schmid / Fototeca 9x12

Suele creerse que, tras la invasión de la península Ibérica por los musulmanes en 711 y el derrumbe de la monarquía visigoda, sólo quedó a salvo la franja de tierra que mira al mar Cantábrico, donde prácticamente de inmediato surgiría un nuevo Estado con la misión de combatir contra el invasor y dar inicio a la Reconquista.

Cronología

Primeros reyes de Asturias

739

Accede al trono el primer rey electo de Asturias, Alfonso I, yerno de Pelayo.

791

Comienza el reinado de Alfonso II, que reconstruye Oviedo y la hace su capital.

842

Alfonso II muere sin descendencia. Lo sucede en el trono su primo Ramiro I.

931

A la muerte de Alfonso III,su reino se divide en los de Asturias, León y Galicia.

En la realidad histórica, sin embargo, la formación del reino de Asturias fue un proceso más complicado. Ya desde finales del Imperio romano y a lo largo del dominio visigodo (418-711), en muchos territorios de Hispania el poder quedó en manos de grupos regionales o locales que, aunque decían actuar en nombre del Estado, llevaban una gestión muy independiente, sustentada en relaciones de tipo clientelar. De hecho, el éxito de la conquista musulmana se basó en la capacidad de los invasores para llegar a acuerdos con esos grupos que, a cambio de ver respetado su estatus, no tuvieron inconveniente en aceptar el nuevo poder y su religión. Fue así como en 714 el bereber Munuza se convirtió en gobernador en Gijón aprovechando las disputas que mantenían entre sí los clanes familiares de la zona.

En los años siguientes, esos grupos se organizaron para resistir al invasor, pero sin que por eso se constituyera enseguida una monarquía propiamente dicha. Pelayo, al que la tradición atribuye la primera victoria contra los musulmanes, en Covadonga (718), no fue más que un caudillo local. En cuanto a Alfonso I (739-757), fue aceptado de forma más clara como primus inter pares, es decir, como un líder que, aunque recibía el título de «rey», era elegido y aceptado como tal por acuerdo entre los distintos clanes. El poder de estos reyes dependía de su propia fortaleza y del fracaso de las maquinaciones de otros aspirantes. Esto hizo que, a lo largo del siglo VIII, los reyes asturianos trasladaran la capital varias veces de sitio, buscando cada uno el territorio que le era más afecto. Una situación que sólo cambió bajo el reinado de Alfonso II (791-842).

Alfonso II

Alfonso II de Asturias. El Rey Casto aparece sentado en su trono en esta miniatura de un códice del siglo XII. Catedral de Santiago de Compostela.

Foto: AKG / Album
cueva de Covadonga

La cueva de Covadonga. La tradición asocia este lugar con una batalla librada por Pelayo contra los musulmanes en 718. En el siglo XII se estableció aquí una comunidad monástica.

Foto: Shutterstock

El Rey Casto

Nacido hacia 760, Alfonso era hijo del rey Fruela I y de una princesa vascona llamada Munia. Al morir su padre cuando él todavía era niño, fue acogido por su tía Adosinda, esposa del rey Silo. A la muerte de Silo, en 783, Alfonso fue proclamado rey con el apoyo de su tía, pero otro de sus tíos, Mauregato, consiguió hacerse con el trono y Alfonso tuvo que huir a tierras de su familia materna. A Mauregato lo sucedió Vermudo I, quien debió abdicar en 791 tras una grave derrota frente a los musulmanes, en la batalla del río Burbia. En ese momento, Alfonso regresó a Asturias para ser proclamado de nuevo rey, ahora definitivamente.

Su gobierno, de medio siglo de duración, fue tan largo como fructífero. En ese tiempo se consolidó la monarquía y se forjaron las bases de un reino que se fue engrandeciendo poco a poco. En esta labor, Alfonso siguió el ejemplo de Carlomagno, con quien mantuvo estrechas relaciones diplomáticas; incluso se dice que tuvo una esposa, Berta, perteneciente a la casa real franca, aunque es dudoso que ese matrimonio hubiera tenido lugar.

Comentarios al Apocalipsis de Beato de Liébana

Miniatura de un códice de los Comentarios al Apocalipsis de Beato de Liébana. Siglo XI. Biblioteca Nacional, Madrid.

Foto: Oronoz / Album

En el proyecto político de Alfonso influyó también Beato, monje de San Martín de Turieno, en Liébana, un valle al este del reino, aunque se especula con que pudo ser un cristiano emigrado de al-Andalus. Su vida no discurrió en el claustro, sino en la corte y en los caminos. Sabemos que fue preceptor de Adosinda, la protectora tía de Alfonso II.

También fue un adalid de la ortodoxia católica frente a la herejía adopcionista que defendía Elipando, el primado de Toledo, un ácido enfrentamiento tras el que se adivina la aspiración de crear una Iglesia «nacional» asturiana, liberada de la obediencia de la antigua capital visigoda, que en ese tiempo estaba sometida a los emires de al-Andalus.

reino de Asturias

Durante el siglo VIII, el dominio efectivo de los reyes asturianos se limitaba a los valles asturianos, aunque teóricamente su «reino» llegaba desde Galicia hasta Vasconia. Alfonso II consiguió controlar todo ese espacio, pero no hizo mayores avances fuera de las montañas. Esta labor correspondió a Ordoño I y sobre todo a Alfonso III, quien llegó a establecer una línea de fortalezas a lo largo del río Duero.

Cartogarfía: eosgis.com
RAMIRO I DE ASTURIAS

Esta estatua de Ramiro I de Asturias, obra de Gerardo Zaragoza, adorna desde 1942 el jardín de los Reyes Caudillos de la ciudad de Oviedo.  

Foto: Oronoz / Album

El fundador del reino

Alfonso deseaba crear una monarquía fuerte y respetada, liberada de intrigas palaciegas. El nuevo Estado debería apoyarse sobre cuatro fundamentos: el poder militar, una administración eficaz, la afirmación de la imagen del soberano –Carlomagno era el modelo en todo ello– y la bendición de los cielos y de la Iglesia, según la senda marcada por Beato.

Alfonso II llevó a cabo victoriosas campañas contra los musulmanes. Rechazó diversas invasiones andalusíes e incluso realizó una incursión en la que saqueó Lisboa, mandando parte del botín a Carlomagno. En el interior del reino tuvo que enfrentarse a algunos nobles levantiscos. Organizó la curia contando con magnates y hombres de iglesia y una cancillería que lo registrase todo, de modo que la presencia del soberano era mayor y llegaba más lejos. Supo desarrollar una política de fidelidades con la nobleza y granjearse la simpatía del clero con la construcción de numerosos monasterios, promoviendo una liturgia solemne y fundando –según se cree mayoritariamente– el obispado de Oviedo. Hasta su propia vida personal, «gloriosa, casta, púdica, sobria e inmaculada», según la Crónica de Alfonso III, se tomó como modelo de virtud cristiana, lo que le valió el apodo del Casto con que ha pasado a la historia. Fue también bajo su reinado, hacia 830, cuando se descubrió la tumba del apóstol Santiago, al que un himno atribuido a Beato nombraba patrón de España.

Alfonso II dedicó esfuerzos y recursos a crear una imagen brillante de la monarquía, a la que dio por fin una capital estable, Oviedo.

El propio rey se apresuró a financiar la primera basílica que se levantó en Compostela sobre el nuevo «lugar santo». Alfonso dedicó esfuerzos y recursos a crear una imagen brillante de la monarquía, a la que dio por fin una capital estable, Oviedo. El origen de la ciudad se encuentra en una colina situada a la vera de un nudo viario romano, en cuya cima ya habría existido un centro de culto a las aguas en época imperial. Ahí, «en este lugar santo… que llaman Oveto», el abad Fromestano y su sobrino Máximo levantaron a partir de 761 el monasterio de San Vicente, en cuyo entorno fueron asentándose nuevos pobladores. Poco después, el rey Fruela edificó para estos colonos la iglesia de San Salvador, que sería destruida por los andalusíes en sus incursiones de 794-795.

san julián de los prados

Construida bajo el reinado de Alfonso II, la iglesia de San Julian de los Prados conserva buena parte de los frescos originales, que han sido considerados como la última herencia de la Antigüedad clásica.

Foto: Oronoz / Album
basílica de santullano

La iglesia de San Julián de los Prados se conoce también como basílica de Santullano y es la única que se conserva íntegramente del reinado de Alfonso II de Asturias. Fue restaurada a principios del siglo XX.

Foto: Alamy / ACI

Fulgor de Oviedo

Alfonso II no sólo asumió la reconstrucción de la iglesia, sino que creó la nueva ciudad. Su obra se recoge con detalle en una de las versiones de la Crónica de Alfonso III: «Éste [Alfonso II] fue el primero que asentó el trono en Oviedo. Construyó una basílica bajo la advocación de Nuestro Redentor y Salvador Jesucristo, de admirable fábrica, y que por eso se nombra ahora iglesia de San Salvador. En ella añadió […] seis altares que contienen reliquias reunidas de todos los apóstoles».

La misma crónica menciona otras fundaciones religiosas: «Igualmente, levantó, en honor de la siempre Virgen Santa María, un templo paredeño a la iglesia antedicha [...]. En la parte occidental de este venerado edificio, erigió otra iglesia para panteón real. Asimismo levantó otra tercera basílica en memoria de San Tirso, cuya hermosura es más para admirar por los presentes que para describir elogiosamente por el escritor erudito. Igualmente, edificó, a un estadio aproximadamente del Palacio, un templo consagrado al mártir San Julián […], decorado con admirable gusto».

Pero Alfonso II no sólo erigió iglesias: «Construyó también regios palacios, baños, triclinios [salas de recepciones y ceremonias], pretorios [para el gobierno y la administración], techumbres y cúpulas, y toda clase de objetos fabricados y decorados con toda belleza». La mayoría de estos edificios han desaparecido, como la basílica de San Salvador (sustituida por la catedral gótica), obra del arquitecto real Tioda, que con sus más de 40 metros de longitud y unos 30 de anchura, protegida por un muro y una torre, debía de resultar excepcional. De otros, como la iglesia de San Tirso, quedan retales. Sólo se conserva prácticamente completa la suntuosa iglesia de San Julián de los Prados, cuyas pinturas murales proclaman la gloria que perseguía Alfonso.

murales de san julián de los prados

las pinturas murales de la iglesia de San Julián de los Prados (dibujo de Magín Berenguer) plasman muy bien el ideal político-religioso de Alfonso II. Su organización geométrica es símbolo de la perfección; el color y los juegos de luz manifiestan el poder, y su articulación en tres niveles, con ricas arquitecturas, pero sin representaciones figuradas, es la Jerusalén Celeste descrita en el libro bíblico del Apocalipsis.

Foto: Oronoz / Album
caja de las ágatas

La caja de las ágatas, una arqueta de madera laminada en oro repujado y con placas de ágata, fue donación de Alfonso III y forma parte del tesoro de la Cámara Santa de Oviedo.

Foto: Oronoz / Album

La Crónica Albeldense (escrita en 883) puntualiza que «todas esas casas de Dios, con columnas y arcos, las ornamentó con oro y con plata» y empleó en muchas de ellas piedras nobles extraídas de viejos edificios romanos. Hay quien le atribuye también la Cámara Santa –que en su origen fue la iglesia de San Miguel– y la cripta de Santa Leocadia, que sin embargo otros autores consideran obra de Alfonso III (866-910).

Así quedó configurada una nueva capital, una sede regia y eclesiástica poblada de soberbios edificios dispuestos en la cima de una colina bien protegida. Junto a todo ello, resaltando más su monumentalidad por contraste, estarían las humildes cabañas de la gente común que poco a poco iban poblando las laderas capitalinas, mayoritariamente pobres chozas levantadas con postes de madera o, como también cabe imaginar, hogares similares a esas pallozas que aún sobreviven en algunas comarcas asturianas.

Cámara Santa San Salvador de Oviedo

En la Cámara Santa, integrada en la actual catedral de San Salvador de Oviedo se guardan los más preciados y sagrados tesoros del reino de Asturias. Destaca entre ellos el Arca Santa (en primer término de la fotografía). Según la tradición, llegó desde Jerusalén, cargada de multitud de reliquias, lo que convirtió la Cámara Santa en etapa obligada para los peregrinos a Compostela, pero hoy se sabe que fue realizada en los últimos años del siglo XI. 

Foto: Remedios Valls / Age Fotostock
cruz iglesia de San Salvador de Oviedo

Según una tradición recogida en la Historia Silense, Alfonso II deseaba regalar una cruz de oro y piedras preciosas a la iglesia de San Salvador de Oviedo. Un día se presentaron al rey dos ángeles con apariencia de peregrinos, que dijeron ser orfebres y se ofrecieron a elaborar la cruz. Trabajaron raudos y desaparecieron sin aviso, dejando una pieza «de la que emanaba una luz como la del sol. De ello se dedujo que fue aquella una obra divina y no humana». Era 808 y tales ángeles debían de ser maestros del norte de Italia, tal vez enviados por Carlomagno, pues por su estilo la cruz se asemeja más a los modelos lombardos que a los visigodos.

Foto: Age Fotostock

La metamorfosis de un reino

En conjunto, la tarea de Alfonso II quedó bien asentada. Su labor territorial se limitó a contener con éxito las acometidas musulmanas, pero su mayor logro fue ese cambio paulatino de una sociedad casi tribal a la organización de un verdadero Estado, con su ideal de unidad y de trayectoria histórica que enraizaba con los antiguos reyes visigodos. La Crónica Albeldense afirma, significativamente, que Alfonso II «instauró en Oviedo, como si fuera Toledo, todo el orden de los godos, tanto en la Iglesia como en Palacio». Del mismo modo, la promoción artística que acompañó a ese proceso es sintomática del efecto que buscaba el monarca, una tarea que sus sucesores supieron continuar.

Tras la muerte de Alfonso II accedió al trono el «usurpador» Nepociano (842), que fue de inmediato derrotado por el «legítimo» Ramiro I, constructor del palacio de Santa María del Naranco y de la iglesia de San Miguel de Lillo. Según la Crónica Albeldense, Ramiro «fue vara de justicia, a los ladrones les sacó los ojos, y puso fin por el fuego a los brujos». En 850 le siguió su hijo Ordoño I, el primer monarca realmente hereditario, que conquistó León, asomándose así a la Meseta. Su labor la multiplicó Alfonso III el Magno (866-910), quien seguramente construyó en Oviedo una nueva muralla, un nuevo palacio y un castillo, pese a lo cual dio un protagonismo creciente a León, desplazando gradualmente el peso de la corte hacia el sur. Entonces los valles norteños empezaron a quedar sumidos en su particular letargo, cada vez más marginales en un reino cada vez más fuerte.

Este artículo pertenece al número 199 de la revista Historia National Geographic.

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