Asedio a Cartagena

La revuelta cantonal de 1873, la rebelión por una España federal

En 1873 Cartagena se separó del estado español en el marco de la revuelta cantonal, en la que numerosos municipios se constituyeron en estados federales al margen del gobierno de la Primera República. Asediados por el ejército, los cantonalistas tuvieron que recurrir a la flota para proveerse de armas y comida mediante el saqueo de pueblos y ciudades.

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Foto: Cordon Press

Tras un breve reinado marcado por la inestabilidad política, Amadeo de Saboya abdicó del trono español el 11 de febrero de 1873, cansado de la lucha constante que convertía el país en ingobernable. Al abandonar el país con sus hijos el rey impidió la sucesión, dando paso así a la Primera República, un período convulso en el que numerosas facciones pugnaron por reformar las leyes e instituciones de una España en decadencia. Las elecciones que siguieron a la abdicación las ganó el Partido Federalista, el cual pretendía dar una mayor autonomía a las diferentes regiones del país, con el fin de crear un estado federal según el modelo americano.

Las promesas electorales no se concretaron en ninguna acción por parte del Gobierno, por lo que los partidarios de federalismo empezaron a impacientarse. Muestra de este descontento fue el breve Estado Catalán proclamado por la Diputación de Barcelona, que separó a Cataluña del resto de la nación durante unos breves días durante ese mismo año. Si bien esta primera insurrección pudo ser pacificada sin violencia, la inacción del gobierno y la falta de cambios respecto al período anterior, crearon un polvorín de resentimiento que no tardaría en estallar en un alzamiento mucho más grave y sangriento.

La revuelta cantonalista

Al considerar que una España federal sólo se podía conseguir por medio de la fuerza, los diputados más radicales se conjuraron para levantar en armas a algunas ciudades, con la esperanza de arrastrar al resto del país con ellos. El núcleo de la revuelta sería Cartagena, pues a sus excelentes defensas se sumaba la presencia en el puerto de la mayoría de la Armada, un recurso militar de primer orden con el que extender su revolución. El plan era dividir el país en una suerte de repúblicas semiindependientes, llamadas cantones, que se gestionarían a si mismas al margen del gobierno central.

Se decidió que la insurrección se produciría el 17 de julio, fecha en la que el Castillo de Galeras, que dominaba el puerto, estaría guarnicionado por una fuerza de voluntarios federales. Estos capturarían la fortaleza y alertarían mediante cañonazos al resto de los conjurados para que tomaran el control de la ciudad. El plan fue ejecutado a la perfección, a la señal convenida se levantaron en armas la mayoría del ejército y los marineros de la Armada, que procedieron a ocupar las defensas y el arsenal de la ciudad, así como las naves de guerra ancladas en el puerto.

Desde Cartagena, el cantonalismo se extendió a lo largo de Julio por las principales ciudades del sureste peninsular. En una serie de revueltas coordinadas se rebelaron Murcia, Sevilla, Granada, Valencia y otras poblaciones menores, que se constituyeron inmediatamente en cantones independientes.

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El estado federal

La Junta revolucionaria de Cartagena emprendió entonces un revolucionario programa de reformas. Se abolió la educación religiosa, al tiempo que se expropiaban los bienes de la iglesia y el estado para uso del cantón. A nivel legal, se eliminó la pena de muerte y se permitió el divorcio, dos medidas largamente esperadas por los sectores más progresistas. En el ámbito laboral se restableció la jornada laboral de 8 horas. Una bajada de los impuestos de importación y el fin de los monopolios terminaron de completar el programa radical.

Asimismo se empezó a publicar un diario, llamado El Cantón Murciano, para publicitar entre el pueblo las medidas emprendidas por la Junta. La ciudad acuñó también su propia moneda, con la plata requisada a los ciudadanos más pudientes y la extraída de unas minas cercanas.

Gracias a la plata extraída de unas minas cercanas, Murcia acuñó su propia moneda.

Dado que el cantón no disponía de acceso a las provincias agrícolas del interior (dominadas por sus enemigos), era preciso expandir el movimiento tanto por tierra como por mar para asegurar, por un lado las subsistencias y por el otro la división de las fuerzas del gobierno entre diversos focos revolucionarios.

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En la imagen, Amadeo de Saboya, que reinó en España entre 1870 y 1873. Hijo del rey italiano Víctor Manuel II., Amadeo de Saboya nunca logró ganarse la confianza ni del pueblo ni de los poderes del Estado y finalmente abdicó, cansado de la imposibilidad de "gobernar un país tan hondamente perturbado".

Foto: Antonio Nombela Tomasich/CC

Por suerte para los cantonales, las naves capturadas eran las mejores de la flota. Entre ellas cinco modernas fragatas acorazadas impulsadas por vapor y armadas con baterías de formidables cañones. No obstante, su efectividad se vio algo mermada por la expulsión de la mayoría de los oficiales, que rehusaron tomar parte en la revuelta. Dirigidas por inexpertos políticos y capitanes mercantes, las naves serían propicias a accidentes que llegaron a costar vidas.

Primeras incursiones

Con esta escuadra se llevaron a cabo numerosas expediciones de aprovisionamiento a lo largo de la costa sureste de España, que contribuyeron también a crear numerosos cantones con los que expandir la revuelta.

El 20 de julio partió la primera de ellas hacia Alicante, dirigida por el principal líder rebelde, Antonio Gálvez Arce. Tras desembarcar a sus hombres en la ciudad, Gálvez proclamó su independencia del estado, para luego regresar a Cartagena con un mercante requisado en el puerto.

El mismo día de la expedición, Gálvez y los suyos eran declarados piratas por el gobierno, con lo que se animaba a las naves de guerra de otras naciones a su captura. Efectivamente, al cabo de poco, el mercante recientemente adquirido en Alicante fue apresado por la fragata alemana Friedrich Carl, que lo escoltó hasta Gibraltar para devolverlo a España.

Pese a este ominoso revés, las autoridades revolucionarias continuaron con sus incursiones. Las fragatas Almansa y Vitoria realizaron un crucero por la costa andaluza, en el que primero bombardearon Almería por haberse negado a darles dinero y luego se dirigieron a Málaga para intentar sublevarla con las tropas que transportaban.

Antes de llegar a la ciudad, se encontraron con el Friedrich Carl, que, acompañado por la fragata británica Swiftsure, consiguió su rendición sin apenas resistencia, hecho que demuestra el poco espíritu combativo de los revolucionarios. Las tripulaciones fueron obligadas a desembarcar cerca de Cartagena y las dos fragatas cantonales entregadas al gobierno español, que las dejó en Gibraltar para evitar que fueran capturadas de nuevo por los revolucionarios.

Los centralistas reaccionan

Mientras estas expediciones revolvían el país, el gobierno central preparaba su respuesta. Ya desde el inicio de la revuelta se había concentrado al ejército, que fue enviado a finales de julio contra los principales focos de la revuelta. El 1 de agosto caía el cantón de Sevilla a manos de general Manuel Pavía, seguido por el de Cádiz el 4 y el de Granada el 12. Simultáneamente otra fuerza, dirigida por el general Martínez Campos, ocupaba Valencia tras un breve bombardeo, al tiempo que los principales líderes revolucionarios huían por mar a Cartagena.

La región de Murcia fue atacada a su vez por el ejército centralista, los cantonales fueron derrotados en Chinchilla y la ciudad tomada el 12 de agosto. Tres días más tarde, los centralistas se encontraban ante los muros de Cartagena y procedían al asedio del último reducto de la revuelta.

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Ataque de los insurgentes de Cartagena en Águilas, Múrcia, en el año 1873.

Foto: Cordon Press

La última esperanza cantonal

Aislados por tierra, los rebeldes pusieron sus esperanzas en la flota, con la que pretendían conseguir alimentos y municiones para resistir el sitio. A mediados de setiembre se realizaron dos nuevas incursiones contra los pueblos de Torrevieja y Águilas, en los que se capturaron provisiones y se cobró el impuesto revolucionario. Un tercer ataque, esta vez sobre Alicante, fue rechazado por el fuego de las baterías del puerto a finales de mes.

El 11 de octubre se produjo la única batalla naval propiamente dicha de la revuelta. El contralmirante Miguel Lobo y Malagamba tomó posesión en Gibraltar de las fragatas cantonales capturadas, y se enfrentó a los insurrectos en la bahía de Portman, cerca de Cartagena.

La nave insignia rebelde, la fragata Numancia avanzó demasiado rápido y se quedó aislada en medio de las naves gubernamentales, que la obligaron a retirarse gravemente dañada. El resto de la escuadra cantonal fue asimismo rechazada por las andanadas centralistas, así que viraron hacia el oeste para refugiarse en Cartagena. Lobo intentó embestir con la fragata Vitoria a una de las naves en retirada, pero la fragata francesa Semiramis (que observaba el combate) se interpuso para evitar una mayor pérdida de vidas.

Pese a esta victoria, el almirante centralista no bloqueó el puerto rebelde, sino que se retiró a Gibraltar para conservar combustible. Gracias a la libertad de acción que les dio la desaparición del enemigo, los cantonales pudieron reparar sus naves, y realizar una expedición de saqueo contra Valencia.

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Cae Cartagena

En noviembre, las fuerzas centralistas empezaron el bombardeo de la plaza. La ciudad fue sometida a un intensísimo castigo en el que se llegaron a arrojar 1.000 proyectiles diarios, la mayoría de edificios fueron dañados y 300 totalmente destruidos. A este ataque desde el exterior se sumaban los numerosos agentes del gobierno infiltrados en la plaza, que intentaron sobornar a los líderes rebeldes y realizaron numerosos sabotajes, incluido el hundimiento de la fragata Tetuán y la voladura del Parque de Artillería, lugar en el que murieron 400 personas que se refugiaban allí de las bombas.

Las fuerzas centralistas bombardearon Cartagena llegando a arrojar 1.000 proyectiles diarios.

Bajo amenaza constante, los cantonales resistieron durante meses gracias a reservas de bacalao y sardinas en salazón, almacenadas por la Junta en previsión de un posible asedio. Irónicamente los 10.000 defensores de la plaza superaban en número a los 8.000 sitiadores, pero no se emprendió ninguna acción aparte de responder pasivamente al fuego desde las baterías y castillos que rodeaban la ciudad.

A medida que pasaban los meses las condiciones de vida se hacían cada vez más insoportables, hasta que el hambre y la sed hicieron imposible la defensa. Muestra de la desesperación imperante entre los sitiados, es la propuesta presentada al embajador americano de la anexión de Cartagena a los Estados Unidos, con el fin de escapar del asedio al integrarse en un país neutral.

Desprovistos de medios para continuar la defensa, los cantonales se fueron entregando, hasta que el 12 de enero de 1874 la ciudad se rindió finalmente a los centralistas. El gobierno otorgó la amnistía a todos los rebeldes, salvo para los integrantes de la junta. Sin más alternativa que la huida o la ejecución, los líderes rebeldes se embarcaron en las tres últimas naves de la flota y pusieron rumbo a la colonia francesa de Argelia en el norte de África.

Los restos de la escuadra cantonal fueron requisados por los franceses, a la vez que los líderes rebeldes eran encarcelados en Orán. Las naves fueron devueltas a España y los cantonales, tras ser puestos en libertad, terminaron por volver a su patria con la restauración de la monarquía a finales de año.

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