Isabel y Fernando

Los Reyes Católicos: entre el amor y la política

El de Isabel y Fernando no fue un matrimonio por amor (muy pocos lo eran), pero la pasión y el afecto tuvieron su lugar en una unión determinada por la razón de Estado

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Boda de los Reyes Católicos, Tapiz

Fernando de Aragón e Isabel la Católica, Catedral de Lérida.

Oleo: Vicente Lopez

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Fernando de Aragón e Isabel la Católica

Los Reyes Católicos recibiendo una embajada del rey de Fez. Museo Academia de Bellas Artes de San Fernando, Madrid

Oleo: Victor Manzano

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Los Reyes Católicos administrando justicia

1860, Palacio Real, Madrid

Foto: Gtres

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Jura de los fueros por los Reyes Católicos

Azulejos de la plaza mayor de Sevilla

Foto: Gtres

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Salida de los Reyes Católicos del Castillo de la Mota

Oleo de Fernando Alvarez de Sotomayor

Oleo: Pelegri Clave Roque, año 1855

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Isabel I de Castilla

Demencia de Isabel de Portugal. Isabel junto a su madre enferma. Museo San Carlos, México

Foto: Gtres

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Doña Isabel la Católica dictando su testamento

Oleo: Eduardo Rosales, Museo del Prado, Madrid

Foto: Gtres

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Juana la Loca

Reina de Castilla. Hija de los Reyes Católicos

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Moneda con la efigie de los Reyes Católicos

El matrimonio de los Reyes Católicos, realizado cuando ambos eran unos adolescentes y ninguno de ellos era rey ni tenía seguridades completas de llegar a serlo, tuvo consecuencias trascendentales para la historia de España, e incluso del mundo, pues conllevó la unión de Castilla y Aragón, el fin de la Reconquista o el descubrimiento de América. Pero a la vez el enlace revistió una dimensión personal no menos interesante para el historiador.

Aunque en su origen la unión estuvo dictada por razones de conveniencia política, desde los primeros momentos se advirtió entre los esposos una compenetración especial. En ello no faltó la pasión amorosa, en el caso de Fernando sobre todo en las fases iniciales del matrimonio, cuando en sus cartas a la reina aludía al mal que le causaba la separación o se presentaba como amante despechado; a Isabel, más discreta pero también más constante, la dejaban en evidencia sus recurrentes accesos de celos.

Este afecto mutuo no impidió que entre los cónyuges surgieran desavenencias pasajeras, por ejemplo por el empeño de Isabel en hacer visible que ella era la “reina propietaria” de Castilla, mientras que Fernando en Castilla era simple rey consorte, aunque le otorgara plena facultad de mando. Con el tiempo entre ambos se impuso una complicidad basada en sus comunes intereses políticos pero también en la preocupación compartida por la suerte de sus hijos. La muerte del príncipe heredero Juan, en 1497, supuso un duro golpe para ambos, agravado por el fallecimiento de su otra hija mayor, Isabel, y del hijo de ésta, Miguel, heredero del reino.

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La sucesión pasó entonces a su tercera hija, Juana, cuyos desequilibrios psicológicos amargaron los últimos días de la reina Isabel, fallecida cuando tenía poco más de 50 años, en 1504. Fernando escribió entonces: "su muerte es para mí el mayor trabajo que en esta vida me podría venir…" La juventud y los años de plenitud de la monarquía unificada se habían esfumado, ante un futuro que no se sabía aún qué depararía.

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